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Poemas

lunes 5 de diciembre de 2016
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1

La tinta que ha de coser
estas páginas huérfanas
se quedó durmiendo
en el charco del silencio.

Puercos ojos que bajan del cielo
quebrado entre sábanas rotas
de un baúl cenizo y
que chupan la sangre de mi invierno.

¿Qué estará farfullando el miserere?

Se apresuró desquiciado
a consolar a la oscuridad
mil veces vejada, olvidada
por los que una noche la quisieron.

Vuelve a discutir la marea con la luna,
quiere dormitar en paz
hasta que la desquicien
los dedos del sol pasajero.

¿Para qué hará su corazón ningún torniquete?

Por cobardía, sólo por cobardía
porque no quiere beber de
la miel prohibida que
nace del manantial estrellado del tequiero.

No habrá otra luz más tenue
ni más llorona que la que
salió de la puerta trasera
de un bosque arrogante y embustero.

 

2

Mis crucifijos no son
suficientes para aliviar el dolor
que se aparca en una vereda de llanto.

¡Y qué me importan a mí
las bubas de los demás
si no puedo acallar mi fogata!

Y ya, a golpe de versos, se
calienta mi sepulcro, y
sudo, y me refugio en un
lupanar de rosas azabache y santas vírgenes
que miran sigilosas con mala
idea en el reojo.

Quedó claro en la queda madrugada
que los Arcángeles
se olvidan de mí y
de todos mis muertos,
que sin ellos, a dónde voy,
y he de
responderme quién soy
y por qué estoy;
¡qué manera de supurar estrellas
tiene la noche!

Miedo, pavor, terror;
corre, huye, aparta, bulle
que yo ya
voy ciego de ansiedad,
y es que no se cómo terminar,
intentando no repetir
la misma historia
en los callejones de la ciudad.

 

3

Me miró con ojos de esparto,
con brillo sucio,
con el lucero apagado.
La manía de barrerle el lado,
con caricia de repudio,
con la valentía del asustado.
Cabriola de jilguero pasmado,
prendado de tu busto,
con la torpeza del enamorado.
Me despidió como cardo apedreado,
con lamido de sepulcro,
con epitafio desheredado.

 

4

Que se mueran
las claras del día
si no te quiero,
si para el rubor
de mis mejillas
necesito meterme
debajo del brasero,
—el de picón, el de nuestros abuelos.
Que la fatiga
ahogue mi corazón
si te pinté lunas negras,
si no te busqué
por surcos
de quincalla y lentejuelas,
—con un pañuelo, el de cuatro soles de peteneras.

 

5

Vestirse con la suciedad
ganada a base de triunfos perdidos,
de colgar el alma en el techo
y columpiarla hasta morir.
Vibrar hasta la extenuación
chorreada por un campo de abismos,
no habrá retratos de agonía
ni discursos suplicantes por vivir.

 

6

Siempre vuelvo, siempre vuelvo
a intentar hacerle compañía
a mi solitario corazón,
a acurrucarlo con mis podridas manos.
¡Todo inútil!, se me fundieron
nuevamente los fusibles,
un apagón que me deja en
una oscura incertidumbre.
El llanto es inseparable, amigo incondicional,
y la luna tan alta
que no me puedo morir.
Sostengo mi dignidad con
alfileres oxidados, sin remedio,
sin rumbo en una eternidad de exasperación
(exasperar: lastimar, irritar una parte dolorida o delicada).
El llanto liberador,
el llanto que sonroja,
el llanto que escupe en el alma,
el llanto que se compadece,
el llanto que te abre en canal
y te pasea por el ridículo.
Aquella oscuridad compartida,
con el mismo latir,
el mismo cielo,
y el infierno, por una vez,
lejos de mis oídos.
No había consecuencias, ni miedos,
sólo tú y yo, y un espacio inabarcable.
La ruina estaba lejos, muy lejos,
tan alejada que podía
reírme de ella.
La soga aflojaba su cometido,
no era tan imprescindible —apenas la añoraba.
Y sin saber, sin comprender,
todo se apaga y aparece un foco cegador
que me devuelve a mi sitio, del
que nunca debí salir, del que
nadie me reclamó.
¡Iluso!, quién iba a dibujar tu nombre
si no hay tinta para ti
ni papel que te requiera.

 

7

Los escombros vuelven
puntuales a la hora de las cenicientas,
se esconden debajo de las pestañas
y me clavan sus reflejos.
¡Dejan ciego a propósito!
Creí que todos los mártires
habían muerto, que las
ventanas cerraron para siempre
la única salida.
El violín dejó de llorar.
Las rectas se doblan a cada paso,
en cada decisión mal parida
regresan las caricias
de las garras del pasado.
El violín se seca las últimas lágrimas.

 

8

Llamas, las llamas que rodean
mis entrañas se pierden en
lo infinito.
No hay respuestas, sólo unos
ojos pétreos que
parpadean sin comprender.
Otro yerro, otra vez la
luna que se avergüenza
y me suelta de la mano.
La garganta tiembla, se
quejan las manos
de tanto caer.
Asperezas que me
preparan la cama y
me rezan locuras.
Las paredes son viento
que me abrasa los oídos
sin dejar que me despierte.
¡Pero despierto, y todo vuelve!

 

9

Los malditos lazos que nos unían
se han roto malditamente
por nuestra propia maldición
que yo maldigo.
Y maldita la esperanza,
maldito el querer y
maldita la locura.
Malditas mis manos,
malditos mis ojos y
maldito el aire que no me deja morir.

 

10

Se contonean
las compuertas del cielo,
el acequiero
hace girar los vientos.

Juegan las ratas
por las rateras
de un invierno.

Ojos oscuros que se avergüenzan
como la luna cuando
dice te quiero.

 

11

De día, perro flaco, perro faldero;
que sigue el desprecio de tu collar.

De noche, poeta iluso, poeta trompetero;
que se entierra en jazmín y sueña con soñar.

Al alba pasada me dijo el ruiseñor
que las azucenas que te prendí
en el pelo se estaban muriendo.

Yo, rociado por tus tirabuzones,
injuriado por Prometeo,
me subí a la cima de un limonero.

Tu padre le dijo a la trucha
de los cuatro vientos
que era un océano sin sal,
un enjuto peón caminero.

Al momento crepitó mi sangre
por las llagas del viento,
por las rendijas de los charcos del lamento.

¡Qué pena das!, dicen
tus bucles riendo,
no te frotes los ojos con agua dulce,
que no se le ponen condiciones al mar.

Y yo, jarto de darle
bocados al cielo,
me rompo en mil teselas podridas
con tal de dibujar tu cuerpo.

Te estás bebiendo mi vida soplo a soplo
rompiendo las esquinas de la conciencia,
quiero zambullirme en los corales de tus ojos.

No hay hada loca que me detenga,
la noche me devolvió el
ramo de esparto que te regalé;
asalté al lucero y le pedí lo que tuviera,
se desgajó el sol en la nieve
cuando le dije, entre sollozos de hierbabuena,
que no te encontré.

 

12

Las tormentas me visitan.
¡Todo tiembla!
El escozor aletea como
libélula inquieta.
¡Las tormentas!
¡Vuelven!
¡Las tormentas!
Mi yo regresó para cobrarse
su deuda.
¡No!, ¡no puedo,
¡no me arrastres!
¡No me mires más tormenta!
Deja que me vaya al olvido
tormenta.
No ahogues mi alarido,
no me mates sin sentido
tormenta.
¡Todo tiembla!
¡Todo quiebra!
¡Sólo miedo!
¡Todo tormenta!

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