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Tin Tin, el payasito feliz

sábado 23 de septiembre de 2017
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En una ciudad enturbiada por el monóxido de carbono, el ruido de los motores, el quejido de los transeúntes y los alaridos de los vendedores callejeros, Tin Tin, el payasito feliz, discute vehementemente con un mototaxista, quien a bordo de su caballo metálico se limita a negar con la cabeza. Bamboleando una maleta cubierta de desiguales parches, el payaso trata de abordar la moto en varias oportunidades, pero el conductor se lo impide.

Tin Tin saca de uno de los bolsillos delanteros de su pantalón un globo amarillo fosforescente y lo estira repetidamente, ante la mirada del mototaxista que comienza a animarse. De un soplido logra inflar el globo y con pocos movimientos de manos lo convierte en un divertido sombrero que empotra sobre el casco del motorizado. Éste ríe y aplaude complacido. Invita al payaso a ocupar el puesto de parrillero de su moto y arrancan a toda velocidad.

El comisario levanta su rostro redondo, abultado y rosado. Impasible, observa en silencio al payaso, quien le muestra un papel mal impreso, mal rayado y mal sellado.

El comisario Durán, detrás de un escritorio vacío, ojea un arrugado periódico. Tararea los primeros acordes del bolero Alma con alma, de Ray Barreto, que salen de un viejo radio transistor. La música se mezcla con el ronquido de fondo de un aire acondicionado. A ratos, con desagrado, trata de rascar su espalda, frotándola contra las roturas del espaldar de la silla de semicuero.

De pronto, tres golpes y un chirrido anuncian la apertura de una carcomida puerta. La cabeza colorinche de Tin Tin se asoma.

—¿Se puede..?

El funcionario no se percata de la presencia del payaso. Continúa ojeando el periódico y tarareando la canción, hasta que la picazón en la espalda lo vuelve a atacar, esta vez, como si fuera una picada de abeja. Ante los ojos casi desorbitados de Tin Tin, Durán desenfunda su S&W con cañón de 214 milímetros y usa su punta para alcanzar el lugar exacto de la comezón. La piel cruje al ser rascada con fuerza. Sus ojos se cierran y su boca se abre de puro placer.

Finalmente, el payaso entra a la oficina con la vista clavada en el piso. El comisario levanta su rostro redondo, abultado y rosado. Impasible, observa en silencio al payaso, quien le muestra un papel mal impreso, mal rayado y mal sellado.

—Me dijeron que esto es por aquí…

Durán se levanta y toma el papel al que apenas dirige una mirada chapucera. Tin Tin trata de explicarle algo, pero el policía lo manda a callar con un fuerte gesto de mano. Se sumerge por segundos en sus pensamientos y camina hacia el radio transistor. Arrebatado por la música, el comisario bambolea la cabeza con los ojos cerrados y canta apasionadamente.

Todo lo que sueño es tan dulce, tan dulce como tú. Sueño con cositas tan lindas, tan lindas como tú

Sin perder la letra y mucho menos el ritmo, el policía comienza a bailar muy pegado con una pareja imaginaria. La mano armada sostiene la cintura de la compañera. Disimulando, Tin Tin se mueve a trompicones de un lugar a otro, evitando ser apuntado durante los giros del bailarín.

—Aquí nadie respeta la luz roja —comenta el policía sin dejar de bailar.

—¿Y cómo es la cosa para que me entreguen el cuerpo? —riposta el payaso desviando la mirada, como si con eso lograra evadir el comentario del comisario.

Las palabras de Tin Tin rompen el ilusorio idilio. El comisario Durán, evidentemente irritado, encara al payaso.

—¿Qué te pasa? ¿Es que tú no tienes sentimientos?

El payaso calla y con timidez señala el papel. El agente se aleja sin quitarle la vista. Se dirige hacia el radio transistor. El payaso se acerca unos pasos al policía. Tropieza una silla con sus estrambóticos zapatos.

—No es eso. Póngase en mis…. zapatos. ¿Qué haría usted si..?

—Ray Barreto aprendió primero a tocar jazz y después se metió a salsero —interrumpe Durán, sin ni siquiera mirarlo—. Por eso, ese tipo era una estrella. Pero, bueno… ya que a ti no te gusta la música…

Con la punta de su revólver, el funcionario apaga el radio transistor. Observa a Tin Tin de arriba abajo, acariciando su boscoso bigote. Recorre el estrecho espacio de una oficina mal iluminada por defectuosos tubos fluorescentes. En una pared destaca el afiche que invita a los interesados a participar en el LVII Campeonato de Ping Pong de la Morgue. Se detiene. Piensa. Escupe un chorro perezoso de saliva que cae en la punta de su propios mocasines, imitación de cuero con suela de goma.

—No te entrego el cuerpo… a menos que me hagas reír.

Al payaso se le engatilla la boca. Evade la mirada del policía que ausculta descaradamente en su incredulidad. Durán restriega el calzado ensalivado contra la pata del escritorio.

—Hay que sufrir gozando, ¿verdad? Además, yo aquí hago lo que me da la gana.

—Está bien… —apenas logra contestar el payaso.

Inmediatamente, saca de uno de sus bolsillos delanteros de su pantalón un globo amarillo fosforescente y lo estira repetidamente. De un soplido, Tin Tin logra inflar el largo globo y con unos pocos movimientos de manos lo convierte en un sombrero que empotra sobre el perfecto peinado de Durán. El policía, sin ni siquiera inmutarse por el acto circense, introduce el papel en su boca y comienza a masticarlo con exageración, mientras se quita el sombrero de globo. El payaso no logra retirar la vista del papel. Amaga varias veces con estirar su brazo para detenerlo, pero lo retrae temerosamente, hasta que su miedo comienza a teñirse de impotencia.

—¡Yo conozco mis derechos!

Instantáneamente, el comisario Durán deja de masticar y dirige a Tin Tin una mirada encendida. Abre la boca, dejando caer el papel hecho pelota ensalivada. Encorvado, el payaso se aleja del policía, buscando aire, cordura e ideas por los rincones. Trata de controlar su agitada respiración, pero no lo logra. Con ímpetu, se dispone a marcharse, pero el ruido de una explosión adyacente, acompañada de algunos bajones de luz, lo detienen. El viejo aire acondicionado ya no ronca. Tin Tin es sorprendido por unas maldiciones ad libitum provenientes de afuera.

—¡Comisario, se terminaron de joder las neveras! ¿Qué hacemos?

—¡Muden a nuestros queridos inquilinos a una fosa común! —responde con un soberbio grito, al tiempo que explota el sombrero de globo de un fuerte apretón.

El payaso tiembla de ira, pero se controla sacudiendo su cabeza.

—Usted no puede permitir eso. Ese cuerpo es…

Tin Tin aprieta los labios para no dejar salir el llanto que explota desde sus entrañas. Toma fuertes bocanadas de aire para mantenerse firme. Con ternura, Durán se acerca y posa la mano sobre su hombro.

—Tranquilo. Déjame ver si se puede hacer algo.

Durán se dirige hacia una puerta cercana a su escritorio, cuando la voz de Tin Tin lo detiene en seco.

—Gracias…

El comisario se voltea, sonríe tiernamente y sale de la oficina.

Durán cierra la puerta tras de sí. Comienza a recorrer un largo pasillo, pero se detiene a los pocos metros. Se apoya en una de las paredes y en breve se escucha el cierre de su pantalón abrirse. Un profuso chorro de orina comienza a chocar contra la pared, salpicando a unos cadáveres apilados a los pies del comisario. De pronto, siente un golpeteo rítmico que proviene de lejos. Un 4/4 propio del merengue, que se me mezcla con otro chorro de orina. Durán voltea y sólo logra divisar a lo lejos una negra silueta que canta siguiendo el pegajoso tempo de los golpes que propina con un bolígrafo a una vieja estructura de metal.

Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida. Abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida

El policía se muestra complacido por la música y sin dejar de orinar se incorpora justo en el coro de la canción.

Durán cierra de nuevo la puerta tras de sí, pero esta vez del lado de la oficina. Se sienta plácidamente. Tin Tin lo mira fijamente en espera de una respuesta.

—No se puede hacer nada —le informa el comisario.

Tin Tin queda paralizado, con la boca abierta. Sus ojos ya enrojecidos se pierden en el techo de la oficina, hasta que la voz, esta vez con tono esperanzador, de Durán, los obliga a aterrizar.

El payaso se paraliza ante el revólver. En su mente, un redoblante de duelo comienza a sonar. Su cuerpo se tensa abruptamente.

—A menos que… No sé… Quizás ayude un incentivo…

— ¿Cómo es la cosa? —responde Tin Tin confundido.

—Un incentivo… —acota Duran, mientras rodea al payaso—. Tú lo que necesitas es un incentivo.

Esta proposición con aires de engaño sumerge a Tin Tin en una tensión que le impide moverse. De pronto, Durán apunta con su S&W con cañón de 214 milímetros a la cabeza del payaso.

—Si no me haces reír… te mando a la nevera con tu carajito.

El payaso se paraliza ante el revólver. En su mente, un redoblante de duelo comienza a sonar. Su cuerpo se tensa abruptamente, y sin quitar los ojos del comisario saca de uno de los bolsillos traseros de su inmenso pantalón una peluca arcoíris que se coloca con determinación. Alegres e infantiles acordes de trompeta y piano comienzan a acompañar al redoblante. El funcionario se muerde los labios con fruición.

Tin Tin estrella la maleta contra el suelo. La abre y extrae un martillo de colores, notoriamente desproporcionado respecto a su cuerpo. Coloca una de sus manos sobre el escritorio separando el pulgar del resto de los dedos. Calcula un par de veces el recorrido que el martillo debe hacer para golpear con precisión. Toma aire y alza la herramienta, estirando la punta de los pies al máximo. Inmediatamente, apoyándose en un poderoso grito, el payaso lanza el golpe mientras retira la otra mano. El escritorio se estremece del impacto. El cuerpo de Tin Tin rebota impulsado por una risa muda. El impertérrito Durán lo observa en silencio.

El payaso insiste. Coloca una vez más la mano sobre el escritorio separando el pulgar del resto de los dedos. Calcula un par de veces más el recorrido del golpe. Alza la herramienta con la punta de los pies estiradas al máximo y propina un contundente martillazo sobre el dedo. Su cuerpo rebota nuevamente, pero esta vez impulsado por un grito mudo. Aprieta el puño y gira por toda la oficina, ante la mirada impávida de Durán.

En breve, Tin Tin se detiene frente al comisario. Busca en la maleta un pañuelo blanco con una inmensa cruz roja en el medio. Con el trapo tapa la mano empuñada de dolor a la altura del rostro de Durán. Luego, extrae de su saco un manojo de papelillos de colores y lo esparce sobre el pañuelo, a modo de polvos mágicos. Le siguen un par de conjuros ejecutados con elegantes giros de la mano. Por último, toma el pañuelo y lo retira de un tirón, dejando ver un estrambótico pulgar de goma con el que simula pedir cola. Luce una amplia, pero fingida, sonrisa de satisfacción.

El agente recoge el papel masticado y trata de devolverle su forma plana, apoyándolo sobre el escritorio. Abre una gaveta metálica que chilla y saca un bolígrafo con el que se dispone a firmarlo.

—Vamos a dejar esto así.

Pero, justo cuando el bolígrafo se posa sobre el papel, Tin Tin lo detiene, apretándole el antebrazo con decisión. Policía y payaso se miran con profundidad. Durán insiste en firmar y el payaso insiste en impedirlo. Varios forcejeos hacen desistir al funcionario, quien con actitud retadora se recuesta del escritorio cruzando los brazos. Tin Tin se aleja pensando dolorosamente. El redoblante de duelo vuelve a sonar en su cabeza.

Con largas zancadas, Tin Tin llega hasta la maleta. Esta vez saca dos diminutas raquetas y una pelota de ping pong. Alegres e infantiles acordes de trompeta y piano acompañan al redoblante. El payaso coloca una de las raquetas entre los brazos cruzados de Durán. Inmediatamente, toma distancia y adopta la pose de un tenista que se dispone a hacer un saque con intenciones de ace. Ensaya el movimiento de la raqueta por encima de su cabeza. Desde la altura de la cintura, lanza la pelota al aire observando su recorrido ida y vuelta desde la palma. Todo ello, de frente a un estático Durán.

