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Por culpa de Jorge Giordani, Cristina Boscán le fue fiel a su novio

sábado 15 de abril de 2017
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a Thalía

La sed que tenía de otra boca, de otra lengua, era de seis años.

Tres mil ochocientos cuarenta y cuatro días que para su entorno social representaban el gif de un jigai, y que para ella fueron la oportunidad de permitirle al individuo que le gustó entre las siete billones de personas que habitan este planeta, entrar a sus 28 años de vida y pasearse por todo lo que ella había hecho de sí misma.

Pero esa noche Cristina flotaba en este mundo, en un pedazo de tierra extranjera rodeada de agua, con un molino de trigo al frente, tal vez de viento, cuatro amigas, dos prostitutos gays, y unas ganas intoxicadas de creer que si la vida era justa, en siete días de vacaciones podía fugársele un momentito a aquella casi verdad.

Flanqueada por una marea de idiomas extranjeros y algunos conocidos, sentía que toda ella era hedonismo, y que jamás tuvo tanto derecho a serlo.

En aquel boîte tropical todo lo humano era regido por el calor, sus urgencias y su sed. Hombres de mandíbulas severas ponían en deshielo las costumbres del mar del Norte para intentar bañarse en el Caribe, en las aguas de hembras de melenas color ónix, traseros exuberantes y esferas caricaturescas de silicona; en ojos que debajo de capas gruesas de crayón parecían pestañear “rescátame”.

Cinco dólares por cerveza bastaban para que la venta mercenaria de audacia y optimismo colmaran de alborozo a muchos, particularmente a Cristina, a sus amigas, y al resto de los compatriotas viajeros, a aquellos para quienes el disfrute representaba un acto de liberación.

“¡Viva reggaetón island!”, exclamaba Cristina mientras chocaba los cuellos de las botellas de sus secuaces.

Flanqueada por una marea de idiomas extranjeros y algunos conocidos, sentía que toda ella era hedonismo, y que jamás tuvo tanto derecho a serlo. Por fin podía reencontrarse con quien fue ella; amén de distraerse con nimiedades occidentales casi olvidadas, como ver un partido de la Copa Mundial y salir a celebrar el resultado, o preguntarse ¿quién era ella para decirle a uno de sus dos nuevos cómplices nocturnos que con esa barriga no debería amarrarse la camisa sobre el ombligo?

Bailaba, y con ello se entregaba a sus sentidos al ritmo de canciones ideadas para extraer reacciones, no reflexiones. ¿Que Pitbull fuera el compositor de ese, su momento? Bueno, ya era un logro estar en otro lugar, sola, con sus amigas, como para encima esperar escuchar en aquel sitio una ópera cantada por la Callas.

Así que qué importaba que ella, la melómana, la historiadora, estuviera moviendo en una esquina un trasero que parecía poseído:

Bon, bon, bon, bon, yo quiero estar contigo
Bon, bon, bon, bon, tú quiere está conmigo
Bon, bon, bon, bon, dale cosa rica
Bon, bon, bon, bon, trae tus amiguitas.

No sabría explicar el porqué, pero de pronto supo que debía voltearse un poco; orden extraña que da la intuición para que el cerebro tome conciencia de algo.

Un movimiento del cuello hacia la izquierda, el mentón situado en dirección del hombro, y allí, al final de ese túnel de aire creado por la vista, dos ojos aguardando a los suyos.

Ella le permitió a su vista quedarse varios segundos; quería verlo, saltarse la modestia de administrar intervalos para poder armarlo:

Piel bronceada, guapo, muy guapo, altísimo.

Él por su parte hizo lo propio, posicionó sus ojos sin rodeos. Miró aquel culo, tomó su trago y sorbió del pitillo como si aspirándolo pudiese beberlo un poco.

 

***

 

Desde un sector de esa isla podía ver a los lejos las costas del occidente de su país.

—¿Me serás fiel?

—Lo seré.

—Trato hecho. Yo también voy a serlo.

Y a pesar de que fue un acontecimiento inédito ese compromiso verbal de guardarse, seducirse y compartirse sólo entre ellos, un estreno de ropa de fin de año emocional que jamás podrían quitarse, los dos terminaron satisfechos con la oferta del porvenir monótono.

