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Por un beso

sábado 4 de julio de 2020

Apagó el cigarrillo y se incorporó trepidante. Removió las botellas buscando sus zapatos, hallando también el saco entre libros arrumados. Levantó papeles, encontró las llaves, tropezó con la mesa de noche, aquella de 1985 que ella compró, y que él complementó con un florero al año siguiente, y que se quebró cuando hicieron el amor en la sala, cuando ella tropezó, y él sonrió, y ella lloró riendo. Salió apremiante, como si su llegada fuera esperada, enfervorizado a pesar de la somnolencia diaria, maniáticamente consuetudinaria. Corrió por las escaleras y resbaló. Creyó sentir sus pequeñas manos sobre las suyas, sujetándolo, levantándolo, y se miró los brazos y se miró el reloj, que apuntaban las 4 am, y que fue un obsequio en 1989, cuando él cumplía veinticuatro y ella, con el pastel en mano, sonreía, mientras él lloraba riendo. Así alcanzó la primera cuadra, y la segunda, y la vigésima, y cruzó el café, inaugurado en 1993, donde derramó un vaso entero y ella se burló, y él lo disfrutó, y juntos volvieron siempre, hasta que cerró tres años después, y ambos lloraron más todavía. Debía descansar, pero persuadido por sus ojeras prosiguió, obcecado. Llegó a la vía principal, iniciando su cotidiano tráfico de gente y de autos, amaneciendo. Sus piernas temblaban, y temblaron aún más cuando diferenció a la distancia el aeropuerto. Lloró. Lloró como aquella última tarde de 1999, con el mismo saco entre los brazos y con las mismas lágrimas mojando los zapatos mismos. La vio partir, la vio ahogado de un presentimiento funesto, la vio presagiando un retorno con futuro distinto, ya sin el mismo corazón. Bañado de sudor se hallaba entre el bullicio matutino, misofónico ahora, pero con el valor de soportar todo, rotundamente todo, por llegar a aquel edificio construido en el 2001, que un día él vio con indiferencia, mas no pudo intuir sería el futuro recinto para ella y aquel. Volvió a caer, entre la vía, entre la vereda, entre el gentío molesto y apestado, entre la ausencia de sus manos para levantarlo, cayó a plomo. Y se apoyó entonces en el semáforo amarillo que lo ayudó a reponerse, y el amarillo lo retornó a la tarjeta, aquella que lo invitaba al matrimonio. Bebió, fumó, plañó, ¿por qué amarillo?, ¿por qué nuestros gustos tuvieron que corresponder al de ellos? —balbuceó. Tomó su celular y recordó la primera llamada: el primer hijo nació. Niño en vida en 2002. Creyó él no sentir más agobio, porque más agobio humano era imposible atiborrar un solo corazón. Revisó por trigésima vez la última llamada: el segundo hijo había nacido en 2006. No recordaba él sus propias palabras, no recordaba si fingió felicidad, cortó al instante o gimoteó al teléfono. Se encontraba cerca del edificio. Se detuvo. Parpadeaba lento, resollaba por la boca, se rascó la cabeza, la barbilla, cruzó la pista y golpeó, como ayer, como anteayer, al guardia del edificio. Subió corriendo, apresurado, volvió a sentir que esperaban por él, cada peldaño era una evocación, una caricia, un beso, un abrazo, como en 1985 cuando se desvirginaron o como ahora, siendo un 2010 de certidumbre; pero cayó otra vez, y otra vez sintió sus manos pequeñas sujetándolo, levantándolo, y miró de cerca sus propios brazos, reconoció su reloj dando las 8 am, y, además, distinguió sus uñas, su piel, su olor, siendo esta vez, definitivamente, ella. Cuando se repuso, aún con los ojos cerrados, cuando ella lo sacudía en las escaleras, lo limpiaba, lo reintegraba al mejor aspecto posible, él la besó. La presionó contra su cuerpo, contra su vientre, asió sus cabellos y su rostro, y la besó con vigor, como cuando cumplieron ambos veinte, y encerrados en una habitación deshidrataron sus labios, sin comer, sin beber, viviendo aquel día sólo de la fruición. Ella forcejeó, aunque a él le pareció que cedía, que remembraba lo vivido, que sólo había cambiado lo vetusto de sus pieles y lo blanco de sus guedejas rebeldes. Ella luchaba. Ella lloró. El cuerpo de él cayó estrepitosamente por las escaleras, nuevamente, por cuarta vez, cometiendo pleonasmos de memez, de soledades, de pasota, y misofónico como era, las sienes le reventaron de dolor, sus ojos sangraron exasperados, por puertas que se abrían con voces de curiosos, por los quejidos de dos niños que salieron a abrazar a su madre y de un tipo que a golpes le decía: ¡te he dicho que no vuelvas a besar a mi esposa!

Antonio Raymondi Cárdenas
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