Saltar al contenido
Hablemos, de Octavio Santana Suarez

La muerte de Ariadna

• Jueves 29 de noviembre de 2018

I

Miriam me saludó como si no hubieran pasado diez años desde la última vez que nos vimos. Habló de la reciente publicación de su libro de teoría feminista y prometió enviarme una copia. Quiso iniciar una charla banal pero yo, tan atónito como estaba, no pude decir nada. Cuando creí que colgaría, se armó de valor y soltó de golpe la noticia.

Fui su amigo desde que cursamos el primer semestre de universidad. Era tres años mayor que yo.

―Ariadna está en coma, es posible que no despierte. La diabetes se complicó… cuando salíamos de una reunión en la Facultad perdió el equilibrio… no alcancé a llevarla a la enfermería, se desmayó a medio camino. Pasé la noche entera en el hospital, sin que aparecieran los médicos; sólo hasta la madrugada me informaron del coma. Cuando hablaron de ubicar a sus familiares pensé en ti… fuiste como un hermano para ella, a pesar de la forma en que terminó todo.

―Nunca creí que hablaría contigo de nuevo.

―Ariadna nunca te olvidó, supongo que yo tampoco… cuando pases podemos tomar un café y hablar.

Aunque me alegró oírla, desistí del café cuando empezó a rememorar, entre sollozos, las épocas pérdidas en que nuestro vínculo era inquebrantable. Inventé una excusa y di por terminada la conversación. Me serví un trago de ron, lo bebí de un sorbo y contemplé el ejemplar de las Meditaciones de Marco Aurelio que Ariadna me regaló cuando éramos jóvenes.

Fui su amigo desde que cursamos el primer semestre de universidad. Era tres años mayor que yo. Su cabello rojo y ensortijado le confería un encantador aire salvaje; no usaba maquillaje, no lo necesitaba. Era la clase de mujer que seduce a los hombres que la rodean sin siquiera cruzar una palabra con ellos. Siempre estaba sonriendo o contando algún chiste; cuando no estaba de fiesta leía frenéticamente. Era brillante, o por lo menos a mí me lo parecía.

Luego de la llamada seguí bebiendo. Cuando el calor subió a mi rostro y una ligera sensación de bienestar se fue extendiendo del estómago a las venas, decidí leer. Tomé las Meditaciones y examiné un apartado que me era familiar:

No sólo esto debe tenerse en cuenta, que día a día se va gastando la vida y nos queda una parte menor de ella, sino que se debe reflexionar también que, si una persona prolonga su existencia, no está claro si su inteligencia será igualmente capaz en adelante para la comprensión de las cosas y de la teoría que tiende al conocimiento de las cosas divinas y humanas. Porque, en el caso de que dicha persona empiece a desvariar, la respiración, la nutrición, la imaginación, los instintos y todas las funciones semejantes no le faltarán; pero la facultad de disponer de sí mismo, de calibrar con exactitud el número de los deberes, de analizar las apariencias, de detenerse a reflexionar sobre si ya ha llegado del momento de abandonar esta vida y cuantas necesidades de características semejantes precisan un ejercicio exhaustivo de la razón, se extingue antes.

El primer párrafo, del libro tercero, de las meditaciones del emperador-filósofo. Cuando Ariadna me lo obsequió cursábamos cuarto semestre y ella tomaba un curso de filosofía clásica en el que había conocido a los estoicos. No fue un regalo como los que se hacen en las fiestas de cumpleaños, con papeles de colores y tarjetas de felicitación. Era su libro. Lo leía recostada contra un árbol mientras yo me recuperaba, dormido a su lado, de la borrachera de la noche anterior. Cuando apenas estaba entreabriendo los ojos la escuché decir: “Ayer leí este libro. Empecé temprano y no lo abandoné hasta finalizarlo. Como puedes ver estoy leyéndolo de nuevo, examinándolo con cuidado. Escucha, quiero enseñarte algo”, y leyó ese pasaje.

