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El gabinete del fondo

jueves 10 de noviembre de 2022
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Uno a uno aparecen los recuerdos de hace veinte años, vívidos como si todo hubiera pasado ayer. No vuelven de la nada, reviven mientras leo en el diario su nombre en la parte de los obituarios. Hay muchos pero todos duplican el tamaño del suyo, como si también muerta tuviera que ser objeto de humillación.

Tal vez fuera porque era muy tímida que todos la tomaron de punto; o porque tenía la cara manchada y eso la hacía parecer de otro mundo. En la escuela hablaban de ella, sentía el rechazo, y su timidez y torpeza aumentaban. Era como un fantasma en los pasillos, la galería, el patio o donde estuviera porque nadie le hablaba, pero ideaban cosas para ridiculizarla. Quizá ni siquiera generaba rechazo, sino el contagio masivo de lo que fuera que provocara en los demás. Crueldad, por ejemplo.

No se vestía como nosotros ni tenía un corte actual, con esos rulos naturales de pelo grueso e inmanejable y esas hebillas de vieja encima de las orejas, aunque era más joven que yo, que en ese momento tenía veintiséis.

La habían puesto a trabajar en un gabinete de dos por dos, que había sido un depósito.

En esos años nadie sabía qué sector distribuía los espacios del personal, si la Dirección o la Secretaría, que era como una especie de “dirección paralela” por su influencia. La habían puesto a trabajar en un gabinete de dos por dos, que había sido un depósito, improvisado en el primer piso. “¿Dónde está el gabinete de la ayudante de Contabilidad?”, pregunté una vez que tenía que dejarle los papeles de un alumno. La bibliotecaria, una flaquita teñida como Barbi y con la cara encremada hasta la punta del pelo, me señaló el pasillo: “Es el último gabinete, atrás de Asesoría Pedagógica”. Claro, pensé, bien al fondo y escondido para que nadie lo vea.

Yo evitaba hablar con ella porque me ponía incómoda su nerviosismo y balbuceo continuo, y opté por tratarla lo menos posible aunque no quise ignorarla del todo o dejarla con el saludo pagando. Por esto, yo era una de las pocas personas con las que cruzaba una palabra muy de vez en cuando. Si nos encontrábamos en algún sector solía retenerme para decirme algo. Podía saludarme o hacerme una pregunta irrelevante, que mostraba su necesidad de hablar. La escuchaba pero nunca me quedaba a conversar, hacía algún comentario sobre lo que había dicho y me iba. Muchas veces se quedaba sin saber bien qué hacer, hasta que volvía al gabinete escondido como si asumiera que ése es el único lugar en el que tiene que estar.

Los comentarios de pasillo decían que vivía con la madre y era una “mosquita muerta”, que llevaba chismes a la directora contra nuestro sector. Para que todo le sea más humillante se filtró, o alguien inventó y lo mandó a rodar, que un día, en una situación confusa en la que se la acusó de algo, se orinó de los nervios. Verdad o no, importa poco. El boicot funcionó a la perfección.

Leo dos veces el obituario para asegurarme de que es el mismo nombre. Un minuto después escucho a mi marido en la cocina preguntar a los gritos dónde están los condimentos, como si los tuviera escondidos bajo el almohadón en el cual estoy sentada. No contesto. Estoy por llamar a Marta, que se fue de la escuela el mismo año que yo, para ver si sabe algo sobre la muerte de la ayudante. “¿Quién?; no, ni idea, no me acuerdo”. Hago otros llamados. Mariela tampoco se acuerda, ni Emilce, que estuvo algunos años más. Pienso que deberían porque ellas eran el engranaje principal de la máquina propagadora de chismes, pero es como si nunca la hubiesen conocido. No les suena el nombre. Lamento no tener otros teléfonos de antiguos compañeros, necesito saber de qué murió.

Antes de comer, busco en la caja donde guardo algunas fotos de los actos de aquella época. Aunque sea en una tiene que estar para hacer que las otras se acuerden. Estoy segura de que cuando se las muestre, las tres van a recordarla. Encuentro seis de lo que parece un acto del Veinticinco de Mayo, pero no está en ninguna. No la veo en ningún rincón, inhibida como solía estar, ni disimulada entre los chicos; mucho menos sobre el escenario leyendo algo. Pero sé que estaba ahí.

Pienso de dónde puedo sacar información sobre cómo murió y marco el número de la escuela. Tengo la esperanza de que algún ex compañero a punto de jubilarse pueda decirme algo, alguien que la haya conocido, como Marta, Emilce, Mariela y yo. Cuando atienden digo el nombre pero no lo conocen. La directora no es la misma y la secretaria tampoco. Me sorprende que se ofrezcan a buscar en los registros viejos del personal para darme algún número de teléfono. Puedo llamar mañana, me dicen, para ver que encontraron. No quiero esperar tanto, pero les digo que sí y agradezco el favor.

El silencio se hace eterno, pero es obvio que hay alguien porque escucho el silbido suave de una respiración.

Sería un milagro si pudiera dar con la madre, en caso de que esté viva. Busco en la guía. Pañol, Dora. No sé cómo se llama pero es el único Pañol. Llama varias veces hasta que alguien levanta el tubo del otro lado.

—Hola, ¿hablo con la mamá de Lucrecia?

El silencio se hace eterno, pero es obvio que hay alguien porque escucho el silbido suave de una respiración. Pienso que podría ser Lucrecia, si no estuviera muerta. Quiero que sea Lucrecia.

—Si —contesta una vocecita débil.

—Mi nombre es Marcela, fui compañera de su hija en la Escuela Nº 2. Lamento mucho su pérdida, señora.

Silencio. Decido preguntar directamente lo que quiero saber antes que se largue a llorar o cuelgue.

—Ella… ¿qué le pasó? Disculpe, pero hace mucho tiempo que no la veía —digo. Tarda en hablar, como si no estuviera segura de contestar.

—Amaneció muerta. Los médicos no encontraron nada que pudiera matarla, es decir, no saben qué fue. Le hicieron una autopsia pero no salió nada. Me mostraron una planilla vacía, donde dice “causa de muerte” no hay nada escrito —dice de un tirón. Sospecho que es la primera vez que se lo dice a alguien.

Lo de la planilla vacía y la autopsia inútil me desconcierta. Nunca supe que fuera posible algo así, aunque no sé qué esperaba escuchar. La oigo desconsolada pero no me importa, quiero saber más.

—Pero… no puede ser. ¿Ella estaba bien? —pregunto.

—Yo no la veía bien desde hace años, pero no quería ir al médico ni me escuchaba. Los últimos días ni siquiera me miraba, era como si yo no existiera… o como si ella no estuviera acá.

Vuelvo a darle el “pésame” y cuelgo. Un grito más fuerte que el anterior me avisa que la comida está lista.

Ya en la mesa, comento lo rico que está el estofado; tengo que hacerlo para que se sienta halagado y siga cocinando porque a mí no me gusta, aunque él no lo sabe. Tocarle el ego siempre me funciona. Mira en televisión un programa de entretenimientos y no nota que mi veredicto fue antes de probar el primer bocado, aunque él va por el décimo. No contesta ni agradece, no dice nada. Tampoco nota que estoy ausente, mira la pantalla divertido y ensimismado. Yo sigo pensando en la muerte de Lucrecia Pañol. Sólo cruzamos algunas palabras hace muchos años y eso no es suficiente para conocer a nadie. Nunca me contó nada suyo y nunca le conté nada mío; pero su muerte me conmueve, no sé por qué.

María Guillermina Nabarro
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