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Un mundo

martes 21 de julio de 2020

“Comer carne es muerte”. “No a la tala de bosques”. “Arrepiéntanse, el juicio final está cerca”.

Estamos condenados, podremos intentarlo una y otra vez, pero Él ya tiene la fecha exacta bien agendada. Creíamos haber instaurado el utópico paraíso donde corderos y leones dormían juntos. ¡Ja!, qué ilusos y torpes fuimos, nos ahogamos en nuestra propia sangre, nos quemó el incendio que nosotros mismos iniciamos, todo por no reconocer que es imposible ser sin dejar que los demás sean.

Estaba harta de la perorata de ese anciano que era duro, mucho más que sus hijos y nietos que murieron agotados siendo relativamente jóvenes.

Insignia miró a su bisabuelo y volvió a ella ese sentimiento nuevo, el que aún no tenía un nombre en la sociedad, o que temía ser mencionado. Escuchaba al viejo con paciencia, la que le enseñaron que debía profesarle. Se sabía una farsante. Creía quererlo, suponía que esa tibieza centrada en el pecho que ese ser centenario y decrépito a veces le provocaba era amor filial. En aquel momento no la sentía, y no le interesaba tratar de recordar cuándo fue la última vez que lo abrigó. En ese instante asomaba una agrura, algo indefinible, quizás lo contrario al umami si eso que experimentaba fuese un sabor, pero no lo era. O sí, un sabor desagradable, una mezcla de asco, resentimiento y temor oprimía el fondo de su garganta.

El viejo había sido un líder, con creencias firmes y poder de convicción en los labios. En épocas de rebeldes él fue extremo. Las masas se encolumnaron tras los derechos de los animales, pero aunque pareciera increíble, esto se contrapuso a los que bregaban por el equilibrio ecológico. Al principio ambos grupos se habían unido para enfrentar a los que manejaban, desde siempre, la maquinaria social y económica; aquella que arrasaba con los recursos sin remordimiento. Los revolucionarios alzaban la voz por todos los seres vivos inocentes, por aquellos que no podían hablar (quizás no por todos), pero los grupos empezaron a tropezarse, se enredaban entre ellos y toda la sociedad cayó de bruces. Se comenzó a masticar polvo y estéril arena.

Cada uno estaba, estábamos, convencidos de ser mejor que los demás; de que hacíamos las cosas del modo correcto para el bien común, siendo compasivos con todos los seres aunque algunos humanos sean parte del daño colateral. Aún hoy no hemos aprendido y nos seguimos matando, va, ya estamos muertos. No pudimos alcanzar el equilibrio porque a la mayoría no le interesaba, ni a mí. Todos creíamos tener la razón, queríamos tenerla y peleamos, derramamos sangre porque estábamos convencidos de que la facción que ganara enarbolaría la bandera de la razón y se regodearía ante los perdedores y su impotencia. ¡Qué soberbia la nuestra!

La muchacha apretó los dientes, estaba harta de la perorata de ese anciano que era duro, mucho más que sus hijos y nietos que murieron agotados siendo relativamente jóvenes. Sólo ella y… él, quedaban de la familia.

Ya te conté, Insignia, mi primer acto fue tirar piedras contra una pizzería, ¿sabés lo que eran, no?, ¿cómo podían comer eso? Luego vinieron las marchas, las pintadas, los piquetes, los recursos legales y el apoyo de algunos políticos partidistas. Surgieron aportes financieros, vaya a saber de quién, para ir en contra de las empresas que torturaban y asesinaban animales. Cambiábamos de rumbo y de blanco con cada oleada de dinero que llegaba. Logramos que cerraran muchas fábricas y procesadoras pequeñas, incluso alguna importante; claro que después recibimos los contragolpes de los que querían seguir comiendo embutidos y que sus hijos fuesen vacunados, ¿recordás qué eran las vacunas, no? También murieron muchos de los nuestros en manos de los que se quedaban sin trabajo y querían venganza. Pero lo logramos, por un tiempo.

La joven acarició las cicatrices que alguna enfermedad antigua le había regalado al dejarla con vida, su hermano no tuvo la misma suerte. Cerró los ojos al sentir que se le humedecían. La agrura aumentó y apretó los puños.

Poco a poco los jóvenes herederos, que logramos sumar a nuestras filas, abrieron las tranqueras y dejaron libres a los vacunos, a los cerdos y a los pollos. Claro que los salvajes salieron a cazar. Pero en la misma proporción en que aumentaban los que no soportaban el sufrimiento de los inocentes, crecían los que cazaban a los cazadores. ¡Si podían comer otra cosa debían hacerlo, por qué no entendían! Había mucho verde en ese entonces. Ellos se defendían bien, muchos de los nuestros también murieron así. La guerra duró dos generaciones, pero eso ya lo sabés.

Los hijos de los brutos comenzaron a aflojar y comieron semillas y frutos, el paraíso estaba ¡tan cerca! Los omnívoros fueron desapareciendo, por resignación o muerte, al menos eso creímos. Los animales se comenzaron a multiplicar, libres. Y los que alguna vez hicieron dinero con los seres de carne y sangre encontraron su negocio sumándose a la explotación agrícola. Todos los poderosos se volcaron a ella. Poco después la cosa se desmadró. Los animales necesitaron más terreno, los depredadores y las presas estaban desequilibrados; se intentó la esterilización masiva, pero no alcanzó, no había recursos. Y el alimento comenzó a escasear. Aunque los salvajes, que nunca desaparecieron, tuvieron qué comer por un tiempo más.

Menos selvas, más lluvias, más terrenos anegados lavados de todo nutriente. El mar subió su nivel engulléndonos la tierra.

Su mirada se perdió en el patio de la polvorienta propiedad, el vidrio apenas contenía el aire seco que se filtraba por los resquicios. Se apretó el vientre, no se lo diría como no lo hizo la vez anterior, o quizás esta vez sí lo haría. Esa putrefacción de los sentimientos empeoraba con el discurso repetido, que cada vez tenía más sabor a confesión, ¿le estaría pidiendo perdón? Ella supo que la tibieza que su bisabuelo solía inspirarle, y que le agradaba sentir en el alma, ya no volvería.

¡Ay!, niña, que viejo decrépito tenés enfrente. Me queda poco tiempo…, a todos. Me da pena por ti. No lo vimos venir. Ellos sí, pero les ganamos, enarbolamos nuestra bandera y nos burlamos. Los verdes no pudieron con nosotros y contra los salvajes. Gritaban, desde antes, lo de cuidar los recursos, lo de no al desmonte, pero… ¿cómo alimentar a todos? Animales y humanos comiendo cereales, hasta los perros y gatos se alimentaban de fruta, ¿dónde cultivar suficiente? Los animales también necesitaban su espacio. Menos selvas, más lluvias, más terrenos anegados lavados de todo nutriente. El mar subió su nivel engulléndonos la tierra. Por el otro flanco los incendios incontrolables, más zonas áridas, agotadas, estériles. Incluso los que seguían ganando fortunas no se dieron cuenta de que estaban muriendo. ¿Qué mirás, Insignia? ¿Qué hay en el fondo? ¿Volvieron los cimarrones? ¡Qué ironía!

El escuálido muchacho, fiel, llegó para llevarla y traerla luego. A pesar de todo ella acompañaría a su bisabuelo por el tiempo que éste durase, “ojalá sea poco como parece”. El joven había decidido que se quedaría un par de días con ella, por las dudas. Estaba débil y la intervención les volvería a costar una ración importante. Eso no era bueno en estas circunstancias, ya había estado al borde de la muerte, pero no había otra solución. No tenían resto. Él llegó a insinuarle que dejaran de suministrarle al anciano la porción que le correspondía, o darle un poco menos cada día, ya había vivido mucho, era un desperdicio. Pero ella se había negado. Al viejo, que era casi un prócer para sus padres, le veía el rostro a diario y no podría acelerar su muerte. Lo otro, era más fácil.

Insignia, Insignia, a dónde te fuiste… ¡Insignia!

Susana Irene Astellanos
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