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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Sueño policial

sábado 8 de agosto de 2020
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Agarró el celular y vio la hora, las diez de la mañana, luego marcó el número de la gocha. Salía ocupado. Así hizo varias veces. Estaba inquieto porque ella le había dicho que venía como a esa hora. Le enviaba mensajitos cortos de texto por vía ordinaria y por wasap. Comenzó a cambiarse. Salió rumbo a Propatria caminando por la avenida Bolívar. La calle estaba llena de gente con tapabocas comprando por todos lados. Casualmente vio a su madre discutiendo como siempre por los precios. Un bachaquero quería venderle una harina de trigo sin empaquetar, supercara, que no parecía tener el peso correcto. “Cómpreselo a los chinos, vieja, por lo menos le dan el kilo completo”. “Está bien, vamos a ver si me alcanza para hacerle su tortica a mi niño que cumple sus cuarenta hoy”. Pilar le apretó los cachetes y al Nené le dio pena que lo mingoneara así delante del bachaquero. Le agarró el brazo con delicadeza y se la llevó más adelante. “Yo creo que ya se me hizo efectivo un bono, tome mi tarjeta y cómprelo todo de aquí…”. “No, mijito, entonces ya no tendría gracia el regalo. Mira, estás todo despeinado”. Se mojó tres dedos con saliva y se los pasó por el cabello, de paso le acomodó mejor la franela que tenía puesta en la cara. “Yo te dije que te quedaras en la casa, pareces hasta el Llanero Solitario con ese trapo”. “Voy un momentico a casa de la gocha. Me dijo que iba a llegar a las diez, pero me embarcó, y ella nunca me embarca. Imagínese que tenga el Covid-19 y yo me quede tranquilito en la casa comiendo torta”. Pilar lo miró a los ojos y sonrió recordando un viejo comercial de televisión: “¿Tú como que estás enamorado?”. “Mira, mijo, yo sé que ya estás medio viejo pero las cosas no están normales. Trata de venirte rápido. La policía se pone hostil con la gente por lo del toque de queda, pero se olvidan de los verdaderos malandros. Recuerda el mensaje del nieto por wasap”. “¿Cuál?, ¿el de Jackson?, tranquila, vieja, que yo vengo rápido. Voy a traer a la gocha para que cantemos el cumpleañofeliz”.

 

“No estoy muy seguro de que sea un don. A veces me parecen pesadillas”. “Pero resultan, Ferreira, y las cosas se juzgan por los resultados”.

2

“Llamaron a Ferreira. Dile que el comisario lo está llamando”. Arévalo se levantó del escritorio y tocó la puerta del subinspector, entreabriéndola un poco. “Pase, Arévalo, dígame…”. “Lo llama Pedrosa”. “¿Y para qué será…?”. “Cónchale, pana, Camila me dijo que le llevara un acetaminofén y yo todavía aquí…”.

“Cómo está, comandante”. “Ferreira, acaban de matar a un tipo en Brisas de Propatria. Quiero que me investigues esa vaina, porque lo mataron en plena calle y parece que alguien lo sacó por las redes. Ya me echaron un telefonazo porque el tipo parece que era tío de un colectivo de Catia. Una vaina así. Llévate a Arévalo para el plato fuerte y a Smith para que le tome foto a todo, y no está de más que te lleves al Wikipedia; y por favor, asegúrate que nadie se ponga a hablar con los reporteros. Hagan bien la vaina, muchachos, no quiero pelones. Después los problemas me los calo yo”. “Comandante, pero ¿Piñeiros no se puede encargar esta vez?, porque yo tengo a la niña con treinta y nueve y necesito llevarle un medicamento”. “Mire, detective, yo quiero resolver esto rapidito. Piñeiros es algo agüevoniado y se la pasa escapándose a los bares de La Candelaria, en pleno operativo”. “Pero eso era por los ataques depresivos que le daban por su divorcio. Ahora ya está bien”. “Mire, le voy a ser franco, yo le doy mucho crédito al don ese que tiene. Y me gustaría que el caso lo resolviera especialmente usted”. “No estoy muy seguro de que sea un don. A veces me parecen pesadillas”. “Pero resultan, Ferreira, y las cosas se juzgan por los resultados. Mire, no se preocupe, yo voy a enviar a alguien para que le lleve el remedio a su carajita. Por lo que me cuenta es un simple quebranto; tenga paz, Ferreira, si fuera la peste esa su hija no pudiera ni respirar”.

