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Romperé los apellidos

domingo 18 de febrero de 2018
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“Mi padre sigue siendo un gigante” —pensó Georg.
Franz Kafka. “La condena”.

Rafa había quedado con Berta para cenar en un restaurante argentino en el centro de Barcelona. El joven solía citarse con mujeres de su edad, a las que conocía por una página de contactos de Internet. Berta también había utilizado en varias ocasiones la plataforma del amor, pero no había encontrado a su príncipe.

La cena iba viento en popa. Fue uno de esos momentos en los que parece que conocieras desde siempre a esa persona, no había sonrisas forzadas ni silencios incómodos. Rafa había explicado a Berta que trabajaba en la sección de recursos humanos de una gran empresa española. Estaba contento porque era un trabajo que no le estresaba y tenía mucha flexibilidad con los horarios. Berta, ¡oh, benditas casualidades de la vida!, también trabaja en los recursos humanos de otra empresa, también española.

La conversación había cristalizado en un precioso diamante. Ambos comentaban, entre risas, las anécdotas del trabajo. Quien los escuchara pensaría que iban al trabajo a pasar un rato agradable. Pero no era eso. Lo que sucedía era que había una química especial entre ambos.

Berta llamaba a esa química “relación” o “noviazgo”; Rafa, en cambio, la llamaba “sexo” y “ver la tele acompañado y en paz”.

Berta había analizado a Rafa. Él era un joven de treinta y cinco años, medía metro ochenta y tenía la cabeza cubierta por una buena mata de pelo castaño; su nariz no era puntiaguda sino pequeña, y no quitaba el protagonismo a una cara fina gracias a varias cremas. Su cuerpo no estaba derretido por la grasa y tenía un aspecto juvenil. Le había comentado que cuidaba su dieta y nadaba tres días a la semana.

Casi todas sus citas se solían reír de sus apellidos, pero ella había reaccionado como una persona adulta.

A Rafa le había gustado el cuerpo de Berta, una mujer de la misma edad que su pretendiente. Medía un metro setenta, delgada, y el pelo rizado y de color castaño embellecía esa cara de carácter extrovertido; para Rafa tener una destacada mandíbula era porque esa persona hablaba mucho y lo veía como un aspecto positivo. Sin duda, lo que más le había gustado fueron sus pechos, dos rascacielos que invitaban a unas espectaculares vistas en el punto más alto de los edificios. Se había centrado tanto en subir por las escaleras de los rascacielos que no se había fijado más en ningún otro aspecto físico.

Hasta ese momento, todo fue perfecto. El aspecto negativo es que la perfección no existe y, más tarde que temprano, la incomodidad acechó a Emilio. Y sólo por una pregunta inocente de Berta.

—¿Cuáles son tus apellidos?

Había llegado el momento fatídico que tanto había temido. Había llegado el momento de responder y esperar que Berta no se riera. La experiencia le había enseñado que no mintiera porque, si iniciaban una relación, sería descubierto con el tiempo.

—¿Tan terribles son tus apellidos? —preguntó Berta con jocosidad.

—Es delicado para mí —respondió, al fin, Rafa.

Berta no dijo nada. Su mano acarició la de Rafa para inspirarle la suficiente confianza y que respondiera.

—Está bien —pero volvió a callar. Berta tranquilizó su miedo con una mirada cariñosa y una sonrisa fraternal—. Del Cacho Salido.

—No es tan terrible.

—Durante años, estos apellidos me han frustrado, lo pasé mal en el instituto. No te preocupes, ya no me importa. Es por otra cuestión personal.

Rafa se había quedado maravillado por la reacción tan positiva de Berta. Casi todas sus citas se solían reír de sus apellidos, pero ella había reaccionado como una persona adulta. No quiso explicar el episodio que hizo que odiara sus apellidos, tuvo una idea: le avanzó la historia como si del tráiler de una película se tratara.

—Te prometo que, en la próxima cita, te lo contaré todo.

—Es un buen anzuelo para que yo pique —dijo con una sonrisa.

—Me apetece verte, me has gustado mucho. Ya me avisaste de que no eras de esas que se acuestan en la primera cita, es algo que me atrae. Quiero volver a verte.

—Y yo también.

Berta no interrogó más a Rafa. Le había encantado la idea, o el juego, de él de explicar la historia completa en la segunda cita. Fue algo que incluso la excitó y no sabía si en la siguiente cita valdría la pena ser casta como una doncella. Le había gustado mucho Rafa.

Salieron del restaurante y quedaron para el siguiente sábado por la tarde para comprar ropa, porque empezaban las rebajas de julio, y luego a cenar. Él esperó a que ella cogiera un taxi. Cuando Berta le dio la espalda para abrir la puerta vio todo su cuerpo, pero no le importó que lo que vio no fuera tan espectacular como los rascacielos.

La segunda cita empezó con unas pruebas de ropa en varias tiendas. En la primera, cada uno se había cambiado en un probador diferente. En la segunda, la historia cambió; Rafa miró fijamente a Berta, ella sonrió, entró en un probador y dejó abierta la cortina. Rafa no dudó. Los dos, dentro del probador, se besaron. Berta rio cuando Rafa intentó quitarle los pantalones, pero al final lo dejó y volvieron a besarse.

Minutos después estaban en otra tienda, esta vez con la intención de consumir los productos textiles. La tarde era una banda sinfónica que tocaba al unísono. Ninguno de los dos esperaba a un nuevo músico que desafinaría la canción tan romántica que sonaba.

—¡Rafa! ¡Rafa! ¡Qué alegría verte aquí!

—Vaya, qué sorpresa —dijo sin alegría.

—Estoy aprovechando que son las rebajas.

—Muy bien —parecía que a Rafa se le había atragantado la lengua.

—Ya veo que no vienes solo.

—No —su intención era no decir nada más. Aunque a los pocos segundos compendió, gracias al silencio incómodo, que tenía que presentar a ambos—. Se llama Berta.

—Hola, encantado.

—Berta, es mi padre.

—¡Vaya! ¡Hola! Encantada. Qué casualidad tan bonita.

—Pues sí. Estaba a punto de irme a casa y al final me he animado, parece que algo dentro de mí sabía que os encontraría —dijo el padre con un tono festivo.

—Pues nosotros llevamos tres tiendas. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Pascual, pero me puedes llamar señor Del Cacho.

—¡Qué cachondo! A Rafa no le hace gracia vuestro apellido.

—Si yo te contara —Pascual hizo una pausa de unos segundos para dar emoción a sus palabras. En todo momento había hablado con una gran sonrisa un poco exagerada—. Cuando tenía dieciséis años juró que se cambiaría el apellido al cumplir la mayoría de edad. Por suerte, al cumplir los dieciocho se le quitó esa idea.

—Era un niño.

—Sí. Y tú tienes que ser una niña por tu aspecto. No sabía que te gustaban tan jovencitas, Rafa.

—Gracias, pero tenemos la misma edad.

—Eres la primera mujer que se pone años en vez de quitárselos.

—Muchas gracias —rio Berta y no pudo seguir hablando.

—Papá, nos tenemos que ir.

—Claro, lo entiendo. Bueno, hijo, llámame para comer un día juntos.

—Sí.

—Está bien. Adiós, Rafa. Berta —se le acercó y la besó en las dos mejillas—, encantado. A ver si nos vemos otro día.

—Vente a cenar con nosotros, seguro que es divertido.

—No sé —dijo Pascual mirando a su hijo.

—¡Vente! ¿Verdad, Rafa?

—No puedo obligarlo.

—Yo no quiero molestar.

—Tú no molestas, si no, no te lo diría.

—Lo que diga, Rafa.

—Vente —respondió para que Berta no pensara que era una mala persona y que no quería a su padre. Había entendido que a ella le hacía mucha ilusión.

Berta se excusó, tenía que ir a los servicios. Cuando caminaba Pascual, la vio por la espalda y le dijo a su hijo que tenía “un cuerpo de pera”. Rafa no contestó con palabras, sino con una mirada de desprecio. Él ya lo sabía, pero no le había importado; en cambio, desde ese momento, vería con otros ojos el trasero de Berta, aunque quería convencerse de que se compensaba con el pecho.

Yo quería que Rafa fuera el heredero de la empresa pero, por suerte, hizo caso a su madre. Ella quería que estudiara una carrera, y la verdad es que le ha ido mejor así.

Pascual era un hombre que se cuidaba mucho. Esa tarde vestía con un pantalón de lino de color azul; una camisa, también de lino, blanca, de mangas cortas, y unos nuevos zapatos negros. Compraba mucha ropa, porque era un hombre presumido. Eso se notaba en su aspecto físico: era pequeño, no llegaba al metro setenta, era delgado e iba peinado con un tupé duro como el cemento gracias a la fijación capilar. No se teñía el pelo, no le hacía falta, su color gris marcaba más vida que los colores de los jóvenes. Eso era por la expresividad de su cara: era una cara firme y sin nada de grasa; una piel morena por el sol playero; sus arrugas no eran grietas de una tierra estéril, sino un camino empedrado que daba muestras de ser un sitio seguro por el que caminar.

La cena fue un horizonte sin fin para Rafa. No había hablado en la primera hora del evento casi familiar. De haberlo hecho, habría sido para echar a su padre del restaurante. Pascual, por su parte, le había contado su vida a Berta: el nacimiento, la vida dura de un estudiante rebelde en la escuela franquista, sus primeros besos, su relación con la madre de Rafa y, por fin, había llegado el momento de hablar de su gran orgullo.

—Así que trabajé de peón y luego ascendí a albañil —hizo una pausa y movió las cejas para escenificar tensión—. Ahorré y con un compañero fundamos una empresa. Compramos un terreno, contratamos a unos pocos trabajadores y entre todos levantamos una casa.

—¿Tú también trabajabas? —preguntó Berta.

—Sí. Mi socio y yo. Esa primera obra fue un éxito y sacamos una buena tajada de su venta. A partir de ahí todo fue cuesta arriba, cada año que pasaba teníamos proyectos más ambiciosos y más exitosos. La empresa creció hasta los cincuenta trabajadores, incluyendo tanto a los técnicos como a los arquitectos.

—Rafa nunca me lo había comentado.

—¿Tampoco te ha dicho que tengo una casa en Castelldefels?

—No.

—Sí, en primera línea del mar, puedo oler la sal si abro la ventana. He trabajado muchísimo y nunca he sido un derrochador.

—Muy listo —dijo Berta guiñando un ojo—. ¿Y ya estás retirado de todo?

—Sí. Vendí mi parte de la empresa antes de que estallara la crisis de 2008. La compró el hijo de mi socio y el pobre no se salió, tuvo que bajar las persianas. Yo, por mi parte, aproveché para comprar unos pisos, porque habían bajado casi a la mitad de su valor. Ahora, en pleno 2017, los tengo alquilados y gano una buena pasta gracias a que el alquiler ha subido en los dos últimos años.

—Eres todo un hombre de negocios.

—Gracias, Berta. Es irónico, ¿sabes?, porque yo quería que Rafa fuera el heredero de la empresa pero, por suerte, hizo caso a su madre. Ella quería que estudiara una carrera, y la verdad es que le ha ido mejor así. Ella tenía razón —Pascual se calló de golpe. Miraba a su hijo, que estaba pelando una gamba con las manos—. Rafa, ¿por qué no comes con los cubiertos?

—Papá, creo que ya es demasiado tarde para enseñarme modales —respondió con hostilidad.

—No, hijo. ¿Qué pensará esta chica tan guapa?

—Que no has sido un buen padre y que sólo puedes presumir de tus negocios de mierda. Que ganaste una buena pasta por contratar indocumentados, así te ahorrabas los gastos de la Seguridad Social y, encima, ellos cobraban menos. Que mamá te dejó por mujeriego.

El silencio amordazó a nuestros tres protagonistas. Berta se quedó de piedra, Pascual contó hasta mil y Rafa reía como el niño que se sale con la suya. El padre fue el primero en cornear aquel silencio que los estocaba.

—Como puedes observar, Berta, he mimado mucho a mi hijo. Hoy en día aún no sabe ni taladrar un agujero en la pared para colgar una foto. Tiene que llamarme a mí o, si está cabreado conmigo, tiene que pagar a alguien. No tiene ninguna herramienta en su casa. No creas que sólo está verde en este tema. ¿Sabes que vive solo? Bien, pues su madre paga a una chica para que le cocine en casa y también para que haga las otras labores domésticas, como fregar o planchar. Como ves, depende de todo el mundo.

—Tú no me enseñaste nada. Lo único que vi de ti es la invención de mil mentiras tras ser infiel a mi madre.

—No puedes faltarme así al respeto, ¡a tu padre!

—Y tú no me puedes faltar al respeto sólo porque creas que, al ser el hijo, soy inferior a ti, como cuando era un bebé.

—Delante de mí no puedes faltar al respeto a tu hijo —dijo Berta.

—Perdón, guapa, ¿qué dices? —preguntó, por primera vez en la cena, descolocado. No esperaba esa reacción de Berta. Ella sabía que Rafa había empezado la discusión.

—Tu hijo tiene muchas virtudes. Yo lo conozco poco, pero sé que no me equivoco si digo que es buena persona. Y eso es lo más importante.

—Papá, creo que la conversación se ha tensado mucho. Mejor que no comamos los postres. Tú te vas por ahí y nosotros por allá —dijo Rafa con la tranquilidad aniquiladora que da la victoria.

—Está bien.

Estuvieron comiendo callados y diez minutos después pidieron la cuenta. Rafa pagó su parte y la de Berta, que en un principio se había negado, y Pascual pagó la suya. Pascual se despidió de Berta con educación y de su hijo con una voz arrodillada que intentaba levantarse.

Cuando se fue Pascual, Berta propuso a Rafa tomar una copa en un pub, aunque le tocaba invitar a ella. Él no puso objeción alguna. La música no fue un impedimento para que nuestros protagonistas hablaran sobre sus vidas. Estaban de pie, apoyados en la barra del local, bebiendo con la alegría que da una persona que te gusta y tú sabes que le gustas.

Berta empezó a explicar su historia y no queda escrita aquí por ser aburrida. Digno de saber es que los dedos de Rafa empezaron tocando la cintura de Berta y acabaron personificando a cinco masajistas que acariciaban las nalgas de Berta. A ella le gustó que él no fuera un pulpo que la acosaba con sus tentáculos. Rafa, por su parte, pensó que Berta tenía un cuerpo de pera, tal como Pascual le comentó, aunque se dijo a sí mismo que no le importaba, porque él siempre prefirió el pecho al culo y, lo más importante, no era como su padre.

Volvieron a besarse. Parecía que era el primero. Habían pasado varias horas desde los besos en los probadores de la tienda. Fue una escena típica: Berta miró a Rafa, como la luna llena al mar cristalino, y éste entendió que había llegado el momento. Rompieron la aguja del reloj y estuvieron abrazados, hablando sin hablar.

Tras una escena tan excitante, por fin, Berta dijo algo, pero el tema descolocó a Rafa. Berta le había preguntado por qué tenía una relación hostil con su padre. Dudaba de que sólo fuera por lo explicado en la cena. Rafa respondió que había dado en la diana y que era un tema difícil para él. Sin embargo, Berta sabía cómo hacerle sentirse cómodo y sincerarse. Esa mirada era un cóctel de bondad y sexualidad que calmaba la angustia de Rafa y le quitaba la sed con esa leche refrescante.

—No es fácil explicarlo porque he tenido problemas con mi padre por las mujeres —empezó Rafa. Berta sabía que no podía interrumpirlo, si no él se desanimaría y no acabaría la historia—. Mis relaciones anteriores se han ido a pique por culpa de mi padre. Ya has visto cómo es, va por la vida de galán seductor. Pues lo que ha hecho contigo ya lo he vivido, por eso estaba tan serio. No quiero explayarme, te cuento el final. Mis ex se enamoraron de mi padre al ver que él era un hombre con dinero, un trabajador incansable y con visión de los negocios. Además, se podía pasar horas ridiculizándome porque yo no soy mañoso —Rafa calló. La historia no la había explicado ordenadamente, pero Berta lo había entendido todo.

—¿Se acostó con alguna de ellas? —preguntó con la máxima seriedad posible para no parecer una chismosa.

—Que yo sepa, no. Él siempre las rechazaba. Él le puso mil veces los cuernos a mi madre; pero, que yo sepa, nunca se folló a ninguna de mis ex. Más de una lo intentó antes de dejarme; entonces, él me llamaba y me explicaba lo que había sucedido. Me echaba una bronca terrible, porque decía que era un inútil que no sabía tener contenta a una mujer. Yo no le respondía, sólo colgaba. Después hablaba con la traidora y casi todas me lo reconocían sin interrogarlas. Me decían, llorando, que mi padre era un gran hombre y que no quería hacerme daño.

—¿Y había otras que te dejaban por él?

—Sí, y en ese momento, se daban la supuesta hostia. Algunas quisieron volver a estar conmigo, pero yo las mandaba a la mierda.