Su abuela paterna había sufrido un derrame cerebral algunos años atrás. Era una mujer recia que, aun a su avanzada edad, se levantaba temprano para preparar la comida de los jornaleros y supervisar los cultivos. Quedó viuda muy joven y desde entonces estuvo a cargo de la propiedad familiar; se sentía orgullosa de tener setenta años, una salud de hierro y la mente intacta. Lo único que la aquejaba era un problema de hipertensión arterial heredado de su familia paterna. Ocurrió un día soleado. Mientras cambiaba una olla grande de un fogón a otro cayó al suelo y, junto a ella, las verduras que cocinaba. Uno de los jornaleros la llevó al centro médico del pueblo, y de allí la remitieron a una clínica en la capital.

Lo que encontró Ariadna al llegar al hospital le resultó aterrador: una anciana en silla de ruedas mantenía la cabeza inclinada hacia la izquierda, descolgada, mientras sus ojos desorbitados parecían buscar algo que no existía; su rostro lucía como el de la mujer que amaba, pero levemente desfigurado, como si se tratara de algún espectro familiar y a la vez ajeno, insondable. Luego de unos minutos en los que permaneció paralizada por completo, a unos metros de la silla, se acercó para abrazarla y ella la confundió con Judith, una hermana muerta en su juventud.

No pienses ni en la moral ni en el derecho. Considéralo éticamente: una amiga en pleno uso de razón te está pidiendo que, llegado el caso, la ayudes a morir con dignidad.

En ese momento Ariadna supo que estaba frente a un cadáver que no terminaba de descomponerse y decidió que nunca más la vería de nuevo. Sus padres llegaron dos días después; estaban fuera del país para el momento del ataque. “La abuela está muerta. Creo que lo mejor es que terminen con esto. No sé ustedes, pero yo nunca volveré a verla”. La mujer de la silla vivió dos años más y durante ese tiempo Ariadna se mantuvo firme en su determinación.

―No soy una desalmada. La amaba más que a mis padres… es sólo que ya no era ella. Una persona tan fuerte no merece terminar así. ¡Eso no es vida, ella no estaba viva! ―gritaba entre lágrimas de desconsuelo.

Al cabo de una hora, cuando ya estaba más tranquila, me entregó el libro y me contó que enseñaba a llevar una vida bella y, por eso mismo, a saber cuándo terminar con la existencia.

―Quiero que me prometas que si llego a estar en la condición de mi abuela, que si en algún momento de mi vida no puedo razonar, ni hablar, ni moverme, que si te veo y no te reconozco, o si me ves y al verme sabes que ya no soy yo, me ayudarás a terminar con todo.

Sonreí incrédulo, pero la solemnidad de su mirada no daba lugar a confusiones, lo decía en serio.

―No puedo prometerte algo así, no tengo el derecho.

―No pienses ni en la moral ni en el derecho. Considéralo éticamente: una amiga en pleno uso de razón te está pidiendo que, llegado el caso, la ayudes a morir con dignidad. ¿Podrías decir que hay algo reprochable en esa petición?

Cuando quise balbucear algo me interrumpió con un discurso que no pude combatir.

―Es un suicidio. Tú no serías un asesino porque en el asesinato se afirma la voluntad y el poderío del asesino. Aquí el verdugo soy yo. Es mi voluntad la que está en juego. Tú sólo serías un instrumento, un arma. Cuando un suicida tiene libertad de movimiento usa el veneno, el revólver, el cuchillo o el salto al vacío. En casos como estos el arma es la mano de otra persona, es la única diferencia.

―Sólo si estás en la misma condición que tu abuela.

―No quiero morir antes de tiempo.

―Está bien.

―¿Harás lo necesario?

―Sí.

―¿Cualquier cosa?

―Sí.

Me miró a los ojos, escrutando la verdad de mis palabras, y se recostó sobre mis piernas. Luego de acompañar a Ariadna a la parada del bus volví al campus para asistir al curso de epistemología, y allí la vi por primera vez. Una belleza errática que aún no sé cómo describir. Sonreía todo el tiempo, no a la manera ruidosa y libre de Ariadna, sino con nerviosismo. Aunque las palabras parecían huir de ella y vacilaba al cerrar las frases, me impresionó el debate que sostuvo con el profesor Vélez, un conocido misógino, sobre el estatus epistemológico del feminismo. Él atacó sin piedad sus argumentos, pero ella luchó ―roja y la voz quebrada― con lucidez hasta el final. Al terminar la clase, la seguí por el pasillo principal y la vi dirigirse a la cafetería.

―Hola. Me gustó la forma en que confrontaste a Vélez. No sé si me hayas visto antes. Yo… tu intervención me pareció buena, interesante. Solo quería decirte eso.

Aunque temblaba y mis manos estaban empapadas de sudor, me invitó a sentarme a su lado. Cuando noté que se nos había terminado el café le propuse ir por una cerveza. Siempre fue una mujer indecisa cuando se trataba de asuntos prácticos; dijo que sus padres no estaban en la ciudad y no podía dejar la casa abandonada por mucho tiempo. Supuse que no le interesaba seguir conversando conmigo y quería decírmelo de manera cortés, así que me levanté de la silla y me fui.

Al llegar a casa llamé a Ariadna para contarle todo. Cuando supo que era feminista soltó una carcajada estruendosa y espetó que se trata de una especie sin clítoris y con propensión a la neurosis; esas patologías, sostuvo con rigor académico, son provocadas por el accionar de madres demandantes y sobreprotectoras. “Ya en serio”, me aconsejó no anticiparme.

―Espera, espera. Si quiere algo contigo ya dará una señal. Y si no, no te preocupes, feministas con la vagina reseca sobran en el campus.

La clase de epistemología tenía lugar los martes y los jueves, de 4:00 pm a 6:00 pm. Pasé el miércoles angustiado y distraído. Durante el almuerzo, Ariadna me contó del trío que había hecho con una pareja que conoció en no sé qué página web, pero yo sólo podía pensar en Miriam. A mitad de la historia notó que en realidad no la oía.

―Estás enamorado, qué ternurita ―afirmó en tono condescendiente.

Asentí con la cabeza y no hablé más durante el almuerzo. Esa noche dormí poco y estuve impaciente toda la mañana del jueves. Ariadna me invitó a tomar aguardiente y dijo que debía calmarme, que con las manos sudorosas y la voz cortada no iba a conseguir mayor cosa, y que incluso a las feministas les gusta ser seducidas por hombres seguros de sí mismos.

Cuando estaba a punto de dormirme escuchando la soporífera voz de Vélez, ella entró al salón, se sentó a mi lado y sonrió al verme.

―Todas las feministas son hipócritas que desean ser dominadas salvajemente en la cama y permanecer protegidas por un hombre más poderoso que ellas. Como eso representa una contradicción con sus creencias se llenan de culpas y frustraciones, y terminan convertidas en seres agresivos e intolerantes.

Yo no conocía a muchas y a mi juicio eran tan extrañas como los miembros de las demás tribus académicas, así que decidí ignorar su opinión.

Retorné al campus luego de acompañarla a la parada del bus. Llegué al salón cinco minutos antes de la clase y no vi a Miriam. Cuando estaba a punto de dormirme escuchando la soporífera voz de Vélez, ella entró al salón, se sentó a mi lado y sonrió al verme; yo sólo pude devolverle una sonrisa tímida y desviar la mirada. Luego de la clase me armé de valor y me acerqué para proponerle, de nuevo, que fuéramos por una cerveza. Esta vez aceptó sin vacilar.

Salimos por la puerta occidental, caminamos sin apenas hablar y nos dirigimos al café que solían frecuentar los estudiantes de filosofía. Cerrado. Un billar llamado El Jaleo, escondite predilecto de los ingenieros, le pareció de mal gusto. Le propuse caminar. Todos los lugares que hallamos a nuestro paso estaban cerrados. La absurda circunstancia de no encontrar un bar abierto cerca de una universidad parecía un mal presagio. Nuestro único vínculo, en ese instante, era el silencio propio de una interacción social que está a punto de desvanecerse.

―…La academia tradicional relega al feminismo e incluso algunos profesores, como Vélez, lo rechazan abiertamente. Creo que se trata de una combinación de temor, desconocimiento y prejuicios racionalistas ―le solté de la nada.

Luego de oír esas amañadas palabras sonrió con ingenuidad, creo. El silencio se hizo complicidad y el mal presagio motivo de bromas. Caminamos sin fijarnos en las calles, quizá por dos horas, hasta que nos encontramos frente a un pequeño bar llamado Rojo. Parecía acogedor, así que entramos.

 

II

Cuando miré el reloj eran las 10 pm. Aún no estaba lo suficientemente ebrio. Dejé las Meditaciones en la biblioteca y fui a la nevera por más licor. Salvo por dos botellas de ron y unas cervezas, el refrigerador se hallaba vacío. Destapé una de las botellas y me serví un trago grande. Los momentos de fugaz alegría vividos junto a Ariadna regresaban una y otra vez a mi memoria: juergas, tardes de lectura, charlas interminables, recriminaciones mutuas, silencios magníficos. Sin embargo, cuando bebí el primer trago dejé de recordar. El pasado me fue arrancado del pecho como un trozo de carne sacado a la fuerza por un cuchillo de carnicero y el presente, como un terrible ácido, cayó sobre la herida y la convirtió en un agujero putrefacto. La imparable Ariadna estaba postrada en una cama de hospital.

―Debo ir al hospital mañana, mañana temprano, sí, mañana en la mañana. ¿Seré capaz de mirarla? Y la promesa, esa promesa, ¿qué hacer?

La angustia se apoderó de mí. Empecé a dar vueltas por la habitación como un enajenado, y en uno de esos valientes y ridículos arrebatos de heroísmo a los que son tan dados los borrachos me dirigí trastabillando hasta la puerta; supongo que en un breve instante de lucidez me vi a mí mismo con los pantalones medio caídos, tambaleándome mientras trataba de meter la llave en la cerradura, y supe con certeza que ebrio y a media noche no me iban a dejar entrar. Tomé el teléfono para llamar a Miriam, pero lo dejé en su lugar al instante… ¿qué iba a decirle?, ¿que Ariadna preferiría estar muerta que en coma? Fui a mi cuarto, decidido a dormir; sin embargo, justo antes de cerrar los ojos, el recuerdo de su traición volvió a mí. Permanecer postrada en una cama de hospital, respirando a través de tubos y siendo alimentada por una jeringa era lo que se merecía.

Desperté con dolor de cabeza y una tremenda debilidad en las piernas. Cuando intenté levantarme caí al suelo. Cada día bebía más y mi cuerpo ya no lo soportaba. Las resacas duraban tres días, no podía hablar bien y temblaba todo el tiempo. Esa mañana de miércoles debía dictar mi seminario de filosofía política y tuve que declararme enfermo. En la universidad creían que padecía una grave enfermedad, pues en los últimos meses cada vez me ausentaba con mayor frecuencia. Como pude llegué al baño y me duché. Todavía tambaleándome salí de la casa. Anduve largo rato por calles que lucían borrosas y, aun así, parecían conducirme a la fuente de algún secreto. Sin darme cuenta caminé hasta Rojo. El lugar aún funcionaba. Una vez dentro noté que no había ningún cliente; pedí un vaso de whisky y me ubiqué en la mesa próxima a la ventana, la que ocupamos siempre los tres, aquella en la que Miriam y yo nos sentamos el primer día.

Nunca pude asimilar el haber encontrado a Miriam en su oficina, recostada contra el escritorio, mientras su amante se movía agitado sobre ella.

Muy pocas veces, como si fuera un regalo del tiempo, los lugares del pasado permanecen fieles a sí mismos. Tal era el caso de Rojo. No había cambiado en absoluto. Las mesas mantenían la misma disposición. La iluminación, como siempre, era tenue, y la decoración inexistente. Observar aquella permanencia del espacio en el tiempo era lo más cercano que había estado, en años, de algo como la alegría. Tras divorciarme de Miriam sufrí una depresión crónica por duelo, según la espantosa jerga del psicólogo al que me obligó a ir la Facultad. Lo cierto es que empecé a beber a diario y cuando supe que Ariadna encubría el romance de Miriam con uno de sus antiguos estudiantes perdí las fuerzas para trabajar.

