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¿Cómo capturar una araña?

sábado 1 de abril de 2017
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El espejo de la peinadora era un espejo en tríptico. Eran tres las mujeres que la miraban desde el otro lado. La miraban pero no le decían nada.

Se pasó el cepillo por la melena negra que poco a poco se transformaba en una melena ceniza. Casi sintió pena al recordar que cuando era una niña, una niña tan sólo, había soñado con tener el cabello justamente así y habría apostado que la felicidad era eso: una melena gris. Pero casi sentir era siempre no sentir nada.

La mujer miró a la araña y empezó a avanzar despacio. Mano y mano. Rodilla y rodilla.

Pasó crema por su rostro. Lo hacía con una calma que tenía algo de horror. Miró el reloj. Eran las cuatro y treinta de la mañana. Tenía tiempo de sobra para vestirse y salir a caminar antes de que el esposo despertara. Miró la cama y notó que con sólo extender todo, estaría perfectamente arreglada. Parecía que dormía sin moverse.

Corrió las cortinas. Sacó el edredón y las cobijas y las sacudió. Sacudió también las sábanas y las puso en el cesto de ropa sucia. Mientras las sacudía miró cómo varios cabellos caían al piso. No sabía cuándo habían empezado a caerse tanto pero estaban por todo lado. Se agachó y los recogió haciendo círculos en el piso para que se enredaran unos con otros. Mientras lo hacía, encontró una araña.

Un día había temido tanto a las arañas que ante ese incidente hubiera retrocedido inmediatamente. Aquel animal pequeño con sus ocho patas, avanzando a centímetros por hora, habría ganado la batalla a esa mujer que con sólo dos pasos habría huido con más rapidez. Habría dejado que la araña ganara cada vez más espacio hasta arrinconarla y habría tenido que esperar que el esposo viniera a librarla del horror.

Ahora, agachada en el piso, la mujer miró a la araña y empezó a avanzar despacio. Mano y mano. Rodilla y rodilla. La araña retrocedía rápidamente y cuando estuvo en un lugar cerca de la puerta del dormitorio no la mató, ni la sacó de la casa. En su lugar, tomó una tapa del frasco de una crema y la puso encima del animal. Luego tomó varios libros de la biblioteca del esposo y construyó alrededor de la araña una fortaleza. Con algunos libros ya en el piso, quitó la tapa de crema. Con tres columnas, de cinco libros cada una, formó un cuadrado con la pared. Sobre las columnas puso una caja de zapatos.

Dobló la espalda y alzó la pierna derecha. Así pudo levantar la caja casi sin entrar al cuarto. Una araña descendió rápidamente por una de las columnas de libros.

En su cuerpo el espanto de haber encerrado a ese animal la invadió. No tenía salida y por más que trepara sólo encontraría la caja de cartón. Recorrería el lugar una y otra vez con sus patitas moviéndose cada vez más rápido, subiendo y bajando por las columnas de libros hasta llegar siempre a un espacio cercado por cuatro límites y tendría que vivir ahí hasta morir antes por desesperación que por hambre. El esposo miraría eso pero no haría nada porque ahora los libros estaban en el cuarto de ella y ninguno cometía jamás el error de invadir la privacidad del cuarto del otro. Y ella nunca la dejaría salir.

A las seis y treinta el esposo despertó. Salió de su habitación y fue en silencio hasta la cocina para tomar una taza de café. Cuando volvía para dirigirse al baño miró que en el cuarto de su esposa algunos de los libros de su biblioteca estaban dispuestos en tres columnas formando un cuadrado con la pared. No supo a quién preguntar pues suponía que ella había salido a caminar. Cada mañana para cuando él despertaba, ella ya no estaba, y cuando él salía al trabajo, ella regresaba a casa a desayunar.

No quería entrar pero la imagen le inquietaba. Se acercó un poco y extendió la mano pero no alcanzó. Dobló la espalda y alzó la pierna derecha. Así pudo levantar la caja casi sin entrar al cuarto. Una araña descendió rápidamente por una de las columnas de libros. No entendió por qué los libros estaban ahí pero con un pie ya adentro decidió que no pasaría nada si entraba por una vez al cuarto de su esposa.

Aquel cuarto, que un día había sido el cuarto de los dos, ahora le parecía extraño y desconocido: un misterio. Empezó a mirar todo como buscando en cada objeto a la mujer que ya no dormía junto a él. Pensó que ese día esperaría que ella regresara para ir a trabajar y le hablaría. Quería mirarla.

Él caminaba despacio por la habitación, con la toalla de baño en la cintura, con extrema precaución de no tocar nada. Vio que había dejado rastros de agua en el piso. Pensó que tendría que limpiarlo para que la esposa no lo viera. Pero el agua se extendía en un rastro que iba hacia la ventana y él no había llegado ahí.

Fue hasta la ventana. Tres pisos más abajo: un grupo de gente rodeaba un cuerpo. Reconoció la melena gris en el piso.

Natalia García Freire
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