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Daemonologie

viernes 13 de septiembre de 2019
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La lluvia era torrencial. Llevaba el libro entre la ropa y el gabán para que nadie pudiera verlo y protegerlo del agua. Pensé envolverlo con algún plástico, pero desistí ante la posibilidad de que hiciera ruido al caminar, y lo sostuve firme con los brazos cruzados sobre el abrigo, a la altura del estómago. Para cuando los del museo se dieran cuenta de que no estaba en el exhibidor, yo estaría en mi casa mirando por televisión la noticia.

Había estado en el Salón Antiguo hasta las siete menos cinco, pero nadie me vio porque ese día estaba cerrado al público. Cuando terminó mi turno salí tranquilo a la vereda por la puerta principal. Miré en general y saludé con una sonrisa sin descruzar los brazos mientras fingía sentir frío. El viejito Salustiano, pobre Salustiano, me saludó con una mano mientras sostenía el escobillón enorme y lleno de mugre con la otra.

En la calle, el apuro que todos llevaban para evitar las gotas sirvió para camuflar el mío por irme de ahí. Caminé decidido, sin pensar en lo que llevaba escondido entre la ropa. Me empapé, pero el libro llegó seco e intacto, aunque los últimos pasos sentí que me quemaba el cuerpo. La vecina de abajo, en la puerta como de costumbre, me escudriñó sin disimulo. Casi sentí que lo sabía, que ya sabía que fui yo el que robó el libro del museo y lo llevaba escondido, cosa que era imposible porque probablemente ni siquiera los del museo se habían dado cuenta todavía. Siempre me pareció que esa vieja sabía todo. No sé si fue una ilusión, producto de mi paranoia, pero en un momento creí ver en ella rasgos distintos; rostro y mirada que no eran los de siempre, sino que estaban desdibujados en una mueca grotesca, casi animal. Me sentí amenazado.

Lo examiné sin tocarlo. Era más grande que cualquier libro de edición actual, como casi todos los libros antiguos.

Parpadeé varias veces intentando recuperar los rasgos de la vieja. Para corroborar o rechazar la idea de si sospechaba algo, decidí hacer un comentario circunstancial.

—¡Uf, qué tiempito!, ¿no? —y fabriqué una sonrisa.

Ella no se rió, y en cambio dijo:

—Mmm… sé —me miró con sarcasmo y entró en su departamento.

La actitud no me sorprendió. Aunque nunca nos habíamos caído bien yo trataba de mantener la relación en paz. Estaba acostumbrado a desplantes como ese por parte de ella y había optado por no reaccionar.

Después de cerciorarme de que ninguna punta del libro sobresalía por ningún lado, subí la escalera a zancadas hasta el primer piso; escuché la puerta de algún departamento cerrarse despacio cuando arremetí la segunda escalera. Ya en el segundo piso, metí la llave en la cerradura tratando de parecer lo más natural posible. Me sentí observado.

“Descargué” el libraco lo más rápido que pude sobre la mesa para no estropearlo con más apretujones. Aún sentía el ardor en el cuerpo. Lo examiné sin tocarlo. Era más grande que cualquier libro de edición actual, como casi todos los libros antiguos. Lo miré con una fascinación que contenía desde que comencé a planear el robo. Repasé las letras de la portada una por una. Podía entender lo que decía: Daemonologie. El año no dejaba dudas; se trataba del libro publicado en 1597 por Robert Walde-Graue, editor de Jacobo I. Estaba casi seguro de que, aunque en esa época eran comunes, no había otro tratado sobre el tema publicado en ese año.

Más allá de no creer en conjuros ni demonios, de no moverme un pelo el esoterismo y la espiritualidad, me inquietó tener un tratado de demonología en casa. Me sentí como si hubiera robado el mismísimo Codex Gigas, dictado por el diablo y escrito por Julián, el monje. Supe que tenía que encontrar un comprador lo más rápido posible. Revisé los químicos para remover la tarjeta identificadora y decidí empezar el trabajo esa misma noche.

Cené mientras miraba la noticia del robo del objeto mejor valuado del museo, el que por fin me sacaría de pobre. La policía ya buscaba al ladrón. Repasé los detalles de mis movimientos las últimas horas para asegurarme de no haber dejado ninguna pista.

Trabajé para remover la tarjeta del lomo hasta las seis de la mañana, sin abrir el libro. Fue más difícil de lo que creí. Ni siquiera durante mis estudios de conservación supe de la sustancia tan potente con que estaba adherida, pero el lugar quedó casi imperceptible.