 

3

Cecilia terminaba de limpiar cuando escuchó un celular. Confirmó que el sonido venía de la parte alta, en el anexo del Nené. Apenas abrió la puerta, pudo verlo sobre la cama. Un Samsung negro que vibraba con una musiquita de los ochenta. Se atrevió a presionar Send por si acaso fuera el propio Nené. Pero era la gocha, su novia. “¿Nené?, CONTÉSTEME, PELAO”. Cecilia expuso mentalmente la primera grosería que se le vino. “El señorito dejó el celular, pero si quiere le recibo el mensaje”. “Y QUÉ HACE CONTESTANDO EL CELULAR DEL NENÉ, COLOMBIANA CULICAGAO. ÁBRAME YA, QUE ESTOY EN LA PUERTA”. Trancó.

Cecilia caminó lentísimo hasta la puerta como para descobrarse. Pensaba que esa mujer no se merecía un hombre como el Nené: tierno, amable, un poco flojito porque se la pasaba viendo el televisor, pero dispuesto a complacer a una mujer en todo. La gocha entró escudriñando la casa como si fuera la dueña. “¿Y doña Pilar tampoco está?”. Cecilia negó con la cabeza. No tenía ganas de hablar, la gocha le caía como una patada de mula barranquillera. Pero para disimular le ofreció café. La gocha se metía en todos los cuartos, y subió por la escalera para llegar al dormitorio de su novio. Allí se recostó un rato sobre la cama mirando al techo. Cecilia prendió el radio de la cocina como terapia para diluir la arrechera. De cada estimación que daba el locutor sobre el Covid-19, se convencía del parecido que tenía la gocha con ese virus. Tuvo que taparse la boca para bloquear la risa, sobre todo al verla descender por las escaleras.

“No sé qué le pasa al vergajo ese. Le dije que se esperara aquí, pero bueno, por aquí mismitico lo espero yo…”. Se tumbó de mala manera sobre el mueble de la sala. “Doña Pilar ya debe venir por ahí”, soltó Cecilia, presintiendo el sufrimiento del mueble de mimbre, que tanto le costaba limpiar. “Creo que está comprando lo de la torta”. “¿Y usted sabe dónde se fue Nené?”. “Por lo que mentó, creo que a buscarla”. “Ay, qué necio es el toche ese. Le dije que todavía no podía llevarlo a la casa y me fue a buscar. Y ni siquiera sabe bien la dirección. Me va a meter en líos…”. “Y cómo se puede eso, vea, los novios deben tenerse confianza. La fue a buscar porque usted se tardaba, y con la pandemia esta…”. “Mire, culicagao, no se meta que esto no es problema suyo”. “Culicagao será usted. Yo lo que le estoy es dando un consejito para que mejore con el parejo”. El sonido de la llave de Pilar terminó con la discusión.

 

Quería buscar un rasgo que pudiera identificar si lo veía otra vez. Pero todo estaba tapado con la capucha, excepto los ojos.