Me atormentaba la sensación de que aquella promesa estaba en mis maños como una máquina de infligir dolor que sólo requería la omisión. De cierta manera, tenía poder absoluto sobre su vida. Seguí bebiendo. Al cabo de tres vasos de whisky experimenté ese placer que se alcanza al día siguiente de una borrachera, cuando se sigue bebiendo y el malestar de la resaca es transmutado en una sensación intensificada de ebriedad.

Nunca pude asimilar el haber encontrado a Miriam en su oficina, recostada contra el escritorio, mientras su amante se movía agitado sobre ella. Volví a casa, saqué todos sus libros a la calle y los quemé en la mitad de la vía. Los vecinos se asustaron al ver fuego, el tráfico se paralizó y la policía me detuvo. Cuando los directivos de la universidad oyeron del suceso intentaron despedirme. Mantuve mi cátedra sólo porque Ariadna logró que un psicólogo, amigo suyo, certificara que había sido víctima de un episodio transitorio de disociación de la personalidad. Acordé asistir a terapia durante un año, a cambio de conservar el cargo.

Ofreció hospedarme mientras encontraba un nuevo lugar. Bebió conmigo y escuchó sin reproches mis aburridos lamentos. No obstante, algo parecía inquietarla. Cuando la interrogaba permanecía en silencio o cambiaba de tema. Creí que quería estar sola, así que me di prisa y encontré un pequeño apartamento en arriendo.

―Ya encontré un lugar. Me voy mañana temprano. Sin ti probablemente me habría suicidado ―le dije mientras la abrazaba.

Permaneció en silencio, caminó hasta la ventana principal y se quedó absorta mirando el horizonte.

―¿Estás bien? Algo te ocurre, lo sé. Quizá ahora yo pueda ayudarte a ti.

―Tengo que decirlo, no puedo ocultarlo más.

―¿Qué?

―Lo sabía todo.

―¿Qué?

―Sabía que Miriam veía a ese estudiante.

―¡Soy tu amigo y no dijiste nada!

―Miriam también es mi amiga. Sé que te conocí primero, lo sé, pero ¿acaso podemos ponderar la amistad de esa manera? Ella me pidió mantenerlo en secreto. No pude negarme.

―Por eso fuiste tan buena conmigo, no se trataba de amistad sino de culpa.

Sólo la había visto llorar aquel día en que me habló de su abuela.

―Espero que sueñes con tu abuela paralítica todas las noches, hasta el último día, y que mueras como ella ―le dije mirándola a los ojos.

Permaneció inmovil, en silencio, llorando. Los dos sabíamos que algo se había roto de forma irreparable.

A Miriam tuve que verla de nuevo cuando firmamos el divorcio. Una vez consumado todo, se acercó para hablarme.

―Tienes derecho a odiarme. Insúltame, asalta la casa y quema lo que queda. Ariadna sólo trataba de ser leal, una buena amiga, lo que ha sido siempre para los dos. Desde que habló contigo no habla, no come, no va a la universidad. Nunca la había visto así.

―Me alegra, espero que empeore. ¡Y tú vete a la mierda, ve a que te abran el culo, perra asquerosa! ―grité ante la mirada estufecta de los abogados y el juez.

Por años me masturbé pensando en ella. Algunos días bebía sin parar y salía a la calle a maldecirla. Conservé una foto tomada en algún paraje rural durante una caminata que hicimos al poco tiempo de conocernos. Después de terminar ese vaso decidí que tenía que verla. Salí de Rojo y busqué una cabina pública para avisarle.

 

III

Mientras caminaba hacia la habitación de Ariadna sentí terror de ver su rostro. Temía odiarla. Respiré hondo y abrí la puerta. El cuerpo recto, los brazos perfectamente alineados, las piernas bien juntas; las enfermeras la habían acomodado como si estuviera muerta ya. La observé a lo lejos, sin moverme de la puerta; me acerqué a su cama con lentitud, cuidando cada paso. Tenía los ojos cerrados y su cabello rojo y ensortijado, a pesar de la suciedad, conservaba un aura de belleza.

Poco tiempo antes de que te conociera, ella y yo tuvimos una conversación. Me contó de su abuela y me hizo prometerle que si algún día llegaba a estar en una condición similar la ayudaría a morir.

