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Los zapatos viajeros

martes 18 de abril de 2017
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Una tarde brumosa de julio aterrizamos por fin en el aeropuerto marítimo de la isla portuguesa de Madeira. Tras hora y media de vuelo, con merienda incluida, esperamos atentos el descenso de nuestras maletas en la cinta transportadora, pero sólo apareció una, la mía.

Dando un salto salió volando por encima de los hoteles, las calles y la costa de Funchal, la capital de Madeira.

Mientras mesaba mi barba, preguntándome cómo era posible que se perdiera un equipaje, un policía nos indicó que miráramos, por si acaso, en un carro con varias maletas extraviadas. Así lo hicimos, infructuosamente. Luego nos señaló la ventanilla de reclamaciones. Allí, una mujer morena nos atendió atentamente en un correcto español. Nos tomó los datos del equipaje, y sus códigos. Luego, nos facilitó un kit para pasar la noche para Dobra y un número de teléfono para confirmar el envío del bulto desde el aeropuerto de Lisboa, que era donde habíamos realizado el transbordo de avión, mientras que las maletas llegarían directas desde el aeropuerto de origen en Asturies, España. Eso nos habían afirmado tanto en la agencia de viajes como en la facturación del equipaje asturianas. La mujer morena calculaba que al día siguiente lo llevarían del aeropuerto hasta el mismo hotel, del que dejamos el número de habitación, el nombre, la dirección y el teléfono. Su seguridad nos transmitió aplomo. Dentro de la maleta de Dobra se guardaban, entre otras cosas, los zapatos que le había comprado en exclusiva para este viaje. Ahora sólo disponía de las sandalias de cuero que llevaba puestas. Pero esa tarde llovía y se le mojaron los pies. “Estoy calada hasta el alma”, confesó. Al llegar al hotel, Dobra tuvo que descalzarse. En la habitación, se puso la camiseta incluida en el kit y llamó a Lisboa al cabo de tres horas, como nos habían indicado. No sabían nada todavía. “¡Qué fastidio! ¡No tengo nada que ponerme!”, exclamó ella. Desde el otro lado del teléfono, en un español entendible nos sugirieron que llamáramos al siguiente día porque, probablemente, vendría el equipaje perdido en el vuelo diario desde el continente. “Seguro que aparece. Los portugueses son gente seria”, la animé convencido de su pronta recuperación. No nos dábamos por vencidos. Incluso parecía que la Luna madeirense nos anunciaba su plateada esperanza a través de la ventana de nuestro cuarto. Desde allí, también veíamos un trozo del mar. Por la mañana, la respuesta a la llamada esta vez fue positiva y comunicaron que dejarían ese mismo día la maleta en la recepción del hotel. Las facciones de nuestras caras se relajaban, mientras que los corazones martilleaban en el interior de nuestros pechos. “Por fin tendré mis zapatos nuevos”, exclamó Dobra, dando saltitos y palmadas con las manos. “Los que me compraste en el Festival de Artesanía Medieval. Esos que parecían sacados de un cuento mágico”, se replicó a sí misma, abriendo mucho sus ojos claros, casi transparentes con los rayos de la luz del sol que se colaba entre las nubes de la mañana. Yo sólo llevaba unos playeros puestos y unas chanclas en mi maleta, que le dejé, por lo que apenas pudimos ir a la piscina del hotel, cuando la lluvia dejó paso a unas nubes oscuras. La temperatura era muy agradable y se oían, como rumores de olas, las conversaciones de la gente tumbada en las hamacas, en voz baja, la mayoría en francés, mientras un dulce olor a zumo de maracuyá empapaba el ambiente. Por la tarde, decidimos bajar del quinto piso donde estaba nuestra habitación, a preguntar en recepción por la maleta. En el ascensor cruzábamos los dedos y nos abrazábamos deseando oír buenas noticias. Nos encontrábamos juntos, de vacaciones en una isla oceánica, riendo e impregnados por la firme intuición de que aparecería en unos momentos. El joven empleado que se encontraba tras el mostrador de recepción respondió a nuestra demanda diciendo que no había llegado todavía, porque no se localizaba donde se solían dejar. Parecía cierto. Otra pareja, esta vez compuesta de dos hombres de pelo canoso, también acababan de recuperar su maleta, y nos comentaron que volaron en el mismo vuelo que nosotros. Asimismo, nos hicieron la veloz confidencia de que en ella llevaban un medicamento imprescindible para que el más mayor de ellos conllevara su hipertensión arterial y que estuvo aguantando demasiado tiempo. Ahora que ya nos conocíamos, se marcharon rápidamente a su habitación, con unos educados saludos, para aliviar el elevado riesgo de su corazón, tras encontrar su maleta en el lugar indicado por el encargado. Sin embargo, escrutando el lugar, yo descubrí la maleta de Dobra al fondo, junto a la pared situada detrás de el encargado. Allí se hallaba, de color amarillo fuerte y con los dos lazos morados, cada uno en un extremo. Inconfundible. No se podía haber perdido. “Allí está”, señalé eufórico. Y el encargado nos la entregó entre disculpas en portugués. Esperamos para subir en el ascensor porque los dos que había bajaban llenos. Era hora de cenar. Ya de vuelta en la habitación, Dobra quitó el candado y abrió rápidamente su maleta. Todo parecía en orden. Y fue sacando en un instante, de una bolsa de plástico, la caja de cartón con sus zapatos de cuero. Se los calzó con mucho mimo. Luego se miró largamente en el espejo situado en la puerta del armario empotrado en la pared, mostrando una sonrisa angelical debajo del piercing verde de su nariz, moviendo a la par y hacia los lados su media melena de cabello pelirrojo. Después corrió hacia la cortina, la retiró de un tirón y, posteriormente, abrió la ventana corredera. El aire que entraba era una cálida brisa subtropical, como decía la guía de viaje que sacamos de la biblioteca pública antes del viaje. “Por fin puedo explorar a gusto esta isla atlántica”, afirmó. Y dando un salto salió volando por encima de los hoteles, las calles y la costa de Funchal, la capital de Madeira. Cuando desperté, me contó todo lo que había visto e hicimos planes para verlo juntos. Brindamos por ello y por sus zapatos, al día siguiente, tomando una bica en A Bica, el más auténtico restaurante de Funchal, junto al colorido Mercado dos Lavradores en la parte antigua, un subterráneo al que se entraba por unas escaleras que descendían al puro corazón de la isla. Aquel viaje fue el primero de nuestra vida en que no pisábamos con los pies en la tierra.

Xuan Porta
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