4

Brisas de Propatria, avenida principal

Los reporteros competían por la mejor toma. Algunos policías paseaban sonreídos con el celular en las orejas. Cuando llegó el subinspector le dijo a la gente que circulara, que estaban entorpeciendo la investigación. “Esto va para los uniformados: me van a poner preso a todos los ciudadanos que sigan ladillando dentro del perímetro”. Cuando miró el cuerpo, distinguió un hombre algo maduro, pero de atuendo juvenil. Gorra y camisa original de los Navegantes del Magallanes, bluyines desteñidos, zapatos deportivos sin media. Su rostro había quedado con una expresión de dolor intenso. Y era lógico, porque tenía cinco heridas punzopenetrantes en el área abdominal. Una hoja de unos doce centímetros, había desgarrado órganos vitales. Su documento de identidad decía que se llamaba Jonathan Rojas y ese día cumplía cuarenta años. Tenía un carnet de conducir vencido, otro del Seguro Social y una credencial de baja de la Policía Naval como cabo primero. También cargaba algunos billetes descontinuados de la última reconversión monetaria y un formato amarillo y plastificado que decía: pase de movilidad. No tenía más nada. No había teléfonos o direcciones que lo pudieran relacionar con alguien. Tampoco portaba celular. Cuando buscó sus antecedentes, estaba limpio. “Smith, chamo, no te pares pana, toma las fotos. Este no es momento de bucear a las jevas. Arévalo, dime qué te parece, ¿ves algo que pueda servirnos?”. “Bueno, esta foto que está picada por la mitad. Mire, estaba pegada al concreto con la sangre del occiso. Lo más probable es que el asesino lo hiciera”. “Déjame verla bien…, une mejor las partes. chamo, límpiala más, ajá, okey… Ah, pero aquí está el muerto abrazado con esta chama”. “Lo más probable es que sea la novia, subinspector”. “Claro, y si la rompió el asesino es seguro que la vaina sea pasional. ¿Te fijas, Arévalo?, este tipo no es ni estudiante universitario y tampoco tiene carnet de un partido político. Esto no es político. El comisario está sicosiado con la gente del gobierno, no quiere ver su gestión eclipsada por tocar un tendón del poder. ¿De dónde habrá sacado que la víctima era pariente de un colectivo?”. En ese momento Arévalo le da un leve codazo a Ferreira para que mire a su izquierda. Eran poco más de veinte motorizados que descendían de unas máquinas de alta cilindrada. Chalecos antibalas, escopetas, pistolas. Los pasamontañas dentro de los cascos no permitían distinguir sus rostros. Le mostraron una credencial que Ferreira nunca había visto en su vida de detective. “Buen día, inspector, vengo a pedirle que encuentre al diablo que hizo esto. Este tipo era mi tío, sabe, y era un santo. No le hacía daño a nadie, siempre estaba ayudando a mi abuelita: otra santa. Revise bien sus antecedentes para que vea, hasta sirvió a su país en la Marina”. “Primero, todavía no me han ascendido y sigo siendo subinspector, y segundo, si quiere ayudarme, necesito la dirección de su abuela y su número telefónico”. “Y esa vaina para qué”. “¿Quién va a reclamar el cuerpo?, ¿usted? Además, ella puede saber cosas que nos ayuden para avanzar. ¿Usted sabe si su tío tenía enemigos?”. “¿No le dije que era un santo? Mire, le voy a anotar el número y la dirección en esta tarjetica… ¡Bachaco, pásame un lapicero! Hace tiempo que no la visito, así que no le diga que me vio. Espero que se encarguen del pajúo que lo mató o lo haremos nosotros, y créame, en ese caso esta vaina va a arder”. Ferreira se quedó detallándolo mientras escribía la información. Quería buscar un rasgo que pudiera identificar si lo veía otra vez. Pero todo estaba tapado con la capucha, excepto los ojos, aunque su color eran del promedio, parduzcos y fácilmente confundibles. Aprovechó para precisar algo. “Mire, amigo, su credencial me la mostró muy rápido y no pude distinguir bien su nombre, ¿cómo es que se llama?”. “Dígame el comandante Jackson”.

 

5

Ferreira mandó a recoger todo. “¿Llegó la cava? Okey, métanlo ahí y pa la morgue, lo demás a la comandancia. Quiten la cinta. Saquen la reserva de agua para limpiar el área; esta sangre ya está medio negra. Chamo, esto me molesta, pana…”. “Qué le molesta, subinspector”. “Estar repitiéndoles la misma pendejada cada vez que recogemos un muerto”. Ferreira se aproximó a los mirones. La vieja teoría dictaba que siempre había un espectador que sabía algo. Alcanzó a uno que tenía los ojos como una lechuza. “Peazo e párpados tiene este chamo…”. “…y entonces, ¿viste la vaina?, ¿viste al asesino?, ¿cómo era el tipo?”. “Creo que era alto, con una gorrita amarilla y tenía como sangre en la cara, pero al final no lo pude ver bien porque la gente me tapó…”. Este sí que me pudo joder esta vez, pensó Ferreira.

La presencia del colectivo confirmó lo dicho por el comisario. Si no lo resolvía el Cuerpo de Investigadores de la Policía Judicial, habría un problema de mayores repercusiones, es decir, un desastre de muertos por las calles, un sangrero, y eso podría ocasionarle una salida deshonrosa a Pedrosa.

Wikipedia conducía y no paraba de dar datos sobre el asesino más sanguinario de los últimos tiempos: el Covid-19. Smith, en el puesto del copiloto, contaba los rollos usados y remplazaba el último de la cámara. Arévalo estaba atrás con Ferreira, con la frente arrugada como de preocupación, revisaba el contenido de una bolsa y se lo pasaba al subinspector. Eran ya como las seis de la tarde. Las calles estaban desérticas a excepción de las personas que habitaban los basureros. Vivían, comían y trabajaban allí. Al parecer ninguno necesitaba tapabocas. También se definían borrachos en las esquinas aprovisionándose de cocuy. Lo hacían por la ventanilla de una licorería que se abría y cerraba rápido para que las autoridades no los detectaran.

Cuando marcó el número de Pilar y le dio la noticia a la señora se le quebró la voz. Ferreira se conmovió pero tuvo que continuar. Le dijo que el cuerpo de su hijo estaba en la morgue de Bello Monte, pero que hoy no la podía llevar. Que al siguiente día pasaría buscándola, probablemente en horas de la mañana. Le dio un muy sentido pésame y trancó. “Wikipedia, déjame por aquí, chamo, que no aguanto la preocupación con mi niña, ustedes terminen la vaina…”. “Oiga, no se le olvide esto…”, soltó Arévalo, y le pasó una bolsita plástica de color negro.

 

6

Azorado con la llave casi se le parte. “Camila, cuéntame cómo sigue la niña”. “Bien, papi, gracias a Dios que se le bajó. Recibí el medicamento, le das las gracias de mi parte a tu jefe. Ahora la tengo dormidita. Llamé al médico del Clínico Universitario, el que es amigo tuyo, ¿te acuerdas?”. “Sí, ¿y qué te dijo?”. “Me comenzó a hacer una especie de tes para descartar que la niña tuviera el Covic19 y gracias a Dios no lo tiene. Pero cree que puede ser debilidad por alimentación”. “Puede ser, Camila, porque tenemos tiempo comiendo una sola ración al día, y puro granos o arroz picado”. “Y lo tremendo es que todavía nos falta una semana para que nos vendan la bolsa y dos para que cobres”. “Bueno, al propósito de esto…”. Ferreira sacó una bolsa del maletín y se la dio. “Mira, esto me lo prestó Arévalo, revísalo, creo que es alguito…”. “Ay, qué bueno, son dos kilos de harina y uno de caraota, estamos salvados”.

 

Ferreira se encontró en Brisas de Propatria. Pero Ferreira no era Ferreira, era Jonathan. Y esa no era la avenida donde encontraron el cuerpo.

Un poco más tarde…

La brisa se introducía por la ventana aliviando el calor. Pero eso no evitaba que los mosquitos fastidiaran sus oídos. Por eso encendió el ventilador. Sobre la cama amasó una pierna que Camila acostumbraba a montar sobre su pelvis. Quería dormir, pero sabía que el cansancio podía drenarse por otra vía. No tuvo que pedírselo, ella parecía oler su necesidad. Su pierna comenzó a frotar su empalme y azorada metió una mano en la cremallera del pijama. Ferreira sintió una boca tibia y líquida que recorría su dureza. No pudo aguantar las ganas de descender sobre ella y subirle el camisón. Trató de atinar sus senos para besarlos pero no se dejaban, oscilando como si tuvieran vida propia. Acelerado, buscó más abajo. No hubo nada que entorpeciera el banquete triangular y rapadito que pedía a gritos sus besos. Su lengua disfrutó una paleta de sabores salados y eléctricos con un punto cremoso que olía como a salmón. Fue allí que no pudo contener las ganas de montarla, practicando viejas modalidades que los hicieron implosionar con gritos y quejidos acelerados hasta tumbarse en un sueño profundo.

