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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

El poeta del baño público

• Martes 10 de octubre de 2017

Porque ya
una cosa es la poesía
y otra cosa lo que está
grabado en el alma mía…
Manuel Machado

La primera vez que recuerdo haberlo hecho fue en la Facultad de Psicología. Mi infantil necesidad de transgredir normas me guio desde el edificio B de Anatomía Forense hasta la torre Abraham Zutir, donde las vírgenes freudianas pretendían saber más que los demás, no sólo de sexo, sino de cualquier cosa. Me armé con mi marcador negro Sharpie, entré al baño de mujeres disimuladamente, después de haber esperado afuera a que saliera una señora que parecía ser empleada administrativa, puse cara de buen chico, como siempre, y me encerré en uno de los cubículos. Apoyado sobre la tapa de la poceta empecé a escribir en la pared con mi perfecta letra de molde: “Aquí estuvo Príapo, la próxima vez estará dentro de ti”.

Me había gustado, más que escribir mi hermoso verso en la pared, escuchar los movimientos, a veces sordos, de una chica sola en el baño en plena intimidad y enfrentándose al espejo.

De repente, escuché unos pasos, una tos leve, unos mocos soplándose, alguna chica entraba al cubículo contiguo a orinar. Escuché el sonido armonioso de un chorro certero que se difuminaba en agua; imaginé la fuente de Artemisa y traté de contener la respiración que empezaba a ser más ruidosa por la emoción. La chica pareció limpiarse, darle a la palanca, salir del cubículo, dirigirse al lavamanos, enjuagarse, restregarse los dedos, y pareció quedarse un rato largo mirándose en el espejo hasta decir en voz alta y clara: “Puta”. Sentí que el corazón se me saldría del pecho. Al fin se fue y pude poner los pies en el suelo, agitado, con una sonrisa.

Aproveché ese instante para salir con mi cara de despistado. El plan consistía en hacerme el confundido en caso de toparme con alguna chica que me descubriese. Pensé que me había gustado, más que escribir mi hermoso verso en la pared, escuchar los movimientos, a veces sordos, de una chica sola en el baño en plena intimidad y enfrentándose al espejo. Su “puta” sonó tan delicado, tan exuberante, que tuve la necesidad de buscarle un rostro, averiguar quién era. Pero no me bastaría la sutil voz pronunciando suavemente dos sílabas para dar con ella. Supuse que sólo quedaría una alternativa: escribirle un mensaje directo en el mismo cubículo de poceta donde había estado. Foucault y Lacan creerían, sin duda, que en caso de encontrarse nuevamente sola en el mismo baño (cosa más que probable), escogería exactamente el mismo cubículo para orinar y entonces podría leer mi mensaje poético. Aunque tuve el impulso de ir de una vez al baño a hacerlo, pude contenerme. Además, logré convencerme de que era mejor asistir de oyente a alguna clase de poesía en la Facultad de Filología para hacerme con una idea más poética e, incluso, plagiar directamente a algún autor que estuviesen leyendo en algún seminario. Lo mejor de mi plan era que, en caso de que alguien denunciase semejante mensaje ante el decanato, las sospechas irían dirigidas hacia alguien de Filología, seguramente alguno de esos con cara de perverso que estuviese asistiendo a cualquier seminario sobre poesía.

Crucé el campus invadido de una felicidad plena. Incluso creo que iba andando sonriente y un poco tonto. Llegué a Filología y me dirigí a la zona de la recepción en la que se encuentra una cartelera extensa con información sobre todos los cursos, horarios, aulas, temas y profesores. Busqué con el dedo el primer nombre que me sonara: Manuel Machado. A Lucía le gustaba Manuel Machado, decía que era muchísimo mejor poeta que su hermano Antonio, pero según ella, lo habían perjudicado muchísimo su austeridad poética (o algo así) y su adhesión al bando franquista. Como yo no podía saber cómo diablos se puede evaluar a dos poetas distintos como uno “mejor” que otro, pues simplemente la escuchaba embelesado. Lucía me enseñaba tantas cosas. Incluso empecé a reconocer mis perversidades gracias a ella. Decía que a medida que las hiciera conscientes se irían matizando, poco a poco, y quizás, algún día, quién sabe, decía ella, podría sublimar mis desviaciones más notorias. Lucía desapareció de mi vida de una forma abrupta, misteriosa; se diluyó y nunca supe bien por qué.

