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Belleza temprana

sábado 9 de junio de 2018
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Recuerda cuando tenía doce años y empezaron aquellas miradas de los amigos de sus padres. Eran miradas furtivas que, más que admirar su prestancia actual, parecían buscar, guiadas por el deseo, la belleza futura que presagiaba su cuerpo infantil en pleno tránsito.

 

Estaba en el salón sorbiendo el primer café de la mañana con la televisión encendida de fondo. Emitían un documental de naturaleza en el que se podía ver a un oso polar observando con asombro deslizarse la pequeña isla de hielo en la que estaba atrapado, como el habitante único de un diminuto continente a la deriva. Tañeron las falsas campanas del despertador del teléfono móvil. Yasmín de Palma apagó la televisión sin haberle llegado a prestar atención al oso, cogió el bolso y salió de casa a toda prisa. En el ascensor coincidió con el propietario del ático segunda. Lo saludó con frialdad, se alisó la falda e hinchó el pecho y constató por el rabillo del ojo que ese vecino que siempre la había acosado, violándola descaradamente con los ojos, seguía haciéndolo, pero con una casi inaprensible diferencia; aquel día no la escudriñó tan persistentemente, o eso le pareció. Pudo observar cómo aquél alternaba las miradas obscenas con otras que dirigía al dispositivo que tenía en las manos, con el que debía estar entreteniéndose antes de que ella irrumpiera llenando con su presencia el espacio acristalado del ascensor. Saltó entonces una alarma. Quizás ahí empezó todo y pudo evidenciarse que algo ominoso nació ese día o quizás ya venía de antes y aquel detalle sencillamente hizo que en ese instante se le hiciese patente. En cualquier caso, algo se anunció, como una alarma que suena a lo lejos y no sabes si es la de tu casa o la del vecino. Y al final resultó que la alarma sonaba en su propia morada y no en casa ajena, pues los cambios fueron produciéndose, aunque se desarrollaron siguiendo una cadencia tan progresivamente lenta, y a la vez imperturbablemente continua (como la segundera del reloj de un niño cuando está esperando que termine la clase para ir al recreo que transforma los intervalos de tiempo en fracciones de segundos que parecen horas causando un desajuste entre el tiempo del alma y el tiempo cronológico), que podría decirse que cuando lo percibió ya estaba ocurriendo, por eso le resultaba difícil discernir cuándo pudo comenzar (si es que hay algo que empiece antes del primer principio); es decir, si fue antes o después de aquello. Pero obviando ese detalle, lo cierto es que la cosa fue a más y pronto la posibilidad fue convirtiéndose en certeza. Y ahora que ya no hay duda, lo percibe nítidamente y siente que está en el límite del jardín de las flores marchitas, donde el poder de la belleza la abandona, el mundo zozobra a sus pies, brotando, de entre los intersticios de las hendiduras abiertas en el piso sobre el que vacila, el inconfundible tufillo de la decrepitud. Y se siente confundida. Su habitual aplomo se quiebra como el tallo de una flor insegura bajo el escarnio de una noche gélida. Y observa que se refrenda la misma confusión en los hombres que la miran. Antes era presa de miradas abierta, descarnadamente admirativas, como las que le lanzaba el pervertido de su vecino cuando eventualmente se topaba con él dentro del ascensor antes de que empezara a suceder aquello que tanto le costaba nombrar, el declive de la juventud. En cambio ahora, percibe una notable distinción, aunque en cierto modo escurridiza a los ojos poco observadores; las miradas ya no persisten de aquel modo, rayando el descaro. Ahora es como quien la mira atraído por el destello fulgurado por un objeto precioso, observa deslumbrado, pero luego, desconcertado, frunce el ceño al advertir que lo que ve no es lo que creía haber visto o lo que esperaba ver o creía que vería, sino un espejismo de algo que estuvo presente, proyectado sobre el esqueleto de ese algo deslumbrante que ya no está. Como si lo que hubiera atraído a sus ojos ávidos hubiera sido el brillo de una estrella muerta, un eco de luz dirigiéndose al abismo. En realidad,

…UN ESPEJISMO.

Recuerda cuando tenía doce años y empezaron aquellas miradas de los amigos de sus padres. Eran miradas furtivas que, más que admirar su prestancia actual, parecían buscar, guiadas por el deseo, la belleza futura que presagiaba su cuerpo infantil en pleno tránsito. Ella percibió entonces el potencial poderío que aquello le otorgaba, que se confirmó más tarde, cuando su belleza fue una certeza incontestable. Entonces tuvo el mundo a sus pies. En realidad,

…RENDIDO.

Pero todo reino tiene su tiempo de esplendor y decadencia y nada, ni siquiera las piedras, sobreviven indemnes a esa transformación perpetua de las cosas que convierte continuamente lo nuevo en antiguo hasta hacerlo trizas y convertirlo en partículas elementales que alimentan lo más nuevo. Y ahora, esas miradas que no se sostienen como antes (son como esos gestos frustrados a medias que nos ruborizan cuando hacemos el movimiento de alzar la mano y contenemos un hola cuando estamos a punto de saludar a alguien a quien hemos confundido y nos cercioramos de ello in extremis —un rostro parecido que no es— y abortamos ese conato de saludo ejecutado a medias), miradas dubitativas que resultan, justamente por ello, más lacerantes, pues sí, hay algo peor que la indiferencia o la invisibilidad, las miradas que, en su vacilación, le recuerdan cada vez aquello esplendoroso que fue y que pronto dejará de ser y que en cierto modo ya ha dejado de ser, aunque ahora ni es que sea ni es que no sea, fue y no es, pero es un es que contiene aún cierta belleza, pues todavía habla de aquel fue hermoso que fue, cuya huella esplendorosa, que aún conserva (¿hasta cuándo?), apaga su luminiscencia paulatinamente, entonando el cántico de las postrimerías.

Ahora, al experimentarlo en su propia piel, como si dentro de la memora existiera una segunda que aflora los recuerdos sólo cuando puedes comprender lo que atesora, advierte que ya percibió antes ese padecimiento del alma que derrama sus lágrimas ante las pruebas irrefutables de la decadencia que, como un vórtice, succiona el papel blanco convirtiéndolo en papel ajado y el papel ajado en virutas que se lleva el viento. Y concretamente fue en la adolescencia, un sentimiento al que se aproximó oblicuamente, al experimentarlo no por padecimiento propio, sino por empatía y al ser, también, algo que en ese momento no supo entender (era aún una niña y le faltaba madurez para comprender), pasó casi desapercibido pero que, no obstante, le dejó un regusto amargo en la boca, un sabor que oscilaba entre la nostalgia anticipatoria y la tristeza de la pérdida derivados del primer encontronazo con la muerte; no porque hubiera fallecido alguien, pero sí por el hecho de percibir ya a esa edad temprana la fragilidad de los seres queridos que se encontraban en ese universo distante de los adultos, un sentimiento que contravenía y empezaba a resquebrajar ese mundo infantil construido a base de eternas certezas, que así inician ese sinuoso periodo de derrumbe que concluye con el desencanto y el escepticismo al que llegamos cuando, definitivamente, somos expulsados del paraíso de la infancia. Así que primero lo vio en su madre. A tal fenómeno ella lo bautizó más tarde, como “la marca de muerte”, pero no de niña, sino ya de mayor, cuando ya se le hizo más evidente y pudo entenderlo, siendo ella, además, el espejo que con su frescura cuestionaba la belleza de su madre, reproduciendo una imagen que enfrentaba una belleza esplendorosa y en pleno auge, como un estallido primaveral, y una beldad declinante, otoñal. Ahora lo recuerda nítidamente; era como si debajo del rostro delicado y bello de su mamá, la piel se hubiera vuelto más diáfana dejando entrever, de una forma muy sutil, la máscara de la ancianidad bajo el rostro aún lozano y el resultado era verdaderamente paradójico; quien miraba veía un rostro hermoso, sin embargo, sentía algo ponzoñoso en él, algo subrepticio que no sabía identificar, algo que aunque no se ve como se suelen ver las cosas se sabe que está, causando una extraña repulsa superpuesta al gozo que se experimentaba al contemplar la belleza de ese rostro del que así surgían caleidoscópicamente destellos de luz y de sombras encontradas que modelaban un universo en el que se confundían hermosos luceros y tinieblas grotescas. Algo etéreo proyectándose sobre el rostro hermoso, dotándolo de una nueva perspectiva que ensombrecía la belleza; como una capa de moho afeando una talla preciosa, pero no sólo que la afea, sino que señala que acabará con ella. En realidad,

La directora de la revista sabía perfectamente que muchas de sus ocurrencias eran ideas mediocres que, bajo el hechizo de su encanto, sus colaboradores convertían en preciosas gemas.

 

…CUESTIÓN DE TIEMPO.

Ante ese nuevo temor, descubriendo en su propio cuerpo el quebranto de lo que ella mismo denominó las “marcas de la muerte”, se pregunta,

¿QUÉ SERÁ DE MÍ?

Y realmente ve ante sí un universo de incertidumbre que le provoca un hondo estremecimiento y además, horror; la amenaza se extiende como una aguja que lo penetra todo transversalmente, pues su vida, ahora y siempre, se ha cimentado sobre su belleza y ésta, ahora lo sabe, es una cualidad frágil y caduca.

En las reuniones de trabajo, como redactora jefa de la revista Fruslerías, su belleza le otorgaba un gran influjo. El perfume que emanaba de su donaire tenía un efecto arrollador sobre la voluntad de las conciencias de sus colaboradores, su aroma seductor engrasaba los goznes de todas las puertas que se encontraba a su frente, era un bálsamo que predisponía en su favor a cualquiera que se cruzara en su camino; andaba siempre con paso firme. Era como una amazona cabalgando con absoluto poderío el potro indómito de la belleza. Su modus operandi en la oficina era un ejemplo de ello: exponía sucintamente las ideas que se le habían ocurrido, las arrojaba como pétalos de rosa sobre la mesa de trabajo y todos se lanzaban con avidez para convertir esas ideas simples en algo maravillosamente abigarrado, como gratitud a tanta belleza. Sus subordinados, como perros falderos, querían satisfacerla. Y la directora de la revista sabía perfectamente que muchas de sus ocurrencias eran ideas mediocres que, bajo el hechizo de su encanto, sus colaboradores convertían en preciosas gemas. Ese era su poder y ese era el valor que le daba. Entonces, qué pasaría a partir de ahora. Sus ideas eran tibias y la seducción ya no garantizaría la alquimia, quedando al descubierto sus limitaciones. Y en ese terreno también se estaban produciendo cambios, al principio imperceptibles, pero ahora, a la luz de aquel descubrimiento que fue abriéndose paso lentamente, a base de pequeños detalles esclarecedores que fueron revelándole la terrible verdad, el azote inmisericorde del tiempo, percibió que también extendían su influjo al ámbito laboral. Y todo aquello apuntaba a nuevos retos para los que no se sentía preparada. De algún modo se sintió como un oso polar al que hubiesen hecho cruzar una puerta al otro lado de la cual se encontrara con un desierto, pero no de hielo, sino de arena y sol; millones de años para aclimatar su anatomía al crudo invierno no le servirían de nada para sobrevivir en aquel nuevo entorno.

Ignacio José Valls Lázaro
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