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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Redención de seis semanas

jueves 30 de julio de 2020
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Semana 1

Lunes

Cedí ante la presión de no ser libre, a la duda de no obtener nada y a la incertidumbre de no poder hacer lo que deseaba. Me refugié en una pecera donde nado solo.

No me puedo quejar del vacío. Si existe una migaja de ocupación absorbente, entonces el día fue productivo.

Hago llamadas sin sentido como trabajo. ¿Para esto estudié cuatro años y medio mercadotecnia? No debería ser soberbio, pero no soy alguien que se conforma con tan poco. Cuates del CCH pueden hacer mi trabajo. ¿Dónde queda mi valor? Soy un empleado más en SeguriMax contestando teléfonos. Tecleo los dígitos: cincuenta y cinco veintiséis, noventa, cero cero. Sin respuesta. Cincuenta treinta y dos, cero cinco, cero nueve. Una grabadora: deje su mensaje y nos contactamos con usted. Vil mentira. ¿Por qué les gusta gastar mi tiempo? ¿Creen que no tengo vida? Es muy fácil. Un subordinado no debe tener vida. Los grandes “empresarios” desean moldearte, adaptarte, volverte zombie del sistema y que te “pongas la camiseta”. Pinches farsas.

Hoy todo está en calma. Hay más acción en los correos basura que llegan que en el propio trabajo. No entiendo el propósito de vivir en una pirámide. El que no sabe, es un pobre diablo. El jodido. La prole. Godínez. Todo parece englobarse en una sola idea.

No le debo nada a nadie. Me dieron trabajo. ¡Qué novedad! Soy parte del rebaño selecto de desalmados para obrar a la voluntad de alguien que ni siquiera aparece. Todo el mundo quiere cambiar. El mundo exige un cambio de administración, pero el miedo, el bendito miedo, tiene a todos a pies de los interesados.

 

Martes

No me puedo quejar del vacío. Si existe una migaja de ocupación absorbente, entonces el día fue productivo. Si en un día de toda la semana masajeo mis neuronas, es mucho decir. Traducir un texto que entienda el tarado de sistemas, quien nunca se metió a un curso de inglés en su vida, es un “trabajo de campeones”. Pasé media mañana haciéndome el importante: termina la propuesta, ve por esta persona, pon tu cara de idiota comprensivo y leal a una multinacional que sólo le importa la lana.

Después de eso, tuve dos horas de paz. Me gusta no hacer nada relacionado con “mi trabajo”. Sí, admito eso. Estar ocupado me distrae de mi realidad temporal. La de largo plazo es una cadena interminable de eventos no ocurridos. Es ahí donde quiero pertenecer. Si mis días desde que entré son de hacer nada, ¿cuánto más tendré que esperar?

 

Miércoles

¡Dos semanas! ¡Mi jefe se va dos semanas por trabajo! O sea, la siguiente, según el calendario, se va de vacaciones. Ya quisiera ser jefe. Maldita ansiedad. Se me enreda el estómago al sentirme como planta de cuarto mientras deseo mentar madres. Es más bien la sensación de sentirse incómodo, como si no pertenecieras. Y la verdad es que no quiero.

Entiendo a la perfección que el trabajo es un lugar donde conoces gente y ellos te pueden impulsar y motivar a perseguir tus metas; pero, ¿qué debes hacer cuando los trabajos grandes no te aportan y esperas lo que alguna vez te prometieron en la carrera? ¿En realidad pido mucho cuando digo que quiero aprender de un negocio?

Viendo las cosas, la otra jefa (la estirada, frígida, malcogida, cara de caballo, perdón, la subdirectora de ventas) jamás me permitirá aprender y descubrir cosas. Está tan acostumbrada a hacer todo que cualquier cambio para intentar aprender o ayudar lo siente como un estorbo. ¿Y así quieren conservar la lealtad del personal y que soporten la presión? Ya me doy cuenta de que tienes que chupar verga o panocha para conseguir algo en el mundo corporativo (o en cualquier esfera de poder).

La recepcionista es una estúpida. La presión por ser parte del grupo la mata. Lo malo es que no sabe cómo hablan la abogada del piso y mi jefa de ella a sus espaldas (de hecho, se burlan). Lindas amistades al querer unirse al grupo de las gorgonas.

No es por pena, en parte, la razón de mi distanciamiento con la empresa: es flojera. Es aburrido tener que escuchar quejas de sus clientes y de cómo ansían llevar sus solitarias vidas día tras día. Siempre lo cuentan en mi hora de comida.

Hoy perderé dos horas de mi vida en revisión de estado de ventas. Al único que le importa es a mi jefe. Ya puedo imaginarlo. La malcogida se sentará y me pedirá que tenga conectada la pantalla al monitor. Sólo revisarán los pendientes. Los pasará sin detallar mucho porque, como lo controla todo, revisará lo que ya sabe. Y así estaré sentado. Jugaré con la pluma fingiendo afilarla con el pulgar. Veré esa sala de juntas con su mesa oval y sus nueve sillas, sus estantes de madera oscura, sus libros empolvados. Mientras que mi tiempo se pasea por la computadora e imagina cómo mis compañeros de otras áreas salen a las seis para irse a echar un trago o coger con alguien, regresa a mí para después vivir como un perro: encadenado a la puerta para esperar el regreso del amo.

El peor de los casos podría ser que a mi jefa simplemente le valga porque “tiene que ver a un cliente”. Sólo cuando no está mi jefe, la tiesa se va y no me da aviso.

Creo que lo único bueno de mi trabajo es mi nuevo compañero, Ricardo. Es joven e impaciente, pero trabaja duro. Apenas va en séptimo semestre y se ve preparado. Trata de aligerarme el día. Se lo agradezco porque me saca una sonrisa con cada idiotez que me muestra de Facebook. Me invitó a comer el viernes. Alguien por fin se dignó a iluminar mi pecera.

 

De nuevo comeré solo. Es mejor que andar con el trío de gorgonas hablando de sus estúpidos problemas de pobres.

Jueves

Ricardo no vino hoy, pero no estoy deprimido. Me entretengo con labor crucial. Marco y marco a las empresas y recibo comentarios como “no se encuentra, pero le paso el recado”. Yo sé lo molesto que es que alguien te hable para venderte lo que sea. (Bueno, si me ofrecieran un viaje al extranjero, la cosa sería distinta).

La marea dentro de las paredes de cristal de mi lugar está en calma. Supongo que eso es bueno, aunque ya no es suficiente. ¡No tiene sentido estar ocupado para matar la ansiedad de tener una vida estable!

Después de las diez, me desocupé. Llamé a todos los contactos que tenía planeados. Lo interesante de mi día es ver a toda la gente que les gusta mis fotos en Instagram. Es curioso cómo si le das a la gente lo que quiere obtienes algo a cambio. Si tienen un fetiche, dales lo que piden. Es mi única distracción. Ni siquiera me agrada ver sus calcetines sudados, piernas o vergas paradas: es entretenido, pero es un placer vacío. Tan vacío como vivir en una pecera de ocho a cinco.

De nuevo comeré solo. Es mejor que andar con el trío de gorgonas hablando de sus estúpidos problemas de pobres. Pinches viejas. Les das poder y luego luego se clavan con criticar al mundo. Tan patéticas son sus vidas que deben chismear de cosas de trabajo para sentirse importantes.

 

Viernes

Hoy fue otro día aburrido en la pecera. Llamando, escribiendo, leyendo el guion de ventas. Llamando, escribiendo, leyendo el guion de ventas. Llamando, escribiendo, leyendo el guion de ventas. Después de seguir las órdenes de mi jefe, he cumplido con llamar a los clientes por teléfono y, como lo supuse, fue una pérdida de tiempo. Ahora me queda claro por qué contratan a chavos de dieciocho años para hacer esto: es de las cosas más sin chiste del mundo.

Ricardo se fue temprano y se le olvidó que iríamos a comer. No me sorprende. Él sí pudo escapar, aunque haya sido para ir a una junta de trabajo. Con la esperanza de que mi redención se acerque, me quedo solo mientras me hago telaraña en mi lugar. Quiero salir de mi pecera para ahogarme con el aire y no tragar cápsulas de pagos a proveedores como alimento.

 


 

Semana 2

Lunes

De todos los días que puedo sentirme mal tenía que ser hoy. Estúpido mareo desde el sábado. Es sentir una montaña rusa pasar dentro de mi cabeza. Subir y bajar. Giro a la izquierda y derecha. Una y otra vez. A veces, la sacudida es tan rápida que no me deja tiempo para estar en paz. O es tan lenta dejando que el zangoloteo esté invadiéndome en cada centímetro de la cabeza.

No es sólo el mareo. Este trabajo me recuerda la sensación de estar en la escuela. Más bien, se asemeja al sentimiento de estar en los últimos días de prepa o universidad. Cuando sabes que al final del año todo se acaba y empieza algo nuevo. En el trabajo, esa sensación debe de ser distinta porque nunca se detiene. Es normal si disfrutas tu vida. ¿Y si a lo que aspiras es acabar con todo? Deseo que todo llegue a su fin: cerrar las cosas. Comenzar de nuevo.

Sé que esto no va a durar, pero, ¿por qué tengo que esperar tanto para nadar fuera de la pecera?

 

Martes

Tres llamadas. Es lo que pude hacer hoy. De los quince contactos que se “revisaron” con mi jefe sólo quedan como cuatro. El resto tuve que buscarlos por Internet. ¡Vaya forma productiva de dar seguimiento a los proyectos internos!

Nadie está convencido de “ponerse la camiseta” y sentir pertenencia a alguien más que sí mismo.

El mareo continúa y más en el trabajo. La estirada quiere que revise algo de lo que yo ni siquiera estaba enterado. Ahora tendré que esperar a ver cuándo me envía la información para que yo pueda traer esa revisión a auditoría.

El gerente de calidad le dijo a mi jefa que si ya me mandó la información o si habló conmigo para explicarme el asunto. ¡La estirada no me ha hablado para nada! Todo es o por chat o por correo. ¡No mames! O sea, de veras ese gerente tiene que ser muy ingenuo como para intentar la cooperación y trabajo en equipo en la empresa.

 

Miércoles

Me agrada estar ocupado. No en el sentido de tener muchos papeles y ventanas abiertas por todas partes en el explorador de Internet, sino tener la cabeza ocupada y sentir que realmente haces algo de valor. Desde la mañana, he estado escribiendo la corrección de mi ensayo. Dejar que mis ideas fluyan en mi cabeza es más productivo que esperar a que la vida en el escritorio pase. Tal vez el ambiente en la UCLA sea distinto cuando lean lo que escribí.

¿Estaré presionado por querer obtener felicidad? Tal vez eso quiero.

Soy un cobarde. Me conformo con lo que tengo por miedo a quedarme sin nada.

 

Jueves

He visto algo que muchos conocen, pero deciden ignorar: la soledad de vivir en grupo. Esto es cierto para el trabajo corporativo. Nadie está convencido de “ponerse la camiseta” y sentir pertenencia a alguien más que sí mismo. En general, el trabajo ayuda a solventar, a mantener, a ser productivos en el corto plazo. ¿Ese debe ser el mensaje? Hay que trabajar para alguien más que uno. Todos tienen habilidades distintas a mí y sé que todos tienen limitaciones para desarrollarse, pero por lo menos el espacio, me refiero a SeguriMax, te debe permitir desarrollarte sin represalias.

No está mal que obligues a convivir a los empleados para que aprendan algo de ellos mismos, pero no lo hagas si sabes que va a ser un evento aburrido y burócrata; en especial cuando se trata de una capacitación de prevención de fraudes que nadie quiere tomar. Me encontré a Ricardo platicando con dos cuates de sistemas antes de empezar el curso. Hablaban del último partido de fut, básquet u otro deporte que en verdad no me interesa. Me senté mientras escuchaba sus opiniones de “comentaristas profesionales” del partido. Entre poner atención a cuál debe ser el protocolo para tener mayor seguridad y ser testigo del argumento del siglo que podría definir la visión de un partido de pretemporada, estaba jodido.

Tengo sueño. Quiero dormir y perderme en las olas para jamás volver. No creo que exista un sueño lo suficientemente oscuro para que Yonis, o sea yo, salga a la luz y ponga en su lugar a los villanos. Desconectar. No te ahogues. No quiero pensar. Desconectar. Uno a uno todo muere. No más sufrimiento. Desconectar. Dormir por siempre. Jamás enseñes tu ser. Desconectar.