—Es alucinante. Aunque mira el lado positivo.

—¿Cuál?

—Has estado con muchas mujeres porque eres un hombre interesante. Lo que pasa es que tu padre pretende desvirtuar tu imagen y eso no lo ha conseguido conmigo.

—Gracias.

Pensó en la descortesía de su padre cuando comentó que Berta no tenía unas nalgas como Beyoncé o Rihanna.

—Espera, falta lo más importante. Por una parte me alegro de que te haya pasado todo esto.

—¿Por qué? —preguntó Rafa indignado.

—Porque así he conocido a un hombre maravilloso.

Bebieron otra copa más y se fueron del pub. Por la calle iban cogidos de la mano y se reían de cualquier movimiento, por muy cotidiano que fuera. Las farolas de la ciudad iluminaban con simpatía una avenida de rosas.

Fueron al piso de Berta. Allí ella abrió una botella de cava y le dijo a Rafa que podían ducharse juntos. Él, como era de esperar, aceptó. El chorro de agua caía como la lluvia esperada en una tierra seca. Era agua bendita que los purificaba para luego ensuciarse en el barro del placer, como los cerdos se limpiarían en el fango.

Siguieron bebiendo. Estaban desnudos en la cama. Una cama de dos metros de largo por metro cincuenta de ancho y con muchos cojines en forma de corazón. Rafa disfrutaba de las vistas encima del rascacielos, no quería bajar, pero Berta buscaba la conexión de sus dos mundos, lo que consiguió con varias frases empalagosas. La única frase sin un tono absurdo fue cuando le pidió que se pusiera el condón.

Minutos después dijo otra frase sin maquillaje: “Ahora quiero ponerme a cuatro patas”. Rafa obedeció, pero sintió que ya se había comido lo más apetecible de la pera, aunque le gustaba estar con Berta. Otro pensamiento le vino sin llamar a la puerta, como un asesino siguiendo en la calle a su víctima y que ataca en un despiste de ésta. Pensó en la descortesía de su padre cuando comentó que Berta no tenía unas nalgas como Beyoncé o Rihanna.

Berta, en cambio, estaba disfrutando y creía que la velada estaba resultando perfecta. Era una persona a la que le gustaba comunicarse con su pareja. De repente, le había venido a la cabeza chillar sin más, porque estaba a punto de eyacular.

—Sí, Del Cacho, dame, Del Cacho.

Lo que le faltaba escuchar a Rafa. Fue como un leve accidente de automóvil, durante los primeros segundos no supo qué sucedió. Cuando fue consciente de que había escuchado el apellido paterno le dolió, y se enojó como cuando sus antiguas novias se habían enamorado de su padre. Fue un choque entre los dos coches que acabó con el manejo placentero de ambos conductores.

—¿Qué pasa? —preguntó Berta al notar que Rafa se deshacía de ella de mala gana.

—Pasa que, mientras follábamos, tú pensabas en mi padre.

—¿Qué dices? ¿Por qué piensas eso? —Berta estaba sorprendida.

—Porque no has mencionado mi nombre, sino mi apellido.

—Es por eso —Berta, durante unos segundos, estuvo más calmada—. Estás nervioso por haberlo visto esta tarde, pero te aseguro que no tiene nada que ver. Tu apellido es muy cachondo y me ha parecido gracioso pronunciarlo. Te aseguro que estaba pensando en ti. Tú me gustas mucho, Rafa.

—Ya, como todas —dijo con odio.

—No entiendo. ¿Todas las mujeres con las que has estado pronunciaban tu primer apellido?

—Sí. Dime por qué nunca pronunciáis el apellido de mi madre. “Sí, Salido, me pones salida”, o algo así —Rafa afeminó su voz, aunque Berta no sabía si intentaba bromear o había enloquecido.

—Eso es ridículo —Berta tardó unos segundos en responder. Pensaba que había ido muy rápido con Rafa y que lo había juzgado a la ligera por la desesperación de hacer el amor—. Tienes un sentimiento de inferioridad hacia tu padre que sólo puede entenderlo un psicólogo.

—Y ahora me insultas. Como todas, ahora dirás que no tiene nada que ver y luego irás detrás de ese maldito Del Cacho. Pues te diré lo que les he dicho a todas: vuestro Del Cacho os será infiel como lo fue con mi madre y cuando reclaméis vuestro derecho de esposa os responderá con un bofetón. Sí, no pongas esa cara de sorpresa. Yo ya estoy harto: estoy harto de que mi pasado me golpee como ese cabrón a mi madre; estoy harto de que me robe a las mujeres que me gustan.

