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El búho de arcilla

martes 27 de febrero de 2018
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La noche caía enigmática entre las sombras de los altos árboles empapados por la incesable lluvia, sobre el poblado apartado al noreste. Allí donde sólo subían los pastores para llevar los rebaños a pastar en los montes, nadie más se atrevía a pisar.

Hacía tres días seguidos que no paraba de llover. La fuerte tormenta había arrastrado un río de alfombras de color delante de las casas, y ahora el camino hacia la carretera parecía un grueso tapiz asiático. El agua se colaba por los encogidos techos dándoles un triste matiz oscuro. El verano se iba, poco a poco, y su inseguridad de marcharse se percibía persistente, en su apasionante deseo de quedarse aquí, con las flores salvajes y las aromáticas hierbas. Quería estar un rato más entre los habitantes de esa aldea aislada en su taciturno paisaje.

Oscurecía rápido. La noche avanzaba arrastrándose entre los porches de las casas detrás de cuyas pequeñas ventanas llameaban las sombras de las velas. Los rayos de la noche anterior provocaron una importante avería que dejó a los pueblerinos sin electricidad. Sólo la casa de dos plantas al fondo de la calle que serpenteaba hacia la tenebrosa montaña quedó completamente sombría y sumergida en un silencio abrumador. Su callado jardín lleno de charcos estaba marcado por las patas de un desmesurado perro. Las densas gotas caían insaciables encima, haciendo las huellas aún más profundas. La única señal de que la casa estaba habitada era el humo que salía por la chimenea, lento y grisáceo como un lazo de rodeo. Allí, detrás de las compactas cortinas, apenas se oía un regañar. Era la voz macabra de la vieja propietaria, cuyo verdadero nombre nadie sabía. Por la localización de su vivienda, la llamaban simplemente “La señora de la esquina”. Nadie estaba al corriente de dónde exactamente había venido, ni tampoco se acordaban de cuándo lo hizo, pero ella formaba parte del poblado, de una manera sigilosa y algo rara. Su presencia era perturbadora y maliciosa, al igual que las repentinas tormentas que iniciaban por aquí como un diluvio.

El plato decorativo hecho de arcilla que tenía dibujado un búho, el cual se hallaba en la cima de todo en la estantería de arriba, se cayó rompiéndose en pedazos.

—¡Estate quieto, Marco Aurelio! —ella volvió a regañar al dóberman, que le pisaba la sucia falda oliente a pepinos y yogur. El anciano perro le lanzó una mirada de desaprobación, pero obedeció y se quedó en un rincón, al lado de la hoguera. La leña crujió estridentemente y sus ojos se reflejaron en las chispas. Eran las once pasadas, pero Marco Aurelio todavía no había cenado y le sonaban las tripas. Su dueña, enfadada porque no pudo recoger más leña por el mal tiempo, le dio una patada en las nalgas para que se callara. Apático, él lanzó una perezosa mirada a las numerosas estanterías saturadas de jarrones, botijos y tazones, y se encogió en la sucia alfombrita. Hambriento, se quedó medio dormido bajo las llamas que eran la única fuente de luz en ese hogar.

Fuera, las sombras de los cipreses alrededor de la casa se alargaban detrás de las cortinas, como enormes siluetas humanas. Unos pasos acelerados se oyeron cerca del umbral, pero el sordo ruido enseguida se esparció con el viento, que bramaba por los rincones de la vivienda. La vieja olfateó el aire, pero la pobre liebre ya se había largado. Estaba a salvo. La anciana sacó sigilosamente la escoba de detrás de la puerta, abrió la ventana y se asomó. La niebla no le permitía distinguir las siluetas y, rabiosa, volvió a cerrar la ventana de golpe.

Justo cuando puso a hervir la poción de unas hiervas amargas, el plato decorativo hecho de arcilla que tenía dibujado un búho, el cual se hallaba en la cima de todo en la estantería de arriba, se cayó rompiéndose en pedazos. Asustado por el ruido, Marco Aurelio gimoteó turbado. Hasta la vieja se paró intranquila un rato largo y dejó de vigilar el brebaje, que empezaba a sobresalir de la tetera, silbando.

Los cacharros de arcilla suelen romperse por estar hechos a temperaturas elevadas, pero aun así, destacaba la cautela con la cual La Señora de la Esquina recogió los restos esparcidos por todos lados.

Luego subió a la planta de arriba con una vela que casi se había consumido, donde el cadáver de un búho olía a podrido, tumbado en el rincón bajo el alféizar.

Rossi Vas
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