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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Impostores

• Martes 11 de diciembre de 2018

Casi sin aliento, el Sr. Solís le dice al oficial de guardia en la jefatura de la estación de la policía de Córdoba que su mujer es una impostora. Son las seis de la mañana y el viejo viste un pijama de franela a cuadros bajo un grueso abrigo de lana negro. El día es frío y gris azulado.

Tras un mostrador alto de caoba, algo desvencijado y sin lustro por el paso de los años, se sienta un demacrado joven de enormes ojos verdes y rasgados que le dan un aire gatuno. En este momento se encuentra hablando por teléfono. Con la mano izquierda cubre el auricular y levanta la barbilla a la par de las cejas apuntando a una hielera de sillas metálicas alineadas contra la pared.

El Sr. Solís se sienta y descansa los codos en las rodillas, que le tiemblan de frío, mientras fija la vista en el oficial, como si pudiera impelerle a colgar el teléfono con la mirada.

Sólo sé que la mujer que vive en mi casa se parece a mi esposa, pero no es ella.

No hay nadie más esperando. Además del viejo y del joven, un grupo de hombrecillos vestidos de civil bromean al fondo de la habitación sobre algo que el Sr. Solís no alcanza a entender. El viejo se pregunta si también son policías y por qué no visten el uniforme.

Por fin el agente termina la conversación y el Sr. Solís se apresura hacia el mostrador.

“Mi mujer ha desaparecido”, dice con obvia desesperación.

El joven comienza a teclear algo en el ordenador y le pide el DNI. Cuando el viejo se palpa los bolsillos se da cuenta de que ha olvidado la billetera en casa, pero recuerda su número.

“¿Está usted jubilado?”, le pregunta el policía sin dejar de mirar la pantalla del ordenador.

“Sí”, responde el viejo. “Era maestro de escuela. Escuche”, le insiste, “mi mujer ha desaparecido y me estoy muriendo de la preocupación”.

“No se apure. Tranquilo. Ya verá que se soluciona. Vamos a ver, su mujer ha desaparecido. ¿Cuánto hace que desapareció?”.

“No sabría decirle. Sólo sé que la mujer que vive en mi casa se parece a mi esposa, pero no es ella”.

El oficial deja de escribir y evitando la mirada del Sr. Solís coge la taza de café sobre la mesa al lado del ordenador y bebe un sorbito. Todavía humea y se quema un poco los labios.

Entonces el Sr. Solís se levanta la manga derecha y le muestra el interior del antebrazo.

“¿Ve usted las marcas rojas?”.

Con el índice deformado por el reuma le señala un círculo de hendiduras profundas grabado en la piel.

“Es donde me hincó los dientes esta noche pasada cuando dormía. Ya ve que no es ningún bocado de amor. Es increíble que una mujer tan flaca tenga una fuerza tan descomunal en las mandíbulas. Y este es superficial comparado con los que tengo en el pecho y en las piernas, y en el pie también. Ese sí que fue casi mortal. Me agarró el tobillo y me mordió el pie como si quisiera arrancármelo y, mire usted, no había manera de pararla”.

El viejo hace ademán de agacharse para enseñarle la mordedura, pero el oficial le indica con un gesto de la mano que es innecesario.

“Le tuve que dar una tunda de bofetadas y sacudirla fuerte hasta que se despertó”.

“¿Me está diciendo que su mujer le mordió cuando dormía y que usted la agredió posteriormente?”.

“Le digo que no es mi mujer”.

“Entiendo, pero ¿dónde se encontraba esta mujer que no es su mujer?”.

“En mi cama”.

“Ya veo. ¿Lo que me está diciendo es que la abofeteó y seguidamente la zarandeó?”.

“No quería soltarme. No me quedó otra que agarrarla por los pelos y tirar de ella hacia atrás”.

El Sr. Solís representa la escena con las manos.

“Y conseguí liberarme, pero a duras penas. Casi me desmayo del dolor y la herida no dejaba de sangrar. En fin, tomé un taxi a urgencias, me pusieron puntos y me vacunaron porque es que ni se creían que el bocado fuera humano. ¿Se imagina? Tuve el pie inflamado durante días”.

El Sr. Solís se calla y desvía la mirada del joven a los hombrecillos. Luego, tragándose las lágrimas, dice: “Sólo quiero encontrar a mi mujer”.