Me alejé de la cama y caminé por el cuarto, tratando de pensar. Había visto la escena en el cine: una almohada en la cara, la desconexión de las máquinas, el asesinato en el cuarto de hospital. Si Ariadna pudiera, me dije, se suicidaría sin vacilaciones. Aunque caminé con decisión hacia su cama, a unos pocos centímetros quedé paralizado, sin saber qué hacer. Para empezar, ¿qué se supone que debía desconectar? Arrastré una silla que estaba en el extremo opuesto de la habitación, me senté a su lado y la miré fijamente por horas, eso creo, mi cuerpo rebosaba de licor.

―¿Ariadna dejó algún papel firmado? ―le pregunté a Miriam cuando regresé a la sala de acompañantes.

―¿Qué clase de papel?

―Uno de esos en que se expresan los deseos personales en caso de enfermedad terminal.

―No. Quizá creyó que la enfermedad se detendría.

―¿Qué dicen los médicos?

―Nada. Busqué en Internet y en este momento sus probabilidades de despertar y recuperarse son buenas. Si pasados algunos meses no hay signos de mejoría, se reducen a un 10 o 15%, bueno, eso dice el paper que encontré.

―¿Y si no despierta, o si despierta y ya no es ella?

―¿Qué estás sugiriendo?

―Me hizo prometérselo.

―¿Qué?

―Poco tiempo antes de que te conociera, ella y yo tuvimos una conversación. Me contó de su abuela y me hizo prometerle que si algún día llegaba a estar en una condición similar la ayudaría a morir.

―Tú no tienes derecho sobre su vida.

―No se trata de derecho sino de amistad.

―¿Por una promesa de hace dos décadas? De seguro luego la encontró insensata, un arrebato juvenil, ¿por qué crees que nunca me habló sobre eso?

―Quizá no confiaba en ti.

―¡Largate de aquí!, no debí llamarte. ¡Vete!

Carecía de fuerzas para discutir. Cuando llegué a casa abrí una de las botellas. Mientras servía la copa retornó el temblor en las piernas, así que abandoné la idea de embriagarme y dormí.

 

IV

La primera mañana de sobriedad en años. La intensidad del temblor en las piernas había disminuido. Luego de ducharme conduje hacia el hospital. La esperé en la sala de acompañantes. Aunque ni su forma de caminar, ni su mirada, ni su timidez habían desaparecido, y si bien reconocí cierto ademán nervioso ―un movimiento rápido de las manos acompañado de un ligero inclinamiento del torso― que usaba al enfatizar una idea, y en una sonrisa que se le escapó discerní cierta alegría familiar, supe que los rasgos que recordaba en ese instante le pertenecían a alguien más, a un yo muerto tiempo atrás, al igual que el yo que ahora soñaba con recordar.

A la 1:00 pm me invitó a almorzar.

―¿Aún me odias? ―preguntó mientras se llevaba a la boca un trozo de carne.

―Ayer. Hoy no. Ya no somos los mismos. No tiene sentido odiarte, lo supe cuando te vi esta mañana.

―Te llamé en un momento de debilidad, creí que no vendrías. Supongo que tienes razón: ya no somos los mismos.

Un año después del matrimonio, Ariadna contrajo algún mal tropical durante un viaje de aventura. Como no podía valerse por sí misma, decidimos cuidarla.

Justo antes de que el silencio corrompiera el aire sonó su celular. Ariadna acababa de despertar y los médicos querían hablar con nosotros. Pronósticos. Esperanza. Daño cerebral. Confianza. Disartria. Futuro. Recuperación. Estimulación cerebral profunda. Terapia. Cuidado. Paciencia. Las palabras volaban de lado a lado del consultorio. Miriam hablaba con fruición, sonreía. Los médicos, una mujer joven y un hombre de mi edad, pronunciaban con suavidad tecnicismos incomprensibles mezclados con vacías palabras de aliento, y fingían, con rostros entrenados, compasión y empatía. Yo jugaba con un llavero y miraba al suelo.

―¿Podemos seguirla viendo como hasta ahora? ―interrumpí.

―Sí, por supuesto. Ella necesita tenerlos a su lado, sin duda eso la ayudará a recuperarse ―replicó la doctora, blandiendo una enorme sonrisa.

