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Diálogo apócrifo entre Nietzsche y el padre Brown

jueves 27 de agosto de 2020
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La escena transcurre en una habitación del internado psiquiátrico de la Universidad de Jena, donde Nietzsche pasó los últimos once años de su vida (1889-1900). Se sitúa en su primer año de estancia en esta institución. Se trata de una habitación oscura, casi en penumbra. Entra la luz tenuemente por una ventana al fondo. Una cama, varias sillas y una mesa con libros y papeles constituyen el sobrio mobiliario. Nietzsche está sentado en un sillón y dormita o descansa. Es un hombre no muy mayor pero con un aspecto bastante avejentado. Su gran bigote y el pelo peinado para atrás están algo canos. En su forma de mirar se nota que apenas ve. Se oyen, desde la izquierda, golpes de alguien que llama a la puerta.

VOZ: Herr profesor, tiene usted una visita.

NIETZSCHE: (Parece despertarse un poco) ¡Qué extraño! ¿Quién se acuerda todavía de mí?

John Brown, sacerdote católico y detective amateur. Si es usted aficionado a las novelas policiacas, quizá le suene mi nombre.

VOZ: Se trata del padre Brown; con ese nombre se ha anunciado.

N: ¿Padre…?

Entra el padre Brown, un hombre bajito, algo rechoncho, viste clergyman oscuro y lleva su sombrero, también oscuro, en una mano y un paraguas en la otra.

PADRE BROWN: En efecto, padre Brown, sacerdote católico. Con permiso… (Entra hasta el centro de la habitación). Bueno, ya estoy dentro.

(Mira a su alrededor, buscando dónde dejar sus objetos).

N: Puede usted dejar sus cosas aquí (Señalando la mesa. El PB deja su sobrero encima de los libros y papeles y apoya el paraguas en la superficie). Y puede usted sentarse, por favor (Le señala la silla que está enfrente de él. El PB se acerca y le tiende la mano).

PB: Creo que es la primera vez que nos vemos. Tengo mucho gusto en conocerle. (Se saludan) John Brown, sacerdote católico y detective amateur. Si es usted aficionado a las novelas policiacas, quizá le suene mi nombre.

N: Tanto gusto. Friedrich Nietzsche, profesor de griego, jubilado. También escribía… antes. Por cierto, ustedes no se jubilan, ¿verdad?

PB: No exactamente. Digamos que nuestra condición lo es de por vida. La palabra “carisma” usted como helenista la comprenderá.

N: Algo para toda la vida, algo así como una enfermedad incurable.

PB: Algo así como el matrimonio.

N: Pero tengo entendido que ustedes, los papistas, no se casan.

PB: Es cierto; mantenemos la institución del celibato que para muchos es difícil de comprender.

N: Yo tampoco me casé; ahora, ya es tarde. Estoy viejo y enfermo. Aunque sí estuve enamorado. Pero no he sido un hombre muy afortunado en este terreno, la verdad. Usted comprenderá que un hombre tan poco agraciado como yo y, además, con mis problemas de salud, no haya sido un don Juan.

PB: Nunca se sabe.

N: Además, los intelectuales, los pensadores asustamos un poco a las mujeres. Ellas prefieren a los hombres de fuerza física, a los guerreros. Nosotros (lo incluyo a usted porque le veo cara de hombre sabio), somos siempre unos enfermos; enfermos de cuerpo o de espíritu; o de ambas cosas, como en mi caso.

PB: Sin embargo, usted en sus obras —que, por cierto, están muy bien escritas—…

N: Gracias.

PB: Usted en sus obras defiende la fortaleza, el valor supremo de la voluntad de poder, y rechaza cualquier debilidad como algo que va en contra de la naturaleza.

N: Así es. Por el contrario, ustedes los cristianos se han empeñado en postular la debilidad como un valor positivo y en defender a los débiles. Con esto se equivocan y realizan una selección natural al revés. En poco tiempo, si ustedes siguen ejerciendo su influencia maléfica, los débiles y frágiles prevalecerán sobre los sanos y fuertes. Afortunadamente, creo que esto no va a ocurrir porque el Cristianismo tiene sus días contados y, sobre todo, porque no se puede ir a contracorriente de las fuerzas de la naturaleza.

PB: Eso no es nuevo. La muerte del Cristianismo ha sido decretada ya muchas veces, pero ése es otro tema. Permítame que haga algo a lo que los ingleses solemos ser reacios: centrar nuestra conversación en temas personales. Usted mismo ha reconocido que es un hombre muy debilitado física y psicológicamente, en cuerpo y alma, si me permite la expresión.

La vida es pura contradicción, lucha a muerte entre fuerzas ciegas. No hay ninguna lógica en la vida.

N: Eso está a la vista.

PB: Yo diría que no hay mucha coherencia entre su vida y su pensamiento.

N: No hay ninguna.

PB: Lo reconoce usted.

N: La vida es pura contradicción, lucha a muerte entre fuerzas ciegas. No hay ninguna lógica en la vida, ni tiene por qué haberla en este impulso que se mueve por una fuerza irrefrenable. Tiene usted razón: no hay coherencia en mi vida, como tampoco hay felicidad, como tampoco ha habido salud ni amor. Mi vida ha sido un desastre. Ustedes lo han dicho con una imagen exacta (no me importa reconocerles su habilidad para la retórica): un valle de lágrimas.

PB: No puedo estar en absoluto de acuerdo. Su vida es y ha sido una vida fructífera. Deja usted una obra que va a perdurar durante muchas generaciones. Tiene usted debilidades, pero alguien escribió: “En mi debilidad se encuentra mi fortaleza”.

N: ¿Algún clásico griego?

PB: No, un clásico cristiano, san Pablo en la Segunda Carta a los Corintios. Todo hombre está sujeto a las limitaciones de su cuerpo, de la vida, de la misma naturaleza, pero hay en él una chispa especial que lo impulsa a superarse, a ascender.

N: Me conozco todas esas ideas, padre. Ya las he comentado y refutado en mi obra El Anticristo.

PB: Por cierto, uno de los libros más profundos que se han escrito sobre el Cristianismo. Su autor sin duda tenía una latente y poderosa inquietud religiosa. Le decía que hay en la vida de cada hombre un impulso que le impele a seguir.

N: Eso es la voluntad de poder.

PB: Todo lo contrario: la voluntad de servir a los demás y, así, salvarse.

N: Todos esos sofismas me los conozco, me suenan…

PB: Pienso que en usted hay una profunda inquietud religiosa que le lleva a hablar del Cristianismo como origen de todos los males, lo mismo que hay un intento de sublimar sus debilidades en esa apología del poder y la fuerza. Le dije antes que había incoherencia entre su vida y su obra. Me retracto: hay una clara coherencia entre el hombre limitado que quiere superarse y el pensamiento que justifica esa limitación.

N: Me está usted enredando y comienza a dolerme la cabeza.

PB: En el fondo hay un rechazo de la Gracia que es la única cosa que puede ayudarnos, con nuestra voluntad, a levantarnos de nuestra postración. Y la Gracia, aunque sea rechazada, siempre está ofrecida; además gratuitamente. Vocatus atque non vocatus, Deus aderit.

N: Conozco bien los textos bíblicos, pero éste no me suena.

PB: Es un aforismo de Erasmo de Rotterdam, de su Collectaneas adagiorum.

N: Erasmo… Lo leí en mi juventud, cuando estudié la revolución protestante: un hombre débil, que quería quedar bien con todo el mundo.

PB: Pero no me negará que también una fina inteligencia y un honesto buscador de la verdad.

N: ¡Buscar la verdad! ¡Curioso! Hace tiempo que no oigo esa extraña expresión. En realidad, se trata de buscar la vida y su sentido (si éste existe) como el pulmón busca el oxígeno.

PB: Se trata, pues, de una cuestión de vida o muerte.

N: ¡Oh, no! Es usted muy optimista. Siempre de muerte. El pensamiento termina matando a la vida. Es un impulso suicida.

PB: El pensamiento, el espíritu busca una forma de vida superior, pero él solo no puede…

Una voz desde la izquierda interrumpe las palabras del padre. La misma que sonó al principio.

VOZ: Señor Brown, la hora de la visita va terminando. Lo sentimos. Somos muy estrictos en los horarios.

PB: No se preocupe. (Se levanta) Ha sido un placer hablar con usted.

N: Estoy un poco cansado, disculpe que no le acompañe.

Se me considera uno de los mayores enemigos actuales del Cristianismo y, sin embargo, suelo llevarme bien con los eclesiásticos y teólogos.

PB: Otro día quizá vuelva. Antes de irme le ruego que acepte este regalo. (Saca de la chaqueta un libro y se lo ofrece. Nietzsche lo coge y lee con dificultad de cegato su portada). No sé si le gustará a usted la novela policiaca.

N: El candor del padre Brown, curioso título. Aunque últimamente me interesa poco la literatura.

PB: Bueno, espero que este libro le interese. Hasta pronto, profesor (comienza a irse).

N: Hay una última cosa que quiero comentarle.

PB: Dígame.

N: Se me considera uno de los mayores enemigos actuales del Cristianismo y, sin embargo, suelo llevarme bien con los eclesiásticos y teólogos. Precisamente uno de mis mejores amigos es el profesor Franz Overbeck, teólogo protestante.

PB: Eso es una paradoja. El autor del libro que le he regalado, un compatriota mío, suele usarlas con frecuencia. En realidad no es otra cosa que la verdad mostrando su lado más misterioso y sorprendente.

El padre Brown sale de la habitación y ésta se va oscureciendo poco a poco mientras Nietzsche se va quedando de nuevo en un estado de sopor.

Tomás Salas
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