“Anti natura”, advirtieron muchos.

Nah, ni tanto.

¿Cuántos años pasó Viggo hundido en un exceso de marihuana y clítoris, secando como los grandes, con humo y flujos, la llaga que le dejó quien sólo vio en él un pasaporte europeo?

¿Cuántas veces Cristina no se sorprendió a sí misma fumando bajo el claro de luna, preguntándose por qué le sabían a Belmont todos los cerebros, o rostros atractivos, o penes creativos que llevaba a casa?

Por eso se vistieron obedientemente de fidelidad, sin malgastar palabra que sonara a explicación.

Transcurridos seis años de bienandanza, el mundo no podía ofrecerles algo de suficiente valor como para arriesgar años de complicidad, ternura, apego, por atracciones forasteras de ¿siete?, ¿ocho? minutos el polvo; diez a lo sumo.

Eso creía ella hasta que vio a Viggo encerrarse con otra en el baño de una fiesta.

Un giro dramático a lo Lope de Vega.

Al igual que en la literatura antigua inspirada en lo amoroso, su rival tenía un bozo negro, viril y tupido, también 34-C de tetas. Particularidad que la llevó a realizar una evaluación instantánea de su relación frente a la puerta de aquel baño, al tiempo que decidía si malgastaba o no movimiento de mano y de muñeca: “A ver… ¿Un episodio de locura temporal por un mujerón o una belleza casi etérea? ¿Que Viggo se atreva a perderme por una encerrada con Liu Wen? Eso, yo creo que puedo comprenderlo.

”Es más, me inclino a pensar que en una situación así sería mejor amiga que novia; que dejaría que se tirara a Liu Wen; porque con esa lipa ¿cuántas probabilidades tiene de que eso vuelva a sucederle?… ¿Quién soy yo para privarlo de un placer que se le dará una vez en una expectativa de vida de ochenta años?

”Pero provocar la furia de Tamerlán ¡¿por una maldita Pancho Villa?!”.

A partir de entonces a Cristina el traje emocional de la fidelidad —unilateral— le fue pareciendo un uniforme. De allí que esa boca fijada a ese pitillo tomara por sorpresa a su entusiasmo.

Seis años y sus ojos se habían largado de ese punto imaginario en el vacío en el que ella los había colocado para que Viggo, y sólo Viggo, fuera el único en aprovechar las imágenes que ellos incitaban.

El uniforme se deshilaba.

 

***

 

Era hora de purificarse, de ofrendar su cuerpo y, sobre todo su conciencia a las aguas del mar; también de aprovechar las enseñanzas de Pitágoras y arrojarse de espalda siete veces. A esas alturas, cualquier truco que ayudase a que pasara su tarjeta de crédito.

Después de cumplido el ritual, y de estirar la parte inferior de su bikini, nadó sin prisa hacia la orilla.

El roce de la mano contra la arena le dijo cuándo levantarse, a pesar de la insistencia del traje de baño en recogerse. Con los dedos hechos pinzas se aproximó a la tela para agrandarla con disimulo. Inexperta, no sabía cómo tapar los tres huecos de celulitis que le habían salido en las nalgas.

“¿Se notarán? Me tomó tres meses encontrar un pasaje a donde fuera. Y claro, ese ‘a donde fuera’ tenía que ser una isla. Una nación hecha playa”, pensaba sacudiendo su cabeza mentalmente, mientras tomaba el camino que la llevaría de regreso al grupo de sillas en las que sus amigas se ofrendaban al sol embadurnadas en bronceador; pero un “disculpa, ¿hablas español?”, se interpuso entre ella y su autoevaluación.

Un par de turistas de su mismo hemisferio, cazadores de todo humano que les sirviese de traductor, buscaban a alguien que los ilustrara un poco sobre la gastronomía de la zona.

Con el bikini aún goteante, Cristina no demoró en resquebrajarles las capas de protector solar de sus rostros con las descripciones de la oferta culinaria. No sin sentirse un poco mal por ello; ocho horas dentro de un avión para amarse en el paraíso y regresar a casa con un álbum de triglicéridos en el hígado.

Cinco años practicando yoga, tai chi, y le sucedía eso justo cuando el dueño del gimnasio había cerrado el establecimiento para irse del país.