El oficial gira la cabeza hacia los hombrecillos que han dejado de bromear a su espalda y miran al Sr. Solís.

“Hay gente con trastornos de sueño”, dice, mirando de nuevo al viejo. “Con todo respeto, señor, este es un asunto médico, no policial”.

“Pero si ya he visitado a un psiquiatra. Me dijo que podría hipnotizarla y acabar con este hábito tan sucio y otros hábitos de magnitud igualmente sucia y que me callo por pudor. Fue inútil. De todas formas, dudo mucho que fuera un psiquiatra de verdad. Por no tener no tenía ni diván en la consulta. Y, para colmo, esta mujer no se acuerda de nada, pero eso sí, miente más que respira. No hace más que inventarse falsedades”.

Por un momento el Sr. Solís se calla y desvía la mirada del joven a los hombrecillos. Luego, tragándose las lágrimas, dice: “Sólo quiero encontrar a mi mujer”.

“Eso queremos todos”, dice el oficial, y le pregunta: “¿Tiene usted hijos?”.

“Sí, uno”, responde el viejo, más sereno. “Es contable”.

“Necesitaría contactarlo. ¿Recuerda su número de teléfono?”.

El Sr. Solís responde que sí y el oficial marca el número. El viejo se percata de que hace rato que dejó de teclear en el ordenador. Se vuelve a sentar en la silla y se mira las zapatillas mientras piensa que todavía está en pijama y que la última vez que vio a su hijo había cambiado tanto que no se parecía a sí mismo.

*

Dos horas más tarde los hombrecillos se han marchado y todo está en silencio. Entra en la jefatura el hijo del Sr. Solís, vistiendo unos zapatos castellanos de borlas y abrigo Loden en verde, de tres cuartos, que más que contable le hacen parecer un empresario desfasado. Ve primero al viejo, sentado y cabizbajo, y luego al oficial que murmura cuando se acerca al mostrador: “Dice que su madre es una impostora”.

“Ya estamos. Es la demencia senil. Le hace creer que todos somos impostores. Como si esto fuera una invasión, pero sin alienígenas”. Se ríe con unos dientes largos y blanquísimos.

“Dice que le ha mordido en el brazo”.

“¡Ah! ¿Eso? Sí, la mordedura es de Lola, el caniche gigante de mi madre. También cree que el pobre animal es un impostor. Nos va a doler en el alma sacrificarla, pero es lo que hay”.

“Supongo que todo aclarado”.

“Es una pena porque al final tendremos que internar al anciano en una residencia. Gracias por todo, agente, ya me ocupo yo”.

“Nada, nada. En este mundo nadie nace huérfano”.

Aunque el Sr. Solís no se resiste, el hijo lo agarra del brazo y lo saca en volandas de la jefatura. El viejo no mira hacia atrás.

*

“Me siento agotado. Es esta presión en la cabeza que hace que me suba la tensión”. Entonces se aprieta el lóbulo de la oreja.

Al llegar al piso el Sr. Solís esquiva a la perra, que corre a recibirles feliz a la puerta, y anda derecho al baño a ducharse. Entre tanto, en el comedor, el hijo le dice a la madre:

“Lo mismo de siempre. Pero ahora no ha sido ni un vecino, ni la portera, ni el comecocos, ni ese abogado de tres al cuarto. El viejo se ha ido directamente a la policía. O la transformación ocurre pronto o habré de contactar con la central para buscar una solución y, entonces, atente a las consecuencias”.

“De hoy no pasa. Ha sido la maldita vacuna. Pero el efecto sólo dura catorce meses. Esta misma noche deja de ser él”, dice ella babeando.

“Más te vale”, dice el hijo al sentarse en una de las sillas de la mesa ovalada que en el pasado se había reservado para los domingos, festivos y las grandes ocasiones. “Me siento agotado. Es esta presión en la cabeza que hace que me suba la tensión”. Entonces se aprieta el lóbulo de la oreja para activar el resorte que abre la trampilla del cráneo y dejar salir unos tentáculos verdes que serpentean en todas las direcciones, como enloquecidos.

Nieves Pascual

Nieves Pascual

Escritora española (Almería, 1966). Catedrática acreditada de Filología Inglesa. Enseña online para la Universidad de Jaén y la Universidad Internacional de Valencia. Ha publicado múltiples ensayos y libros de carácter académico y desde 2016 reside en Estados Unidos.
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