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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Siempre es de noche

sábado 11 de marzo de 2017

Sofía vestía de pantalón rojo. Lo recuerdo porque jamás encontré otra persona igual. De pantalón rojo y un alma que solo poseía Sofía. La conocí en el kermés de su colegio. Yo era más bien un pretendiente estándar. Era flaco con una indecisión en el rostro entre pelusa y bigote, mis huesos eran muy flexibles y secretamente era amante de la poesía, que, por ese tiempo, era casi un suicidio social. Está claro que ella me gustó más a mí que viceversa, pero un baile después demostré lo poco que mi amigo y yo habíamos ensayado tomados de las manos con bolsas de plástico para no tocarnos la piel, por aquello de la mala interpretación. Desciframos un baile de salsa del cual aún recuerdo la letra. Interpreté su sonrisa y solicité su teléfono. Volví a casa con la ilusión más grande de aquellos años, no existía Facebook ni tal cual vicisitud, en aquel entonces la valentía era hablar de frente con el sistema simpático activado y con ganas de correr.

Días después la invité a casa y cociné una pasta que en realidad compré en un italiano cercano. Bebimos vino y luego nos besamos frente a un rosal que ya no existe. Ella fue la puerta que me hizo conocer el amor. Quizá debía de ser ella, con su sutil mirada de muñeca, su sonrisa amplia y su manera de amar como ama el mar. Te toma y te abraza de todos lados, te hunde y te deja respirar poquito sólo para hundirte de nuevo en un terremoto de ternuras y besos. Hicimos el amor la primera vez en el asiento trasero de un auto, como buen adolecente. La vida nos llevó por senderos confusos que no será el motivo de estas letras. ¡Si sólo supiera cuánto la amé! Si sólo supiera que debía ser ella y no otra la que me guiara por el sendero de crema de abrazos por el cual me ha guiado la vida, si supiera que la amé sentada al piano, la amé en su cocina diminuta y cuando llevé las incontables serenatas detrás de la pared de su colonia donde ya no me dejaban entrar. Si tan sólo pudiera palpar mi pecho y saber que la vida te da lecciones infalibles donde te conoces ajeno años después, cuando ya eres exiliado del amor y te vuelves interesante mas no bello, cuando a luz del tiempo sé que vivir en su espalda era un paraíso de suspiros, cuando me entero de que se casó con mi amigo y sé que sonríe feliz de tener una familia como la que me pidió, en fin, si Sofía supiera que aún escribo las letras que tanto le gustaban y que de fondo, escondida, entre las líneas, aún resuena su nombre.

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