”Así que si es verdad que tanta gracia te hace mi apellido, quiero que sepas que lo romperé, que lo doblaré, que le echaré gasolina y lo quemaré. Actuaré con justicia, como es hacerte comprender tu hipocresía al tener estos cojines con forma de corazones. Amor no, pero sí han pasado muchas pollas por esta cama”.

Rafa cogió uno de los cojines, abrió la cremallera y, desquiciado, sacó las plumas. Berta se enfadó y empujó a Rafa. Él no se defendió, no tenía la intención de maltratarla, sólo actuó así para hacerle comprender sus contradicciones, o lo que para él era una contradicción. No le dio tiempo ni de vestirse, porque Berta lo amenazó con que llamaría a la policía. Rafa se tranquilizó, cogió su ropa y se fue desnudo del piso. Se vistió en el rellano de la escalera.

Cinco minutos después, Rafa estaba por las calles barcelonesas buscando un taxi. La noche tenía un color café y las luces de las farolas eran rayos que escenificaban una película de suspense en la que está a punto de cometerse un homicidio. Sus manos eran navajas afiladas, que podrían herir hasta al militar con más experiencia bélica, sus ojos clamaban justicia y respiraba metal en vez de oxígeno.

Cuando vio un taxi, gritó con un tono esperanzador. Le dijo al taxista que iba a Castelldefels. Ninguno de los dos habló en el trayecto. Rafa agradeció que aquel hombre no fuera el típico taxista charlatán que todo lo sabe.

Cuando bajó del taxi, vio la casa de Pascual. Entonces surgieron las primeras dudas. Sacudió la cabeza como si así pudiera arrancarlas, como sucede con el arroz pegado a una olla. Primero, quiso asegurarse y rodeó la manzana, vio que la luz de la televisión resplandecía en el comedor, y que la luz estaba apagada.

Analizó la casa. Una pequeña propiedad de cien metros cuadrados, en primera línea de mar; sólo tenía una planta. Parecía un palacio que expresaba una riqueza que llamaba la atención a todo el que pasara por la calle. Una casa enjoyada de mármol con unas ventanas grandes. Detrás del pequeño palacio había un jardín. La propiedad estaba protegida por un muro de ladrillos y la entrada principal era una verja ornamental, compuesta por bastidores de chapa, perforada con una altura de treinta centímetros.

Llamó al interfono de la verja. Pascual respondió al minuto y abrió a su hijo. Fue un saludo frío. Rafa le dijo que tenía que hablar con él. Pascual iba vestido con un pantalón corto y una camiseta de tirantes, y paseaba sin zapatillas. El comedor era tan espectacular como el exterior de la vivienda, sus medidas eran cincuenta metros cuadrados y formaba un rectángulo perfecto. El suelo también era de mármol. Justo al entrar por el recibidor, a mano derecha, había una mesa de mármol, nueva, en la que cabían ocho personas. Hasta las sillas eran de mármol. ¿Se puede decir que Pascual tenía una obsesión por este material? En el centro del comedor había un sofá de tres plazas que miraba a la televisión y dos sillones que se miraban, uno enfrente de otro, posicionados de forma lateral y no central como el sofá. La puerta del jardín estaba en la punta contraria del recibidor y en la pared que miraba al sofá había un mueble de madera, por fin, tan lujoso como el resto del hogar.

Se sentaron en los sillones con un ron con cola cada uno. Rafa, antes de explicarse, extrañado de que su padre no encendiera la luz del comedor, le preguntó por qué no lo hacía.

—Porque así no estarías cómodo. Supongo que esto es lo de siempre.

—Quizás esta vez no, papá.

—¿Qué ha pasado con esa chica? ¿No te ha gustado? ¿Te ha echado de su casa? Una buena chica que te defiende y lo has estropeado, como siempre. Seguro que la culpa es mía.

—Tú, con tu comentario despectivo sobre su culo, me has destrozado la velada.

—Es normal, aún eres un niño y te dejas influir por tu padre.

—Deja tu sarcasmo, porque dicho así, sin conocer nuestra historia, parece que soy un inmaduro.

—¿No lo eres?

—Te repito que dejes tu cinismo. Sabes que lo odio. Sabes que odio que me dejes en ridículo y lo sigues haciendo —Rafa levantó su mano y golpeó el sofá para desahogarse.

—Has sido tú el que ha sacado toda la mierda de la familia.

—Porque estoy harto de que se repita siempre la misma historia.

—Yo nunca te he quitado a ninguna de tus novias —Pascual dejó la ironía y empezó a mover la pierna derecha como si tuviera un tic.

—Eso dices tú, pero yo he visto lo que le hiciste a mi madre, a tu esposa.

—Fui un mal marido, no lo niego —Pascual se levantó indignado porque su hijo no lo creía. Llevaba la copa en la mano. Ya había hablado en muchas ocasiones sobre este tema con él, aunque no se acostumbraba a los ataques de Rafa—. Incluso reconozco que por sus celos llegamos a las manos. Fui un monstruo para ella, pero tu mamá tenía mucho carácter y tú sabes que ella me pegó más a mí que yo a ella.

—Sí, pero tenía sus razones —dijo Rafa sentado en el sillón. Se sentía seguro quieto allí, sin moverse. Levantarse significaría perder la seguridad en sí mismo.

—Puede ser. Lo que quiero decir es que fui un mal marido, y seguro que un mal padre, pero no un diablo que se follaba a todas las novias de su hijo. Tú no parabas de hablar de mí, tú necesitabas que te dijera qué decisión tomar ante cualquier duda, hasta me llamaste un día para elegir una película en el cine ¡y estabas con una chica! —Pascual había estado dando vueltas por el sofá mientras hablaba.

—La culpa de que sea así es tuya.

—Rafa, alguna culpa tendrás tú. Hace años que puedes votar.

—No entiendo por qué mi madre te aguantó tanto.

—Ganaba mucho dinero y tú no habrías soportado el divorcio. Esperamos a que tuvieras veinte años, pero aún eras un crío.

—Ya, por tu culpa se fue del país.

—Se casó con un político. Lleva cuatro años en Lisboa porque él es el embajador. Siempre que tú quieras puedes ir a verla, porque te paga el viaje. ¿Qué culpa tengo yo? —preguntó Pascual. Se sentó en el sillón porque ya estaba más tranquilo.

Cambiaré mi nombre y mis apellidos. Rechazaré vuestra herencia. Naceré, por fin. Yo seré dueño y culpable de mis decisiones. Se acabó esta farsa.

—Si tú hubieras sido un buen marido, ella estaría contigo y yo viviendo con vosotros.

—¡Claro! Vives solo desde que tu madre se fue a Portugal. Piensa por qué no te buscó un trabajo en Lisboa. Le dolió no hacerlo, pero era para que espabilaras. Desde nuestro divorcio dependías mucho de ella, aunque decía que tú hablabas mucho de mí, que me odiabas y querías a la vez.

—Eres mi padre, aunque seas una mala persona.

—Y por eso has venido esta noche —Pascual dejó el vaso en el suelo y empezó a mover las manos como si estrangulara a alguien—. Para decir que me matarás, como en las anteriores citas, y luego te quedas sentado en ese sillón sin moverte. Pues bien, por eso no he encendido las luces, para que por fin te atrevas y el ambiente no te frene.

—No lo digas tan desafiante. He entendido que esa no es la solución.

—¿Cuál es?

Rafa gesticuló algo parecido a una sonrisa. Sacó el carnet de identidad de su cartera. Pascual no entendía nada, pensaba que su hijo estaba loco.

—Será un asesinato simbólico. Romperé mis dos apellidos. Cambiaré mi nombre y mis apellidos. Rechazaré vuestra herencia. Naceré, por fin. Yo seré dueño y culpable de mis decisiones. Se acabó esta farsa. Nunca más seréis los culpables de mis fracasos. No pienso decirte mi nueva identidad, pero ya tengo pensado el nombre y los apellidos. Me voy, no quiero molestarte más. Adiós, Pascual, adiós.

El padre no acompañó a ese nuevo hombre. Pascual salió de la casa para cerrar la verja. El que fue su hijo estaba caminando recto como nunca, suponía que buscando un taxi. No sabía si ese acto era una nueva locura de las suyas o, realmente, había tomado una decisión valiente.

El tiempo despejaría sus dudas.

Lluís Llurba Torre
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