Hubo en la antigüedad una península ahogada entre naves cargadas de riquezas en forma de oro, mirra, lana, lino, esclavos, aceites y aromas. Casi todas las naves se detenían al menos tres días en una holgada ciudad que adornaba el estrecho de la península.
Una tarde estaban reunidos, como de costumbre, los hombres más importantes de la ciudad: el gobernador con sus consejeros, los príncipes de las familias nobles, sabios y filósofos con túnicas de barba (o barbas de túnica, ya no me acuerdo) y los más importantes mercaderes de la ciudad.
—¡Tengo una gran inquietud! —exclamó el gobernador.
—¡El gobernador tiene una inquietud! —gritaron los consejeros por si alguien no se había enterado.
—La gente viene y va —prosiguió el gobernador— de esta gran ciudad, rica y poderosa. ¡Pero no se fija! La gente no se fija de nuestra riqueza, no se impresiona, porque son simples y no ven nuestra riqueza. ¡No la ven! Que somos ricos.
—¡La gente no ve nuestra riqueza —reafirmaron los consejeros— porque son simples!
Preguntó al gobernador uno de los príncipes de una de las familias nobles, noblísima diría yo, porque comerciaban con esclavos (se dice que traían hasta cincuenta mil esclavos en un año desde una tierra de sol y carbón):
—¿Y qué propone usted, distinguido señor gobernador?
—¡Una enorme estatua! ¡Una escultura —explicaba excitado el gobernador— digna de los dioses! Que sea vista desde el otro extremo de la península, y desde todas las costas y acrópolis, para que sepan que somos ricos.
—Riquísimos —añadió el séquito de consejeros, que por cierto se les había olvidado hablar sin hacer un coro unísono de voces.
—Me parece bien —respondió uno de los filósofos afirmando con la cabeza—, pero que sea de oro, que la belleza está en las cosas eternas.
—Que sea de oro —respondieron los consejeros sin terminar de entender— porque somos ricos.
Al día siguiente fue anunciado a todos los ciudadanos, y también a los esclavos (porque no hay ciudades ricas sin esclavos), el gran proyecto del gobernador. Se reunieron los más respetados matemáticos y arquitectos, príncipes y sabios, quienes comenzaron a hacer sus diseños y cálculos.
—¡Ochenta codos de alto! ¡Treinta codos de ancho! —gritaron los matemáticos—. ¡Porque somos ricos!
—¡Tallada en enormes bloques de mármol! —exclamaron los arquitectos—. ¡Porque somos ricos!
—¡Cubierta en láminas de oro! —prosiguieron los príncipes—. ¡Porque somos ricos!
—¡Una escultura de nuestra diosa de la fertilidad y la abundancia! —añadieron los sabios—. Porque...
—¡Pero! —interrumpió el gobernador—. ¡Que la gente se entere de que somos ricos!
Como estaba todo ya decidido, y era una ciudad muy rica (riquísima diría yo), comenzaron los preparativos:
Primero, había que llevar muchísimos enormes bloques macizos de hasta diez toneladas; no seis ni nueve y media: ¡diez! Lánguidos esclavos emprendieron tan pesada labor desde que el sol dio la orden. Era un largo camino por recorrer. ¡Cuántas vértebras y almas destrozadas! Se cuenta que sólo el primer día setenta esclavos murieron en el recorrido; no cincuenta, ni sesenta y ocho ¡Setenta! ¡Pero qué ciudad tan rica!
Después de muchos días de innumerables cuerpos carbonizados tendidos sobre las praderas (cosa que la noblísima familia que comercializaba con esclavos no podía permitirse más), los hombres más pobres de la rica ciudad tuvieron que halar de los pesadísimos trineos.
—¡Los callos carcomen mis manos! Mis manos que amasan la harina, la harina que se leuda en pan. ¡El pan que alimenta a los nobles! —se lamentaba el panadero.
—Yo debería estar moldeando finísimas cráteras —sollozaba el artesano— para comerciar, que mi hija está enferma. ¡Que se me muere la niña!
Y qué decir del agricultor, que entre sed y los pinchazos de la lanza de los soldados se murió.
Los enormes bloques macizos comenzaban a tomar forma, desde unos pies que sobresalían de la túnica hasta aproximadamente la cintura; casi se veían las sandalias desde el ágora. Tenía la escultura suficiente altura para que un niño pudiera recostarse a la sombra nocturna de ella, mientras en sus regazos cargaba a su pequeña hermanita. No comían todos los días, pero a veces un tallador se apiadaba lo suficiente para dejar caer unas migajas. ¡Pero qué contento el gobernador! Que su obra comenzaba a tomar forma. ¡Espléndido! ¡Qué ciudad tan rica!
El busto decapitado, forrado de andamios de madera, ya se alzaba por encima de las imponentes naves de comercio y de guerra que reposaban en el puerto. Dicen que su sombra era tal que refugiaba hasta cincuenta mendigos de todo tipo al día: paralíticos, dementes, viudas y huérfanos. ¡Absortos estaban los nobles y consejeros! ¡Qué ciudad tan rica!
¡Qué hermosura cuando láminas de codiciado oro comenzaron a cubrir la escultura! El sol provocaba un fulgor tan terrible que una tarde otoñal un rayo de luz atravesó una ventana y golpeó la cara de una ancianita que tejía un peplo de lino, se pinchó la mano y salpicó la frente fría de su nietecito que estaba recostado del piso muriendo de fiebre. Hasta el templo resplandecía y las sacerdotisas exclamaban: ¡Qué ciudad tan rica!
Una vez terminada la obra se reunieron en banquete y fiesta los nobles y sabios, los matemáticos y arquitectos, el gobernador y sus consejeros, y admiraron el fruto de sus esfuerzos (que tanta sangre y huesos costó):
—¡Imposible que pase desapercibida nuestra riqueza! ¡Qué opulencia! ¡Cuánto bienestar! —clamó el gobernador, qué sonrisa la que tenía en su cara.
—¡Porque somos ricos! —afirmaron los consejeros.
A la mañana siguiente, desde el otro extremo de la península, el capitán de una nave cargada de esclavos secos vio desde la lejanía la enorme talla que se imponía desde el puerto de la rica ciudad:
—Qué ciudad tan rica —se dijo el capitán.
(Riquísima, diría yo.)
- La ciudad más rica - sábado 25 de enero de 2020