Pero el instinto volvió a soplarle coordenadas para que se olvidara de su estirpe de oceánide, diosa de las malas críticas en Trip Advisor, y mirara de inmediato a su costado izquierdo.

Dos hombres jóvenes, de más de dos metros de altura y musculatura definida, estaban a cuatro pies de distancia; uno más atractivo que el otro, más moreno, más su tipo…, más bebedor con pitillos de la noche anterior.

Los sudamericanos la habían parado a ella y a sus tres huecos de celulitis, justo donde estaba quien debió ser un magnífico tropezón visual de una noche, no un visitante en su vida.

Atrapada, con una luz natural, tórrida y amarilla que no ocultaba errores en el cuerpo, no tuvo más opción que cumplir con el protocolo de los amantes imaginarios de discoteca y dejarse mirar…, con una falta de experiencia de seis años y un bikini mal estirado.

Nerviosa, no se le ocurrió mejor remedio que enumerar fritangas: “Camarones, pollo, pescado, papas… Escojan el vegetal o la proteína de su preferencia y sacrifíquenla en aceite”, sin saber si a unos cuantos pasos estaba pasando una evaluación.

Si bien conocía las reglas del juego, uno en el que ella había participado desde la secundaria, en esa ocasión se sentía particularmente vulnerable. La celulitis, que al parecer también había aparecido en su raciocinio, no dejaba de preguntarle si no le parecía invasor ese hábito: ¿ese sometimiento voluntario a dejarse ver en público con dos pequeñas porciones de tela cubriendo los genitales? ¿Salir con el propósito de obtener un buen bronceado, camuflarse en un grupo amplio de bañistas y saberse sorprendida en el proceso? ¿Ser observada como si las dos prendas que llevase puestas fueran transparentes o de encajes?

“Coño, y de paso no puedo afincar los pies en la arena porque se me marcan los tres huecos… ¿Y ahora cómo camino?”.

Cinco años practicando yoga, tai chi, y le sucedía eso justo cuando el dueño del gimnasio había cerrado el establecimiento para irse del país.

Parada en una posición más calculada que la del Hombre de Vitruvio, comenzaba a preguntarse si esa playa era una Operación Cóndor, si entre los planes de sus interlocutores estaba liberarla.

“¿Por qué, vida? ¿Por qué no mandaste a este hombre a escanearme siete meses atrás, cuando la inflación estaba a 200% y no a 300%?, ¿cuando todavía había gimnasio y podía subir al Ávila sin que mi celular se convirtiera en el regalo de cumpleaños del hijo de un pran, o malandro, o Guardia Nacional, o Policía Nacional Bolivariano, o tupamaro?… ¿Cuando mis nalgas eran el sadhaka de las asanas avanzadas?

”Ah…, mis nalgas… Tan bellas que eran mis nal…

”Por tu culpa, Giordani.

”Ojalá que un pedazo del Sputnik 6 caiga sobre tu casa”.

 

***

 

A pesar de sus esfuerzos por ser invisible, nunca lo fue.

Tal vez fue su olor a cuerpo visitado por el mismo huésped en los últimos seis años. Quizás fueron sus modales alegres, pero serenos, puede que su desenfado, o que era de las pocas que esa noche no vestían como si estuvieran a 70% de descuento.

Sin embargo a Cristina le daba por tratar a los hombres que se le acercaban en la discoteca con cortesía. Eso sí, sin dejar de alejarse y reanudar su paso. Sus amigas no entendían esa fuga de epopeyas. Los dos amigos lugareños que había hecho, los prostitutos, ni se diga. La verdad es que ni ella podía entender cuál era su problema: ¿el mundo estaba manufacturando al mismo hombre?, ¿el que no le interesaba?, o ¿había cohibido tanto sus instintos que ya ponía en duda la existencia de estos?

Con Balashis sostenidas como cornucopias bailaba una canción mala tras otra, hasta que comenzó a sonar One Direction, ocasión en la que el amor propio le recomendó ir al baño.

