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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El fin

• Sábado 31 de marzo de 2018

—¿Y tú quién chingaos eres, cabrón?

—Pues un pinche paria, la verdad…

A las cinco de la tarde, en el rincón de una cantina, hay un robot que apenas y murmura.

—¿Oyes el mar?

—Pero si aquí ni hay mar, cabrón.

—El de las copas, wey. Los alcoholes.

El robot mueve un poco la boca. Murmura, pero a él nadie lo oye.  

Nadie lo oye. El robot está solo e inmóvil. Mira la botana y la botella de cerveza que escurre gotas por su estadía en el refrigerador. El robot piensa en algo. Su cuerpo ya no brilla como antes. Ahora es de un color café oscuro como el de la madera que se quema. Vejez. Observa el color de sus manos y la ropa que trae puesta. Su saco y su pantalón, ambos cafés. Su camisa, fina tela que lo cubre del viento. Junto a su mesa hay otras mesas más grandes. Ahí están sentados los ancianos, los señores y las poquísimas mujeres que van a tomarse algo. Todos, sin excepción, rebasan los treinta años. El robot también, y por mucho.

—Cállate, cabrón, es un secreto.

—Shhh…

Afuera llueve. Sopla el viento. Poco a poco, el agua compite con las palabras. ¿Quién se escuchará más? Van parejos. Ambos tienen un volumen similar. El robot mueve un poco la boca. Murmura, pero a él nadie lo oye.

—¿Ya viste cómo llueve?

—Sí… Lo bueno es que ya mañana no tengo que ir a trabajar.

—Puta madre. Yo sí, cabrón…

Por la lluvia y por ser viernes, el lugar está lleno. Cuando el robot salió del trabajo se fue directo a la cantina. Casi no se fijó al cruzar las calles. Los conductores de los autos lo maldijeron varias veces. El robot no escuchó lo que le dijeron. Cuando llegó, ocupó aquella mesa sin problema. Vio llegar a casi todos los ahora presentes. El robot se fijó en los rostros, en las arrugas, en los cabellos, en las canas, en la ropa, en los sombreros, en los anteojos, en el maquillaje, en los lunares, en cada pequeño detalle. No se perdió de nada. Todo lo almacenó en su memoria infinita. Al terminar, el robot pidió una cerveza.

—¿Crees que esto pare pronto?

Todo el mundo habla muy fuerte. Resulta difícil escucharse. ¿El robot habla con alguien? Las voces se entrecruzan y se superponen. Nadie sabe quién habla, pero el robot ya no murmura. El robot bebe un poco, come algo. Su mandíbula mecánica es precisa y mastica únicamente las veces necesarias. Su mano, firme, toma la botella de cerveza y la dirige hasta su boca para que descienda el alcohol. Poca espuma. El robot siente el frío. Baja la cerveza. Sus ojos siguen mirando hacia abajo.

—¿Sabes cuál fue su problema? Que no sabía comunicarse. Quería que yo le adivinara todo y pues…

El robot sufre por algo, pero no sabe qué. Su voz se escucha clara pese al ruido.  

El robot da el último trago, come el último cacahuate. Se levanta. Ya está un poco borracho. Se tambalea un poco, camina hacia el baño, entra. El robot orina en silencio y mira hacia el frente. Cierra los ojos.

—Pues no sé, no sé, no sé… Son tonterías.

El robot se sube el cierre, enjuaga sus manos, se ve en un trozo de espejo y vuelve a la mesa. Todo está como lo había dejado. Las personas hablan, beben, algunos se besan, otros fuman. Entra un niño con su madre a vender dulces y cigarros. El robot mira al pez betta que nada en el whisky de un hombre. Todo está igual. En orden. Como siempre, perfecto. El robot mira hacia el frente y hace como si parpadeara, aunque no lo necesita.

—Pues no me gusta ese trabajo…

—¿Pero..?

—Pero me pagan muy bien.

—¿Y cuánto es muy bien?

De pronto, el mesero se acerca para hablarle.

—Qué tal, ¿quiere otra chela?

El robot voltea y le sonríe. El robot sufre por algo, pero no sabe qué. Su voz se escucha clara pese al ruido. Contesta:

—No, gracias, así está bien. Esto no tiene sentido.

El robot se desabrocha el saco. Lo arrima un poco hacia los lados. Abre su pecho. De su interior asoma un botón rojo. El robot mete la mano, lo presiona suavemente y el planeta deja de existir.

Antonio Miguel Muñoz Ortiz

Antonio Miguel Muñoz Ortiz

Escritor mexicano (Puebla, 1996). Estudia Lingüística y Literatura en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Buap). Obtuvo el primer lugar del premio Filosofía y Letras de la Buap en la categoría de Cuento. Finalista en el Primer Concurso de Cuento Breve de Rock Parménides García Saldaña. Cuentos suyos han aparecido en Revista Marabunta, Revista Miseria, Revista Letrina y La Rabia del Axolotl.
Antonio Miguel Muñoz Ortiz

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