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Tres cuentos breves de Domingo Alberto Martínez

jueves 18 de julio de 2019

La carne

Güendy sólo quería bailar, pero su padrastro se encerraba con ella en el baño cada vez que su madre no estaba. Su padrastro era un hombre despótico. Enorme, desmañado y cruel, era El buey desollado de Rembrandt.

Croisé derecho al frente. Paso a la derecha en uno, brazo en dos, seguido por un plié tendu. Tres, cuatro. Vamos, por grupos. Otra vez.

Güendy acababa de cumplir trece años y seguía siendo una niña, con su tez mestiza y los ojos azules, y un cabello indomable, rizado y largo, que flotaba en el aire en los giros y las contorsiones.

—Sonrisa, ¡y pensad! Pensamos en lo que hacemos. En los brazos… las piernas… en la punta de los dedos. ¿Qué estás haciendo?, ¡no mires al suelo! ¡Ligera, ligera! Ahora arriba al descender. En círculo, brazo abierto a un lado… y volvemos a cinco.

Ella sólo quería bailar. Vivir toda su vida en uno de esos cuadros llenos de muchachas que se ajustan las cintas de las zapatillas, sentadas en las grandes manchas doradas de los ventanales, que se reflejan en los espejos poniéndose, quitándose las horquillas, arreglándose el moño, mientras la profesora corrige y manda repetir con voz de urraca los ejercicios de barra.

Faltaban cinco minutos para que terminara la clase del jueves. Los jueves su madre tenía turno de noche, y su padrastro la esperaba en casa para cenar e irse a la cama. Güendy se mordía nerviosa el labio, levantando continuamente la vista para mirar la hora. Tres minutos. Hizo una pirueta doble sobre el pie derecho en punta. Dio algunos pasos rápidos a través de la sala, revoloteando, y de un salto, igual que una mariposa de alas blancas, saltó por la ventana.

 

La gota que colma el vaso

—Mira, Laia, es que no sé qué hacer. Me acuerdo al principio, cuando íbamos al monte los fines de semana, a Collserola, al Tibidabo, qué manera de correr entre los árboles, qué energía, trepando por los senderos que picaban hacia arriba; era para verlo, siempre él el primero, abriendo camino. Y ahora, ya ves. Se pasa el día entero durmiendo en el sofá, parece un trapo viejo, o en una butaca pegada al radiador. No puedo llevarlo a ninguna parte. Si lo saco a pasear por la playa, a los cinco minutos da pena verlo, con la lengua fuera y los ojos llenos de lágrimas —junta las manos con vehemencia, las separa, las agita como si estuviera espantado una mosca—. Y mejor no hablar de irnos de casa y que se quede él solo. Si salimos dos o tres días, ya estamos llamando a tu tía para que se acerque a echarle un vistazo, a comprobar que todo está bien, que aún tiene comida. Y esto, lo último, collons! Esto ya, mira, Laia, esto ya es la gota que colma el vaso. Vas por el pasillo y pisas un charco, y a fregar, a limpiarlo todo, o de repente se ahoga, empieza a toser y vomita en la alfombra, o en la colcha de la cama, y venga a poner lavadoras. De un tiempo a esta parte todo son preocupaciones. Hay que ir detrás de él continuamente. Se mea en la entrada, en cualquier parte, o deja por ahí escondida alguna sorpresa, como el día que se hizo sus cosas debajo de la mesa, y ¡puf!, cómo olía, cuando estuvieron aquí el Quim y la Montse, quina vergonya! Y así todos los días. Cuando no se asfixia, te despierta aullando a las tantas de la madrugada. Yo es que no puedo más, Laia. ¿Qué quieres que haga? Esto a mí me supera. Mira, le damos la pastilla, así no se puede estar, ni él ni nosotros. Le damos la pastilla y que descanse, el pobre, es lo mejor para todos, lo más humano; o lo llevamos un día al campo, lejos, como si nos fuéramos de excursión, al Montseny, a la Garrocha, y lo dejamos a sus anchas, que corra si quiere, o que se tumbe a la bartola. Lo dejamos en libertad, él solo, y que sea lo que Dios quiera.      

Hay un silencio.

—Caray, Oriol —Laia traga saliva, no sabe muy bien qué decir—, que no és un gos, el senyor Nicolau, que es el teu pare…

Oriol se enciende un cigarrillo, el tercero en poco rato.

—Entonces, ¿qué? Mejor lo llevamos al campo, ¿no?

 

Veleros de papel

Había una vez un náufrago que no quería salir de su isla. Cuando una goleta llegaba a la costa, él sólo pedía, si era posible, que le dejasen algunas botellas vacías y las hojas de papel que ya no empleasen. Si un grumete curioso le preguntaba que por qué no quería embarcarse, volver a Venecia o a Roma, él se encogía de hombros, como pidiendo paciencia con un viejo chiflado, y le hablaba de un babuino que vio una vez en una taberna, sentado en un rincón sobre una barrica; un mono curioso, tocado con un fez lleno de parches, que fumaba en una pipa de caña como si no hubiera otra cosa mejor en el mundo. Hacía anillos y nubes de humo, y los observaba flotar y desvanecerse mientras su amo bebía y gruñía, buscando pelea.

—Yo, mio caro pirata, me dedico a escribir lo que voy discurriendo —sonreía, trazando formas absurdas con un palito en la playa—. Lleno el papel de tachones, lo emborrono de espirales y garabatos, ¿has visto el vuelo de una libélula, o los saltitos que dan las urracas? Luego hago un barquito y lo suelto en el mar.

Los marineros volvían al barco; y mientras partían, él les decía adiós con la mano. “Addio, figlioli!, tanti saluti!”. Y seguía haciéndolo hasta que la última bandera azul y dorada ondeaba más allá del horizonte, siempre con la misma sonrisa sin dientes.

—Vivo sin tener que vestirme, tengo fruta, agua dulce; por las noches me tumbo en la arena templada y contemplo la luna. Veo cómo las estrellas avanzan como un millar de tortugas buscando las olas, el canturreo regular del océano. Más tarde, me quedo dormido.

”¿Dónde, en Venecia o en Roma, podría hacer lo que hago?”.

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