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A la sombra de Ramón

sábado 21 de diciembre de 2019
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Ramón, antes de salir a trabajar, la besaba con sigilo y le acariciaba levemente la cabeza para que no despertara. La observaba dormida, por la mañana, con un amor inigualable, con una mirada transparente que desnudaba el perfil de su delgado rostro, de su rasa mejilla, de sus delineados labios, de su negro pelo; la besaba de nuevo y respiraba cerca de su olor, de su aire. Al volver, sin verse condicionado por alguna buena o mala jornada, Ramón la tomaba de la cintura, la abrazaba, la sujetaba del cabello y dejaba caer todos sus asuntos externos para entregarse al amor. Charlaban, bailaban, bebían, comían, fumaban, reían. Ramón no había experimentado los complicados devenires comunes que atraviesan disímiles parejas. Él, honrándose, sentía haber mantenido un confortable amor uniforme, libre de pleitos banales, de separaciones temporales, de tristezas injustas, de traiciones calcinantes. Había logrado casarse con Milagros hace cinco años, y otros cinco años atrás ya había sembrado un equilibrio amoroso como enamorados, reproduciéndolo más tarde como novios, y alimentándolo ahora como esposos. Ella le había correspondido con dudas inexplicables cuando todo inició; él se alentaba por confiar en su agudeza y demostrar así paciencia, sinceridad, seriedad de amar, respeto, y de aspirar a algo concreto, formal, magnánimo. Ramón estaba convencido, desde muy joven, que amar no era cuestión de placer sexual, ni de gozo juvenil, que amar significaba compromiso, responsabilidad, y nadie como él representaría un insuperable esquema de amor en la vida: conocerla, amarla, casarse, reproducirse y morir. Milagros dudó nuevamente ante el pedido de matrimonio; Ramón esperó la decisión, sonriente, de buen humor, comprendiendo la implicancia de dar un gran paso y la presión que en ella podría ejercerse; esperó, esperó. Ella aceptó. Se casaron, celebraron, se amaron. Milagros siempre había respondido con apoyo a la sabiduría de Ramón, a su amor, a su salud, a sus preocupaciones, a sus compromisos. Lo besaba apasionadamente presionando los ojos, lo abrazaba con fuerza todos los días, y lo contemplaba con cierta admiración, con una mirada insondable que a veces Ramón no descifraba, pero lo satisfacía. Ramón encabezaba la construcción de un bienestar familiar utópico, y lo sabía, lo entendía, lo manifestaba sintiendo un significativo deleite al retornar a su casa: verla, conversar, tomar un café, hacer el amor, dormir. Su nueva propuesta había sido la de engendrar, y ella había dudado, incomprensiblemente, una vez más. Pero él predicaba la posesión de un entendimiento diáfano de las presiones ante propuestas y decisiones importantes, por ello se mostraba imperturbable, oía, respetaba, aguardaba todo lo que implicaba mejoría en sí mismo, en ella, en su hogar. En esta espera de saber si su amor se multiplicaría, Ramón, por la mañana, antes de salir al trabajo, rutinariamente la besaba con sigilo y le acariciaba levemente la cabeza para que no despertara. Y rutinariamente también, al cerrarse la puerta y hallarse Ramón a la distancia, Milagros acariciaba otra espalda, sintiendo la pasión de lo prohibido hundirse entre sus piernas.

Antonio Raymondi Cárdenas
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