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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

La escritora

• Jueves 28 de junio de 2018

En una de las cajas había escondidos dos viejos marcos, cada uno de los cuales contenía una pequeña y colorida pintura. Ella quiso colgarlos en las paredes de la sala comedor de su nueva casa, pero dudó. Lo anterior, por supuesto, no significa nada. Es en absoluto trivial. Un postre. Superficial. Esa es la cosa, sin embargo. Lo que ella no sabía, lo que a ella le embargaba, era precisamente eso: el no estar segura de si lo que necesitaba en su vida era orden monocromático o simplemente color. Ese era el asunto. Era una cosa sencilla. No tan si fuera poco, sino así de poco. Ella no sabía.

Uno nunca descubre nada sobre el personaje principal, se quejó ella cuando terminó de leer la historia.

Colocó el martillo sobre la mesa del comedor y subió lentamente las escaleras hacia el área de las habitaciones. Pensaba mucho mejor sentada sobre el inodoro en el cuarto de baño. No cerró la puerta, habría hecho demasiado calor: su esposo había mandado poner calefacción por pisos radiantes. Dejó, entonces, abierta la puerta a un ángulo tal que rozara su rodilla izquierda. Inclinó el torso hacia adelante y colocó el centro de su frente sobre el borde de la puerta. Puso sus manos sobre las manijas en cada cara de la misma como si estuviera conduciendo una motocicleta a toda velocidad. Más tarde, colocando su boca en el lugar donde había reposado su frente, miró hacia arriba y notó una fisura en el techo recién empañetado. Vio también manchas. Aquí y allá. Señales de imperfección por todas partes.

 

Pensó en una historia corta que recién había leído, escrita por un autor a quien había conocido en una ocasión —un hombre con mucho poder, editor de una casa publicadora que jamás pagaba a sus autores y que siempre subreportaba el total de regalías. Se suponía que este hombre era bueno en lo que hacía, pensaba Ingrid. En su lugar, sin embargo, ofrecía construcciones poéticas llenas de nada que colocaba sobre la página, aparentemente para que el lector se enterase de que él sí era consumado poeta. Leerlo le hizo sentir exhausta. Uno nunca descubre nada sobre el personaje principal, se quejó ella cuando terminó de leer la historia. Lo que es peor, acaba uno sin siquiera importarle lo que está diciendo el autor, pensó, pero al menos está haciendo algo. Ella, estos días, lo único que intentaba hacer era limpiar. Justo el día anterior había terminado de leer un libro muy vendido sobre limpieza. Alguien había sentido suficiente pasión al respecto como para escribir un libro. Con tantas cosas que hacer, cómo podía alguien escribir siquiera, se preguntó. De dónde saca uno tiempo para escribir qué.

 

Ingrid, o In, como le habían llamado algunos de sus amigos en antaño, tenía un niño de cuatro años en la escuela y un pequeñín de cuna que se encontraba ahora durmiendo. Esta mañana, tan pronto el bebé hubo de quedarse dormido, sentóse ella ante su escritorio para escribir. No era una escritora. No sabía exactamente lo que era. Había trabajado la astronomía alguna vez. Habían sido todo para ella aquellos tantos astros a lo lejos, cosas que todavía nadie entendía completamente aun cuando pretendieran lo contrario. Ciencia de lujo, dijo alguno. “Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”, escribió Neruda. En cierta ocasión, la mujer para quien investigaba Ingrid la había citado a su oficina para descubrir por qué había dejado ya de trabajar horas extras todos los días. “No es un ritmo de vida sostenible, profesora”, habría contestado Ingrid. “Conocí a un muchacho, y me parece que va en serio,” dijo. “Él quiere formar una familia y a mí me gustaría construir algo con él. Sinceramente, si tuviera que escoger entre trabajo extra o construir una relación duradera con él, yo lo escogería a él”. Casi sin abrir la boca, produciendo el sonido con las muelas, la mujer replicó, “Muy bien”. Fue una sentencia corta pero Ingrid supo inmediatamente lo que significaba. Cinco años más tarde, en ocasión de un encuentro fortuito, aquella mujer habría de preguntarle, “Aquel muchacho con el que estabas saliendo cuando trabajabas conmigo, ¿te casaste con él?”. Sí. La respuesta seguía siendo sí.

Hoy no había lápices ni bolígrafos que pudiera encontrar ella dentro de la casa. Había cajas llenas de cosas. Cosas que no podía recordar siquiera que tenía. Cosas que daba lo mismo ver o no de nuevo y que, por falta de tiempo, ni ella ni su esposo habían redescubierto aún desde la mudanza hacía ya tres meses. Nubecillas de polvo lo envolvían todo a su alrededor. Había manchas y fisuras. Hojas de papel en blanco. Placas fotográficas ya ciegas.

Dejó atrás el cuarto de baño. Bajó de nuevo las escaleras. Notó un hombre dentro del auto azul que yacía estacionado frente a la puerta de entrada de su casa desde el día anterior. Seguramente se trataba de un vecino, pensó Ingrid. Quedó mirándolo a través del cristal de su puerta. Supuso que la reflexión del sol sobre el vidrio, en cohesión al nido de cajas en derredor suyo, lograba esconder su presencia de espía. El vecino tenía el cabello blanco allí donde todavía había pelo en su cabeza. Sesenta años, más o menos cinco. Y de cualquier manera, algo mal preservados, en su opinión. El hombre parecía escuchar algo atentamente dentro de la cápsula de su auto. Observándolo como lo hacía, Ingrid tuvo la impresión de que tenían algo en común. ¿Era así como lo había hecho Emily Dickinson? En ciertos momentos, el vecino enfocaba la mirada sobre la fachada inacabada de la casa de Ingrid. Ella permanecía detrás de las cajas observándole. En todo momento intentaba adivinar lo que pensaba. Una especie de juego mental. Planificaba mantenerse observándolo hasta que fuera él quien notara su presencia. Pensaría que estaba loca. Le asustaba pensar que el ejercicio de pretender estarlo terminaría convenciéndola de que así era. Siguió espiándole un poco más. En ocasiones, alternaba entre asomarse por el cristal de la puerta y esconderse tras la pared cuando estaba segura de que su vecino comenzaba a presentir su mirada sobre él. De pronto, el hombre salió del auto. Ahora abría la puerta de un lado y sacaba algunas cajas pequeñas, algunas bolsas plásticas repletas de artículos del supermercado y algunos adornos primaverales: una bandera de muchos colores, y lo que lucía a distancia como un mantel de mesa en colores pasteles. Cerró la puerta del auto y caminó la acera deteniéndose dos casas más abajo. Qué mucha primavera se llevaba consigo, pensó Ingrid.

 

Del exterior se colaba, sin resistencia, la luz a través de toda superficie de vidrio. Cada rayo rebotaba entonces sobre cada centímetro de pared u objeto. No había cortinas sobre las ventanas. No había habido tiempo para conseguirlas. Se preguntaba si algún vecino espiaba también como lo hacía ella. Imaginarlo le hizo sentir incómoda de pronto. Caminó hasta una esquina de la sala comedor y se sentó sobre el suelo, debajo del alféizar, donde nadie pudiera verla. ¿Acaso ya la había visto alguien? ¿Sabría alguien que estaba allí? Extrajo su teléfono del bolsillo derecho de su pantalón y marcó un número. “Hola”, contestó al saludo del otro lado de la línea. “No… no es nada. Solamente quería saber cómo estabas. ¿Estás bien?”, le preguntó. “Sí. No… No. Todo está bien. Estoy bien. Sí… después. ¿La ropa tuya? No. Pero lo hago pronto, ¿okay? Bien… Sí. Adiós”, dijo, y devolvió su teléfono al bolsillo. Alzó su cuello para mirar por encima del alféizar hacia una de las casas vecinas. Se preguntaba si las muchachas de la casa de atrás, un par de hermanas universitarias, la habían visto alguna vez esconderse allí, o ambulando por la casa martillo en mano, debatiendo el ángulo preciso y la altura exacta a la que colgar un cuadro en la pared. Tal vez, también ellas, al igual que su niño de cuatro años, habían notado que usaba la misma ropa todos los días. No tenía dudas. La habrían visto. “Pues, ya tú sabes”, las imaginaba comentando, “eso es lo que hacen las mujeres así. En la casa todo el día mirando los cuadros. A ver cómo ponen las paredes lindas y perfectas. Bendito. Pobrecita”. No había hablado mucho con ellas, tal vez una o dos veces, no más, pero estaba segura de que eso era lo que estaban diciendo. “Diablo, yo no quiero terminar así, ¿sabes? Me puedes pegar un tiro si termino así, ¿okay? Mirando los libros todo el día. Te apuesto diez pesos a que ni los ha leído. Es más, te apuesto veinte a que lo único que hace con ese mazo de libros es sacarle el polvo de encima”. Ingrid las imaginaba riéndose. Se reían tan alto. Tan insistentemente.

Quería que su casa estuviera limpia. Por allí el dormitorio. Por allá la sala de estar. Y abajo el sótano lleno de cajas sin vaciar llenas de cosas cuya existencia ya no podía siquiera recordar.

Subió las escaleras corriendo. Entró al cuarto de baño. Puso el cerrojo a la puerta y no encendió las luces. Desde un conducto en el techo, el aire tibio salía sin tregua. Era el tipo de cosa que uno jamás percibe, pensó Ingrid. Como el sonido de la sangre en su carrera por las venas. Como el silencio desaparecido. Imaginaba que en lugar de aire escuchaba el sonido de la lluvia cayendo sobre el tejado de cinc de la casa donde creció. Cuando era pequeña había vivido con sus padres en una casita de una sola habitación, de madera podrida, cuyas paredes se abrían hacia la intemperie en la línea donde debían haber intersecado el suelo. Los insectos entraban y salían como mascotas. Cuando llovía, las gotas de agua eran masivos cuerpos muertos cediéndole su peso a la gravedad. Entonces cubría su cabeza bajo una sábana y, sin embargo, también era emocionante pensar que algo ocurría. El otro día la orientadora en la escuela graduada que la había rechazado ya en dos ocasiones le habría dicho, con una sonrisa de suficiencia en la cara, “si quieres llegar a algún sitio, más te vale que encuentres un mapita, ¿sabes? Tienes que saber a dónde vas, amiga. Ve a ver si consigues un mapa”.

Quería que su casa estuviera limpia. Por allí el dormitorio. Por allá la sala de estar. Y abajo el sótano lleno de cajas sin vaciar llenas de cosas cuya existencia ya no podía siquiera recordar. Cuál limpiaría primero, se preguntaba en la oscuridad del cuarto de baño. No sabía por dónde empezar. Desconocía qué hacer con todas aquellas cajas y las cosas que contenían. No quería abrir la puerta del baño. Lo había intentado hace un rato, pero tan pronto hubo de hacerlo una ráfaga de viento proveniente de quién sabe dónde le había congelado los pies. Entonces había cerrado la puerta de nuevo. Le había puesto el cerrojo. Deslizó, después, su espalda por la oscura pared frente al lavamanos, manos entre sus piernas, piernas abiertas en forma de alas de mariposa. Los ojos ampliamente cerrados.

 

La despertaron los gritos de su bebé. “¿Cómo estás, mi amor?”, le dijo al niño. “¿Dormiste bien? ¿Soñaste con los angelitos? Tu mamá te ama mucho, ¿sabes? Vamos a comer algo, ¿de acuerdo?”, dijo. “No. Espera. Un momento. Primero, vamos a cambiarte el pañalito. Eso es primero. Segundo, vamos a cambiarte la ropita y a ponerte algo más fresquito. ¿Está bien? Y por último, vamos abajo a darte comida, ¿te parece bien? Okay. Vamos”.

Iris Mónica Vargas

Iris Mónica Vargas

Escritora puertorriqueña (Caguas). Tiene un doble bachillerato en física y biología de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, y una maestría en física. Fue becada para servir como parte del equipo de investigadores en astrofísica del Centro para la Astrofísica de Harvard-Smithsonian, en Cambridge, Massachusetts (EUA). En 2005 se desempeñó como periodista y escritora de ciencias para la columna Ciencia Boricua del periódico El Nuevo Día. En el mismo periódico también ha publicado ensayos. Sus traducciones de artículos de ciencia para una audiencia general aparecen como parte del equipo de Ciencia@NASA. En 2009 terminó su segunda maestría en Science Writing (divulgación científica) en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Ha escrito para la revista online HarvardScience de la Universidad de Harvard; la revista cibernética del Science Writing Program en MIT, Scope; las revistas estadounidenses SEED, ScienceNews y Bay State Banner, la Asociación Nacional de Escritores de Ciencia (NASW, por sus siglas en inglés), el Boletín de la Asociación Estadounidense de Anestesia, y el blog Open Salon de la revista Salon. Ha publicado sus cuentos y poemas en Letras Salvajes (Puerto Rico), Isla Negra (Lanusei, Italia) y Poetas del Siglo XXI (España). Terranova Editores (Puerto Rico) publicó su primer libro de poemas, La última caricia (2014).

Sus textos publicados antes de 2015
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Iris Mónica Vargas

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