Me doy por entero a confesar mis más profundos arrebatos, mi furia, mi ser errante y malsano; mis actos y mis pensamientos más sensatos y menos decorosos. Sepa usted, ministro, que no en vano me acerco, quizá con una doble intención, la de saberme vulnerable ante todo lo que aquí he venido a decirle, y en rigor, para buscar el sosiego que jamás he encontrado. Una vez confeso, tal vez vuelva a no sentirme despreciable, sin embargo me culpo de ser atroz, más bestial y menos humano. Soy, para empezar, una consecuencia de mi propia naturaleza; soy el desenfreno de mis impulsos, la pulsión que se agita dentro de mí y que me mueve lejos de todo. En mi mejor estado de conciencia plena me avergüenzo de mis actos, y arrastro mi culpa como una larga capa que me viste y me persigue. Me he envuelto así en mi propia sombra, entendiendo que he perdido la facultad de sentir algo más que mis propios deseos y fantasías. Me jacto de mi supuesto poder; me vanaglorio a pesar de mi pequeñez, y en una sucesión de delirios sucumbo ante la idea de modificarlo todo. Soy quien corrompe el nuevo día a su paso; soy quien devora y arrasa en la proximidad de lo inmediato el mundo entero: la tierra que piso y el aire que respiro. Vengo a señalarme porque mía es la culpa; los demás son una consecuencia de mis propias repeticiones, de mis ganas de trascender y multiplicarme por siempre para adueñarme de todo, pues todo lo tengo y aun así quiero más. Mis fauces albergan exagerados dientes que el tiempo ha afilado con aguda presteza. Usted, desde allí donde me escucha, debería estar aterrado. Su silencio suma a mi razón; su mutismo y su reserva alimentan mi prepotencia. No tiene idea de lo que soy capaz, de eso puede estar seguro. Sólido me yergo ante cualquier adversario, y derribo cualquier obstáculo a mi paso, ¡nada me es imposible! Mi verdadero lugar son mis propias ganas, aquello que mis deseos más inmediatos demandan, eso poco y eso mucho que me circunda y sitúa en un escenario en donde simplemente aparecí para convertirme en un depredador insaciable; presa de mí mismo me invento como el espejismo de un poderío absoluto. Soy el dedo que señala y el puño que golpea. Me mueve una sed perpetua, un hambre desmedida que jamás he de controlar. Así mis impulsos son el rostro de mi alma, mi cara oculta en el hueco de mis manos que ya son garras o acaso patas, pues, ni reconocerme ya puedo; ya no recuerdo haber sido diferente a como soy ahora. Esto soy, en esto he transfigurado. Como la niebla que cubre la superficie de un lóbrego pantano, así me manifiesto. Me muevo, avanzo en mi intención de acecho reptante; interrumpo cualquier sendero, cualquier camino, y lo desdibujo. Arruino el óleo del gran pintor y rasgo su lienzo para quedarme yo dentro del marco como protagonista entero...
El sacerdote, contrariado, escuchaba estupefacto. Aquellas palabras le hicieron sentir profundamente adolorido en una suerte de momentáneo estupor. Una pesada empatía le dejó llevar por aquella confesión y se sintió también culpable. Su alma se había impregnado de ese sentimiento de infracción del cual era espectador. Su semblante mermó y su ánimo se desgarró casi por completo. Sintió mis palabras como un centenar de diminutos puñales que le atravesaban el pecho. Debilitado, no pudo menos que llorar en silencio por unos segundos, y al tratar de reincorporarse recordando su oficio quiso ofrecerme la oportunidad de una supuesta salvación, a mí su confesor, que me adelanté a seguir hablando como venía.
...No intente darme perdón alguno. Es usted poseedor de nada como yo, y mis actos tal vez sean espejo de los suyos y de sus comunes. Soy yo el asesino más terrible, el verdugo más eficaz; me vanaglorio de mi maldad, ¿acaso no lo ha notado? No pretenda desconocerme; común he de serle. Soy la peste que fulmina, y la ponzoña que aniquila. Soy patrono de los holocaustos, como tal vez también usted lo haya sido algún tiempo. Estamos hechos del mismo barro. He venido aquí simplemente a desahogarme porque en mi fuero interno, a veces, la vacilación me invade; la incertidumbre me gobierna en mi condición de animal vetusto, tan inmemorial como irracional. Mi juicio es un nervio inflamado, lo que me hace un devorador de mundos, ávido de caminos que destrozar. Mi naturaleza me conduce por los senderos de la duda, y en ocasiones me doblego, no para arrepentirme sino para desfogar lo que mi ser alberga, como quien vomita un exceso ingerido; como quien quiebra un envase disfrazado de bálsamo, conteniendo más bien un sinnúmero de podredumbres. Ingenuo, usted pretende absolverme sin saber verdaderamente los designios de mis intenciones más próximas. Quiero hacerle entender que seguiré haciendo lo que he venido haciendo. No me detendré. El curso de mis actos no dan cabida a la modificación, no pretendo cambiar; así seguiré siendo, no consiento sugerencia alguna porque en la oscuridad de mi porfía ninguna vela podrá encenderse. No recularé ni desandaré lo que ya he andado. Así, entonces, devoraré todo hasta que no quede nada, y cuando no quede nada, me engulliré a mí mismo parte por parte.
Aquel que habló se levantó del confesionario, y se retiró. El clérigo, sin poder tributar argumento alguno, apretó en sus manos un crucifijo que años atrás le había acompañado en momentos de angustia, recordándole sus propios límites, las imposturas de su condición errante y sus más profundos y subjetivos recuerdos.
- El culpable - sábado 11 de abril de 2020
- Elogio a la pintura desde mi admiración por los barcos... - viernes 17 de junio de 2016