Como pudo caminó entre un rompecabezas de gente danzante, embriagada y algo sudada, a quienes les soltaba “excuse me” para separarlos y crear un espacio por el cual pasar. Logró escabullirse a buen ritmo hasta que llegó al final de la barra, hasta que miró accidentalmente hacia uno de sus lados y volvió a verlo. O tal vez lo correcto sea decir: hasta que aquel gigante volvió a verla, y al hacerlo decidió pasarle por el frente e ir al baño.

Una estrategia que al principio le pareció juvenil. Pero su pasado como perdedora en el juego de las técnicas le recordó que esa torpeza no era otra cosa que un impacto; la fuerza de la atracción repentina que obliga a los humanos a querer ocuparla, con o sin uso de la razón. Por ello el desencanto se transformó rápidamente en halago, y puede que en algo de ternura. Porque si bien es cierto que hay personas que hallan atractivo lo no verificable, ella encontraba estimulante lo factible: el saberse deseada desde el primer momento por alguien que escuchaba sus impulsos y estaba dispuesto a ver qué pasaba; el arrojo que a ella tanto le faltaba.

Además, había pasado la inspección en la playa. Toda una dosis de setu bandha sarvangasana para la celulitis que le había salido en la bóveda craneana.

¿Cuánto tiempo transcurrió desde que regresó a donde estaba su grupo de amigos y cuando lo encontró a su lado? No lo recuerda. Sólo sabe que volteó y lo vio ahí, de repente, sacando valor para acercársele, al unísono que ella sacaba valor para aguantarse si él se le acercaba.

Pero la cerveza le hablaba…

Fue entonces cuando llegó esa voz caballerosa, varonil:

Where are you from?

Y ella tuvo que obligar a sus cuerdas vocales a emitir sonidos comprensibles…, y en inglés:

—Venezuela. What about you?

¿Saben ese primer beso que se da con los ojos según Tristan Bernard? Bueno, eso no ocurrió porque a esa hora Cristina ya tenía un ojo apagado y no estaba enfocando.

Con seis años de monotonía, y acompañada por adeptos a Tinder y Grindr, no fue sorpresa que ella y sus cinco testigos permanecieran boquiabiertos. Un ser humano se había llenado de valor para cortejar a otro ser humano en persona.

Involucrados y observadores habían olvidado la intrepidez que requería ese riesgo, acercársele así nomás a una completa desconocida, a quien minutos antes seguro se le imaginó plastificada con semen, o con la soga del shibari acentuándole los labios vaginales, y controlar ese arsenal de impulsos animales para simular ser un individuo respetuoso de los valores judeocristianos. Todo para intentar conocer a una mujer. Todo para poder acostarse con alguien que ha logrado intrigar a otro alguien en ese momento.

Mientras, el pobre seguía allí, trabajando, valiéndose de cualquier truco de mago galante para no perder la atención ganada, sudando en una de sus mangas un juego de naipes, sin siquiera adivinar que aquella sonrisa dulce que recibía siempre a cambio no hacía otra cosa que hablar español entre dientes:

“Imaginen lo que es devorar solita estos dos metros quince de carne”. Al tiempo que sus amigas, ebrias y entusiasmadas, asentían como yoyos.

Claro que le pasó por la cabeza la posibilidad de decirle que tenía novio. Pero se abstuvo de hacerlo. No por deshonestidad, sino porque ¿de verdad valía la pena hablar de Viggo?, ¿colgarle ese título?

Entretanto el coqueteo se demoraba filtrando virtudes, una de sus amigas fue a la barra a intentar pagar la cuenta, al unísono que sus dos conocidos desaparecieron. Cosa que causó extrañeza en un principio, hasta que alguien advirtió que justo a esa hora abundaba la clientela.

Así que con esa barahúnda lo conveniente era salir, conversar un poco, conocerse, planear el próximo movimiento:

—Mi amigo y yo vamos a un after hour en un lugar llamado Molen. Me gustaría que vinieras.

—Déjame consultarlo con mis amigas. Espérame aquí, ya regreso.

Cristina caminó despacio para ver si podía utilizar el comodín con el cual los borrachos acercan al garbo. Dio los pasos justos y se detuvo donde estaban sus amigas. Y allí, de ojos apagados a ojo apagado:

¿Cuántos chances hay en esta vida de que uno de tus conocidos tarados se convierta en Presidente y te regale un ministerio?

—Cristina, de pana que no puedo. ¿Quién ahorita en Venezuela rumbea en una discoteca hasta las dos de la mañana? —alcanzó a decir Paula mientras se echaba como un paltó en una peña clavada en la acera—. Mírame, doy lástima.

—¿Y tú, Susana?

—Marica, estoy temblando. Esa Balashi hizo que me diera mal de Parkinson.

—¿Ana?

—Yo estoy borracha y enratonada… ¿Es posible esta vaina?

Cristina se arrimó con disimulo para poder apoyarse en Fuleco, en una de las láminas de la mascota del mundial colocadas a lo largo de la acera; quería llevar a un punto seguro su sorpresa, su desengaño:

—Por fin llega el momento de montarle cachos a Viggo. ¿Lo recuerdan?: ¿el de fidelidad frágil? Y este es mi Batallón de Infantería..: cuatro buenas para nada… ¿Y Maigualida? ¿Dónde está mi última esperanza?

—Todavía está pagando —reveló Paula.

—¿Todavía?… ¿Y si no pasa la tarjeta?

Rostros de mujeres preocupadas y ¿Mel?, sentado sobre el “I love Aruba”, esperándolas sin entender una palabra.

—Vaya…, a lo que nos han reducido —discurrió Cristina con una voz que se paseaba por la socarronería y la sorpresa—. De turistas privilegiadas a mendigas de nuestras propias ganancias.

Los cuatro juegos de pupilas se dilataron, las frecuencias cardíacas se alteraron y los verbos estaban a punto de tornarse eufóricos.

Alguien había servido la primera línea. Ya no había vuelta atrás para la adicción política venezolana:

—Yo este año estoy como Reverón en el puerto de La Guaira: en mi Período Sepia… Ya llevo cuatro carpetas Cencoex —agregó Ana mientras juntaba su cabello en un bun medio torcido.

Susana se sentó y cruzó las piernas, despreocupada por el bochinche eléctrico de sus manos:

—Eso no es nada. Yo tuve que cuidar mi tarjeta nueva seis meses y un día, como si fuera un tamagotchi.

Todas se echaron a reír, especialmente Cristina y su rostro de diez botellas de cervezas, de generación perdida:

—Qué arrecho como Giordani se ganó esa lotería. ¿Cuántos chances hay en esta vida de que uno de tus conocidos tarados se convierta en Presidente y te regale un ministerio? ¿Que te permita poner en práctica durante 14 años las soluciones que pudieron fortalecer al movimiento bolchevique…, pero en la tierra de la arepa: Venezuela; en el siglo XXI?

—O…, ¿cuánta suerte tuvo la nueva burguesía, la comunista, de tener su propio Rasputín como ministro de Planificación y Finanzas? —rectificó Paula.

—Fuera de joda —agregó Susana—. ¿Cuánto dinero robaron los primeros años los militares y familiares de altos representantes del Gobierno?, ¿los que se metieron a “empresarios” para recibir divisas a precios preferenciales? Traducción: ¿los que desviaron nuestro dinero al mercado negro para vendérnoslos y clavarnos?

Como una colegiala entusiasta Cristina levantó su brazo:

—25 billones de dólares.

—Más ná. Con razón estas islas los protegen de la DEA y de la Interpol.

—Ah… A Jorge Giordani le debemos nuestro presente con control de divisas y enorme gasto público, también nuestro futuro sin papel higié…

—Ya va… ¿Y a ese qué le hizo el corazón? —preguntó Ana.

Con una visión frontal de 40º y una periférica de 20º, Cristina alcanzó a ver a ¿Daan? entrarle a patadas a aquel corazón gigante que bombeaba latón rojo, al unísono que Susana sacudía su cabeza con resignación:

—Yo se los dije: Balashi es yopo embotellado.

Otro que seguro llevó a la isla traje de baño, protector solar y años de frustración amorosa. Otra vida con una cuña bajo la puerta.

