De la creación a la librería. Curso online de inscripción gratuita
Saltar al contenido

Cinco microrrelatos de Paola Vicenzi

• Jueves 15 de octubre de 2020
¡Compártelo en tus redes!

La casa abandonada

Me quedo mirándola, incapaz de quitarle los ojos de encima.

Más allá de las rejas herrumbradas veo el pasto salvaje, los postigos vencidos, las varillas de madera polvorientas y agrietadas.

La humedad serpentea por las paredes que con descaro se fueron desnudando, y en su desnudo denuncian que han sido azules y han sido celestes y han sido rosadas y ahora ni siquiera saben.

Una cadena oxidada atraviesa de lado a lado la puerta que intenta, en medio de la ruina, sostener algo que se parezca a la dignidad. De la cadena cuelga un candado cerrado, enfatizando la clausura.

La casa está rendida. La ha desfigurado el tiempo, sus inclemencias, su inclemencia. Me llevo una mano al pecho y acaricio el candado. Me pregunto si aún es hora, y me aparto del espejo.

 

Poder no poder

Resignado, le pidió perdón. Ella no entendió el porqué de las disculpas, quizá porque entendía otras cosas: que la vida y el amor tienen sus ritmos, que el erotismo le huye a los mandatos y que el viaje es bueno sólo si ambos logran embarcar. Entonces se abrazaron, se recorrieron con ternura, se acariciaron, se olieron, se besaron. Se respiraron cerquita, compartiendo el aire y los sueños. Borraron el mundo de un plumazo. Y eso fue mucho más.

 

Ni una sola vez más

Ni una sola vez más: me lo prometí.

Ni una sola vez más su aliento a alcohol sobre mi cuello, su puño golpeando la mesa, a punto de estallarme en la cara. La violencia de sus golpes y de su sexo. Los torpes intentos de justificarse, los pedidos de perdón, mi debilidad.

No, esta vez yo no iba a ser débil. También me lo prometí.

Por eso, mientras lo veo entrar a los tumbos y aferrarse a una silla, empuño el revólver. Lo miro. Me mira. Y sin mediar palabra me disparo.

 

Fungibles

Con un tibio buenos días, Armando entró en el ascensor abarrotado.

Sólo una jovencita le respondió. El resto, enfrascado en sus celulares, ni siquiera lo registró.

Él sabía bien de qué iba esto de la modernidad. Y entendía. Entendía que la gente vivía en sus pantallas, y hasta entendía que lo hubieran despedido del banco apenas dos meses después de la ceremonia en la que le entregaron la plaqueta de los veinticinco años. Por eso, porque entendía, no se quejaba.

Además, tras varios meses de peregrinaje cibernético, había conseguido un nuevo puesto bastante decente en una empresa de telefonía. Y un nuevo empleo a los cincuenta y tres era más que un milagro.

De modo que apretó fuerte contra su pecho la caja de cartón con el portarretrato de sus hijas, la macetita con el minipotus que su mujer le preparó y el reloj de arena que había pertenecido a su padre.

Bajó en el piso diecisiete y se metió en el cubículo que le habían asignado.

Apoyó la caja en el escritorio, sacó el portarretrato y lo ubicó al lado del monitor. Le sonrió a la foto. En ese instante, dos golpecitos sobre el tabique de durlock.

—Buenos días, Armando. Soy Paula, su asistente…, y la de todos los jefes de sección.

—Buenos días, Paula.

Armando le estrechó la mano.

La chica se quedó mirando la foto y, luego, el contenido de la caja.

—Disculpe, tengo que informarle que en la compañía adherimos a la política de escritorios limpios.

—¿Escritorios limpios?

—Sí, señor: nada de floreritos, plantas, adornos… En fin, nada personal.

Avergonzado, agarró el portarretrato y lo volvió a meter en la caja.

—Es que el escritorio hoy lo usa usted, mañana lo puede usar otro, sabe.

Fungibles, se dijo Armando. Ahora sí acababa de entender la modernidad.

 

De carne y hueso

Y llegaste, cansado también de luchas vanas y de mentiras. Con ojos que han visto mucho, tal vez demasiado, y sin embargo conservan intactas su pureza y su curiosidad.

Y entre los dos construimos este amor real, de carne y hueso.

Un amor que no está alerta. Que no se asusta de nuestras nubes grises. Que no se defiende ni de vos ni de mí. Un amor que suele olvidar fechas y aniversarios, que no juega a la omnipotencia, que aprendió a pedir ayuda. Que no teme mostrarse frágil, que necesita de nuestra atención y de nuestros cuidados. Que se alimenta de caricias lentas y de caricias apresuradas, de caricias sobre las heridas.

Un amor que se toma todo el tiempo, porque sabe que lo que no nos sobra es el tiempo.

Paola Vicenzi
Últimas entradas de Paola Vicenzi (ver todo)

¡Compártelo en tus redes!
Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo