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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Tarde lluviosa de un sábado de abril

• Sábado 24 de noviembre de 2018

Me encontraba sentada al pie de la escalera. Podía sentir el frío recorrer cada centímetro de mi cuerpo, temblaba y veía las gotas caer desde mi cabello rizado hasta el piso. Respiraba de manera agitada, los latidos de mi corazón me hacían saber que aún estaba viva porque tenía pulso, sólo por eso. Nunca antes había experimentado esa sensación de frío y calor al mismo tiempo, de emoción y rabia, de alegría y tristeza. A menudo mi padre me decía que era una particularidad de ser mujer, yo nunca lo creí, no soy ese tipo de persona que cree que los sentimientos nos limitan. Y mientras pensaba en todo eso comencé a llorar, y me llevé la mano derecha a mi boca para que nadie me oyera, supe que mis lágrimas se confundirían con la lluvia que seguía cayendo de mi cabello. Me abracé sin quitarme la mano de la boca, me agarré muy fuerte el vientre con la mano izquierda y me doblé, me dobló el dolor.

Algunas noches compartíamos la cama, y también los sueños, lo veía dormir y yo deseaba que todos los días de mi vida pudiera despertar con esa imagen.

Conocí a Jaime hace seis años, estudiábamos juntos la licenciatura en derecho. Me enamoré de él como si no existiera un mañana, me dejaba llevar por mis sentimientos que buscaban desesperadamente un corazón para amar. Antes de Jaime había tenido varios novios, pero nunca como él, nadie me había visto así con esos ojos de viento, nadie me había tocado así, con esa delicadeza, con ese afán de protección, yo me enamoraba cada día más. Cuando nos hicimos novios me regalaba flores, me gustaba el color y olor que llenaba mi habitación. Caminábamos de la mano bajo el sol y la lluvia, pasábamos mucho tiempo leyendo y sí, también haciendo el amor. Fue el primer hombre en causar en mí esa sensación de la que todas las mujeres hablan, me entregué a él en el acto de comunión más puro y sincero que jamás había imaginado, fue un día lluvioso, aún lo recuerdo.

Así pasaron los años, yo enamorada de él y Jaime de mí, con todo y mis muchas frustraciones, con todo y sus tantos demonios.

Tuve problemas en casa y decidí seguir la vida sola, me mudé con una amiga viuda y su pequeño hijo, Jaime me visitaba y la vida parecía igual. Algunas noches compartíamos la cama, y también los sueños, lo veía dormir y yo deseaba que todos los días de mi vida pudiera despertar con esa imagen, con él a mi lado, con nuestros cuerpos envueltos de alegría. Varios meses después me pidió que viviéramos juntos, nos aventuramos a formar eso que en mi familia llamaban hogar. Fui la más feliz decorando nuestra nueva casa, y aunque las virtudes de ama de casa nunca fueron lo mío, lo intentaba y me salía bien, estaba feliz. Jaime trabajaba en un despacho, y yo como me salí huyendo de casa, tenía un futuro diferente al de un abogado. A mí siempre me apasionó la danza, de modo que tomaba clases esporádicamente y cuando me sentía con ganas de estar en libertad, aun estando con él.

A Jaime lo despidieron del despacho y ahí todo comenzó a cambiar. A partir de ese día nada en mi vida volvería a ser igual. Ahora no había más aromas y colores decorando mi habitación, ya casi no sonreíamos, y antes de dormir sólo me daba un beso en la frente. Yo sabía que todo era pasajero, que siempre hay malos momentos, que debía permanecer, porque así lo quería, porque eso me dictaba el corazón.

Hace seis meses mi vida dio un giro inesperado. Jaime me regaló de cumpleaños un curso intensivo de danza, yo acepté. La danza siempre me ha devuelto las alas, cuando bailo soy libre, soy una persona distinta, un alma alegre, un alma llena, una mujer plena. Era miércoles, y después de comer me dispuse a ir hasta aquel lugar. Cuando llegué vi esos ojos, tan diferentes y enigmáticos. Me vieron entrar, y yo no pude ser indiferente a esa mirada, le sonreí y me acomodé en una esquina, me senté en el piso y crucé mis piernas, pero aún sentía esa mirada, podía sentir cómo me atravesaba incluso el alma. Y así fue, sin saberlo me iba a enamorar.

Llegó el momento de bailar, me puse de pie y escuché la música. Me sentía en completa libertad, quería ser yo sin importar nada más. Y de nuevo esa mirada avasalladora sobre mi ser y mi instinto. Entonces vi esas piernas moverse, cada paso, cada movimiento, cada vistazo, esa sonrisa, la manera en la que movía las manos al compás de la música, me hizo sentir que el instinto podía más que la razón. Quise saber qué se sentía poder tocar cada una de las partes de ese cuerpo. Podía sentir la humedad de mis manos sobre las suyas, podía imaginar los más oscuros y perversos movimientos de nuestros cuerpos fundidos en el calor que sólo su mirada me transmitía.

Me enamoré, pero también me limité. Porque ahí recordé que tenía un pacto con Jaime, que vivía bajo preceptos morales y que yo era mujer. Salí furiosa conmigo esa noche, besé a Jaime para sentir el dulce sabor de sus labios, y ahí estaba esa mirada de nuevo, cada vez que cerraba los ojos la sentía en mí y para mí. Esa noche después del baño me recosté en la cama y al mirar al techo me di cuenta de que estaba encerrada en un pensamiento, en un deseo de comunión con ese cuerpo, que necesitaba saber a qué sabía el sudor de esa piel. Me llevé la mano ahí, a donde nacieron y sentía esas perversas ideas, a la parte más húmeda de mi cuerpo, donde yace el néctar de mi ser, donde mi esencia se vuelve infinita, donde sólo tenía el deseo de sentir esas manos que apenas conocía. Y sí, sentí el éxtasis de mi cuerpo, el sonido ensordecedor de un gemido que se queda dentro y quiere estallar, pero mi sed parecía infinita porque ni así dejaba de querer sentirme debajo de esa piel.

Me volví adicta a esas visitas ocultas, me volví cazadora de momentos, buscadora de escondites, ocultadora de suspiros y bellos pensamientos.

Al día siguiente cuando volví a bailar recordé el suceso de la noche anterior, y entonces bailé y fui libre, no estaba más Jaime, ni las demás personas, sólo ese cuerpo y yo. Le sonreí, me sonrió. Miró mis pechos y pude sentir cómo me quitaba la ropa con la mirada, entonces le seguí el juego e hicimos el amor sin dejar de bailar. Nadie dijo una sola palabra. Mi cuerpo ahora era también suyo, mi alma estaba anclada a la suya, mi corazón se había dividido en dos. Cuando terminó la clase me disponía a salir y esas manos fueron las que me abrieron la puerta, como una señal, como una invitación, una simulación, así que me sentí obligada a salir para no verle más.

Pasaron los días y cada noche yo practicaba aquel ritual, de hacer sentir su cuerpo con el mío, de hacerme estallar con la imaginación, de desear eso que no podía tener. Y me volvía trapecista de emociones y deseos, siempre aferrada al calor de su cuerpo. Jaime se encargaba de encarnar los motivos de mi imaginación, y yo me dejaba llevar.

Un domingo, antes de dormir, sonó mi celular. Lo tomé entre mis manos y cayó al suelo, me reí de la impresión y ahí inició mi camino hacia el deseo descontrolado que ese cuerpo me hacía sentir, el camino que me trajo hasta aquí, hasta esta tarde lluviosa y fría, una tarde de amor desencontrado, de dolor y profundo deseo.

Esos ojos querían volver a verme, y yo acepté. Fue una mañana de martes, como a las diez y media, le miré entrar y mi cuerpo se volvió ceniza, porque recordaba a Jaime, pero deseaba probar ese néctar, porque no quería sentir, pero sentía. Y me dejé llevar. Probé sus labios a escondidas, donde nadie nos viera, sentí sus manos y eran como las había imaginado, toqué lo más íntimo de su cuerpo y en un estallido volví a la vida y me sentí libre, como cuando bailaba.

Me volví adicta a esas visitas ocultas, me volví cazadora de momentos, buscadora de escondites, ocultadora de suspiros y bellos pensamientos. Pero también me di cuenta de que ese corazón no iba a pertenecerme nunca, por una simple y sencilla razón: para ese corazón no existía el mío, era sólo un asunto carnal y no espiritual. Y a pesar de eso, yo seguía involucrando mi cuerpo, mi alma y pensamiento.

Mandé al infierno todo tipo de prejuicios, a Jaime incluso, quise deshacerme de la idea del amor, quise querer a ese corazón, quise encarnarme en ese cuerpo, hacer míos su sonrisa y el brillo de sus ojos, quise ser esclava de sus manos y presa de sus más desatados deseos. Me convertí entonces en su amante, pero siempre con la esperanza de que su corazón quisiera quedarse para ser mío, eso nunca pasó. Los encuentros a escondidas seguían pasando, yo me aferraba a su cuerpo y ese cuerpo se escapaba de entre las rendijas del amor, nunca debí sentirlo de mí.

Ahora estoy aquí, con este profundo dolor que parece partirme, no quiero bailar, no quiero sentirme libre, quiero permanecer en su deseo y en su amor, quiero que recuerde que conmigo también ríe, que puedo escucharle, que sonrío cuando le pienso, quiero convencerme de que también piensa en mí por las noches, que no siente soledad porque siempre invado su pensamiento, aun cuando está con alguien más. El frío me sigue invadiendo y lloró aún más, porque fue mía su mirada, porque también me siento culpable de ya no tenerle en mis días, porque tal vez algo hice mal para que no quisiera permanecer. Y el agua me sigue cayendo por el cabello, y mis lágrimas se confunden en el piso con el agua. Desde que conocí a Jaime no tuve ojos para nadie, fue hasta que dejamos escapar el mucho amor, y por un pequeño espacio se coló la luz de la infidelidad, de las ganas de amar a otro ser, de las ganas de probar mi libertad, mis deseos y ganas de infringir en lo que dicen los demás.

¿Cómo seguir la vida sin su presencia? ¿Cómo volver a lo que antes era? ¿Cuándo me iba a olvidar de ella?

Laura, ese es su nombre. Ella posee la mirada que me cautiva, los movimientos que me excitan, las piernas más perfectas que jamás sentí entre las mías, las manos que me tocan y me hacer tener el mejor de los clímax. Y yo sé que no es mi otra mitad, que no nació para mí, que no es mía y nunca más me pertenecerá, porque Laura hoy se vestirá de blanco y se llenará de flores. Hoy pronunciará las palabras de lealtad y respeto que nunca me profesará, va a entregar su cuerpo, su olor, su mirada, sus deseos a un hombre que la cautivó desde hace poco más de tres años, sin importarle que este corazón se desvanezca entre la lluvia. Porque quizá es tanta mi tristeza que el cielo llora y me invita a olvidar, a dejar en mis lágrimas derramadas aquellos momentos, tan perversos y pecadores, tan llenos de su esencia y presencia. Laura una vez más me rompió el corazón, me soltó hacia una soledad que yo no conocía, me orilla a vivir una vida sin ella, sin su cuerpo ardiendo junto con el mío. Es por eso que siento frío y calor, porque se va pero me deja su recuerdo envuelto en sábanas secretas, sobre una cama que tampoco era nuestra, de una habitación que pertenecía a alguien que jamás imaginará las veces que ahí nos entregamos a nuestros bajos instintos.

¿Cómo seguir la vida sin su presencia? ¿Cómo volver a lo que antes era? ¿Cuándo me iba a olvidar de ella? El motivo de mi llanto jamás sería revelado, pues Jaime no tenía ni idea de lo que yo pensaba cada que juntos hacíamos el amor, y ahora yo aquí sentada con mi soledad, con el dolor de compañía y la incertidumbre a cuestas. Me quedaré aquí, al pie de la escalera, hasta que pare de llover, hasta que el llanto cese un poco, hasta que logre encontrar la sonrisa que sea capaz de ocultar el suplicio que padezco.

María Guadalupe González Nava

María Guadalupe González Nava

Escritora mexicana (Puebla, 1988). Es licenciada en Derecho. Textos suyos han sido publicados en la revista electrónica Cultura Colectiva. Mantiene el blog Escribidora.
María Guadalupe González Nava

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