Busqué el aula A17 del edificio “Lope de Vega”, me asomé en la ventanilla de la puerta y enseguida noté que era una clase en la que predominaban las chicas; sólo había un par de chicos, además del profesor Gutiérrez. Éste leía de forma pausada y con voz potente unos versos de los que recuerdo sólo: “dejándome solo, / no sé si dormido o despierto”. Mientras admiré el poema, odié a Lucía y comprendí que, una vez más, tenía razón. Imaginé que el profesor Gutiérrez podría follarse a cualquier chica de la clase con esos poemas, esa voz y ese atuendo (llevaba chaqueta de pana, boina vasca y un flamante rolex). Tal vez hasta lo habría hecho con todas. Lucía seguro diría: “Pues tiene con qué”.

Sólo alcancé a estar unos 11 minutos en la clase antes de que terminara. Acaso unas tres o cuatro chicas habrían notado mi presencia. Yo en cambio las detallé bastante a todas. En total eran 13. A todas las imaginé haciendo pipí, y luego arreglándose frente al espejo mientras cada una se decía a sí misma “puta”. Estaba seguro de que no era ninguna de ellas. Además, quién iba a recorrer más de 800 metros para buscar un baño en otra facultad. Sin duda, sería alguna de esas cachondas de Psicología que sólo leen a Freud o a Lacan todo el día y terminan desarrollando fijaciones fetichistas. Resolví entonces ir a la Biblioteca Francisco de Vitoria para buscar alguna antología poética de Manuel Machado. Pedí la primera que apareció en la base de datos. Abrí el libro, que parecía nuevo, en una página al azar, y leí en voz baja: “Mi pensamiento, entonces, / vaga junto a las tumbas de los muertos / y en torno a los cipreses y los sauces / que, abatidos, se inclinan…”.

No sé por qué esos versos me turbaron de una forma tan inesperada y me hicieron rememorar una tarde de playa en Torremolinos con Lucía. Mientras ella fumaba un porro, me dijo que estaba decidida a entrar en el claustro Doña Ana de las Carmelitas. Riéndome, le pregunté si acaso se había chalado definitivamente. Y me dijo que no, que necesitaba apartarse de todo. Ella no tenía la más mínima vocación religiosa, y en general, el catolicismo le despertaba aversión, pero dijo que sólo lo haría durante unos meses para lograr un ambiente y un contexto propicio para una meditación extrema que necesitaba con urgencia. Lo haría como parte de una intensa psicoterapia a la que ella misma estaba decidida a someterse. Tú deberías hacer lo mismo, loquillo, me dijo. Pero no me causó gracia. Me bebí una cerveza mientras ella terminaba su porro y me propuso darnos un baño en el mar. Sé que era una tarde cálida, pero no era verano. Nos metimos al mar, un poco idos del mundo: algún beso, algún abrazo, algunas caricias nos dimos. Me sentí por fin como un cuerpo. Recuerdo su broma pesada, al salir del agua, mientras nos secábamos en la arena: “¿Me vas a decir que no te pone cachondo una carmelita?”. Le dije que me molestaba el poder que ella tenía sobre mí, entonces me dijo una estúpida frase de Foucault: “Donde hay poder, hay resistencia”.

Estuve un par de horas en la biblioteca. Leí a Manuel Machado como nunca había leído a ningún poeta en mi vida. Varias veces, con distintas tonalidades mentales, dejándome subyugar por cada palabra y por cada trazo de ritmo, y de silencio. Comprendí lo importante que era la pausa para la poesía, era el cauce de la fluidez. Pero el poema que me produjo un éxtasis sensorial fue “Yo, poeta decadente”. Aquellos versos los pude haber escrito yo perfectamente, y con esa cadencia, con esa tristeza entrecortada y sutil, con ese desprecio leve hacia la propia poesía. Cuánto detestaba a Lucía, siempre tenía razón. Copié el poema completo en mi cuaderno maltrecho y me marché.

Esperé un par de horas en la cafetería a que terminara el turno de la tarde y oscureciera. Me dirigí entonces a la Facultad de Psicología y entré rápido y sigiloso al baño de mujeres. No había nadie. Entré al cubículo deseado, saqué mi marcador negro Sharpie y escribí en la pared con mi perfecta letra de molde: “Puta del espejo, alma / palabra gastada, / Mía… no sabemos nada”. Al terminar sentí un murmullo de risas, tropecé y caí al suelo desde la tapa de la poceta, golpeándome con la puerta del cubículo, que se abrió completamente. Una chica dijo: “Pero si es un chico, ¿qué haces, enfermo?”. Apenas traté de sobreponerme, tapándome el rostro, salí corriendo. Pero en la puerta del baño se hallaba otra chica con el vigilante de seguridad. “Creo que está rayando las paredes del baño, es patético”. El de seguridad, cogiéndome del brazo, me pidió mi carnet estudiantil y me llevó a una oficina pequeña y maloliente, en la zona de mantenimiento. Anotó mis datos en una hoja de servicio y me dejó irme.

Al día siguiente no fui a la universidad por razones obvias. Pensé que si pasaban un par de días, el asunto quedaría olvidado y, naturalmente, no podría volver al baño de Piscología durante un tiempo. Pero antes de las 11 am recibí una llamada en mi teléfono móvil. Era el decano Márquez, de la Facultad de Medicina. Me pedía que me acercara a la brevedad posible a su oficina, en el edificio Averroes. Supuse que se trataría de una amonestación, y como sólo me faltaban un par de semestres para culminar mi notable carrera, estimé oportuno ir cuanto antes y aceptar cualquier medida disciplinaria para zanjar el asunto para siempre.

Pero al llegar a la facultad me sorprendió el revuelo. Estaban la policía nacional, periodistas y prácticamente media comunidad universitaria. Dos policías me escoltaron hasta la oficina del decano Márquez. Una vez allí, el decano me miró a los ojos con desprecio y me exigió que realizara unas pruebas para entregar cuanto antes unas muestras de sangre, de orina y de semen. Aquello me pareció absurdo y repugnante, y me negué. “Está usted obligado a ello, por favor colabore y no haga este proceso más difícil”, dijo el decano en tono hostil. Hice las pruebas y entregué las muestras. Me dejaron retirarme. Mientras bajaba las escaleras entre el tumulto, alcancé a escuchar una voz de mujer que decía: “Nunca pudo recuperarse de la muerte de Lucía”. La policía retuvo mi documentación y me pidió que fuese a la comisaría de San Antón al día siguiente a primera hora.

Me dijo que lo mejor era que me declarara culpable y que apelaría a un recurso infalible: el más que evidente trastorno psíquico del que era víctima.

Antes de ir a casa, pasé por la Casa del Libro a comprar las obras completas de Manuel Machado. No sé por qué tuve el impulsivo deseo de memorizar la mayor cantidad de poemas posibles. Apenas dormí unas pocas horas en la madrugada, no sin antes haber memorizado más de quince poemas. Ahora no comprendía cómo había pasado mi vida sin haber conocido estos poemas. Lucía era una desgraciada que siempre había tenido razón.

Pasé la mañana siguiente por la comisaría. Un policía me presentó a un señor regordete, dijo que era el fiscal Margallo, o algo así. Éste me leyó unos papeles en los que se me acusaba de haber profanado el cadáver de una chica, dijo algo de haber violado a esta chica muerta durante la madrugada del 2 de abril en los depósitos forenses del Instituto de Anatomía. Dijo que las pruebas científicas eran concluyentes y mi ADN correspondía 100% con el del agresor. Dijo que a partir de ahora pasaba a disposición judicial y que me sería asignado un letrado. Yo negué tales acusaciones, que me parecieron absolutamente descabelladas. Pero todo fue en vano. Estuve encerrado en una celda de la comisaría tres días, hasta que vino finalmente el abogado que me asignaba el Estado. Me dijo que lo mejor era que me declarara culpable y que apelaría a un recurso infalible: el más que evidente trastorno psíquico del que era víctima por no haberme repuesto de una pérdida tan dolorosa. No sabía de qué diablos hablaba, pero algo en sus palabras me hizo recordar el deseo de Lucía de que yo pudiese sublimar mi perversión. Sonreí y tuve ganas de escribir un poema digno de Manuel Machado. Tal vez se lo enviaría al convento en Doña Ana y le añadiría una nota en la que le dijese que ella siempre me había atraído carnalmente demasiado, incluso vestida de carmelita.

Juan Pablo Gómez Cova

Juan Pablo Gómez Cova

Escritor, profesor e investigador literario venezolano (Barinas, 1978). Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, UCV (2002). Magister en Filología Hispánica por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España (2004) y Magister en Literatura Comparada por la UCV (2009). Actualmente es doctorando de Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha sido profesor de la Escuela de Letras de la UCV durante doce años. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas.
Juan Pablo Gómez Cova

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