Llena de entusiasmo juvenil, entendía como una gran victoria de la medicina moderna, no, de la vida misma, el despertar de Ariadna. También así lo creía Miriam. Un año después del matrimonio, Ariadna contrajo algún mal tropical durante un viaje de aventura. Como no podía valerse por sí misma, decidimos cuidarla. A regañadientes aceptó pasar una semana con nosotros. No soportaba la compañía prolongada. Demasiado acostumbrada a la soledad, había aprendido a amarla. Apenas pasó la fiebre empacó maletas y abandonó la casa. Después de eso evitó vernos por unos meses, argumentando que lo hacía por el bien de nuestra amistad.

―Doctor, ¿ella… será la misma? ―pregunté impertinente.

―Es difícil decirlo. Todavía estamos evaluando el daño cerebral que pudo haber sufrido, y es posible que algunas secuelas sólo se manifiesten con el tiempo. Este es un momento de incertidumbre, pero también de esperanza.

[…]

―¿Sigues considerando esa absurda idea? Sé que algún retorcido sentimiento de lealtad te impulsa; siempre atendiste principios generales en lugar de situaciones concretas… igual que ella. Mira, no hay necesidad de pensar más. ¡Despertó! Poco a poco se recuperará, vas a verlo. Alégrate conmigo. Sonríe un poco.

―¿Por qué no podemos subir de una vez?

―Los exámenes. Recuerda lo que dijo la doctora: la paciencia es el instrumento del cuidador.

―Qué frase más idiota.

―Sólo porque estoy feliz voy a ignorar tus gruñidos ―dijo mientras me tomaba de la mano y me hacía correr fuera del hospital.

Se sentía eufórica y quería helado. Yo fumé un cigarrillo mientras ella saboreaba con deleite la crema de mora.

 

V

Los colores pálidos de antaño transmutaron en vivos tonos, la mayor parte de los muebles desapareció y las paredes se llenaron de alegres plantas colgantes. El roble de la escalera fue reemplazado por una madera exótica de Australia o la Polinesia, no lo sé, y la biblioteca, renovada, poseía quizá tres o cuatro veces más libros de los que entregué al fuego. Nuestro cuarto, su cuarto, ese lugar, aparecía en mi memoria opaco, estrecho, con un armario enorme ubicado en la pared posterior, una cama mediana y un par de mesas de noche; ahora lucía enorme y luminoso, el lugar del armario era ocupado por una pequeña cómoda y las paredes, pintadas de blanco mate, creaban una sensación de amable claridad.

…Delimitar o describir siempre la imagen que sobreviene, de tal manera que se la pueda ver tal cual es en esencia, desnuda, totalmente entera a través de todos sus aspectos, y pueda designarse con su nombre preciso y con los nombres de aquellos elementos que la constituyen y en los que se desintegrará. Porque nada es tan capaz de engrandecer el ánimo como la posibilidad de comprobar con método y veracidad cada uno de los objetos que se presentan en la vida, y verlos siempre de tal modo que pueda entonces comprenderse en qué orden encaja, qué utilidad le proporciona este objeto, qué valor tiene con respecto a su conjunto […]. Qué es, y de qué elementos está compuesto y cuánto tiempo es natural que perdure este objeto que provoca ahora en mí esta imagen, y qué virtud preciso respecto a él: por ejemplo, mansedumbre, coraje, sinceridad, fidelidad, sencillez, autosuficiencia.

Solíamos leernos. Algunas obras sólo podíamos disfrutarlas en la voz del otro. Decidí traer aquel ejemplar de las Meditaciones. De nuevo el libro III. Allí Marco Aurelio enlaza con simplicidad y belleza la estética, entendida como teoría de las formas, con la estética como el acto de darse forma a uno mismo. La filosofía de los estoicos demanda un tipo de claridad inconcebible en nuestro mundo posmoderno. Tres meses después de su alta en el hospital aún la visitaba todos los días, sin atreverme a nada, evitando el momento de la elección. En cada palabra leída buscaba sus ojos, esperando una señal, algo que me permitiera creer que sería ella de nuevo, sin embargo, hallaba en cada intento las mismas sombras grises; cuando terminé de leer ese pasaje, el olor nauseabundo me recordó que era incapaz de retener la mierda en su cuerpo. Ella, la mujer más fuerte que conocía, ahora llevaba, como símbolo de oprobio, un pañal reemplazado cada tanto por una enfermera.

Despertar de un coma no es realmente despertar. El paciente, dependiendo de su condición y del azar, recupera algunas funciones fisiológicas y cognitivas, no todas, no siempre. Ariadna podía respirar por sí misma, no regular sus fluidos. Dormía casi todo el tiempo y cuando despertaba gritaba incoherencias y se movía con brusquedad. Parecía reconocernos por momentos, pero luego su mirada se perdía en el infinito. Miriam aún celebraba su “retorno a la vida” y yo pensaba, todos los días, en aquella promesa. La virtud que precisaba respecto a Ariadna era coraje, la resolución necesaria para cumplir una promesa nacida en la amistad.

Ariadna ya no estaba conectada a ningún artefacto, así que me fue fácil levantarla y caminar con ella hasta el carro.

Miriam llegó de la universidad a las 8:00 pm, después de dictar su cátedra de historia del feminismo en la edad moderna. Corría de lado a lado de la casa, sacando ropa de los cajones, buscando accesorios en su joyero, en un estado de agitación que no le veía desde que estaba preparando el último capítulo de su disertación doctoral.

―¿Una fiesta?

―Algo así, una docente alemana que está de intercambio en la facultad ofrece una cena. Podría gestionar algunos proyectos para el departamento. Es muy importante que asista, pero no encuentro ropa limpia. Todo ha sido tan caótico estos meses. ¿Quieres ir conmigo?

―¿Son personas que conozco?

―Sí, todas mis colegas del departamento estarán ahí. Recuerdo que te gustaba acompañarme a eventos como este.

―No, no quiero ir. Preguntarán si regresamos, será incómodo. Prefiero quedarme con Ariadna.

―No va a hablarte esta noche.

―Lo sé. Sólo quiero estar con ella. Leeremos las Meditaciones.

―Como quieras. ¿Me veo linda?

―Siempre.

―¿Vas a pasar la noche aquí?

―Sí, si no te molesta.

―Para nada. Mañana te traigo desayuno y te cuento cómo me fue, ¿te parece?

―Dale mis saludos a las profesoras.

Le entregué una bonificación a la enfermera y le dije que disfrutara de su viernes, que yo podía encargarme de todo. Ariadna ya no estaba conectada a ningún artefacto, así que me fue fácil levantarla y caminar con ella hasta el carro. La senté en el puesto del copiloto y, una vez la aseguré con el cinturón, arranqué sin rumbo. Conduje hasta llegar a la salida de la ciudad. Pensé en retornar. Si Miriam ya estaba en casa para entonces, podría decirle que tuve deseos de pasear con Ariadna. La vacilación no duró mucho. Aceleré hasta llegar al primer peaje y tuve la certeza absoluta de que al pasar ese punto el retorno era imposible. Guardé el cambio en el bolsillo y seguí conduciendo. Unos kilómetros adelante me detuve para fumar. El tiempo ya no era un problema. Arrojé la colilla a la avenida y entré al carro.

Ariadna dormía bella e impasible y sus cabellos rojos brillaban. La recosté contra mí y la abracé. La besé en la frente. No lloré. Fue un instante alegre. Puse mis manos en su cuello alargado y lo presioné con toda la fuerza de que fui capaz. Su cuerpo sufrió algunos espasmos, la resistencia de la vida biológica a la extinción. Su alma, sin duda, me sonrió agradecida. Poco a poco vencí al instinto y ella finalmente durmió. Llamé a Miriam al celular y le conté todo. Sólo escuché un grito de horror antes de que la conversación se cortara.

Edisson Aguilar Torres

Edisson Aguilar Torres

Escritor colombiano (Bogotá, 1987). Es sociólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia y magíster en Estudios Sociales de la Ciencia de la misma institución. Es docente universitario y trabaja en una ONG.
Edisson Aguilar Torres

Textos recientes de Edisson Aguilar Torres (ver todo)