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Monteazul en el verano

sábado 19 de octubre de 2019
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—¿Por qué no se sienta y me cuenta su problema? —¿Qué tanto puede importarle? —Siendo el único comensal aquí, mi tiempo podría calmar su necesidad de hablar, siéntese. —Él hablaba como usted, y vestía igual, con chaleco, con casco, y venía a almorzar todos los días. —¡Se enamoró! —¿Qué cree usted? Yo andaba aburrida viniendo a ayudar a mi hermana con el restaurante. Todos los días, de lunes a domingo. Recién había terminado el colegio, y no sabía qué estudiar o qué hacer con mi tiempo; bueno, hasta ahora no lo sé. Y cuando iba a renunciar a esta rutina, él apareció. —¿El año pasado? —Sí, hasta diciembre. Por meses venía. No sólo a almorzar, pues cuando inició conversación conmigo, cuando empezó a sonreírme, cuando fue cotidiana su mirada hacia mí, venía a desayunar y a cenar también. ¿Usted hace cuánto que viene por aquí? —Hace un mes y medio, desde enero. Y mire que percibí su malestar desde hace semanas, pero recién me atrevo a preguntarle. —Le agradezco. Ciertamente no sé por qué le cuento todo esto. Le agradezco de verdad. —¿Y por qué sigues aquí? —No lo sé. —¿Aún lo esperas? —Mire usted. Ocurrió que un día, de tanto venir, quizá a las dos semanas, de tanto mirarme, hablarme, de tanto decir que mi perfume era agradable, que mi polo era lindo, que mi peinado estaba excelente, me empezó a gustar. Cada vez que culminaba el desayuno, el almuerzo o la cena, se acercaba al mostrador. Yo lo esperaba. Trataba siempre de hacerlo, de coincidir con él. De ser yo quien lo atienda y no mi hermana ni otra mesera, sino yo. Él también esperaba concordar conmigo. Cuando nos veíamos frente a frente, los nervios me dominaban. Él bromeaba, me miraba fijamente, veía con cierta pasión cómo yo realizaba el cobro de su consumo, cómo elaboraba su boleta de compra. Me hablaba, me decía: “Me gustó el postre, me encantó tu refresco, hoy estás más linda que ayer. Hoy tardaste en atenderme, pensé que te habías olvidado de mí”. Yo sólo sonreía, tímida como soy, sinceramente intimidada por él. No contaba bien el dinero, me confundía, no escribía bien su boleta, fallaba en la fecha, en el nombre. Él, divertido, me miraba muy seguro de sí. —¿Era menor que yo? —Así es, no tenía tanta barba y no usaba lentes. Pero más o menos de su contextura. Ahora viéndolo bien, hasta creo que se parece. —¿Y qué te gustó de él? —Me encantó su actitud, su desenvolvimiento, siempre alegre, siempre positivo al verme. Cuando me empezó a gustar más, observé detalles que me fascinaron. Su cabello corto, su peinado, su rostro bien afeitado, su olor, su vestir, su manera de comer, su postura, sus palabras, sus manos y sus uñas muy limpias. Era un galán, se había convertido en mi galán. Un día me dejó su tarjeta. Me dijo, entre sonrisas, entre su voz limpia y segura: “Jenny, ayer no me serviste el té al final de la cena. Lo olvidaste. Yo también lo olvidé, luego lo recordé y quise reclamarte, quise llamarte, pero, ¿sabes?, no tengo tu número”. Yo titubeé, pues no tenía celular en ese momento. Es que aquí en Monteazul todo escasea, los celulares se compran en la ciudad mayor, a dos horas de viaje. El mío se había malogrado y no pude viajar a comprarme otro. De las pocas veces que le respondía, pero siempre sonriente, le dije: “Mejor déjeme usted el suyo”. Y extrajo de su billetera una tarjeta, la deslizó en el mostrador y la puso casi en mi mano, casi tocándome la mano. Ahí vi sus uñas, ahí vi sus manos de cerca, ahí me puse más nerviosa aún. —¿Lo llamaste? —¡No! No tuve el valor. Pero le escribí luego de una semana, luego que se ausentó por unos días. Luego que entristecí y me percaté de que me estaba enamorando, porque extrañaba su presencia, porque lo esperaba en las mañanas, en las tardes, en las noches, y él no cruzaba el umbral. No lo veía allí sentado, con la servilleta entre las piernas, ¡con la servilleta entre las piernas!, ¿quién come así por aquí?, tan erguido, con el cuchillo y el tenedor en las manos, con la mirada puesta en mí. Le envié un mensaje. —Te compraste un celular. —Sí, me lo compré. El mismo día que me pidió mi número. Le escribí: “Soy Jenny. Ya no viene a comer”. Él respondió de inmediato: “Linda Jenny, qué gustó leerte. Estuve enfermo y pedí delivery a mi hospedaje. Lo siento. Iré mañana”. Así escribía él, se le veía bien inteligente. —¿Y de qué parte era? —Me contó que era de Lima, de un distrito que no recuerdo, Miraflores o Barranco, no recuerdo, ¿usted lo conoce? Su chaleco es parecido. —No lo sé. Los chalecos a veces se parecen. —Se llamaba Pedro, Pedro Salvador Bayes. —¿Y luego del mensaje, siguieron hablando? —Sí, por un mes estuvimos escribiéndonos. Frases cortas, supongo que el trabajo le impedía escribirme más, y por mi parte mi hermana me observaba que, ahora, me encontraba pegada al celular nuevo. Ya el tiempo de mirarnos en el restaurante no era suficiente. Me invitó a salir, pero era difícil con el trabajo y con el resguardo de mi hermana. Igual yo pensaba escabullirme y estar con él todo un día, caminar y hablar mucho. —¿Pensabas? Es decir, no lo hiciste. —No. Una tarde vino a almorzar, muy normal. Lo atendí. Bromeó como siempre, esta vez sobre la tinta que derramaba el lapicero. Nos ensuciamos las manos, él tocó la mía, a propósito, y la ensució mucho más. Reímos bastante. Yo sólo miraba nuestras manos. Él me miraba a los ojos. Lo sentía. Lo disfrutaba. —Ya no vino a cenar. —Así es. Ya no volvió. Lo esperé. Le escribí a los días y no respondió. Pensaba mucho en él. Llegaba bien temprano y me iba bien tarde. Creía, tal vez, yo en la cocina ayudando o, quizá, comprando alguna encomienda en el mercado, no coincidiría con él en el restaurante, por lo que estaba atenta, siempre muy atenta a su llegada. Lo intenté llamar, me armé de valor. No sabía qué le diría, con exactitud no lo sabía, pero tenía que hacerlo. No contestó. Intenté mucho, pero no contestó. —Quizá había vuelto a Lima. —Puede ser. Yo creo que cambió de restaurante. Monteazul no es muy grande, pero por la plaza hay muchos restaurantes. —Quizá. —Nunca supe la dirección de su hospedaje, ni el lugar exacto de su trabajo. —¿Lo hubieras buscado? —Sí. Es más, pienso en buscarlo, pero no me atrevo aún, si ya no viene, quizá no me quiere ver. ¿Y usted por qué vino a Monteazul? —En reemplazo de un colega. —¿Estará mucho tiempo? —No creo, quizá uno o dos meses más. —Entiendo. Si lo llegara a conocer, le dice que me llame. —Descuida. —Terminó su almuerzo hace mucho, ¿no?, gracias por oírme. —Gracias por contarme, Jenny, espero haberte ayudado. —Le agradezco. —Bien. Me tengo que retirar. Mañana vendré también a almorzar, y estoy muy seguro de que seguiremos conversando. Estoy seguro de eso. —Es bienvenido. ¿Querrá boleta? —Me lo das mañana, y toma, ten mi tarjeta. —¿Para qué? —Guárdala, lo sabrás cuando me vaya. Hasta mañana. —Está bien, ¡hasta mañana!

Tarjeta: Alex Salvador Bayes. Miraflores-Lima…

 

II

—¿Te pareció guapa? —Tenía lo suyo la muchacha. —No te aceptó ni un ceviche, entonces. —Me hubiese aceptado si aquel día le palabreaba más, pero no, muy jovencita. —Estaba buena. —Sí, pero muy niña, más bien te recordaba bastante, todo el tiempo habló de ti. —A mí también me gustó, al menos para matar el tiempo en Monteazul. —A quien sí quise levantarme fue a Susan, la chica que llevaba la comida a la obra. —¿Susan?, ¿dejaste de comer donde Jenny? —Sí, sólo fui ese día. En la obra se complicó todo, cambiaron horarios y un restaurante empezó a traer comida para todos. Con decirte que construyeron un comedor. —Y qué tal estaba Susan. —Estaba fuerte la chola. Caderas anchas y duras, revoloteaba toda la obra. Me había echado ojo, yo también, claro. —Ella sí te atracó el ceviche. —¡Por supuesto!, un ceviche en la playa de Catarina todavía. —¡Playita! —Mira, ella llegaba plan de mediodía en un Nissan. —¿Conducía? —Fíjate tú, hasta más sexy la hacía. Los fisgones de seguridad y los arrechos de los obreros paraban al acecho en la puerta principal, dizque esperando el almuerzo. —Para mirarle el culo habrá sido. —¡De hecho! Yo tenía que guardar recato, obviamente. Al llegar, nos mirábamos asolapados. —Todos los días. —Sí, aunque a veces tenía que salir o mantenerme en otro sector y no coincidíamos, pero justamente ese motivo fue la excusa perfecta para contactarla. —¿Cómo así? —Un día me la crucé saliendo de la obra. Ella llegaba con sus ayudantes, y yo salía al centro de Monteazul. Nos detuvimos al unísono, ventana a ventana. Le dije: ¡qué pena! Me hubiese encantado probar tu comida hoy, ¿qué has preparado? Ella media intimidada, sonriente, me respondió: arroz con pollo, señor. ¿Señor?, le dije. Alex, me llamo Alex, ¿tú?, le pregunté. Susan, me respondió con la misma sonrisa pasiva y mirándome fijamente, como queriendo pronunciar algo más, como mostrando respeto y atracción a la vez. Pásame tu número, Susan, para mantenernos en contacto y no cruzarnos nuevamente, muero por tu sazón. Gracias, dijo ella, lo apuntó en un papelillo y me lo entregó. —La llamaste. —¡Así es! Esperé el fin de semana y la llamé: ¿Buenas noches, con la empresaria Susan? Sobrecogida ella, me contestó: Eh… ¿sí? ¿Quién habla? Su comensal favorito, le respondí. No hablaba, reí por su silencio confuso. Soy Alex, Susan, sí me recuerdas, ¿verdad? Sí… Hola Alex, buenas noches. Le pregunté si estaba ocupada y empezamos a hablar largamente. Tenía que mantener la conversa entretenida, porque ella, muy tímida, sólo replicaba con sílabas. Ya cuando entramos en confianza me contó dónde vivía, cuánto tiempo iba con el negocio, que no tenía hijos, que los domingos estaba libre. Obviamente tuve que contarle un poco de mí. —Qué verborrea le metiste. —Lo básico, no mentí tanto. Que vivía en Lima, que era soltero, que había venido por trabajo, que me gustaba su mirada, que me gustaba su voz, que me encantaba tanto, tanto, que deseaba invitarla a Catarina. —Atraco rápido. —Ni tanto, dudó. Tuve que bromearle y seguir entrando en confianza para que acepte. Al final aceptó. Quedamos para el día siguiente, domingo. —Ya, ¿pero sólo comieron ceviche? —Espera pues. Ya en la playa, ya habiendo comido y habiéndole invitado dos cervecitas artesanales, tirados en la arena, empecé a hablarle de cerca, hombro a hombro. La chola echada mostraba unos muslos matadores. Le decía que era muy bonita, muy tierna, ella no decía nada, sólo sonreía. Miraba al frente, al mar, yo le miraba el perfil, la tetas, las piernas. La tomé de una mano y piropeé sus uñas. De verdad eran bonitas, sus manos también, delgadas y blanquitas. Pero todo se arruinó cuando la llamaron por teléfono. Respondió monosilábica. Dijo que era su madre, que la necesitaba con urgencia en su casa. —Perdiste entonces. —Sí, la verdad sí. Nos metimos un último zambullón, la tomé de la cintura, mientras ella se sobaba la cara, se acomodaba el cabello. Salimos por la tarde de la playa, yo quería ver el ocaso y ahí besarla. —Ya muy romántico, mucho esperaste. —Al final la dejé en la plaza principal y me fui. —Todo eso fue poco antes de que vuelvas. —Claro, si no normal la citaba de nuevo. Porque en el camino hablamos, le dije que la salida había sido extraordinaria, que en ropa de baño se le veía genial. Ella sólo se dedicaba a sonreír y me lanzaba ojeadas voladas. No quería presionarla tampoco, así que pensé en citarla de nuevo en el transcurso de la semana o cuando la vea en la obra. Pero ocurrió que tenía que volver y se pudrió todo. Ni tiempo me dio de despedirme. —A mí también me avisaron de un día para otro, ¿pero sí la viste al día siguiente? —Sí. Como caía fin de mes, le había solicitado una boleta de consumo, semana antes, y… Ahora, recordando, ese día fue extraño. —¿Por qué? —Ella llegó, entró hacia el comedor, y todos esperábamos sentados. Algunos obreros le habían dado el encuentro en la puerta principal. Yo creí que luego del playazo nos miraríamos o nos trataríamos diferente, claro, sin mucha coquetería evidente, pero distinto. Sin embargo, ella actuó muy normal, hasta indiferente diría yo. Buscaba su mirada para saludarla, ella me esquivaba, parecía disimularlo bien. Pensaba yo que no me había visto, pero sabía en el fondo que me estaba evadiendo. Luego se me acercó, le dije: Susan, cómo estás, ¿bronceada? Ella peló los dientes a tientas, y sentada a mi lado y sacando la boleta de un cuaderno, me dijo: Ahí tiene lo que me pidió. —Capaz no le gustó la salida. —Era raro, en la playa todo resultó bien, nunca la vi seria o disgustada o incómoda. —Quizá se había arrepentido luego o tal vez algún problema en su casa, su mamá. —Puede ser. No me había dado cuenta de su seriedad en aquel momento, yo sólo seguí cortejándola. Me entregó la boleta, la revisé, le agradecí, y me despedí al vuelo por su brusco retiro ante el llamado de uno de sus asistentes. Ese había sido el último día. Claro, a no ser que nos vuelvan a llamar, pero no creo, me voy a Piura la próxima semana, ¿a ti dónde te han mandado? —A Huancayo.

Boleta de consumo: Susan & Jenny, restaurante…

 

III

—Sólo estuvo dos meses. —Pensé que más tiempo. —No, sólo dos. —¿Y por qué no te avisó de su partida? —No lo sé. La semana pasada fui a la obra a llevar los almuerzos, y ya no estaba. Al principio pensé que había salido o que estaba en otra área. Cosas así me contaba. Pero con los días, preguntando disimuladamente a los trabajadores, me enteré de que ya no estaba. —¿Y no te escribió ni te llamó? —Hasta ahora no. —Lo mismo hizo Pedro, vino y se fue sin avisar, ¡cómo se nota que eran hermanos! —Nunca me dijiste que le pregunte por tu Pedro. —¡Mi Pedro! Hubiese sido lindo. Moría de ganas por saber de él, pero no, tú me dijiste que no reconociste a nadie como Pedro en la obra. —Alex nunca me dijo que había venido acompañado. —¡Ya ves! Era obvio que lo había reemplazado, él mismo contó que había venido reemplazando a alguien. Aparte que era mejor dejarlo así, ¿no crees? —Sí, sin duda. —¿Iremos al mercado? —Creo que sí, allí lo podríamos encontrar. —Tampoco le dijiste que sabías lo de Pedro, o que yo te había contado, o que éramos hermanas. —No me preguntó. Quise hacerlo cuando fuimos a la playa, pero el momento era otro. —¿Era otro? —No lo entenderás, son cosas de adultos. —No te pases, ya cumpliré dieciocho, ¿se besaron? —No. —¿Por qué? —Cómo que por qué, no seas payasa. —¿Pero sí estuvieron cerca? —Sí, pero no se podía. Él me hablaba al oído y era muy lindo, muy cariñoso. Me gustaba cómo hablaba, su forma de mirarme, me hacía sentir muy bonita. —Te habló al oído, ¿y qué te dijo? —¡Basta! Mucho te estoy contando, ¿compraremos lo que habíamos acordado? —Creo que sí, a mí me gustaría que lo usen; pero cuéntame pues, yo te conté todo sobre Pedro. —Es distinto. —No lo es. —Sí, Pedro no usaba barba. —No seas graciosa. —Me parece que en la sección de al fondo podríamos encontrarlo. Hablando de barba, no me gustaba eso en él, me picaba la cara y el oído cuando se acercaba, además parecía muy serio. Me daba miedo a veces, más que miedo, me daba nervios. —A mí también, aunque sin barba, igual se me iban las palabras cuando me hablaba, así bonito. Aunque a veces era predecible, ya sabía qué diría, se nota que lo pensaba o lo planeaba, pero igual me gustaba. —¡Mira! Ese es. —A ver, que nos eche un poco. —Huele bien. —Sí, huele bien. ¿Y si no lo usan? —Sí lo usarán. Pide también dos postales. —¿Cómo sabes que es este, le preguntaste? —No. Lo que pasa es que había olido uno por catálogo, meses antes que lo conociera. Por eso cuando le olí, rápido reconocí el perfume. —¿Será que ambos usaban el mismo? —Eso no lo sé. Nunca olí a Pedro. Pero si tú dices que se parece, quizá lo compartían, o compraban por par. —Verdad, compraremos dos, ¿cierto? —¡Claro pues!, ¿acaso ellos son hermanos? Son amigos nomás. —Tienes razón. Deberíamos regalarles un cortaúñas también. —Es por lo que tocan el charango. —Detesto ese instrumento. —¿Pedro tocaba algo? —No, mi mano sí tocó. —Muy graciosa, ¿no? Mucho estás aprendiendo. —¿Y si te llama? ¿O me llama? ¿Qué haríamos? ¿Si dicen que volverán? —No lo creo. Es difícil. Yo pregunté en su trabajo y me contaron que lo enviarían por el norte. Ellos viajan mucho. —Sería más complicado si regresan, ¿verdad? —Sí, bastante. —¿Te dijeron a las 7? —Sí, ya deben estar allí. —Y si algún día conocemos Lima, y nos los topamos. —Jenny, no seas muy soñadora. Lima es inmensa, además es peligrosa y además está difícil con el negocio. —Ya los vi, están en la otra esquina de la plaza. —Allí me dejó Alex cuando volvimos de la playa.

Postales: Para Abel y Kevin. Feliz primer año…

Antonio Raymondi Cárdenas
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