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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Co(lapso)

• Martes 20 de marzo de 2018

La disco está a reventar. Un humo de colores sale de la pista de baile y se mete entre las faldas de cuero de un mar de muchachitas que se mueven al ritmo de un viejo tema de Gigi D’Agostino. Las luces estroboscópicas imprimen a las siluetas un efecto de cámara lenta que contrasta con el vértigo de las notas del DJ italiano. Los brazaletes fosforescentes me marean un poco. El volumen es atronador y estoy demasiado cerca de uno de los altoparlantes. Cada boom-boom entra en resonancia con los latidos de mi corazón y si conoces algo de física de ondas ya sabes lo que sucede cuando un cuerpo entra en resonancia: colapsa, de la misma forma en la que aquellos puentes indestructibles se hicieron pedazos al entrar en vibración con los latigazos del ventarrón que los azotaba.

Sucedió hace siete años. Una cena entre dos que empezó con risas y besos desenfrenados terminó con mi brazo derecho clavándote un artefacto punzante en medio del corazón.  

Boom-didi-boom; boom-didi-boom, boom-didi-boom y el puto corazón con ganas de salirse. Y más esta noche en la que lo traigo aporreado, en la que se me ha despertado ese recuerdo lejano que se me aparece en las noches menos indicadas para asegurarme que algunas frases de cajón no tienen ningún sentido, que no todas las heridas sanan con el tiempo y que algunas de ellas apestarán para siempre. Por eso he venido esta noche, para tratar de pagarte una de las tantas promesas que nunca pude cumplirte, la de traerte a este lugar y hacerte mover hasta que el cuerpo aguantara. El más estúpido de los deseos que escribimos en una hoja de papel después de haber visto The Bucket List.

Sucedió hace siete años. Una cena entre dos que empezó con risas y besos desenfrenados terminó con mi brazo derecho clavándote un artefacto punzante en medio del corazón, con un oficial de policía haciéndome mil preguntas y una unidad de paramédicos sacándote de mi apartamento en una camilla cubierta por una sábana blanca.

Me tomo un trago de vodka vivo y se me calienta todo. Abandono mi lugar en la barra en dirección a la pista. Atravieso la cortina de humo con los ojos cerrados. Siento las miradas hostiles de tíos con brazos inflados por esteroides adornados por tatuajes tan poco originales como sus atuendos. Una jauría de leones sin nada que perder porque en esta pista el único que tiene el pecho reventado soy yo.

El DJ aumenta el ritmo y vuelve a bajarlo, convirtiendo a su consola en una especie de control remoto en el que las masas sudorosas desaceleran sus movimientos al apretarse el botón de slow-motion y aumentan la velocidad de sus pasos al oprimir la tecla del avance en rápido.

Boom-didi-boom; boom-didi-boom, boom-didi-boom. Tengo la boca seca, puedo ver cómo la humedad adquiere forma líquida al golear el techo, sudor condensado lloviendo sobre las cabezas de gente rodeada de gente, de siluetas repetidas exhibiendo sin pudor su soledad y sus ganas.

Me dejo llevar, siempre con los ojos cerrados, sintiendo el sudor multiplicarse por todo mi cuerpo, saliendo con rabia a través de cada poro, sacando toxinas y malos recuerdos en cada gota. Toda una limpieza, todo un exorcismo.

Danzo con torpeza al compás del I still believe in your eyes de una voz que recrea en mi mente el recuerdo más poderoso de todos. Ese en el que salía del trabajo a tomar el bus de regreso a casa, caminando a través de una lluvia de copos de nieve hacia el paradero habitual. Una esquina en la que nunca pasaba nada hasta que te dio por aparecerte como lo hacen las chicas perfectas en las malas comedias de Hollywood. Y el puto bus que no pasaba y vos a medio metro probando mi resistencia y quebrándome como esa rama seca que rompimos meses después en un juego estúpido de amantes bandidos.

Boom-didi-boom; boom-didi-boom, boom-didi-boom. Me dejo llevar, siempre con los ojos cerrados, recibiendo uno que otro empujón por parte de gorilas protegiendo su territorio y por muchachas incomodadas por mi cercanía. La pista es demasiado pequeña para tanta gente. Eso puede ser un problema o una ventaja. Mientras más colisiones se produzcan más oportunidades tienes de ganar la lotería. También de que te revienten la nariz de un puñetazo.

Estoy bañado en sudor, el aire escasea y el alcohol me ha subido la temperatura. Necesito salir de aquí, oxigenarme un poco, aclarar las ideas. Entreabro los ojos y busco la puerta de salida. Me abro paso entre la masa de cuerpos y salgo del club al que nunca debí haber venido. Me siento más miserable que nunca.

Tomo mi celular y abro el WhatsApp. Leo nuestras conversaciones, del primero hasta el último mensaje. Cada uno de ellos es una punzada en el pecho.

Paso a la galería de fotos y la sensación es todavía más insoportable.

Pienso en marcar tu número, no sé por qué lo hago, los muertos no contestan el teléfono.

Sabíamos que íbamos a terminar estrellados y aun así no le bajamos al acelerador. Y una cosa llevó a la otra.  

Me largo de este lugar, venir fue una mala idea, como la que tuve aquel día bajo la nieve al preguntarte si llevabas mucho tiempo esperando el bus. Lo hice en francés sin saber si eras anglófona o francoparlante. Ahora sé que dominabas ambos idiomas. También el rumano y el español. Hablabas más lenguas que Zlatan Ibrahimovich. Un Google Translate con ojos color miel y una sonrisa irresistible.

Ca fait 20 minutes —me respondiste—. No debe tardar el próximo.

No pude descifrar tu acento y ahí todo cobró sentido. El puto cliché en el que nunca creí se me había puesto de frente para reírse en mi cara.

—No eres canadiense, ¿eh?

—Tú tampoco, “eh”.

—Colombiano.

El bus número 55 en dirección Montreal se detuvo frente a nosotros y continuamos el interrogatorio adentro de un vehículo de servicio público con la calefacción demasiado alta.

Veníamos de dos mundos totalmente diferentes, de lugares maltratados por personajes siniestros. Me contaste la historia del dictador Ceauşescu y de la forma en la que se despidió de este mundo, fusilado por su propio pueblo un 24 de diciembre, con transmisión en vivo y en directo a través de la única estación de televisión nacional.

En tu país castigaban a los criminales, en el mío los premiaban. Los asesinos del grupo guerrillero más sangriento del continente fueron perdonados con la excusa de negociar la “paz”. No pagaron un solo día de cárcel ni les fueron incautadas las incalculables fortunas acumuladas tras décadas de secuestros, extorsiones y tráfico de cocaína. No los fusilaron, les regalaron curules en el Congreso y ahora aspiran a la Presidencia.

Veníamos de mundos totalmente diferentes, tú de Transilvania y yo de Macondo. Y cada tarde, después del trabajo nos encontrábamos en la misma parada y escuchaba mil historias. Desde Nadia Comăneci, Vlad Tepes, Christian Mingi y Emil Cioran hasta Nicolae Ceauşescu, Gheorghe Hagi, el Steaua București y tu alergia al cacahuete.

Un día decidimos no tomar más el autobús y caminar hasta el metro. Pasar un poco más de tiempo juntos justificaba la exposición al frío extremo, el mismo frío que nos servía de pretexto para meternos en un café y calentarnos con un capuchino caliente. Sabíamos que íbamos a terminar estrellados y aun así no le bajamos al acelerador. Y una cosa llevó a la otra. A invitarte al cine, a tomarte de la mano, a besarte en un parque solitario, a hacer el amor en un cementerio, a ver una comedia en la que dos enfermos terminales trataban de realizar sus sueños antes de despedirse de este mundo, a escribir una lista de deseos en un papel amarillo y a prepararte una cena en mi apartamento.

Si hubiera prestado un poco atención a uno de esos detalles realmente importantes a lo mejor aún estarías aquí, con un vestido plateado moviéndote en una pista de baile, agarrándome de la corbata y arrastrándome hacia una esquina de la disco para comerme a besos.

Pero no le puse cuidado a eso que repetiste más de una vez. A las violentas reacciones de tu organismo al entrar en contacto con la cantidad más insignificante de cacahuete. Al servir los platos sobre la mesa me repetiste la pregunta de siempre. Te aseguré con los ojos torcidos que no había ni una sola traza en la comida. Antes de probar bocado te sentaste sobre mis piernas y me besaste como nunca lo habías hecho. Regresaste a tu silla y tomaste el tenedor. Tomaste el tenedor y lo dejaste caer al suelo. Empezaste a inflarte como un monstruo y te llevaste la mano a la garganta. Miraste tu bolso y entendí que allí tenías la jeringa. Corrí a sacarla y te la enterré en el pecho. La inyección de adrenalina no funcionó. No reaccionaste y de modo instintivo te la clavé una y otra vez con la esperanza de traerte de regreso.

—Era alérgica al cacahuete —le respondí minutos después al policía que respondió la llamada de emergencia.

Desde entonces repaso la lista de deseos que escribimos en una hoja de papel amarillo y me empeño en llevar a cabo los que nunca pudimos realizar.  

El otro agente revisaba el apartamento de cabo a rabo tratando de encontrar una respuesta.

—¿Algo de lo que comieron estaba contaminado? —preguntó el oficial.

—No. Y ni siquiera habíamos comenzado a comer, la cena está intacta.

Mientras contestaba al resto de preguntas veía cómo te sacaban envuelta en una sábana. El oficial que revisaba mis pertenencias sacó un paquete de chocolates del bolsillo del abrigo que colgaba del perchero. Era un paquetito de Snickers que habían dejado sobre el escritorio de cada uno de los empleados de la empresa en la que yo trabajaba, un detallito de la alta gerencia como reconocimiento por los buenos resultados del último mes.

Me preguntó si los habías probado y le expliqué que no te gustaba el chocolate.

—Y usted, ¿cuándo fue la última vez que comió uno de estos? —me preguntó levantando las cejas.

Su expresión lo dejó todo claro. No fue necesario meterse a Google para confirmar la hipótesis que formuló con su mirada.

Tomé uno de los chocolates y leí la información escrita en el papelito que lo envolvía. Quise matarme al leer la lista de ingredientes. Comprendí que el chocolate que me comí mientras preparaba la cena dejó trazas de cacahuete en mi boca que luego se transfirieron a la tuya justo después de sentarte en mis piernas. El último beso fue un arma mortal. Desde entonces repaso la lista de deseos que escribimos en una hoja de papel amarillo y me empeño en llevar a cabo los que nunca pudimos realizar. Hoy te traje a bailar hasta el amanecer. La próxima semana tomaré un avión hacia los Estados Unidos para sentarme a tu lado sobre la W del letrero de Hollywood y reírnos de este mal sueño mientras destapamos una botella de vino y divisamos la ciudad de las estrellas.

Daniel Cardona

Daniel Cardona

Escritor colombiano (Medellín, Colombia, 1977). Reside en Montreal, Canadá, desde 2007. Es ingeniero químico. Escribe cuentos, algunos de los cuales fueron publicados en la antología de cuentistas latinoamericanos Al diablo adentro. Administra el fanzine digital Letrina.
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