 


 

Semana 3

Lunes

La situación del mareo mejoró, pero fue mi llamada de atención. Ahora sé que la causa de mi muerte será por estrés. No debo estar presionado; nada vale la pena si atenta contra mi vida. Es la excusa perfecta para largarme.

Sentirme libre. ¿Es mucho pedir?

 

Martes

Es absurdo: en un día, en un pinche día, toda la ansiedad que tenía ya filtrada regresa en el momento en que me tengo que levantar. Lo que quiero es amar y sentir pasión por lo que hago. Ir con mi papá es una salida fácil. Y pienso en todo lo que él dijo sobre por qué nunca he tenido éxito en mi vida. Sólo porque esté con mi familia no es requisito que todo se me dé en bandeja de plata. Quiero aprender, pero de verdad. Quiero tener un mentor de verdad. Ser guiado, pulido y adiestrado en la disciplina que deseo dominar: poner una consultora financiera.

 

Al salir del trabajo, hablé con papá para quejarme y decirle de mi plan de redención. Fue en vano.

Miércoles

Quiero matar a la pinche estirada de mi jefa, con su cara de malcogida y siempre hablando bajo cada vez que me ve. Ahora me pidió que fuera con la asistente del director de finanzas para revisar la facturación de ciertas ventas por cobrar. Ni siquiera se toma la molestia de hablar antes de eso. Para no perder la costumbre, todo fue por correo. Soy un híbrido entre áreas en la empresa. La pendeja de mi jefa no me capacitó para esto y espera a que lo haga sin preguntar nada.

Caminé entre los pasillos tras esquivar torres de carpetas de archivos fiscales y cajas llenas de solicitudes de crédito listas para revisar antes de llegar a mi objetivo. Las asistentes administrativas, encorvadas por usar la calculadora y la pantalla del monitor, encasilladas en un lugar de noventa de ancho por uno cincuenta de alto, calculaban, sin distractores, el punto de equilibrio de cada crédito. La secretaria de este hombre, quien amenaza con despedir a su plantilla casi todos los días por querer salir a su hora, me sentó en su cubículo para revisar pendiente tras pendiente y consolidar las cuentas.

No siento conexión con mi mente. Mis ideas vuelan sin aterrizar. Vivo solo como marioneta o trapo o juguete de perro: mordido y yendo entre las babas y tiras rotas al piso.

Al salir del trabajo, hablé con papá para quejarme y decirle de mi plan de redención. Fue en vano. Tengo que hablar con mi hermano para rogarle que me acepte en su trabajo. Me caga. Tengo que andar de rodillas ante él para renunciar al trabajo que yo conseguí. Sigo sin entender cómo pude ceder al argumento de mi papá: para saber mandar hay que aprender a obedecer. Se debe soportar la adversidad para fortalecer el carácter.

No dormí temprano por la rabia contenida. Más bien, se acumuló. Me doy cuenta, más bien reafirmo, de que realizar mi plan de negocios es mi mayor escape. La razón de la que parten mis pasiones.

 

Jueves

Lo interesante de hoy fue la entrevista. Un hombre de treinta y seis años buscaba empleo. Un hombre nueve años mayor que yo. ¿Cómo renuncias a la libertad por trabajar como esclavo de una empresa? En verdad, un hijo te cambia la perspectiva. Supongo que mi sueño de ser libre va más allá de querer renunciar: es atreverme a ser diferente; a llevar mi vida tranquila; empezar como debí haber hecho al salir de la universidad.

 


 

Semana 4

Lunes

Cedí ante papá. Le hablé a mi hermano acerca de la posibilidad de irme y trabajar directamente con él. Sentenció que por el momento no era posible: llevan dos meses sin cobrar, pero en cuanto se estabilice la parte financiera puedo entrar sin problemas. Ese no era el asunto. El verdadero conflicto que tengo es que ya se me acabó la paciencia. Cuatro malditos años en la fuerza laboral y acabé harto de toda la estúpida burocracia, de toda la hipocresía y de tener que lamer pies de perro para subir en una compañía donde no siento nada.

Estoy cansado de esperar a que tenga la oportunidad de aprender y contribuir en algo que sea benéfico para mí en el largo plazo.