 

El sueño

Ferreira se encontró en Brisas de Propatria. Pero Ferreira no era Ferreira, era Jonathan. Y esa no era la avenida donde encontraron el cuerpo. Estaba en una calle ciega. Caminaba preguntando donde vivía Gabriela, la gocha. Le indicaron que avanzara hasta una casa amarilla con una puerta gris de metal con el número 23. Cuando tocó apareció una doña de la tercera edad, que lo miró extrañada. “¿Dígame?”. “Buenos días, doñita, ¿se encuentra la gocha”. “¿La gocha?, ¿y se puede saber quién la busca, pues…?”. “Soy su novio, señora”. “¿El novio?, ¡chicuca!, si la gocha ya tiene marido, pues, mire aquí mismitico la nieta mía, la hija de la gocha. Usted está medio chirulo, mijo. Ahora mismitico voy a llamar al yerno para que le explique. Adelaida, búsqueme rapidito al Jairo para que desenrede este entuerto, pues…”. “Oiga, espérese, no se vaya…”.

No me iba a quedar allí. Todo fue un trago amargo para mí. ¿O para Jonathan? Descubrir que la gocha me había mentido de esa forma. Había sido casi un año de relación. Queríamos casarnos y vivir juntos. Ni siquiera me había contado que tenía una carajita.

Jonathan trataba de caminar rápido para llegar a la esquina y perderse. Reducir la posibilidad de un encuentro con el Jairo era lo mejor que podía hacer, y más con unas cervecitas encima. Se las había tomado para aliviar la tensión de conocer por primera vez la casa de su ex amada y su familia. Pero la tal Adelaida se le adelantó. Encontró al Jairo muy cerca de la esquina, justo por donde él pasaba. Trató de caminar rápido, pero tropezaba con los carros. Escuchó los gritos de ella señalándole al tipo su ubicación. Resultó ser un gocho flaquito con el cabello decolorado. Como una lagartija albina. “DETÉNGASE AHÍ, CAGÓN. VENGA A ENFRENTARME, PUES, HIJOEPUTAS”. Después de lo que supo, a Jonathan le parecía una pendejada sin sentido ponerse ahora a luchar con el tipo con quien ella cogía todas las noches, con el padre de su carajita. Por eso siguió caminando sin pararle. “VOY A PARTIRLO EN DOS, CAGÓN, LE VOY A JODER HASTA LA MADRE. CÓMO SE ATREVE A METERSE CON MI COSTILLA, HIJOEPUTAS”. Pero cuando se dio cuenta lo tenía al frente pegándole cachetadas. Sonrió un poco mientras le bloqueaba sus carajazos de niña callejera. Sabía que todavía contaba con el entrenamiento que desarrolló en la Naval. Los primeros golpes fueron directo a la boca. Para que dejara de insultar a su mamá, que seguro le estarían sonando los oídos. Le dio tres combinaciones seguidas hasta que se cayó de culo. Le extrañó que la gente de su propia comunidad pidiera a gritos que lo aniquilara. “Vete con tu gocha y tu carajita, chamo. Yo no quiero seguir peleando contigo. Y despreocúpate, que ya esa jeva se me cayó”. Se volteó y siguió caminando. Pasó por la ventanilla de una licorería y compró una birra. Se la empinó con unas ganas enormes. Siguió hasta la avenida principal, pensaba cruzar, y en eso escuchó otra vez el escándalo. La gente todavía no se había dispersado. Miró que todos venían hacia él, y entonces sintió otra lluvia de cachetadas. El tipo tenía la boca empapada de sangre. Soltó la cerveza medio llena que traía en la mano y los vidrios estallaron en el concreto. Le dio arrechera tener que soltar su birra así, pero más que el tipo siguiera con la ladilla. Cuando se le fue encima sintió el escalofrío de las cuchilladas. O el Jairo era tan diestro como aquel Pedro Navaja o el Jonathan ya estaba completamente curdo. Sintió un mareo profundo y cayó en medio de la calle.

 

Cuando la doña abrió la puerta de la nevera, les mostró la torta que había preparado para Jonathan, estaba adornada con una crema blanca y azul, y tenía dos velitas con la forma de los números cuatro y cero: cuarenta.

El ojo derecho de Ferreira (el primero que se abrió), tropezó con el reloj despertador que decía que eran las siete de la mañana. Camila ya no estaba en su lado de la cama, pero el olor del café le confirmó que estaba en la cocina. Miró al techo como si mirara a Dios y le dio gracias por ese amanecer y por ese sueño que esta vez le había proporcionado datos muy concluyentes. Escuchó el timbre, sabía que era Arévalo. Camila fue a abrirle. “Les traje pan”. “Ay, no se hubiera molestado, detective”, dijo ella con una hermosa sonrisa. “¿Quiere cafecito?”. “Por supuesto, señora Camila, usted sabe que ese es el verdadero desayuno”.

“Ese es el que muelen los bachaqueros, Arévalo”, soltó Ferreira más atrás. “Tranquilo, jefe, es el único que podemos pagar los pobres”.

 

7

Ferreira se fue con Arévalo a casa de Pilar. Allí le mostraron la foto partida por la mitad donde salía Jonathan con una muchacha muy blanca y de cabello negro. “¿Este es su hijo, señora?”. “Sí”, dijo ella tratando de reprimir las lágrimas. “¿Y ella?”. “La gocha, su novia”. “¿Sabe su nombre y apellido?”. “Gabriela… Gabriela Subero, para qué me pregunta esto, detective”. Ferreira notó la incomodidad de Pilar. “¿Usted estaba molesta con Gabriela?”. “Mire, a mí nunca me gustó esa muchacha, era grosera y dominante con el Nené”. “Cuando habla del Nené se refiere a Jonathan, ¿verdad, señora?”, soltó Arévalo, más atrás. “Sí, todos le decíamos así desde chiquito. Para mí era mi maraquito, el más joven de mis hijos y el único varón. Yo tuve puras hembras, detective. Y todas están fuera del país con sus esposos. Pero el Nené siempre se quedó conmigo. Nunca me abandonó”. Pilar aplastó una lágrima con su dedo. “Y qué más puede decirme de la señorita Gabriela”. “¿Señorita?, puedo decirle con seguridad que esa muchacha no era señorita, por lo menos como se entendía en mis tiempos… pero él la quería mucho, y hasta quería casarse con ella”. “¿Y usted sabe dónde vive ella, o dónde trabaja?”. “Ahora que me pregunta eso, de nueve meses que el Nené la traía a esta casa, nunca me dijo dónde vivía. Pero él la conoció en el Locatel de Propatria. Allí trabajó por un tiempo, después de salir de la Marina. Creo que ella siguió trabajando allí”. “¿Usted cree que la podríamos ubicar allí?”. “Ahorita no lo creo, detective. O no sabe que los centros comerciales no están abiertos. Estamos en cuarentena. Por lo menos es lo que me han dicho…”. Ferreira recordaba cada detalle del sueño y comenzó a usarlo. “¿Usted cree que Gabriela pueda estar relacionada con el asesinato de Jonathan?”. “Ay, cómo dice eso, no, esa muchacha podía ser muy mandona con él y de pronto le decía unas barbaridades que yo no sé cómo se la calaba él, pero de allí a eso, no lo creo”. Fue en ese momento que interrumpió Cecilia, venía con unos cafecitos para los detectives. “Si me lo permite, doña Pilar, yo les diría que sí. Porque, vea, el día del cumpleaños, el señorito se fue a buscar a la Gabriela porque ella lo embarcó. Si ella hubiera venido a la hora que le prometió, el pobrecito no hubiera salido a buscarla”. “Bueno, eso puede ser verdad, Cecilia, pero ella no es la culpable, recuerda que él salió porque quiso, aunque yo se lo dije, le advertí que…”. Pilar se cubrió el rostro con un trapito. No tenía forma de contener aquella tormenta de rabia y desconsuelo. Trató de quitarse los restos de lágrimas y les dijo a los policías que la siguieran. Ferreira y Arévalo caminaron detrás de la señora Pilar. Cecilia activó su coqueteo mientras llevaba las tasas vacías a la cocina, para llamar la atención de los detectives. Cuando la doña abrió la puerta de la nevera, les mostró la torta que había preparado para Jonathan, estaba adornada con una crema blanca y azul, y tenía dos velitas con la forma de los números cuatro y cero: cuarenta.

Los detectives llevaron a la señora Pilar al carro y Cecilia se vino para acompañarla. Allí la muchacha soltó una prenda. De hecho confirmaba parte del sueño de Ferreira. “El señorito no sabía muy bien dónde vivía la gocha y ella estaba molesta porque se atrevió a buscarla. Estaba rabiosa. Ese día me ofendió cuando le menté que los novios deben de tenerse confianza”. “Yo no sabía eso, Cecilia”, soltó Pilar. “Es decir, que mi hijo tenía nueve meses con una mujer y ni siquiera sabía dónde vivía”.

En la morgue, Pilar recibió las pocas pertenencias de su hijo. Y rompió en llanto al ver el cuerpo. Agarró bruscamente las manos de Ferreira y le pidió que encontrara al culpable.

 

No le fue difícil reconocer la entrada del callejón, aunque estaba acordonada por las autoridades del Ministerio de Salud.

8

Pedrosa recibió el parte de Ferreira. Pero hasta que no encontraran al culpable, eso le parecía una perorata innecesaria. Tenía al Jackson encima, a cada rato lo llamaba para verificar que estuvieran moviéndose en el caso. Los detectives detallaron las condiciones en que consiguieron el cuerpo. Sus documentos de identidad. Los doce centímetros de la hoja del arma, según el forense. Sobre el pendejo que quiso testificar pero no dijo nada. Y obviamente la ausencia del arma homicida que podría conectarlos rápido con el criminal. Hasta el momento, lo único valioso era la foto que el presunto asesino había picado, permitiéndoles establecer un móvil de carácter pasional. Pero todavía era poco y eso los llevaba a extender la investigación por varias semanas más… a no ser por el sueño de Ferreira. Pedrosa puso su sonrisita vivopendeja. “Okey, detectives, no tienen el arma homicida, no tienen testigos que conozcan al asesino, no hay declaraciones de valor que nos puedan llevar a él. Me comentaron sobre el testimonio de la madre del muerto y de la carajita del servicio, que puede ser importante como detalles de relleno, pero no determina que la novia estuviera involucrada. Ahora, Ferreira, yo lo noto a usted muy relajado y eso me permite figurar que un dato revelador ha estado revoloteando por su mentecilla, ¿estoy en lo cierto?”.

Por supuesto que sí. Ferreira recordaba cada detalle del sueño. La ubicación de la calle ciega donde vivía el asesino en Brisas de Propatria. Sería cuestión de identificar la casa y hacer un allanamiento. Eso les daría oportunidad de sorprender al sospechoso en caso de que siguiera allí. De encontrar el arma y las huellas que los llevarían a identificarlo. Podrían interrogar a los familiares y a la propia gocha, que Ferreira sabía por el sueño que era la mujer de Jairo. Es decir, estarían mordiéndole el culo al asesino.

Se fue con una comisión para Brisas de Propatria. Comprobó que la calle ciega del sueño estaba a sólo dos calles de la avenida principal donde encontró el cadáver de Jonathan. No le fue difícil reconocer la entrada del callejón, aunque estaba acordonada por las autoridades del Ministerio de Salud y los militares no le dieron paso, ni siquiera mostrando su placa. El acceso había sido clausurado por encontrarse un extraño foco de Covid-19. Cuando preguntó por los habitantes de la casa número 23, una enfermera con una lista en la mano le informó que justo en dicha vivienda, se habían registrado los decesos de los ciudadanos Jairo y Gabriela de Subero, los cuales habían sido incinerados hacía veinticuatro horas. La descripción de las víctimas por parte de la enfermera fue suficiente para que Ferreira diera el caso por cerrado.

Axel Blanco Castillo
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