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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Taxisa

• Sábado 27 de octubre de 2018
¡Señora Gertrudis!
Limpió mal este cuarto:
¡Sáqueme estas ideas de aquí!
Pessoa

—Dos semanas me tomó convencer al director —dijo Helge, en su fragmentado inglés— y tú, como si no tuvieras otra cosa que hacer, vienes a divertirte con ellos.

—Si es arte para ti, también lo es para mí —respondió Martín—, ¿y qué no es el arte sino una manera de divertirse? ¿O al menos, de distracción? Nadie recurriría a ello si no fuera porque proporciona un sentido de satisfacción.

Había decidido por impulso plasmar la muerte con medio formato. A Martín le parecía que el trípode era un taxidermo también, pero al revés: tomaba vida sólo cuando retrataba la muerte.

Los animales escuchaban atentos. Había una tortuga reposando sobre su propia espalda, a la puerta del toilette; un oso parado en el cuarto principal, con las garras a la altura de sus orejas, y había un ciervo, con todo y cuerno roto, conmemorando su belleza frente al espejo de la sala.

Helge preparaba su cámara fotográfica. Había decidido por impulso plasmar la muerte con medio formato. A Martín le parecía que el trípode era un taxidermo también, pero al revés: tomaba vida sólo cuando retrataba la muerte. Era parte de un ecosistema que no podría sobrevivir sin él, sin sus tres patas. Martín entonces alababa en su interior el trabajo de su amigo noruego. Helge siempre había sido más habilidoso, prestaba atención a los detalles. Que cómo habían ido a parar al mismo cuarto, simplemente altas probabilidades de desdicha. Le tocaba con frecuencia darse cuenta de que la balanza siempre se inclina hacia la adversidad.

Pero amaba a su amigo, no con romanticismo, sino con admiración, con recelo y con impaciencia. Tenía ganas de ser él hasta en ese momento. Martín quería tener las manos de Helge para acariciar el pelo del oso muerto. Deseaba compartir, al menos, los ojos de Helge para admirar el pico del pájaro calvo, como Helge lo hacía. Porque a él mismo no le parecía arte. Veía la escena y quería sentir, tenía necesidad de escuchar algo proveniente de esa belleza muerta, palabras parecidas a las que Helge escuchaba. Pensaba, incluso, que quizá era cosa de nacionalismo. Sentía que traicionaba a su patria admirando la esplendidez de otro país. Cuando abandonó México, un semestre atrás, quiso sentir melancolía por lo que dejaba, pero tampoco sucedió. Eso sí, sentía un fuerte deber de permanecer reacio a las injusticias del país.

Por eso se iba, no por una beca negada, sino por el deseo de regresar —dos años después, al término del programa— y demostrar que no necesitaba del dinero sucio del gobierno para progresar. Economía estudiaba. Más en específico, se quemaba las pestañas por la maestría en factores socioeconómicos e influencia de la agricultura en la cooperativa y control social, o como en Noruega solían llamarle cariñosamente hvordan det påvirker planter og dyr i mennesket.

—¿Crees que los performances sean arte? Yo no lo creo.

—¿Por qué no? —preguntó Helge.

En ese momento no lo sabía, pero se encontraba tomando las primeras muestras del trabajo que le daría un lugar en la revista más famosa del mundo natural.

—La mayoría son bazofias. Si el artista no siente el gozo de lo que hace. Por ejemplo, aquella mujer que se sentó frente a miles de desconocidos durante horas para mirarlos a los ojos. Yo no podría sentir más que incomodidad. Ella misma terminó llorando con el último espectador. ¿Crees que se le pueda llamar así al participante? Era parte del acto, pero también cumplía con un papel externo. A mi parecer ella sola era el acto en sí. Y terminó llorando de infelicidad.

El orangután borneo parecía anhelar los árboles frescos del patio. Había tomado, o le habían asignado, una muy cómoda posición. En verdad parecía ascendente del humano. Sus ojos brillaban, a diferencia de los otros animales. Al igual que los humanos, congelado del otro lado del mundo real, esperaba su turno para despertar. Habrá imaginado lo rápido que correría por el pasto, las muchas frutas que probarían sus labios y el montón de sensaciones que su piel sentiría con el sol, la brisa, el contacto almado. Con la mano izquierda se sujetaba del pedestal, y con la derecha dejaba ir su voluntad. Como muchos otros homínidos, esperaba algo que no habría de pasar. La vida no era de ellos, era un mal.

—Creo que es arte el performance. No todo es sobre el artista, ¿sabes? A veces es sobre el espectador: un regalo.

—¿Cuándo regresan los animales al museo?

—El viernes, a mediodía.

—Perfecto. La oscuridad a veces me asusta.

En el último cuarto, el que albergaba al mono en el pedestal, el que daba al patio y a la luz, Helge vio a un nuevo animal, y los ojos le lloraron.

Pero Martín ya no regresó ni en la noche ni durante el día. Helge sí, porque era perfeccionista con sus presentes. Cualquiera creería que unos simples animales muertos no requerirían tanto trabajo. El noruego estaba seguro de que era la única habilidad que poseía en esa vida. En otras, pensaba, había sido músico, o contador. Pero en esta quería sacar máximo provecho de su única gracia, y así lo hacía. Poco se imaginaba que Martín, en su locura extranjera, contaba con planes también para sí.

El último animal que Helge retrató fue un azor macho. O eso creía. Tenía las patas incrustadas en unos ganchos. Le pareció un acto innecesario y vulgar. No había necesidad de rebajar a tal criatura si ya estaba muerta. Pensaba que a los difuntos habría de engrandecerlos, aunque fuera mentira.

Ese día final, por pura ansiedad quiso asegurarse de que no le faltara ningún ave, reptil o mamífero por plasmar. Revisó una por una las habitaciones. Desde el principio se había preguntado de quién sería la casa. Tenía una bonita fachada. Martín le había comentado que en México no conocía ninguna parecida.

En el último cuarto, el que albergaba al mono en el pedestal, el que daba al patio y a la luz, Helge vio a un nuevo animal, y los ojos le lloraron. El cuerpo tieso tenía en la frente un papel pegado, que decía con un inglés mocho: Lo he entendido todo.

Martín, el mexicano ansioso de grandeza, había encontrado la manera de ser presente para su amigo, arte para sí mismo y ejemplo para otros. Lástima de beca que quedó también muerta en el cuerpo humano disecado.

Stivaleit Guerrero

Stivaleit Guerrero

Escritora mexicana (Tabasco, 1990). Reside en Ciudad de México. Es poeta y narradora. En 2012 obtuvo el primer lugar del Concurso de Ensayo Ágora del Tecnológico de Monterrey y el segundo lugar en poesía del XXVI Concurso de Creación Literaria de la misma institución; además, obtuvo mención honorífica en el Premio de Cuento Breve Julio Torri (2014). Textos suyos han sido publicados en revistas literarias digitales e impresas como Lee+, Liebre de Fuego, Kaleido, Enchiridion, Espora, Nocturnario, Monolito, Bitácora de Vuelos, Rojo Siena y Tierra Adentro, así como en la antología de poesía española Y lo demás es silencio II, de Chiado Editorial. Ha publicado el libro de poesía My Jam (Chiado, 2017).
Stivaleit Guerrero

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