El payaso inicia el saque lanzando la pelota al aire. En su ascenso, la esférica casi toca el techo, seguida por las miradas del payaso y del comisario. En su descenso, Tin Tin lanza el raquetazo, pero no logra atinar. Sin embargo, la pelota no regresa a la mano ni cae al suelo.

Durán se levanta y se aleja, observando a Tin Tin armado como si fuese un mono jugando con una botella.

Intrigado por la desaparición, Durán se despega del escritorio y avanza hacia el payaso, a quien de un empujón aparta para buscar la pelota. De pronto, Tin Tin aprieta su propia garganta con angustia y gime desesperado, llamando la atención del funcionario. Con una mímica estrafalaria le indica que algo está atorado allí, que le impide respirar y que necesita un golpe en la espalda para sacarlo. Pero ante la apatía del comisario, el payaso palmea su propia espalda, cada vez con más fuerza.

La mirada de Durán está clavada en la boca de Tin Tin, esperando la pelota que sorpresivamente parece salir disparada desde el ojo, impactando en la frente del policía. Con una mano tapando su rostro, y gimiendo de dolor, el payaso busca en el suelo el supuesto ojo, que aún rebota bajo el escritorio. Lo recupera y finge atornillarlo en su cavidad ocular. El policía se sienta, se recuesta del espaldar de la silla y bota la raqueta en una papelera. Con calma, desanuda su corbata y toma una inmensa bocanada de aire para saltar sobre el payaso, a quien abofetea con violencia, una y otra vez, hasta que otro grito proveniente de afuera lo detiene.

—¡Comisario! ¿Tenemos que montar los fiambres en el camión ahora? ¿Por qué no mejor después de almorzar?

—¡Ahora mismo! —riposta Durán.

Desmadejado, Tin Tin se deja caer para entregarse al llanto doloroso. El comisario Durán se arrodilla junto a él. Desenfunda de nuevo su S&W con cañón de 214 milímetros y la coloca en las manos del payaso, a la vez que le susurra al oído.

—Cuentan que el primer abusador de la historia apareció cuando alguien dijo “yo aquí hago lo que me da la gana”… y el otro respondió, “está bien”.

El payaso detiene bruscamente su llanto. Durán se levanta y se aleja, observando a Tin Tin armado como si fuese un mono jugando con una botella. El payaso observa el arma en sus manos y súbitamente se impulsa hasta llegar al comisario, a quien apunta en la frente. Intenta disparar, pero el arma se engatilla. Intenta otra vez. Nada. Torpemente busca el seguro, pero es incapaz de encontrarlo.

El policía comienza a reír y su bigote frondoso no logra esconder la grotesca boca. Cada intento de disparo incrementa la carcajada. La risa in crescendo de Durán satura el lugar.

Tin Tin cierra la puerta violentamente y se apoya en ella, dejando atrás la incontrolable e infinita risa de Durán. Observa el papel, detallando la firma, cuya tinta se corre por efecto de la saliva. Con delicadeza trata de aplanarlo un poco más, apoyándolo en su pecho, mientras el vozarrón del teniente atraviesa la puerta.

—¡Pacheco, allá va un payaso! ¡Entrégale al carajito!

El payaso trata de recobrar la cordura cuando descubre un camino formado por muertos mal apilados en el piso. Su mirada lo recorre hasta llegar al fondo de un pasillo, donde el subalterno de Durán se encuentra de pie junto a una camilla ocupada.

El payaso se desplaza tembloroso y a cada paso observa con mayor nitidez la sábana con nubes estampadas que cubre un pequeño bulto. Al llegar, la mano de Tin Tin dura años en alcanzar el cuerpo que finalmente logra acariciar con ternura. Aprieta los ojos para exprimir las pocas lágrimas que le quedan y se dispone a destapar el cadáver, cuando el subalterno le arrebata la camilla de un fuerte tirón.

—No te lo entrego… a menos que me hagas reír.

Tin Tin saca de uno de los bolsillos delanteros de su pantalón un globo amarillo fosforescente y lo estira repetidamente.

Manuel Salinas
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