XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

60 horas

jueves 8 de agosto de 2019
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Viernes. ¡Por fin! La semana fue un remolino de cosas onduladas. No hubo feriados y el jefe está cada vez más denso, vino enojado porque se peleó con la señora, está entregado —ese matrimonio no va más.

Hoy llegó temprano, me gritó, no le gustó dónde puse las comas, no recordó que a las 3 tenía una reunión con los japoneses y eso que yo le había avisado. Mi horario de trabajo es hasta las 12 pero como Lucy se enfermó, me pidió que la cubriera y yo para hacer cartón lleno tuve que venir toda la semana desde las 8 de la mañana hasta las 20 horas. Igual no me quejo porque estos reemplazos me permiten ganar unos pesitos más y así ahorro y me puedo mudar.

Los pasos que me llevaban hasta el ascensor me permitieron soñar con las 60 horas de libertad que iba a tener desde ese momento hasta el lunes.

No sé cuánto más voy a estar acá, porque el gritón está por jubilarse y acá el alquiler aumenta permanentemente, tanto que casi no quedan oficinas alquiladas. En el piso 20, que es donde estamos nosotros, hay dos: la nuestra de la empresa Te Salvamos Todo y la de Tu Casa Ya, que cierra a las 12.

A las 19 horas me dijo que se tenía que ir, que me dejaba a cargo. Con un ¡hasta el lunes! se fue. Seguí trabajando y cuando vi que no venían más clientes, trabé las ventanas por si se cumplía el pronóstico de lloviznas aisladas, anunciado para el fin de semana; regué las plantas y salí.

El pasillo estaba desierto, como dije antes ya casi no hay inquilinos. Los pasos que me llevaban hasta el ascensor me permitieron soñar con las 60 horas de libertad que iba a tener desde ese momento hasta el lunes. A las chicas le dije que este fin de semana no salía, que tenía que limpiar el departamento, que quería leer, ver televisión, darme un baño de inmersión, depilarme, mimarme y sobre todo, no pensar en ¿qué me pongo? ¿cómo me maquillo? Quiero descansar de los tacos, de las medias finitas con raya. Quiero estar descalza, con una camiseta holgada, a cara lavada. 60 horas para mí, para hacer mucho o para no hacer nada.

Llegué al ascensor y mi tranquilidad fue interrumpida por un miau, miau. No, pensé, estoy estresada, ya escucho cosas raras, esto es fruto de tanto trabajo. Abrí la puerta y sorpresa… unos ojos celestes, un montón de pelos y cuatro patas me esperaban.

¿Quién sos? ¿Cómo entraste? Nada. Sin respuesta. La sorpresa no iba a romper mis sueños de libertad. Me miré en el espejo, me pinté los labios, cerré los ojos y volví a soñar con mi fin de semana.

Pulsé el botón de planta baja y cuando estábamos en el quinto piso, la luz titiló, un crack, crack, me asustó un poquito, hubo un cimbronazo y el aparato que nos subía y nos bajaba se inmovilizó. Jajaja. Justo hoy. Miré al michu, estaba imperturbable, me ignoraba, bueno, yo tampoco le había hecho mucho caso. Mi mente se revolucionó, busqué el celular en la cartera para llamar a alguien y el celular no estaba. Seguro que cuando fui al baño a buscar agua para la plantita lo dejé ahí. Y ahora ¿quién podrá salvarme? Perdón, michu, salvarnos. Mirá, por suerte, el ascensor es vetusto como el edificio, tenemos mucha ventilación, no es como el de los edificios modernos que si te quedás encerrado morís ahogado, acá no, pura reja y aire. El único problema es que estamos solos, ni las moscas quedan el fin de semana; el portero está de licencia por enfermedad; las oficinas están cerradas. Pensé: “Me quedé encerrada en un ascensor con un gato, que es lo mismo que decir sola”. Pensé: “Mimí, vos no te ahogás en un vaso de agua, en una pileta puede ser pero en un vaso, no”. “Acordáte cuando iban con el Cacho y se les pinchó el tanque de nafta y tuviste que hacer dedo para ir a buscar combustible o cuando se les rompió la correa del ventilador del auto y te sacaste las medias can can para hacer una”. Pensé, “¿qué hacés cuando llega la noche y se corta la luz?”. “Bingo, adivinaste: te vas a dormir”.

Eso, a dormir. Cuando vuelva la luz veo qué hago. Me desprendí de los tacos que me dejan las piernas como las de una modelo pero que son insoportables; usé la cartera, bueno, el carterón de almohada y me acomodé. El michu me vio y se me acercó, estaba calentito.

¿Qué hacemos cuando nos levantamos después de ir al baño? Sí, desayunamos. Pero ahí, ¿cómo?

No sé cuánto dormimos porque no uso el reloj y el celu, como dije, no lo tenía, pero cuando despertamos, por la ventanilla del pasillo entraba un poquito de sol. Ya era sábado. ¿Y ahora? El problema cuando uno se despierta es que tiene que ir a… bueno, al baño, ahí no había. El gato despreocupado ya había solucionado el problema, en un rinconcito. Yo no podía hacer lo mismo, no soy gato, soy una señorita. Sí, una señorita encerrada en un ascensor, que durmió en el piso, que se despertó, quiere hacer pis, que iba a tener un fin de semana de locura.

