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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Tejiendo palabras

domingo 28 de julio de 2019
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Un día lluvioso, con relámpagos y truenos, llevé mi novela a que la valoraran. En el camino tropecé y caí en un charco. Toda mojada, y con la novela aún escurriendo agua, llegué a la editorial. 

Total, fue un viaje en vano, me la devolvieron con el mismo argumento que en otras ocasiones. El revisor dijo: “Tienes que trabajar más la redacción”.

Desilusionada regresé a casa. Al llegar abrí el libro y me puse a buscar los defectos que, según el revisor, había. Lo hice con mucha calma, leyendo lentamente y repitiendo dos o más veces cada oración; luego me quedaba un buen rato analizando los fonemas, oyendo cómo sonaban y comprobando si su sonido era agradable al oído.

Sacudí la novela una y otra vez. Los vocablos cayeron de forma sucesiva.

Así pasé más de una hora. Repasé cada palabra, cada oración, cada párrafo. Me desalenté mucho porque no encontré los errores que según el revisor había cometido. ¡Qué mal me sentí! Defraudada, impotente… Pensé durante largo tiempo qué hacer para rehacerla. Finalmente, surgió una idea que tal vez fuera efectiva.

Al otro día me levanté temprano y tomé los papeles de la trama. Los sacudí con violencia, no una vez sino varias. Al sacudirlos, las palabras más pesadas cayeron al suelo, las que tenían más letras o las más difíciles de leer. Yo las recogía cuidadosamente y las colocaba en una caja que, previamente, había preparado para ellas.

Sacudí la novela una y otra vez. Los vocablos cayeron de forma sucesiva. Caían según su peso: primero cayeron los más complicados, luego los de mediana complicación y los que no eran tan largos pero cuya ortografía los hacía irritantes o conflictivos; por último, los artículos y las palabras cortas y fáciles de escribir. Aún quedaron palabras adheridas al papel. Para desprenderlas tuve que auxiliarme de una espátula y removerlas una a una. Iba clasificando los grupos de palabras en cajas separadas.

Ya con las cajas llenas, determiné ir insertando palabras sucesivamente. Las cogí y desenredé hasta hacerlas un hilo. Resultó un hilo zigzagueante, enmarañado, con muchas curvas. En esa labor pasé gran parte de la noche, trabajé hasta que caí desfallecida por el esfuerzo realizado.

A la mañana siguiente tomé una plancha. Comencé a sacar los hilos de palabras de las cajas, labor que me dio trabajo, pues estaban totalmente enredados y curveados. Luego los planché uno a uno. Al pasarles la plancha se podía ver cómo las palabras salían lisas, completamente derechas, sin ningún tipo de desviación.

Enrollé los hilos de palabras e hice una gran bola con ellos. Busqué agujas de tejer y comencé a tejer mi libro. Empecé con dos agujas, los puntos salían perfectos, iguales, con uniformidad que impresionaba. Tejía y tejía dándole forma al tejido. Tejía oraciones con figuras de mariposas, de gatos, de perros, de aves, de todo lo que se me iba ocurriendo.

Las figuras de palabras salían perfectas, equilibradas, con mucha belleza y armonía. Luego pasé a utilizar la agujeta de crochet. Empleé el mismo procedimiento, pero, en este caso, hacía adornos que terminaban como prendedores y así se podían colocar en la ropa.

Después, con parte de la bola del hilo de palabras, comencé a bordar. Fui haciendo cosas bellas. Hice una manta con la cual podía cubrirme de noche, la bordé bordada con palabras suaves y cálidas. También hice un lindo y cálido abrigo con el cual podría ir al trabajo los días de frío.

Algunas palabras eran perfectas para tejer, otras no tanto; no obstante, con esfuerzo lograba domesticarlas hasta convertirlas de acuerdo con el fin que deseaba.

Me puse el lindo abrigo de palabras y, como hacía frío, me coloqué la manta de palabras. Al hacerlo sentí una sensación agradable, me sentía cómoda y bien abrigada.

En esa tarea estuve hasta la medianoche. Cuando terminé con los tejidos, me decidí llevarlos de nuevo al revisor. Quería que viera el resultado de mi labor, la gran obra que había realizado, mi nueva novela. Todo lo había hecho con una destreza y habilidad increíbles. Me sentía orgullosa y profundamente complacida conmigo misma. Consideraba que había logrado una novela perfecta. Incluso pensé, incluso, que podría ganarme un premio por la belleza y originalidad de la misma.

Experimenté tantas sensaciones agradables que llegué a sentirme en éxtasis. Sentía que mis pies no tocaban la tierra, que volaban. Luego de tantas frustraciones, acumuladas durante mi peregrinar por tantas editoriales y lidiar con tantos correctores engreídos, retornaría al último visitado para que finalmente comprendiera mis cualidades literarias. Ahora sí me sentía segura y llena de confianza.

A la mañana siguiente me vestí de forma adecuada para la ocasión. Me puse el lindo abrigo de palabras y, como hacía frío, me coloqué la manta de palabras. Al hacerlo sentí una sensación agradable, me sentía cómoda y bien abrigada. Las partes de la novela que no había empleado para vestirme las coloqué en un maletín.

Me presenté en la editorial muy temprano. Entré y me senté. Mientras esperaba me entretuve mirando el ajetreo de las personas que entraban y salían de la oficina del revisor. Algunos entraban con el semblante lleno de esperanza y alegría pero, cuando salían, el disgusto y la desilusión los llevaban retratados en el rostro. Otros entraban tímidos e inseguros, tanto, que ni siquiera fueron capaces de contestar el saludo cortés que les dirigí al pasar frente a mí; me miraban con ojos vacíos y seguían adelante.

Estuve sentada cerca de la puerta de la oficina mucho tiempo. Al fin, la secretaria se encaminó hacia mí y me dijo que había llegado mi turno. Me aclaró que tenía que ser escueta porque el editor tenía muchas cosas que hacer.

Entré con mucha alegría. El editor estaba sentado leyendo. Cuando levantó la cabeza y me vio, su boca se crispó de contrariedad. Ya habíamos tenido discusiones por las críticas que le había hecho a mi obra anterior. Se repuso, me miró con mejor talante y preguntó el objeto de mi visita.

Excitada puse en el escritorio el maletín con la novela. La manta la coloqué cuidadosamente delante de sus ojos y le pedí que viera mi recién terminada obra.

El hombre se limitó a arquear las cejas y me dirigió una mirada de interrogación, al mismo tiempo que decía: “¿Ahora vende ropa?”. Lo dijo con una sonrisa indulgente.

La rabia me dominó. ¿Cómo era posible que ese señor engreído no se percatara de la obra maestra que había colocado frente a él?

Caminaba con la cabeza baja, sin levantar los ojos del suelo, meditando y sintiendo gran despecho hacia revisores y editoriales.

La ira inundó mi raciocinio y, con ademán desesperado, busqué dentro del maletín la bufanda que había tejido con todas las palabras de odio, maldad, miseria y otras de semejante naturaleza. La saqué y la coloqué encima de su mesa. La expresión de su rostro cambió inmediatamente. De sus ojos salían llamas.

Reflejando toda la acumulación de ira que mi bufanda desprendía, me dijo que me largara, que no quería verme nunca más. Salí del local, no sin antes recoger mí maletín y la novela en él, pero dejé la bufanda sobre su mesa.

Iba muy enfadada, no entendía cómo ese señor no se percató de la excelsitud de mi obra. Caminaba con la cabeza baja, sin levantar los ojos del suelo, meditando y sintiendo gran despecho hacia revisores y editoriales. Me preguntaba cómo iba a poder recuperarme de desilusión tan grande: mi obra maestra había sido rechazada después de tan gigantesco esfuerzo y de haber depositado en ella todas mis esperanzas e ilusiones.

Yendo por la acera me crucé con una mujer que venía llorando. Le pregunté qué le había pasado. Me contó que a su hijo enfermo no le daban ninguna esperanza de recuperación. Me conmovió profundamente.

Sentí una imperativa necesidad de ayudar de algún modo a aquella pobre mujer. ¿Qué hacer? ¿Qué podía darle? Entonces metí mi mano en el maletín y agarré un lazo rojo, pequeño y muy brillante, que había tejido con las palabras esperanza, ilusión, confianza, promesa y creencia, y se lo di, pidiéndole que se lo pusiera como prendedor. Ella, conmovida por mi gesto y confiada en que la ayudaría, se lo colocó de inmediato.

Repentinamente su semblante cambió. Su rostro se iluminó por la esperanza y esparcía señales de entusiasmo. Se alejó, de pronto se detuvo, se volvió hacia mí y gritó: “Le pondré el lazo a mi hijo cuando llegue al hospital”. Sonreí de alegría porque había logrado ayudarla.

Me quedé meditando hasta que, finalmente, comprendí cuál era mi misión en la vida. Tejería prendas con palabras lindas para aliviar el dolor, la desolación y la tristeza que muchos en este mundo sufren. Tejería prendas con palabras suaves y dulces para apaciguar a los desesperados e impacientes. Tejería prendas con palabras firmes y decididas para apuntalar a los débiles y flacos de espíritu. Sería la obra perfecta que siempre quise hacer.

Blanca Caballero Pacheco
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