Pensó en acercársele, en disculparse, en decirle que ni ella ni sus amigas pretendieron humillarlo; que sólo cayeron en el abismo del déficit de atención etílico y, en la dependencia que tiene todo organismo venezolano a someter a su gobierno al vilipendio verbal, patrón de conducta fiero, fornido y un poco sordo. Proponerle que si bien esa noche no podía ir con él, mañana sería otro día, otro miso, otro Alka-Seltzer, que en la noche podrían verse… Sólo que cuando sus pies hicieron el esfuerzo de comunicarse entre sí, de coordinar una media vuelta…

—¡Pasó! ¡Pasó la tarjeta! —gritó Maigualida saliendo de la discoteca, dando pequeños saltos de alegría.

—Marica, menos mal. ¿Sabes lo que es devolverte sin que la tarjeta te haya pasado una sola vez? ¿Regalarle así nomás $700 al gobierno? —señaló Ana.

Las risas mordaces de Cristina, Susana y Paula no tardaron en sumarse al recibimiento:

—700 dólares son los siete billetes de cien que la cachifa de los Cabello encuentra en el sofá de la casa. El sencillo que se le cae a Diosdado.

—El vuelto del almuerzo —agregó Susana.

—Uh-hmmm —completó Paula.

Nosotros los venezolanos, la quinta nación con el mayor número de egresados universitarios en el mundo, en el año 2014 laboramos para ver si podemos comprar dinero.

—El bartender que me atendió, al ver de dónde era mi tarjeta, me dijo que en Downtown hay varias tiendas que compran cupos.

—¡Buenísimo! —exclamó Susana entusiasmada—. A mí me quedan trescientos dólares.

—No jodas… —profirió Ana—. Yo no duermo pensando cómo quitarle mi plata al Cencoex, ¡así que no me voy de esta isla sin mis ciento dos dólares!… No pienso devolverle ni un céntimo al Gobierno.

—Eso sí… —continuó diciendo Maigualida—. Cobran 15% por la transacción.

—¡¿Qué?!… Ya va… Dame un chance para ver si entiendo… —interrumpió Cristina, a quien la primicia le estrió el entrecejo—: el Gobierno retiene mis divisas, y yo, para poder comprárselas, debo dedicarle un mes de mi vida a un proceso burocrático, sin garantías de que me las venda. Luego, cuando decide hacerlo, me las entrega atrapadas en plástico… Y ahora para poder tener mi dinero en efectivo, debo pagarle el 15% del mismo a un especulador extranjero… ¿Alguien puede explicarme cómo pasé a ser la gacela de Thomson en esta cadena alimenticia?

—¡Psss! Pasaste a serlo cuando Chávez redefinió el concepto de “trabajo” —expuso Paula sin percatarse de que ahondaba en un episodio irrecuperable en sus vidas—. ¿En otros países qué es el trabajo? Es el intercambio habitual de una habilidad por una recompensa: el dinero. ¿Y qué es el dinero? Es la medida de valor que nos ayuda a sobrevivir en este acuerdo colectivo que llamamos sociedad. No obstante, nosotros los venezolanos, la quinta nación con el mayor número de egresados universitarios en el mundo, en el año 2014 laboramos para ver si podemos comprar dinero. Específicamente los 400 dólares al año que nos vende el Gobierno; las divisas que nos ayudan a mitigar la inflación y escasez realizando compras electrónicas en países con un libre mercado; porque ¿quién no sabe que el bolívar vale un poquito más que nuestro papel moneda?

Cristina escuchaba detenidamente a sus amigas sumarle elementos a la década y media de nueva república que aguardaba por ellas, hasta que el ruido de un motor de alta potencia la distrajo.

Sostenida de un cachicamo a quien seguía tomando por muleta, lo vio marcharse en un convertible de lujo, al tiempo que ella se quedaba en esa acera, agarrando un cartón.

—Marica… —dejó escapar Susana entre sorprendida y pesarosa—. Ese carajo era perfecto.

¿Qué? ¿Por qué esa cara?… ¿Con esa picada de cauchos es prematuro referirse a él en tiempo pasado?

Maigualida miró a Cristina con cierto pesar, y tratando de ponderar la situación:

—Velo de esta forma: lo que hoy lamenta tu vulva, mañana lo entenderá tu bolsillo.

Con la mano derecha sobre el hombro de Fuleco y la sien sobre un balompié de papel:

—Maldito seas, Giordani.

Irina López
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