Lo solucioné, en el ascensor había una maceta con una planta de esas que tiene las hojas que parecen de plástico, siempre verdes. Nadie las riega y ellas, firmes.

¿Qué hacemos cuando nos levantamos después de ir al baño? Sí, desayunamos. Pero ahí, ¿cómo? Abrí el carterón, tenía tantas cosas como si hubiera ido al programa de Pipo Mancera, seguro ganaba el premio: la carterita con las cosas de cosmética; un poco de papel higiénico; unos protectores diarios; una birome con linterna en el capuchón; un tornillo —seguro que lo encontré y lo guardé por las dudas—; una botellita de agua mineral —siempre la llevo por si se me seca la lengua, porque hablo mucho—; unas galletitas de arroz; unos caramelos para perros, los compro para la Pancha, la perra de mi amiga.

El miau me miraba, a esta altura ya estaba arrepentido de no haberse bajado cuando yo abrí la puerta en el décimo piso. Parecía decirme: mirá que conocí minas, pero como vos ninguna.

Calculé que ya era la tarde del sábado porque por la ventanilla del pasillo ya no entraba el sol, saqué una galleta de arroz, le di un pedacito al michu y comí. Tomé un traguito de agua y le di otro al michu. Encerrada sí, pero con un gato muerto, jamás.

Recordé las canciones que canto cuando me ducho: “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”, eso nos pasó con el Cacho. “Anoche no dormí, cuando apagué la luz…”, qué ironía, anoche dormí y la luz se apagó sola.

Bueno, ya falta menos. Y vos ¿qué sabés hacer?. El cuatro patas me entendió, se extendió boca arriba como Martín Fierro cuando lo estaquearon en el desierto y esperó que le acariciara la panza.

¡Qué dulce!, después me lamió los pies y hasta me rompió una media, bueno, con todo lo que nos pasa, ¿quién piensa en una media rota?

De a poquito la luz se iba yendo, calculé que estaba oscureciendo, no era el sábado que había soñado pero…

Antes de volverme loca, recordé que entre las cosas de la cartera había una cajita con pastillitas de distintas formas y para distintas cosas. Si había alguna alargadita y celeste estaba salvada. Sí, había una: la partí en dos y la tomé y antes de contar la décima oveja ya me había dormido. Soñé que estaba en mi casa; mientras la ropa se lavaba yo chateaba con mis amigas. Las papas fritas y la gaseosa al lado de la computadora, los pies desnudos sobre el piso, la camiseta holgada para inspirar, expirar, esto último sin fanatismos.

El gato tenía los pelos parados, ni ganas de lavarse tenía, ¡pobre! No sé cuándo nos dormimos pero sé que un grito nos despertó.

Una pelusa en la nariz me hizo estornudar y me desperté, volví a la realidad, estaba encerrada en un ascensor desde el viernes, con un cuatro patas, sola, sin baño, sin comida, sin…y faltaban veinticuatro horas para que viniera algún héroe a salvarnos.

Las lágrimas salieron sin pedirme permiso, yo quería un fin de semana diferente pero ¡siempre fui tan exagerada! Dormir una noche sin mi colchón —que es lo mejor de mi casa— podía ser; dos noches, bueno, pero tres noches…

Miau, miau, conmovido me secó las lágrimas. Ya no tenía pañuelos para secarlas, entre el no baño, la no cocina, las lágrimas, los había acabado.

Otra vez las tinieblas, otra vez la rutina, otra vez el piso, la cartera de almohada, el gato de calientapiés, la maceta de baño. Otra vez la media pastillita. Ahora el sueño no vino tan rápido, me dolía el cuello, tenía frío, la ropa estaba maloliente, el rouge estaba en cualquier lado menos en los labios. El rímel que me agrandaba los ojos era testigo de cómo soy cuando no me pinto. El gato tenía los pelos parados, ni ganas de lavarse tenía, ¡pobre! No sé cuándo nos dormimos pero sé que un grito nos despertó.

María, la empleada de la única oficina ocupada del quinto piso, vino a las 8 de la mañana del lunes. No pudo lograr que el ascensor la llevara y ni loca iba a subir por las escaleras; llamó a su jefe y éste, lúcido, se comunicó con el técnico de mantenimiento. Cuando haciendo no sé qué lograron que el ascensor llegara a la planta baja, grande fue la sorpresa al ver a una maceta con una planta seca y a una mujer enroscada alrededor de un gato, dormidos, sucios, despeinados.

Cuando llegó mi jefe y se enteró me dijo: “Mimí, por qué no me llamó, perdóneme. Cuando yo me retiré el viernes, el ascensor ya estaba haciendo ruido, debí avisarle”.

Lo miré y no aguanté más. ¡Al diablo con lo políticamente correcto! Me saqué. Mire, viejo a punto de jubilarse, a punto de divorciarse, viejo a cualquier punto menos a punto. Yo no lo aguanto más, ni a usted ni a este edificio, ni a este ascensor, ni a ustedes. ¿Qué me miran? ¡Renuncio!, mañana paso a buscar mi sueldo y ¡ojalá que este sube y baja no suba ni baje más! ¡Ojalá!

Y vos, michu, vení conmigo, en casa tengo Cat Chow y unos caramelos para perros que te van a gustar.

Adela Gutiérrez Rubio
Últimas entradas de Adela Gutiérrez Rubio (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio