Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Paisanito

• Jueves 8 de octubre de 2020
¡Compártelo en tus redes!

Kumba cruzó medio mundo resguardando el latido de dos corazones en su cuerpo. De todas las cosas que Kumba iba perdiendo en el camino —como si de un relicario invisible se tratase—, atesoraba su lengua y los dos corazones ahí donde pocos imaginarían que algo valioso podría resguardarse: su cuerpo. En aquel momento, salir de África no le causaba el más mínimo remordimiento; por el contrario, aunque la ruta que le esperaba era muy larga e implicaba andar muchos suelos desconocidos, no sentía miedo de dejar su pueblo, y si al menos la suerte de su futuro le permitía decidir entre Nigeria y América del Norte, estaba decidida a andar cuantos suelos desconocidos le fuera posible para arrancarse África de las entrañas, tal como su propia tierra la estaba obligando a exiliarse.

Su ficha técnica: Kumba Zacala / Nacionalidad congoleña / 6 meses de embarazo / Soltera / en lista de espera.

Frontera tras frontera, lluvia, acentos extraños, soles ardientes y comidas insípidas eran una especie de marcadores en el mapa imaginario de la huida de Kumba. Desde el momento en que decidió abandonar el Congo todo se reducía a un estado de escape constante, huir de cuanto fuera posible: vahos de la ciudad, miradas lascivas, melancolía… y recuerdos. Huir hasta llegar al país donde los sueños se marchitan. No sabía con exactitud lo que buscaba, sólo tenía certeza en lo que dejaba, sabía que una vez lejos, el retorno sería una utopía.

Su viaje tenía una duración prevista de tres meses, en ese tiempo llegaría a un continente desconocido y cruzaría al menos cuatro países antes de llegar a su destino. Llegó a Brasil a mitad de año, estuvo pocos días en el país y continuó su travesía, para entonces la tristeza aún no la corroía porque de algún modo, Brasil tenía ese mote de familiaridad, ese aire hogareño que estaba a muchas leguas de ella. Dice Kumba que siente estar dividida entre A. B. y D. B., lo que significa Antes de Brasil y Después de Brasil, y no precisamente porque eso sea la separación entre pasado y futuro, sino porque desea que D. B. se convierta en un pasado difuso, algo que pueda borrar lo más pronto posible porque dice que este camino le está imponiendo una sentencia, le está marcando la vida y sabe que, aunque quiera, no podrá olvidar ninguno de los caminos andados.

El segundo corazón que viaja con ella crece día a día, razón por la cual su agilidad para mantenerse en la línea de huida constante se ve mermada. Hay días en que los pies se le hinchan y siente que la presión de los zapatos le revienta los dedos, esa misma presión la siente en el pecho cada que anochece y tiene que compartir habitación con un montón de desconocidos que se dirigen al mismo lugar que ella.

Ha llegado a México, está en la costa sur del país, fue detenida por la Guardia Nacional y llevada a una estación migratoria. No hay nada con valor para ser confiscado, el relicario con el que salió aún lo lleva: dos corazones y su lengua. Si eso pudiera ponerse en una balanza de medición como las que emplean los aeropuertos para lucrar con los arraigos de los viajeros, Kumba se vería en la penosa situación de tener un gran adeudo por sobrepasar los treinta kilogramos permitidos, por llevar consigo algo que supera el valor de los mil dólares y no se ha tomado la molestia de declararlo en papel ni en algún formulario de ningún tipo. Por fortuna está libre de deudas burocráticas.

Su ficha técnica: Kumba Zacala / Nacionalidad congoleña / 6 meses de embarazo / Soltera / en lista de espera. Aunque ella habla portugués y entiende un poco el español no comprende a cabalidad todo lo registrado en aquel papel. Le prometen que en pocos días le entregarán una carta de ruta para que pueda continuar con su tránsito hacia el norte del país; también le prometen asesoría jurídica y atención médica. Sólo es cuestión de esperar, dicen.

Sale de aquel edificio. No tiene nada, no sabe a dónde ir, ni dónde sentarse a esperar. Tiendas de campaña de distintos tamaños y colores. Hombres, mujeres, casi no ve niños, pero está segura de que los hay, sólo que están todos desperdigados, eligiendo el lugar de su espera. Escucha atentamente, no reconoce los idiomas y el que más comprende es el hablado por los cascos negros, pero no quiere acercarse a ellos. De pronto escucha una pelea: Eu estou esperando dias e dias, eu nao quero ficar neste pais, eu tenho fome! Entiende todo lo que aquella mujer está gritando. Se acerca a ella y sin ningún protocolo de las buenas maneras le dice que no tiene dónde quedarse. La otra mujer encoje los hombros y continúa con su alegato. Kumba detiene los pasos, hace una pausa y se queda ahí. Las piezas del rompecabezas que había jurado nunca volver a armar aparecen frente a ella, cachitos de África. Ahí está ella siendo parte de esas piezas, repitiendo la historia que ya conoce, ahí donde no tiene casa ni comida, ante esa situación es consciente de lo que se avecina.

Kumba se aleja de aquella casa, pero busca un lugar no tan retirado para no perderla de vista, se sienta y lleva una mano al vientre. Su palma izquierda está extendida en el asfalto, la otra mano la postra justo a la altura del ombligo. No puede dejar de mirar. Alguien se acerca a ella y le ofrece un plato de comida y una pequeña botella de agua. Los acepta. Come con desconfianza. La mujer que minutos atrás la había ignorado la ve desde su tienda. Entre sus vecinos pregunta si alguien tiene una tienda de sobra y obtiene negativas. Observa el esfuerzo de Kumba para digerir cada bocado; ella que tiene más tiempo ahí sabe bien lo espantoso que es comer esos alimentos. Sigue preguntando y por fin alguien le dice que hay una tienda vacía. Aunque unos instantes atrás había sido hostil con Kumba, había notado su barriga y la hinchazón en sus pies, esos dos signos le despertaron su instinto protector e hicieron que consiguiera una casa para ofrecerle un lugar de descanso a la viajera de los dos corazones.

Kumba lleva el conteo exacto de los días desde que salió del Congo, allá junio es el filo del otoño, en su nuevo calendario es el primer verano D. B., el latido de su segundo corazón ha llegado a las veinticuatro semanas. Mientras come se pregunta a sí misma por qué no ha llorado y no puede responder, está cansada. El golpe de calor descarga en ella una pesadez, llevaba días sin tomar agua. La mujer —que no ha parado de mirarla— por fin consigue una casa de campaña, se dirige hacia ella y le dice que tiene un lugar para que se resguarde del jodido calor. Caminan hacia el pequeño vecindario improvisado por tiendas de campaña, postrado a la mitad de la calle, justo enfrente de la estación migratoria Siglo XXI. Kumba entra en la casa, se acuesta y cierra los ojos. Revierte el cauce de sus lágrimas, su segundo corazón está acostumbrado a beberlas, es un pacto no dicho; purifica el alma de Kumba en cada sueño, en las oportunidades fugaces en que el cansancio la lleva hacia el mundo onírico. Por eso no llora.

Aprendió a dormir escuchando los enfrentamientos entre policías, Guardia Nacional y quienes no temen alzar la voz y los puños.

Una semana y no hay respuesta. Dos, tres, hasta la cuarta, en que le notifican que sus registros se traspapelaron y es necesario tomar los datos otra vez. Se cumplen treinta semanas de huida y en el Congo ya es invierno. Tiene amigos, entiende algo de creole pero se rehúsa al español, sus nuevos amigos cuidan de ella y se alegran por cada centímetro que aumenta el volumen de su vientre. Sólo le falta cruzar una última frontera y aún mantiene la esperanza de vivir sus últimos días de embarazo al otro lado de México.

Só é questão de tempo, menino…

Segundo mes del primer verano D. B. Se ha resignado, sabe que la lista de espera no existe, pero ella, su segundo corazón y el vecindario de tiendas de campaña, todo eso sí existe, aunque sus nombres se pierdan en papeles indescifrables. No importa cuántas veces tengan que repetir el llenado de formularios, cada actualización es una oportunidad para sembrar el nombre África en estas tierras donde el olvido acostumbra a florecer con facilidad.

Tercer mes, su hijo nacerá pronto. Las lluvias han comenzado en este primer otoño. Las gotas de agua amenazan la estabilidad de las casas de campaña. Lluvia, hedores, una cobija y muchos vecinos es el nuevo patrimonio de Kumba. El cansancio es más constante, proporcional a las protestas donde haitianos y africanos siempre están poniendo el cuerpo exigiendo tratos dignos y agilidad en los trámites. No quieren estar ahí, aunque la mayoría de los mexicanos piensen lo contrario. Aprendió a dormir escuchando los enfrentamientos entre policías, Guardia Nacional y quienes no temen alzar la voz y los puños.

Lo ha reinventado todo para explicarle a su hijo que, después de Brasil, eso es lo más parecido a un hogar. Viven en el barrio de la Estación, avenida principal Siglo XXI, código postal 0619. Kumba convirtió la fecha de su llegada en una clave postal, desbarató la miseria de aquella espera y trató de armar un lugar habitable para su crío.

Las lluvias del sur del país a menudo son torrenciales, aunque viviendo en la calle hasta el chispeo más suave se convierte en una amenaza para las tiendas de campaña que se desgastan por su constante exposición al sol, a la intemperie. Algunas gotas se filtran y comienzan a humedecer la colchoneta que le sirve de cama, las gotas se esparcen distanciadamente en la única cobija que Kumba tiene; tiene frío, pero ni siquiera se atreve a asomar la cabeza para pedir alguna manta. Prefiere quedarse y soportar hasta que escampe el agua. Se acuesta en ovillo. Tiene miedo y vomita. No quiere contaminar el alma de su hijo. Pero el vómito se acompaña de un vértigo, ligeros espasmos y unas incontenibles ganas de orinar. Los pezones se ponen rígidos. Algo no está bien y lo sabe.

Contracciones. Punzadas, quejas, el segundo corazón ya no podía beber más lágrimas, quería cambiar la placenta por la humedad de la colcha que cubría los pies de su madre. Quería sentir la piel de aquella mujer a quien le conocía el matiz de cada una de sus penurias. No era el mejor momento para nacer; en realidad, una vez iniciado aquel viaje ningún momento era idóneo para abandonar el saco donde se había resguardado durante nueve meses.

Kumba no pudo contener el fluido que brotaba de entre sus piernas, había llegado la hora. Gritó y uno de sus vecinos fue a ayudarla, al ver que el líquido formaba un charco alrededor de los pies de Kumba salió corriendo hacia la caseta de vigilancia de la estación. Tocó la ventanilla del guardia y le dijo que necesitaba ayuda. Estaba empapado. Lluvia, una ambulancia de camino, un vecino preocupado y otros acompañando a la mujer parturienta que estaba recluida en una casa de campaña. La ambulancia no tardó en llegar, y en pocos minutos Kumba ya estaba encaminándose a un hospital donde sería atendida.

No hubo más complicaciones. Suero durante el traslado, toma de signos vitales y una llamada hacia la unidad para que alistaran la sala de parto. Había oscurecido. No sabía la hora exacta y no podía inferirla por la confusión que le causaban las contracciones. Al llegar aún no tenía la dilatación suficiente para parir. Horas después Kumba estaba recostada en la camilla con las piernas abiertas y un grupo de médicos internistas a su alrededor, atestiguando el histórico nacimiento del primer congoleño de la estación Siglo XXI. El llanto del bebé. Sano, sin soplos cardiacos ni problemas respiratorios. Lo sostuvo en sus brazos unos segundos y luego cayó en un sueño muy profundo.

Una pulsera blanca rodeó la muñeca del recién nacido. SN / 04/09/19 HRTMX, el código alfanumérico de todos los recién paridos. Los dos dormían en un lugar mucho más cómodo que la tienda de campaña, había silencio, en lugar de los pasos de las botas militares se escuchaba el ruido de una lámpara, el cuchicheo de las enfermeras y el goteo en las bolsas de suero. Abrir los ojos era una decisión irreversible, pues les daría su boleto de regreso a la calle. El bebé necesitaba comer. Despertar a Kumba fue difícil, tanto cansancio acumulado la había hecho rendirse en un día tan memorable, pero al fin despertó. Sacó su seno para alimentar a su hijo; no le entonó ningún canto, sólo lo miraba y dentro de sí misma le ofrecía disculpas y le pedía perdón. La leche empezó a amargarse, el bebé sabía que Kumba estaba llorando, pero como siempre, se contenía el llanto y lo repartía en el interior de su relicario-valija-cuerpo. El bebé comenzó a mamar con más avidez, no quería despegarse de ella, quería limpiarle toda la rabia que tenía acumulada.

No tiene familiares que le esperen afuera, o al menos eso cree. Aún no sabe que su vecino la espera.

Se durmió prendido del pezón. Su madre no tardó en acompañarlo, y unidos por la piel pasaron su primera noche lejos del Siglo XXI. Verdaderamente parecían estar en otro mundo, otro tiempo donde es posible dormir sin miedo a que tu tienda de campaña sea abierta por algún militar y que, aprovechando la oscuridad, asalte tu cuerpo. El destello de las luces bicolor no se trasmina en los sueños, el olor del sanitizante es mil veces mejor que el de meados y calle. Están lejos del siglo de los derechos, la democracia, la justicia y la igualdad… y están bien.

Han despertado, las enfermeras hacen el monitoreo de rutina, le notifican a Kumba que será dada de alta en unas horas. No tiene familiares que le esperen afuera, o al menos eso cree. Aún no sabe que su vecino la espera; ha soportado pasar la noche afuera del hospital. Las personas lo ven con desprecio, pero a eso él ya está acostumbrado, ese día se olvida de esos ojos punitivos y se concentra en recibir a Kumba, está ansioso por conocer al bebé. A su salida ella se sorprende de verlo ahí, él se acerca y le sonríe: “¡Paisanito!”. Y el bebé mueve sus puñitos encaramados.

De vuelta al siglo XXI de las casas de tela, a los XXI siglos de espera, al tiempo de la comida rancia, a los vahos, al siglo donde no nos podemos mover porque necesitamos un papel que nos permita continuar. Yo iba en los brazos de mamá Kumba, Mamá África al fin y al cabo, nos recibieron con música y baile, improvisando percusiones con botellas de plástico, basura reciclada y algunas ollas y cucharas que la hacían de tambores. Atabales reinventados. Kumba continuó su camino hasta entrar a su casa de campaña. Los amigos de mamá, ahora mis tíos, ahora mi familia, llevaban banderitas de México para celebrar mi llegada.

—¡Mexicano, Kumba! ¡Mexicano com tudos seus direitos!

Pero ella no celebró. Ahora se había sumado una preocupación al arsenal de sus insomnios: nombrarme antes de que alguien me arrebate de sus abrazos, nombrarme para que el recuerdo del dolor sea menos hondo. Nombrarme en un país donde ella no existe.

En el registro civil el juez le ha pedido que le diga en voz alta mi nombre. La secretaria tiene los dedos puestos en el teclado, predispuesta a escuchar un nombre de difícil pronunciación, pero se sorprende al escuchar a Kumba:

André Maanuel Lópe’ Obgadó’.

—¿Está segura?

Sim, muito.

Al registro civil también acudieron algunos medios de comunicación a quienes les interesaba cubrir la exclusiva del nacimiento del primer ciudadano mexicano-congoleño del campamento Siglo XXI. AMLO Miguelita Zacala. Kumba dice que en español ese nombre siempre le servirá para recordar todo lo que ha pasado desde que llegó a México, la remite al origen del D. B. Un tatuaje en su memoria. Soy Andrés Manuel López Obrador, el paisanito nacido entre policías, meados, basura y comidas miserables. Apátrida en el que, dicen, es mi país.

Ana Hurtado
Últimas entradas de Ana Hurtado (ver todo)

¡Compártelo en tus redes!
Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo