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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Crónica de una guerra de audiencias

martes 31 de marzo de 2020
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La mañana del día en que iba a ser asesinado Santiago Nasar, yo me encontraba —por aquello del cambio horario— amenizando la sobremesa de los comensales en la terraza del Bar Restaurante Las Manos de Eduvigis, en Hornachos, Badajoz, subido en lo alto de la barra cantando La cabra. Quiero pensar que moviéndome al compás de la estrofa y al gusto de la mayoría. Con medias blancas del Madrid —que compré en la tienda oficial de La Esquina del Bernabéu— y un pantalón del chándal de la Legión por toda indumentaria, luciendo bíceps y tableta de chocolate. Sujetaba un zapato marrón de rejillas con borlas entre las manos, tiritando levemente, dispuesto a guardar por siempre un gran secreto. El local se encontraba casi lleno: eran las fiestas patronales del pueblo. No le van mal las cosas a Remigio, pensé: había montado el bar con la indemnización de la naviera, cuando el primer ERE. Aparecieron dos de Tele Extremadura. Estaban recogiendo todo el equipo en su furgoneta, casi al lado. Probablemente habrían estado grabando imágenes de la principal fábrica de Lumberton, la citada naviera, tras su recién acordado cierre. Un sol átono, plano, mediocre, como de hojalata oxidada, presidiendo la escena, al tiempo que un grupo de unos ocho o nueve, procedentes del Hogar del Mayor, se paró frente al espectacular logotipo de neón del recién abierto hipermercado dos manzanas más abajo. Se cruzaron entonces con un grupo de fieles de camino a la iglesia. Acto seguido, aparecieron los de la plataforma Subvención estatal de la naviera, ¡Ya!, pegando sus carteles en la pared, entre los de diversas formaciones políticas en precampaña.

Tras buscar en uno de los bolsillos del pantalón, me encendí un Celtas sin filtro, sacando el mechero del zapato, donde también las piedras. Vaya, ¿se han terminado todas?, pensé, algo aturdido, esta vez en voz alta, mientras alguien al fondo del comedor me tranquilizaba copa balón en mano, asegurándome por gestos de lo contrario.

Desde el improvisado escenario yo tenía a lo largo de mi actuación unas vistas panorámicas más que envidiables.

Salió entonces del bar un grupo bastante voluminoso de cuadrilla de banderilleros, perro y un par de agentes de la benemérita. Los acompañaba el tonto del pueblo, que fue a recostarse, testigo de excepción, sobre el coche patrulla: Todo por la patria. Los de verde me instaron tricornio en mano a bajar al suelo —mentando, algo acalorados, reiteradamente al Santísimo tras el tercer intento en vano—, al tiempo que insistían en colocarme el par restante en el pie izquierdo. Afeándome, por lo demás, en todo momento la conducta. Un tercero, que permanecía allí desde el principio, seguía haciendo impasible al sol y sombra al fondo del comedor. Ya iba por la tercera copa balón. Estaba atendiendo al tiempo a unas clientas, donde antes otros, del mismo instituto.

Desde el improvisado escenario yo tenía a lo largo de mi actuación unas vistas panorámicas más que envidiables, con todo: a las doce, el canalillo de Sara, la hija de la carnicera; a la una, más bien una y media, los muslos de Mónica, una de mis ex; a las dos el cerrado pero generoso y ceñido escote de la hija de los Rodríguez-Camarasa y Gayarre, luciendo ostentoso calzado —había de conocerlo el cielo y en menor medida el suelo—; a las cuatro, las espaldas al descubierto de las célebres gemelas Olsen, escritoras —lesbianas, de misa y comunión diarias y anchas de espaldas—, vestidas de color celeste, quienes se estaban diciendo algo al oído y parecían sonreírme por instantes, alternándose en el modo; a las seis, esto es, virando por completo el sentido de la marcha, a una prima lejana mía, quien se sacó una teta para amamantar a la pequeña de la casa —mientras su marido, tras terminarse un café con leche en vaso de cristal, pedía un Cardhu con hielo, que le sirvieron en el mismo vaso—; a las siete, un grupo de solteronas de bastante buen ver, con todo —otras sí merecían ser de la partida: a la una y a las tres—; a las ocho los zapatos de tacón de aguja de Rosi, como apuntándome, desafiantes: algo así como pretendiendo mantener una distancia a la par que acalorar el ánimo, encenderlo: buscando frontalmente un enemigo a las puertas, allanándole el camino, ¿se trataba de un mensaje subliminal, o declarada autoría de algo que se me escapaba a entender, o en otros derroteros la cosa no iba por ahí y la rubricante no llegaba a tanto en la pretensión?; a las diez un grupo de chicas supongo que en edad de ir al instituto, tras despedirse del de la copa balón, cediendo a su vez el paso también a unos conocidos de clase; dos de ellas escribiendo mensajes con sus Blackberries, no, perdón, tres, algo ensimismadas: iban lentamente, gota a gota: los textos a priori parecían extensos, prolijos en detalles y explicaciones de toda intención y norma, tampoco es que se parasen en el sentido estricto de la palabra, pero caminaban sin ningún tipo de prisa ni aceleración a la vista, ahora en lateral desde mi punto de vista, también en discontinuo y en varias veces, convencimiento y tramo a recorrer para más tarde: más bien deambulaban sin mirar por dónde iban, escoradas en su campo de batalla: se detuvieron recostándose algo en oblicuo contra unas farolas hasta que completaron el virtual envío y quedaron indiferentes. Vaya, apuntando maneras: tenemos cantera.

El grupo de jubilados seguía admirando el rótulo en el frontal del hipermercado. Unos pocos se habían colocado algo más alejados de la entrada, a fin de mejorar la perspectiva. El conjunto había ido a más y ya contaba con una docena de miembros. Ya estaban acabando los de la plataforma con sus carteles. Paró en esos momentos frente a ellos el coche oficial del obispado. Alguno que otro de los allí presentes echándose la mano a la cartera.

Parecía —por fin— que iba a ganar de calle la guerra mediática de las fiestas de este año. Yo era el centro de atención, totalmente, qué duda cabía.

No estaba seguro de haberlo pensado en voz alta, lo de las chicas del grupo de las Blackberries quiero decir, pero debía de haber sido así: se dio por aludido el padre de una de ellas, después otro, otro, otro: probable resplandor en las vísceras, que fue aquí y allá a más a más, hasta un punto teórico de no retorno, con la esposa de alguno de ellos tratando de mediar, imponiendo cordura: en todo caso mero truco, trampantojo, tornasol, pues, segundos más tarde, la luz pretendía diluirse del gánster que todos llevamos dentro, hasta el decrescendo final.

Parecía —por fin— que iba a ganar de calle la guerra mediática de las fiestas de este año. Yo era el centro de atención, totalmente, qué duda cabía. Fue así hasta que poco después cada vez más gente trataba de hacer entrar en razón a alguien tendido en el suelo, sin saber qué estaba pasando o por pasar y de quien tan sólo sobresalían las piernas, quedando el resto tapado por una mesa cercana a la nuestra —¿será que además estaba buscando una perspectiva visual mejor que la mía?—; por unos segundos algunos se temieron lo peor, pero un camarero junto a él hizo señas de lo contrario; el tendido se mostró reacio, al menos en un principio.

El camarero se dirigió a él:

—Oiga, ¿qué hace usted ahí?

Nada se escuchó, durante unos pocos segundos.

—Adiós.

—Pero…

—¿Qué?

—Esto…

—…

—¿Oiga?

—…

Tengamos paciencia, pues.

—¿Oiga?

—Dígame.

—Oiga.

—¿Sí?

—Oiga, que no puede estar usted ahí.

—¿Por qué no?

—Pues… porque no.

—No me parece una razón muy convincente, la verdad.

—Y… ¿qué hace ahí?

—Déjenme en paz, se lo ruego.

—Pero, ¿qué es lo que está haciendo ahí?

—Nada.

—¿Entonces?

—Entonces, nada.

—¡Levántese!

El aludido dudó, musitó desde el suelo algo que no oigo bien, luego respuesta: sólo un monosílabo.

—No.

—¡Venga ya!

—No.

—¡Venga!

—No cuenten con ello.

Esto tenía toda la pinta de ir para largo.

—¡Que se levante!

Ya no reparaba nadie en mí: me habían dejado, a estas alturas de los acontecimientos, abandonado a mi suerte.

Insistían, prácticamente a coro entre casi todos. La masa comenzaba a ignorarme.

—Que no, que no.

Ya se cruzaban apuestas sobre las posibilidades de éxito de la solicitud en grupo: aquí, el que no corre, vuela. También al respecto de cuál de nosotros dos vencería la guerra de audiencias. El hijo pequeño de Remigio tomó nota y se puso a apuntar los nombres de los depositantes, en apuestas entre particulares o contra la casa. Vi empezar a circular el dinero.

—¡Levántese!

—No.

—¡Fuera de ahí!

—…

El tema de las apuestas iba prosperando, y lo cierto es que se iba ampliando la profundidad de campo visual, y se podría incluso segregar por ubicaciones y composición de los grupos, pero volvamos al primer plano. Ya no reparaba nadie en mí: me habían dejado, a estas alturas de los acontecimientos, abandonado a mi suerte.

—¡Levántese inmediatamente!

—No, una y mil veces no.

—¿Será posible… el insensato este?

—…

—¡Que salga, vamos, salga ahora mismo!

—Esto… pues… no.

—…

—¿Qué?, ¿ya se han cansado?

Vuelta a las andadas.

—No. ¿Se puede saber qué demonios hace ahí tirado?, ¿qué es lo que pretende?, ¡venga, levántese ya de una vez!

—Preferiría no hacerlo.

—¡Compórtese!

—Ni lo sueñen.

—¿Ya?

—Créanme, es vana insistencia.

Esto era un viaje a ninguna parte.

—Pero… ¿qué podemos hacer?

—…

—¡Compórtese, hombre!

Au revoir, les enfants.

Decidí contraatacar y virar hacia mí el centro de gravedad en lo referente a la atención del grupo: el sólo cantar no volvía a dar de sí lo esperado, por lo que me vi viviendo décimas después como un punk, como los Sex Pistols: una vida tóxica y rápida. Esto es, conduciendo al vent mi serpiente: dejando mi gran huella desde el estrado al auditorio en singular parábola de pendulante eje de partida, riego por aspersión: lluvia dorada. Quisiera llegaros gota a gota a todos.

Las inevitablemente sonoras carcajadas se debieron de escuchar en Toledo, pero de Ohio.

Por fin le dieron la espalda: ahora todos me increpaban a mí.

Mas el nuevo statu quo no duró por mucho tiempo: el señor párroco entró entonces en escena: el único de los de a pie que no se apartó —tal que fuese el maná, a pesar de que era sábado—, guardándose al tiempo con disimulo en uno de sus bolsillos unos chuches y unos preservativos: pretendidos golpes en el pecho, dirigiéndose burlonamente a él:

—Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…

Las inevitablemente sonoras carcajadas se debieron de escuchar en Toledo, pero de Ohio: atronador eco en comandita, amplificador instantáneo, reacción en cadena: a partir de esto algo de sentido común, o lo mismo sólo fue vergüenza ajena, vaya usted a saber, averigüe, eso no se sabe nunca: pareció haber transmitido siquiera de manera meridiana, eso se deduce, a nuestro hasta ahora evasivo personaje, todavía yacente, horizontal, quien viró su parecer:

—Vale, pero, entonces… tráiganme la maleta.

Vuelta a los interlocutores originales.

—¿La maleta?, ¿qué maleta?, ¿de qué está usted hablando? —el camarero.

—De mi maleta —el tendido.

—Ah, claro, claro, ya, su maleta… y… esto…

—¿Sí?

No saben por dónde continuar, o eso parece.

—Esto…

—¿A dónde vamos?

Lo dicho antes.

—¿Quiere que se la traigamos, entonces?

—Sí, eso es.

Silencio, tensa espera.

—…

—Tráiganme la maleta. He fundado una ONG. He estado recolectando fondos. De hecho sigo en ello: cuento con ustedes. Y con los de la tele. Me voy… a Bangladesh.

—¿A Benidorm?

—No, no, a Bangladesh, a Bangladesh.

—¿A Bangladesh?

—Sí. Y en Business, además.

—¿Está seguro?

É cosa certa.

A metro y medio de la mesa se encontraba sentado en una butaca Tomás Sánchez Martínez, tío y tocayo del escritor Sánchez Hidalgo; aquél se giró hacia mí, ¿lo hicieron los demás al mismo tiempo?, mirando a un lado y a otro no me pareció verlo, me temo. Se giró en su butaca, digo, costosamente, y al encontrar mis doce en punto pareció esperar mi opinión, mi personal interpretación de esta arrealidad, anómala sin consecuencias, mas nada añadí, dejé la situación tal y como estaba: fotogramas que iban por libre.

Uno de los del grupo del Hogar del Mayor se sacó el móvil y se puso a hacer fotos del híper. Del neón, más bien. Ahora querían salir los demás, incluso aquellos que se habían alejado del punto inicial, pero no cabían todos tan de cerca y asegurándose la presencia total del rótulo: decidieron ir por turnos. El coche del obispado prosiguió entonces su marcha.

Sánchez Martínez quedó probablemente ante todo lo expuesto antes como involuntario testigo de excepción: el azar lo situó próximo al centro del escenario por unos instantes: lapso de tiempo durante el que estuvo escribiendo en un bloc; sexagenario, considerable, sólido, cetrino en traje de alpaca, cepillos como cejas: mostrando algo de impaciencia por la tardanza, disidente a su manera de la unilateralidad global; gesticulación constante en contraste con su dificultad de movimientos, circunspecto, mirada algo risueña, ojos como platos.

Eché mano de lo primero que se me ocurrió, sin mayor estructura ni intención; de inmediato las ideas surgieron a borbotones.

Extrañado ante lo que estaba observando, primero, comprensivo después, finalmente indiferente:

—Mi traje está triste —es todo lo que acertó a sentenciar.

Llamó a su sobrino y le insistió en que tomase notas para un próximo relato, O se te adelantarán las gemelas. Tranquilo: no van a llevarse el certamen de este año: te lo digo yo; punto y aparte, yo estaba minutos más tarde frente al gran espejo en la pared del salón principal. Tras negociar con los de la tele, grité reiteradamente en confesión que El niño es mío no tan sólo a la novia del banquete de la terraza de enfrente, en el enésimo local abierto por unos chinos aquí en los últimos años.

Lo hice, sí, grité: con timidez al principio, algo más crecido y altavoz en mano desde la ventana de la planta de arriba tras nuevo contraataque mediático sobre la marcha del yacente, después.

Ya frente al espejo: también en esa planta de arriba, sin marco ni moldura, ligeramente empañado por el vaho, y sentándome delante de él, frente al mismo, empañándolo aún más, aunque no en exceso. Eché mano de lo primero que se me ocurrió, sin mayor estructura ni intención; de inmediato las ideas surgieron a borbotones y me puse a escribir algo con ciertas similitudes a unas memorias alternando también sin un criterio claro ambos dedos índices, a la altura de los ojos, en un mismo plano horizontal.

Cosas que me gustaría hacer el último día de mi vida, no necesariamente por este orden: pintar un autorretrato, construir una casa, plantar un árbol, aprender a soplar vidrio, y, por supuesto, tener una vaca, o muchas, muchísimas: una vaca infinita. El espejo no se acababa nunca, no tenía límites, o, si los tenía, volvía a generar de nuevo espacio para la escritura cuando parecía haber terminado, así que mientras veía que empezaba a llover en el exterior seguí redactando en giro de guion En la calle Londres, esquina con Allende, vivieron la mariposa y el elefante. Los de las terrazas fueron pasando al interior de ambos locales, a diferencia del grupo de jubilados, impertérritos en la admiración del recién encendido neón: ahora veía más móviles haciendo fotos. Toda la cartelería frente a ellos empezaba a deshacerse.

Al tiempo que estaba redactando, cosa que hice brevemente, estuve hablando con mi reflejo en el espejo: éste devolvía también la imagen del par de tipos, de hecho gemelos, que se dirigían a mí de chaqué exigiendo su dinero puñal en mano, horas después de comprar mi silencio, y, algo más al fondo, a tres guardias civiles apuntando a éstos ordenándoles que se detuviesen —uno de ellos copa en mano—, al trote en paralelo y en continuo con la reportera y el cámara de la televisión local; me giré y entonces ellos

TS Hidalgo
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