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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Caminante

martes 30 de abril de 2019
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Como padre e hijo, compartían la vida y el nombre. Por obra y gracia de la divina providencia se había dispuesto así, y ellos no demoraron en aceptarlo tristemente y con franqueza. Miraban los dos, de rodillas, el parto de una burra sobre el pasto, en una pequeña montaña llena de naranjos, de la vereda Buenos Aires, del municipio de Sasaima en Cundinamarca, Colombia.

—Nació —gritó el joven Francisco Yepes.

—¡Por fin! —dijo el viejo Francisco Yepes, dirigiéndose a su hijo.

Vivían allí cuando de Yarumal llegaron por un golpe de la suerte. A unos metros de allí, quizá bastantes, y de altos barrotes blancos, techos de zinc que sonaban con el vaivén del viento, y una casa amplia hecha de ladrillos colocados con precisión milimétrica, llamaba desde la ventana de la cocina la esposa y madre de los Franciscos. Era Adela, quien cocinaba frijoles con arroz y jugo de naranja para el almuerzo.

Se rumoraba que en el pueblo estaban matando a miembros del Partido Liberal. Se decía que un caminante de apellido Gaitán llegaría a la presidencia como liberal.

—Cómo siguió la Pancrasia —preguntó a través de la ventana por la burra que recién daba a luz.

—Ahí —señaló el viejo—, pariendo con dolor.

El niño, de mirada suave y ojos azules, observaba el nacimiento de cerca. Ya sabía que nacía un burro para ser amigo de él.

El niño había visto nacer al pequeño burro teniendo seis años, sabiendo de la guerra, pero ignorándola porque no le había tocado el hombro ingenuo para llamarle la atención. Mientras tanto, en Sasaima, siendo el año 1940, se respiraba el aire del maravilloso fruto del palo de naranjo. Había cosecha en demasía, brotando por todos lados, metiéndose por las grietas del corazón y cayéndose de los árboles, donde las frutas frescas eran recogidas del pasto por el joven campesino Francisco y su burro de nombre sereno, Manuel. Se acompañaban a todas partes, en todos los caminos. Francisco, el joven, salía en las madrugadas en compañía de Manuel a activar el interruptor que le daba luz a la vereda. Gastaban una hora en ir y venir, por un camino de piedras y olor a mierda de vaca, esa sagrada mierda de donde nacen los hongos que, según los viejos doctores sin graduación, curaban el alma.

Eran ya una familia numerosa. Siendo Francisco el único hijo varón, las hermanas, que se contaban cuatro pero se conocían cinco, hacían de la mayoría femenina un matriarcado lleno de amor. Enriqueta, la mayor, se ocupaba de las labores de la casa junto con Adela, la madre. Victoria ordeñaba y ayudaba a cocinar con Adela. Las menores, Ana Tulia, por la abuela, y Adriana, jugaban con Pancrasia y Adela. Todo con ella; sin ella, nada. Adela, la comandante de la familia, amaba a Francisco, su esposo, desde que lo conoció con los dedos agrietados por las cuerdas de nylon de una guitarra hecha con madera de aliso, cantando por Antioquia.

Aquel miércoles lúcido en que nació Manuel, de Pancrasia, Adela conocería una noticia que le arrugaría el corazón, de miedo y con razón: saliendo adonde la vecina, luego de un almuerzo lleno de fríjoles, a unos cuarenta y cinco minutos caminando, compraría pan con un mal eco: se rumoraba que en el pueblo estaban matando a miembros del Partido Liberal. Se decía que un caminante de apellido Gaitán llegaría a la presidencia como liberal y los conservadores, de color azul y arma negra, se estaban encargando de evitarlo con la franca disposición de disparar palabras llenas de sangre.

Ella conocía el talante de su esposo. Lo había conocido cantando música colombiana en una calle, sentado en un andén frente a un restaurante de paso en Medellín donde, entre canción y canción, recitaba poemas revolucionarios, recordando al escritor Fernando González, que para muchos —en aquel tiempo— no sonaban bien. Por suerte para él, ella sonreía. Pero aquel miércoles de infortunios, donde el burro Manuel nacía con dolor, se avecinaba la tormenta huracanada de la violencia política en Colombia.

Pasaron años para ella lentos. No había olvidado la advertencia de su vecina Mercedes, la vendedora de pan. No le había dicho nada a nadie, resguardándolo todo, como un mar que contiene a un huracán, o un amor que contiene con firmeza a un miedo.

Se aproximaban las elecciones para las presidenciales. Había pasado ocho años desde el nacimiento de Manuel, y el pueblo debía ser convocado a las urnas al año siguiente, 1949, para elegir a su comandante por cuatro años desde 1950. El presidente, Laureano Gómez, gobernaba con un tenue liderazgo. Se decía en las calles que los conservadores iban a ser derrotados, que Gaitán Jorge Eliécer, el caudillo más famoso del país, ganaría con un discurso fuerte y voz dura la silla del presidente. Los Yepes, de marcada tendencia liberal, ya sabían qué hacer y por quién votar.

Sentado en la cantina del pueblo, el viejo Francisco escuchaba la radio con los compadres. Transmitiendo desde Bogotá, la radio informaba:

—En este momento, Bogotá está en llamas. Los motivos de la irreparable desaparición del más ilustre hombre de Colombia, el doctor Jorge Eliécer Gaitán, deben desencadenar en la revolución —se gritaba con angustia.

Desde allí, dice su hijo —mi abuelo—, se dio cuenta de la magnitud de los daños. Mientras, me contaba, el viejo Francisco escuchaba la emisión:

Los conservadores poderosos de Sasaima, con ayuda de los Chulavitas, llegarían al pueblo antes del amanecer del once de abril, dos días después del asesinato de Gaitán.

—Se ha levantado toda la capital de la república en apoyo al movimiento revolucionario. Los conservadores mataron a Gaitán —finalizaban.

En la cantina, con una cerveza en la mano y el codo levantado, Francisco el viejo se iría por donde vendría. No le gustaba la violencia, pero en su pueblo, aquel paraíso pequeño que daba naranjos dulces, los conservadores de color azul eran los que mandaban. Todos los sabían, pero ninguno lo decía. Comprendía que Francisco, su hijo, tendría que verlo muerto por su pensar si le diesen a elegir entre la vida o las ideas.

Adela cocinaba garbanzos cuando vio llegar a su esposo, desde la cocina ventilada, con la cara pálida y angustiada. Le contó lo que pasaba en Bogotá, lo que estaba pasando en Boyacá, donde desde una vereda llamada Chulavita salían miles de hombres a respaldar el gobierno conservador. Había reunión de liberales en el pueblo, de color rojo, en una casa gris adonde no iría Francisco, pero quienes entre voces y oídos se hallaban allí le daban a conocer lo que se habló en aquella reunión: era hora de partir.

Se decía con la brisa de la cordillera andina que los conservadores poderosos de Sasaima, con ayuda de los Chulavitas, llegarían al pueblo antes del amanecer del once de abril, dos días después del asesinato de Gaitán, para poner en toque de queda al pueblo y a los rojos liberales.

El joven Francisco descansaba, sin saber lo que le vendría. Estaba con Manuel, viéndolo todo desde una montaña con forma de nariz de indio acostado, en la vereda, comiéndose las naranjas que encontraba en el pasto y compartiéndolas con su compañero, Manuel. Veía Francisco su casa, rodeada de rosas blancas y caballeros de la noche. Veía cómo llegaba su padre, acalorado y sudando con el machete bien puesto en la cintura saludando a su madre. Veía a sus hermanas hablando entre sí, con Pancrasia, al lado de la casa. Los caballos chillaban y mostraban sus dientes botando feromona. Desde allí escuchaba la gritería del pueblo, pensando que era parranda, mientras Manuel, el burro, indagaba con su nariz el pasto húmedo. Lo tenía amarrado con una cabuya a su muñeca de niño, para que lo llevase siempre al lado suyo. La gran casa vecina, de un conservador sin nombre pero con plata, se alzaba entre los árboles a unos kilómetros de sus padres. La montaña, agradecida, le ofreció almohada y colchón para los sueños. Durmió bien, pero sin sueños.

La casa vecina, de alturas muy altas y extravagantes, con puertas grandes de maderas finas de roble, y trabajadores como hormigas en su vasta finca, se hacía notoria entre todas las demás. Los dueños de aquella casa, de apellidos grandes y numerosos, eran “respetados” por sus bienes y sus influencias. Los Castañeda, venidos del norte, iban a misa todos los domingos como el resto del pueblo, con la mirada alta y los bolsillos llenos para el santísimo redentor. Los Yepes miraban a los Castañeda como una familia altamente poderosa, desde que el sacerdote de la ciudad, en compañía del alcalde y el médico, hicieran para los Castañeda una ceremonia en la plaza principal otorgándoles la llave de la ciudad por haber hecho para los otros un festival con la primicia del cine.

Los Castañeda se asentaban en la vereda La Candelaria, donde ubicaban su culo bendecido, al lado de la vereda Buenos Aires, donde soñaban entre la sagrada mierda los Franciscos. Antiguamente, La Candelaria fue el hogar del cacique Cacaima, llegando allí por la persecución de un conquistador español quien, en 1541, ingresó a la nación Panche, vecina de Los Muiscas, para controlarla militar y políticamente. Aquella familia de apellidos con pesos no conocía la historia del cacique Cacaima, quien luchó con su vida para que su pueblo no fuera acribillado por los disparos de trueno de los violentos conquistadores. Años después, aquellos españoles seguían presentes a través de las misas, con el sacerdote evocando un dios que vino de otros lados y de otras tierras en forma de muerte. Cacaima, evangelizado, se presentaba a través de los Franciscos, bautizado forzosamente bajo el mismo nombre de los soñadores compañeros de Manuel, el burro.

Manuel dormía mientras Francisco, su joven amigo, se iba caminando descalzo en medio de una de guerra ciega que no era suya.

A la mañana siguiente, el amanecer no llegó. Francisco, el joven, se levantaba de su cama para ir con Manuel a prender el interruptor. Adela, ya de pie, lloraba. Su padre y sus hermanas alistaban las maletas, angustiados. Nunca los había visto despertarse tan temprano. Pensó que se iban de viaje. Por la sorpresa se le aceleró el corazón. Preguntó quién se quedaría cuidando a Manuel mientras se iban de viaje por algún pueblo desconocido o por algún páramo solitario. Su padre, por primera vez, no supo qué responder. Salió de la casa pensando en su amigo Manuel, viendo la luna creciente que daba luz al cielo oscuro. Vio la montaña donde durmió con Manuel, su compañero, el día anterior, alzándose tan bella como toda la cordillera andina. Le preguntó a su padre por qué su madre lloraba, sin saber que la vecina Mercedes se había despertado mucho antes para avisarles a la familia Yepes que ellos, sus vecinos, se iban sin remedio, porque si no lo hacían, los conservadores sin nombre violarían a toda mujer de familia liberal, le dispararían odio a los hombres justo en la cabeza y le quitarían sus tierras prósperas en aquel paraíso de clima cálido lleno de palos de naranjos. Los Castañeda no habían despertado de un sueño plácido pero cobarde cuando Francisco, el viejo, había pensado una respuesta para el hijo curioso.

—Hijo, nos vamos a soñar— entristeció.

Los Yepes, la familia de Adela y los Franciscos, dejaban a sus animales dormidos para no morirse de tristeza cuando se alzara el sol. Manuel dormía mientras Francisco, su joven amigo, se iba caminando descalzo en medio de una de guerra ciega que no era suya.

Francisco Andrés Ramírez Yepes
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