Me acosté. En algún momento sentí un murmullo que venía del comedor; voces y risas. Intenté distinguir algo en la oscuridad. Me levanté y caminé a la cocina tanteando los muebles con ambas manos mientras escuchaba las voces. No entendía qué decían. Traté de llegar al interruptor de la pared de enfrente y noté el libro sobre la mesa. Refulgía como si estuviera cubierto de pintura fluorescente, tiranizaba la vista en una visión casi irreal. No podía mirar otra cosa mientras escuchaba el murmullo y las risas. Fue en ese instante que cruzó por mi mente la idea de abrirlo, idea que no había tenido desde que lo robé y había evitado sobre todas las cosas. Estuve despierto las horas que siguieron, pero me contuve.

El sol ya había salido cuando empecé a sentir una abulia aplastante. Me sentí cansado y triste, deprimido y desesperado sin saber bien la causa. Falté al trabajo sin avisar. Sé que mi ausencia pudo despertar sospechas después del robo, pero no me importó. Nada me importaba. Mi dolor y depresión estaban por encima de todo e impregnaban toda mi vida. Pasé el día “encerrado” y no atiné siquiera a llamar a los posibles compradores, de los cuales tenía los números telefónicos desde hacía días. Tampoco comí; sólo pude contemplar el libro y resistirme a abrirlo, como si toda mi energía existiera para eso. No quería que llegara la noche pero las horas pasaron sin remedio.

La noticia del robo seguía en casi todos los canales. La falta de pistas tenía desconcertada a la policía, que no sabía dónde buscar.

Eran las dos de la mañana cuando escuché las voces. Esta vez también vi sombras reflejadas en una de las paredes, siluetas horribles y deformes. No sabía de dónde podían venir, no había nada alrededor que pudiera generar un afecto así. Peleaban, discutían. En la pared de enfrente refulgían dos puntos rojos. Constaté que las ventanas estaban cerradas, las cortinas corridas y las luces apagadas por si había algún idiota con un láser, pero aun así veía la escena con claridad. Encendí el televisor buscando algo que me conectara con lo ordinario y familiar, para no escuchar las voces y sentir que me volvía loco.

La noticia del robo seguía en casi todos los canales. La falta de pistas tenía desconcertada a la policía, que no sabía dónde buscar. Tuve la certeza de que nunca me descubrirían, pero en ese momento no estuve seguro de sentirme aliviado. Busqué algo para comer en la heladera y me quedé despierto. Esa noche fue más larga que la primera. No había nada que dirigiera mis sentimientos, pero de a poco nació en mí una emoción violenta y destructiva como jamás había tenido; un deseo de hacer daño, incipiente y dudoso al principio, más fuerte e inmanejable después. Tuve miedo de mí mismo.

A la mañana reuní la poca voluntad que me quedaba y decidí llamar a los compradores, pero el teléfono estaba mudo. Recordaba haber pagado la última factura y haberlo usado un día antes del robo. Esperé unas horas e intenté de nuevo, nada. No tenía otra opción que ir a un locutorio, pero tampoco pude abrir la puerta para salir. Forcejeé con el picaporte sin resultado.

La tercera noche, cuando percibí que no estaba solo, me puse un guante y fui hacia la mesa en que estaba el libro desde hacía casi tres días. Las sombras estaban en todas las paredes, me rodeaban. Esta vez distinguí algunas palabras murmuradas: “Ssshh, parece que va a abrirlo, sí… sí, lo va a abrir”. Risas. Y entendí que no tenía sentido negarme, que por más que tratara de desechar la idea tarde o temprano iba a hacerlo, como si no pudiera sustraerme a esa provocación.

No quería conocer los secretos del diablo, pero lo abrí. Ojalá no lo hubiera hecho. No existen palabras para describir lo que había en las páginas ni explicar los dibujos. No podían estar hechos por un hombre. Leí. El asco me hizo vomitar y el pánico caer sobre mi propio vómito. No reconocí la habitación. ¿O eran mis ojos? Me sentí raro. Imaginé que no haber podido abrir la puerta mantenía a salvo todo lo que estaba fuera de la maldad que había dentro, pero no quería quedarme encerrado, consumiéndome en la ira y la repugnancia, ni tener un minuto más semejante objeto conmigo. Al menos podía entender eso.

Decidir qué hacer con el libro fue más fácil de lo que creí. No podía tirarlo en cualquier parte, eso era claro, y localizar un comprador me iba a llevar días entre encontrarnos y lograr un acuerdo en el precio. Ya no tenía trabajo, pero podía entrar al museo con el pretexto de hablar con el director para aclarar mi situación y devolverlo sin que nadie se dé cuenta. Después de todo, eso también podía ayudar a tirar tierra sobre cualquier sospecha que tuvieran de mí.

Todavía estaba oscuro cuando rompí a patadas la cerradura y parte de la puerta; sentí una brisa leve en la cara aunque frente a mí tenía el pasillo. El departamento volvió a ser el que conocía: paredes, muebles, adornos, todo era familiar. Me puse el sobretodo y escondí el libro igual que antes, entre la ropa y el abrigo. La vecina de abajo ya estaba fisgoneando. Nunca supe que la vieja se levantara tan temprano. Me examinó con su mirada de carancho y, como el día que llegué con el libro, me sentí descubierto. Sin mediar palabra la mandé a la mierda y salí a la calle. Creo que ella se sorprendió por mi reacción; no volví para comprobarlo.

El frío me hizo lagrimear mientras la atmósfera trasmutaba de a poco de negro a gris y las luces de la calle empezaban a apagarse. Me puse los guantes; podía sentir la mirada acusatoria de todos los que pasaban, luchando contra el reloj por llegar a sus trabajos. Los ignoré aunque tuve ganas de golpear a más de uno. Luchaba por controlar mi ira, por discernir en mi mente qué era real y qué no.

El museo recién abría y los de la recepción ya estaban ahí. Que hubiera varias personas en el hall me facilitó las cosas. No me anuncié porque nadie se dio cuenta de mi presencia, y caminé distendido por las distintas salas mientras fingía contemplar los objetos exhibidos. La puerta del Salón Antiguo estaba cerrada, como antes del robo, pero entré por una puertita lateral que pocos conocíamos, la misma que usé la última vez. Sin sacarme los guantes, localicé el exhibidor vacío escondido tras un cortinado en un rincón y puse el libro dentro. Salí y me calcé el gorro hasta las orejas para que no me reconocieran. Tres contingentes de alumnos de primaria, listos para ingresar a las salas, me dieron el camuflaje perfecto para irme sin problemas.

En los bolsillos del pantalón encontré una llave que no reconocí y salpicaduras de sangre en el pulóver.

Cuando llegué al departamento había un olor horrible a suciedad mezclado con azufre, comida rancia, vajilla sucia y transpiración. Caí en la cuenta de que hacía tres días que no me bañaba; ni siquiera la ropa me había cambiado, ni lavado los dientes. Miré la puerta abierta, destrozada, y busqué en la guía un cerrajero. Me sentí aliviado cuando levanté el tubo del teléfono y escuché el tono del otro lado. Sólo podía venir a la tarde y dije que lo esperaba.

Después de limpiar por horas, me bañé. En los bolsillos del pantalón encontré una llave que no reconocí y salpicaduras de sangre en el pulóver. Antes de meterme en la ducha me examiné frente al espejo pero no vi herida en ninguna parte, aunque también tenía sangre seca en la mano derecha. Lejos de sentirme desconcertado, decidí tirar todo a la basura, incluida la llave, y olvidarme del tema.

A las seis el cerrajero terminó de cambiar la cerradura, e hizo un arreglo provisorio en la madera para que pudiera cerrar la puerta esa noche. Mientras lo acompañaba al hall para abrirle la de entrada, preguntó si me habían robado y dije que sí.

Una ambulancia paró frente al edificio y dos hombres con ambo entraron en el departamento de la vieja fisgona. El cerrajero se fue y esperé en la vereda. La sacaron en una camilla con la cara tapada. El encargado del edificio, consternado, sostenía la puerta de entrada para que pudieran salir. Cuando lo interrogué me contó que había tocado el timbre durante todo el día, y se sorprendió de que no contestara nunca. Trató de abrir con su llave pero no pudo y tuvo que romper la cerradura. También había llamado a la policía porque la mujer tenía una herida en el abdomen. Según los de la ambulancia murió esa misma mañana.

Recordé nuestro último encuentro. Ella estaba en la puerta a la madrugada y nuestra comunicación no fue distinta de otras veces. Pero enseguida pensé en la bolsa con la ropa manchada de sangre y la llave. Me despedí del portero y subí. Esa noche no me sentí seguro adentro y tampoco afuera, y dormí con la puerta sin llave.

María Guillermina Nabarro
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