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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos relatos

martes 13 de diciembre de 2016
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Mucha gente saquea una licorería que tenía días cerrada. En realidad fue el único sitio donde no colocamos el ojo.

El ojo

Mis piernas se dejan llevar por la avenida Urdaneta. Mis tristezas son fantasmas que me atosigan y empujan por lo que me parece un interminable tobogán. Mi país, como todos ya saben, está hecho añicos. Ese modelito rojo ha terminado por liquidarnos definitivamente. Si por lo menos hubiesen mantenido los niveles de vida de ese año en que tomaron el poder. Cómo me gustaría retroceder el tiempo. Cómo me gustaría ver aquella Venezuela llena de ilusiones, que miraba el futuro como una realidad tangible. Lo digo en voz alta mientras escudriño el interior de mis bolsillos. Pelusa. Hilos revueltos, convertidos en pelotitas odiosas que te recuerdan que la quincena se terminó. Que acabes por convencerte de que ayer mismo, cuando la cobraste, expiró al aparecer el numerito ese en la caja registradora. Todo por un kilo de carne, diez plátanos y medio de queso duro. La cosa más loca que has visto en tu país desde que naciste, hace cuarenta y pico de años. Por suerte tienes el ojo. Allí está, entre tus dedos. Al lado de las otras vainas de hilos y pelusitas. Lo tomaste un día del piso cuando mataban a un bachaquero. La muchedumbre se materializó y le cortó la cabeza. La pelota humana rodó hasta colocarse bajo una rueda en movimiento. Un ojo dribló hasta insertarse en una grieta de la acera. Lo tomaste poniendo tu mano como una tijera de dos dedos. Dicen que el ojo de un bachaquero sabe dónde se encuentra la comida. Es algo que llevan en la sangre desde que nacen. Cuando un bachaquero es bebé, sus ojos se posan sobre la aureola del seno materno y se imprimen en su alimento. Como una cualidad natural, su visión desarrolla una potencia que retransmite ondas de luz en forma de rayos x, y capta alimentos hasta cien metros a la redonda. Claro, esto se limita sólo a comida y artículos de primera necesidad, pero es suficiente ventaja en un país donde todo escasea, y lo poco que se consigue se vende al precio de un ojo de la cara. Por cierto, nuestro amigo saca el ojo del bolsillo y comienza a mirar a través él. Es casi un milagro. Todo se precisa tan nítido que asusta. Esconde el ojo. O mejor dicho, lo escondemos. Ahora lo sigo en su deambular. Lo acompaño por la Urdaneta. Discutimos a través de qué estructura mirar. —Esa puede ser —me dice. Pero se trata de una perfumería. —No —le digo cortante—. Tengo hambre, mi pana, ¿por qué no miramos esa de allá?, parece un supermercado de chinos, ¿no? —Supongo —responde. Hay una cola espantosa. La gente nos mira con desconfianza. Casi leen la palabra coleado en nuestras frentes. El ojo nos muestra que pierden el tiempo, que no hay suficiente para ellos y menos para nosotros. —No tiene gracia —dice mi amigo—. La idea es que descubramos un sitio full de comida, pero que nadie sepa. —Tienes razón, chamo. Eres bastante inteligente, ¿lo sabías? —le doy una palmadita en la espalda y asiente sorprendido. Le señalo otro como a dos metros. Saca el ojo y miramos justo sobre la estructura. Es un viejo supermercado de italianos. Pero nada. Ni siquiera latas de salsa. Más abajo volvemos a sacar el ojo. Uno de portugueses. Sólo coletos y haraganes. Otro de gochos, más abajo, puro papel de servilletas. Uno de peruanos, sólo con cloro y líquido friegaplatos. Todos los negocios de la Urdaneta están cerrados, excepto restaurantes y supermercados de chinos. Por supuesto, los de chinos, abarrotados de gente en cola. —No me gusta la idea de pasar todo el día en esta vaina —me dice. —Bueno, ni tú ni yo tenemos plata para comer en restaurantes, ¿cierto? —Cierto —suelta con gesto lastimero. Continuamos. Pasamos Candelaria, el elevado de San Bernardino y llegamos a la Andrés Bello. Sacamos el ojo otra vez. El mercado de Guaicaipuro está repleto. Lo surtieron antes de cerrarlo, como al mediodía. Sorprende la cantidad de datos que nos da ese ojo, pero no podemos entrar. Es casi una fortaleza. Quedamos allí, recostados sobre una pared con un peldaño de cemento al final. Los estómagos gruñen en una conversación visceral, pero comprensible. De pronto el espectáculo en la acera de enfrente. Mucha gente saquea una licorería que tenía días cerrada. En realidad fue el único sitio donde no colocamos el ojo. No nos interesó. Casualmente, mi amigo y yo somos abstemios. Esa vaina del licor mata a la larga. Y bueno, qué les digo, fue una gran sorpresa descubrir que había una parte de charcutería que dejaron intacta. La gente estaba determinada a llevarse sólo el licor. Mi amigo metió algo en su bolsillo. Sabía lo que era. En ese momento, tener el ojo en la mano no tenía ningún sentido.

 

Cuando me tocaron por el hombro para que volteara, ya estaba preparado.

Falso llamado

A veces, en esos precisos momentos en que el peligro nos aguarda. El tiempo parece detenerse a medida que crecen los latidos del corazón. Los depredadores seleccionan su presa desde la distancia. La siguen silentes y casi mimetizados con el entorno. Así pasa con los hijos del crimen. Si te eligen, su mirada no te suelta hasta que logran ponerte en jaque. Hasta que te quitan tus cosas, aquello que te ha costado mucho estudio y trabajo. Es que tienen la ventaja de la sorpresa, y los seres humanos un cerebro que no genera acciones si no hay programas disponibles. Somos proclives a los desvanecimientos cuando no tenemos una idea nueva a prueba de fallas. Pero en ese posible funesto día mi mente estaba preparada. Mi cuñado nos había visitado el pasado viernes para ver a sus sobrinos. Cuando se fue y traspasaba la tenebrosa boca del metro, los hijos del crimen lo despojaron del teléfono y su quincena. Nos enteramos al día siguiente cuando mi esposa recibió una llamada de la sobrina. “Tía, ¿sabías que ayer robaron a Lalo en el metro?”. Lamenté que su visita terminara con aquella crueldad. Es lo que no comprendemos de la vida. Que las injusticias abunden en un mundo que a veces suele presentarse ponderado y racional. La sobrina explicó al detalle el modus operandi que usaron y todo se fijó en mi computadora natural: “Ellos llaman o tocan a la gente para que voltee, tía, y cuando lo logran, le dicen que si se mueve le dan varias puñaladas con un cuchillo que tienen allí, es cuando le roban todas sus cosas”. Mi mente lo convirtió en un programa que empezó a enviar pulsaciones al sistema nervioso. Así que las respuestas a un posible robo surgieron ávidas, y fui descartándolas hasta dejar sólo dos. Una visceral, dirigida a ejecutar justicia por mis propias manos, y la otra aparentemente temerosa, pero prudente y de menos riesgo.

Cuando me tocaron por el hombro para que volteara, ya estaba preparado. Podría haberlo sujetado con mis manos en un giro inesperado y arrojarlo escaleras abajo del metro, pero lo que hice fue seguir. Mi cabeza se mantuvo recta hacia adelante mientras el delincuente alzaba su voz “Hey, oye tipo, mira… se te cayó una vaina, vale… panita, no vas a voltear…”. Luego otra voz surgió y otra y otra más… pero seguí hasta que pude sentarme dentro del vagón. Me extrañó que el tren no avanzara. Pensé en la posibilidad de que me siguieran. Mi corazón no se calmaría hasta escuchar el silbato de la puerta. La espera se prolongó por unos insufribles minutos, hasta que escuché mi nombre por los altavoces: “Señor José Acosta, favor presentarse en la oficina del operador… señor José Acosta, favor presentarse en la oficina del operador…”. Resulta que se me cayó del bolsillo la credencial del trabajo. Era por esa razón los llamados de la gente y aquel alboroto a mis espaldas.

Axel Blanco Castillo
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