 

Martes

Así es un día de un oficinista cualquiera o por lo menos así son los míos.

Al salir de la oficina me encontré con Ricardo, quien me cachó en una llamada de regaño de mi jefa. Según la idiota, después de hora y media de estar revisando cuentas todo estaba mal, y me pidió que regresara a mi lugar. Al sugerirle que consolidaría otra vez esos pendientes, argumentó que no era necesario porque ella misma corregiría “mi incompetencia”. Al escuchar sus tonterías, afilaba la pluma guardada en mi pantalón. Ya no puedo con esa vieja. Estuve a punto de gritarle que se regresara a Venezuela con su pinche dictador de mierda y aventar mi herramienta de trabajo, pero Ricardo me detuvo. Le debo agradecer por no haberme dejado actuar. Tres cigarros y una buena plática para desechar mi enojo calmaron mi ímpetu.

Soy alguien desechable que convive con personas con una idea retrógrada del sistema corporativista.

 

Tener deudas no es grato, pero trabajar en algo que no te convence es doloroso.

Miércoles

Tengo un sueño, aunque algunos lo piensen insignificante: ser consultor. Éste es un incubador de ideas: un promotor útil dentro de la economía. Jamás había tenido la certeza de hacer algo en mi vida, sobre todo en estas últimas semanas. No me importa si me mientan la madre, hablan pestes de mí o no me recomiendan. Ya me cansé de una vida monótona y corporativista sin sentido. No entiendo cómo la gente puede acobijarse en la sombra de las cosas. Sin metas ni planes. Dejando que el gran papá negocio te mantenga. No puedo, ni quiero, ni planeo quedarme por siempre.

Mientras sigo esperando. Espero la esperada esperanza de vivir fuera de la pecera.

 


 

Semana 5

Martes

Nada. La nada de no hacer nada. De no ser producto. De no ser nadie. De ser vacío. Vaciarse en la inundante nada. La nada que absorbe la monotonía. Cae una lágrima cuando escribo en mi cuaderno de notas. Tener deudas no es grato, pero trabajar en algo que no te convence es doloroso. Debería tolerar la frustración, aunque no sé si aplique cuando no hay pasión. Creo que es mejor enfrentar que tolerar. Cae otra lágrima. Tolerar es resignarse y perder el alma entre hojas de Excel y llamadas. Cae, cae, cae. No soporto más. Quiero salir. Quiero riesgos. Quiero cumplir mis propias metas.

 

Miércoles

Día tranquilo. Me quedo dormido en cada parpadeo. Nada especial. La malcogida apenas y me habla. Da igual. Ya sé qué tengo que hacer. Renunciar y salir lo más pronto posible. Tranquilidad y fastidio en un mismo momento. Posibilidad de estrés: 100%. Cada suspiro es un vacío. Nada me llena; nadie mata mi ansiedad. Si no se apaga, estoy seguro de que mataré a cada imbécil dentro de esta puta oficina. Odio a todos. No valen la pena ni para pedir disculpas.

¿Qué pensarían mis jefes si leyeran esto? Tal vez si lo leen, será mi ruta más fácil de escape.

 


 

Semana 6

Miércoles

Ayer fue mi última sesión para el ensayo a la UCLA y sentí miedo. Mi asesor estuvo al 100% con mi idea de negocio expuesta como tema, incluso con la intención de participar. Tener un proyecto dentro de la maestría sería un buen inicio para mi proyecto emprendedor. Eso me aterra, pero me emociona. Es la mezcla que esperaba. En serio, quiero que sea cuatro de enero para renunciar a esta pinche, puta, pendeja empresa de mierda.

 

Jueves

Hoy, en toda mi estancia en SeguriMax, me la pasé genuinamente bien. Con eso me refiero a que estuve con Ricardo y me reí de todas las estupideces que los mensajeros de almacén decían, las burlas de doble sentido y fotos. Me sentí como en una reunión; del tipo de reuniones donde no existe el protocolo: sólo la intención de pasar un buen rato. Me sentí normal, incluido, parte del grupo. Lo primero que hice fue irme con ellos. No tuve ni la remota intención de sentarme con los que coexisto, mucho menos con la frígida.

La verdad siento mucha lástima por mis nuevos compañeros que conocí hoy. Ni se imaginan que iniciando el año voy a renunciar por perseguir un sueño. Llevo doscientos cuarenta días. Ni uno más.

 

Cerré la puerta con seguro después de que ella entró. Quería aclarar algunas cosas más antes de partir.

Viernes

Después de la revisión a mediodía, la maldita de la malcogida de mi jefa me dijo que hoy era mi último día. Había cometido varios errores, los cuales yo sabía cuáles eran, según la subdirectora. Sabía que mi jefa, perdón, ex jefa, era estúpida, pero no sabía que era tan idiota como para no darse cuenta de las fallas que tuvo en su “liderazgo”. Quise mentarle la madre, decirle que era una pendeja y que cómo alguien como ella había llegado a ser subdirectora; no lo hice. Pedí disculpas como vil cobarde. Sentí la cara caliente y tenía ganas de agarrarla del cuello y que dejara de respirar.

Me levanté, alisté los últimos pendientes que tenía, agarré una de las cajas para meter mis cosas y me dispuse a salir. Frené en seco ante la puerta. No puede terminar mi vida así.

Antes de irme, le pedí a la frígida que nos viéramos en la sala de juntas. Puso los ojos en blanco, pero finalmente se levantó. Cerré la puerta con seguro después de que ella entró. Quería aclarar algunas cosas más antes de partir.

 


 

Buen día, querida mesa de selección:

Además de desglosar el tema del ensayo para el ingreso a su excelsa universidad, me gustaría contar algo antes de que tomen una decisión. Hace unas semanas, fui despedido por SeguriMax por incumplimiento de metas, o esa fue la excusa. La verdad fue que la dirección de ventas no tuvo un plan de crecimiento ni seguimiento para sus empleados. La mitad de la fuerza laboral en el área rescindió su contrato con la empresa después de ocho meses: el mismo tiempo que duró el mío.

Sé que uno no debe cuestionar ciertas decisiones administrativas si es por el bien de la empresa, pero, como futuro miembro de su comunidad, estoy obligado a seguir sus estándares de proactividad. Quise partir sin resentimiento con mis ex empleadores. Senté a la subdirectora de ventas para dar mis últimas observaciones de lo que no debía hacer cuando contratara a alguien. Antes de que pudiera responder, clavé la pluma de la verdad en su cuello: figurativa y literalmente.

Trató de gritar y pedir ayuda, pero fue inútil. Con cada movimiento, perdía más y más sangre hasta que se quedó inmóvil en su silla, como una celda bloqueada en Excel. Los ojos estaban en blanco y las gotas de saliva de su boca se entrelazaban con la sangre del cuello. Algunas gotas me salpicaron el traje. Después de quitarme el saco, salí para pedirle ayuda a una de las abogadas, con quien la finada tenía una buena relación. Vio el cadáver de su jefa en la mesa y trató de llamar a los guardias del edificio, pero me interpuse golpeándola con uno de los libros del estante de la sala. Apliqué con la abogada lo mismo que con la subdirectora: atravesé mi pluma en su garganta, aunque trató de oponer resistencia. La golpeé con el libro una y otra vez para que dejara de luchar. Con dos cuerpos en la sala, no quise dejar evidencia de mi acto. No había motivo de alarma. La señora del aseo salió por un pedido de comida, el subgerente de sistemas estaba fuera por una instalación, y el director atendía una videollamada en su oficina.

Llamé al director a la sala para que viera mi respuesta a mi despido (o renuncia voluntaria por lo que pude ver entre los papeles de la ex subdirectora sobre mi posición laboral). Agarré mi laptop para presentarle mi entrega de trabajo. Vio los cuerpos y no reaccionó. Lo golpeé en la cara con mi laptop y use el cordón del cable de la luz para rodear su cuello. Contraía las piernas y brazos como un tic. En cada jadeo por recuperar su conciencia, las contracciones aumentaban hasta desaparecer.

Sé que ustedes están obligados como institución educativa a considerar todas las cartas anexas que sus posibles candidatos envían junto con su ensayo. Espero que esto ayude a iluminar un poco mi posición después de recibir tres cartas de rechazo por parte de ustedes.

Agradezco de antemano su atención.

Fernando Barrera Blanco
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