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Herrerillo

martes 10 de noviembre de 2020
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1

—Otra vez no pude dormir. Estuve frente al televisor hasta casi la media noche. Más de una hora dándole vuelta a la programación sin detenerme a ver nada. Pensaba en dios, en si podrá perdonarme. ¿Usted cree en dios, doctor? Bueno, no importa. A veces yo tampoco. Pero cuando tengo miedo, como anoche, le hablo por si acaso pudiera encontrar un poco de calma o como si esa conversación fraudulenta me sirviera de escudo.

No debieron ser más de las tres cuando decidí ir a la habitación. Elena, mi esposa, dormía al borde de la cama, en posición fetal, con los puños sujetando la frazada azul que le regalé hace apenas unos días. Aferrándose a su calor con fuerza mientras la jalaba hacia su pecho.

Cerré la ventana, cubrí hasta la más insignificante rendija por donde pudiera entrar el viento y me eché junto a ella. Ni siquiera me quité los zapatos, tampoco alcancé a poner la manta sobre mi cuerpo.

Recuerdo que cerré los ojos no más de un par de segundos y, cuando los abrí, ahí estaba. Me quedé viéndolo por un momento, repitiendo en mi cabeza una y otra vez que era un mal sueño, que debía ser una alucinación, pero sus ojos, su parpadeo, y la forma en la que su pecho ascendía y descendía eran tan reales. Llevaba puesta la misma ropa que la última vez que lo vi. Una playera blanca con diminutos triángulos grises y un pantalón café. Y ahí, en la blancuzca tela que va del cuello a la espalda, estaban también las manchas de sangre, pero no eran ya de un rojo brillante sino de uno púrpura; oscuro y profundo. Viene a por Matías, mi pequeño. Quiere vengarse. Yo le hice eso, doctor, ¿sabe? Yo le maté.

 

Es un herrerillo, dijo por tercera vez en el día y por tercera vez en el día asentí. Lo sé, contesté sin la intención de que me oyera.

2

Un delgado rayo de sol se coló entre las ramas del fresno acertando en el rostro de mi padre, justo a la altura de los ojos, pero eso no parecía distraerlo de su plática. Seguía hablando y tan sólo atinaba a engarruñar el ceño y colocar la mano por encima de su ceja para cubrirse de esa persistente línea de luz que mantenía mi atención fija en su iris, y en esa variación de tonalidades verdes y amarillas.

“Yo le maté”, dijo. Cuando escuché a mi padre pronunciando esas palabras sentí lástima. Las alucinaciones le estaban costando horas de sueño. Se le notaba en los ojos, y en su piel cada día más pegada al hueso. No era el mismo hombre de antes. Su rostro se había convertido ya en una máscara de gestos aciagos. Esperé un poco ahí sentado, por si decía algo más, pero al parecer toda su atención estaba ahora en aquella ave, y su limitado vuelo dentro de la jaula.

Es un herrerillo, dijo por tercera vez en el día y por tercera vez en el día asentí. Lo sé, contesté sin la intención de que me oyera. Me limpié el sudor de la frente, me levanté y entré a la casa. No pareció notar que me iba, continuaba perdido en ese mundo que se construía poco a poco, al cual nadie estaba invitado y del que, en algún momento, no volvería jamás.

—Así que, ¿cómo lo ve? —preguntó Silvia en cuanto me vio cruzar la puerta. La miré un momento antes de poder contestarle, pensé que me iría sin que se molestara en dirigirme la palabra.

Cuando Silvia llegó a trabajar en la cocina yo apenas tenía nueve años; era un niño y la mujer, desde entonces, una anciana. Mis padres la adoraban, yo la adoraba, y ella a nosotros. Por eso sabía que la reciente muerte de mi madre era una pena que compartíamos, que nos comprimía a ambos. Se supone que sería ella la encargada de darme la mala noticia. Pero, a pesar de sus intentos, no logró contactarme. Fue entonces que dejó el recado en la oficina y, de esa forma, por medio de mi secretaria, me enteré de que mi madre había fallecido. No fue sino hasta tres días después que volví a la ciudad. Cuando llegué a casa Silvia me entregó un recipiente del tamaño de una caja de zapatos, aquí está tu madre, dijo, y no volvió a dirigirse a mí en los próximos días, hasta ese momento.

—No me reconoció —le contesté—. Pensó que era el doctor Palermo, su psiquiatra.

—Le digo que anda mal, y cada día se pone peor. Yo no quiero pensarlo, pero ¿será que aquí sí hay un espíritu que le está haciendo el mal a su padre? —dijo y enseguida se persignó—. Será cosa del diablo, joven.

—¡Qué dice, Silvia! —le dije negando con la cabeza. Me acerqué al estante de la cocina a por un vaso de cristal y, desde la ventanilla, vi a papá en el mismo sitio donde lo había dejado, podría jurar que en la misma pose, como una estatua.

Horas después teníamos listo el sofá-cama, con un par de almohadones y una sábana encima. Ya nadie dormía en la habitación principal. Desde que mi madre murió, seis días atrás, Silvia empezó a dormir en mi antigua recámara, pasaba las noches en casa para cuidar del viejo, quien se quedaba sentado en la sala hasta que el sueño lo vencía.

—Pasaré la noche aquí. Vaya a casa, Silvia —le dije.

—¿Cree que él lo sepa? —preguntó palpando su pecho, como si aquella duda le estuviera carcomiendo parte de la conciencia.

—¿Qué cosa?

—Que la señora ya no está.

—Sí, eso creo —le contesté—. De alguna forma que tal vez no comprendemos.

En ese momento se escuchó el azote de la puerta que da al jardín trasero. Después apareció mi padre, arrastrando la vida con las suelas desgastadas de sus zapatos, y apoyado de un bastón. Cuando me vio ahí se paró en seco, como si no esperara encontrarme en el lugar. Me sostuvo la mirada durante algunos segundos y suspiró con resignación. Me acerqué para servirle de apoyo hasta uno de los sillones mientras Silvia tomaba sus cosas y se despedía.

¿Había dicho Matías? ¿Se refería a mí? Nada de eso tenía sentido.

Nos quedamos solos; sentados frente a frente. Tenía una expresión cansada, sus ojos estaban caídos, pero su mirada fija en mí. Recordé el primer día que fui a verle, cuando los síntomas de su enfermedad comenzaban a aparecer. No estaba seguro de querer cruzar la puerta. Tenía una extraña sensación en el pecho que, de alguna forma, me detenía justo al borde. Fueron más de treinta minutos ahí parado, con la madera en las narices. Me resistía a ver a mi padre de esa forma.

—Cada día tengo más seca la piel —dijo, por fin. Y con la punta de los dedos acarició el dorso de su mano— y los labios; a veces trato de humedecerlos con la lengua, pero es inútil, también está seca —absorbió su labio inferior como si tratara de corroborar lo que decía. Ya no estaba mirándome, observaba sus propias rodillas; los protuberantes huesos sobresaliendo bajo la delgada tela del pantalón. Y yo todavía no estaba seguro de si me hablaba a mí o al doctor Palermo—. Ella cree que no me doy cuenta de cómo me mira.

—¿Quién?

—Mi esposa. Le hablé sobre aquella noche afuera de la fonda, en la calle Miraflor. Sobre ese chico apuntándonos con el arma y el otro golpeando tu cabeza con el tubo de metal, ¿para qué? Para llevarse unos cuantos pesos y un viejo reloj que debía valer casi nada. Apenas eran unos niños, ¿lo recuerdas? Les temblaban las manos y no se podían deshacer de esa expresión de miedo que los hacía abrir tanto los ojos. Aún no entiendo por qué te resististe. Le conté a mi esposa cómo empezaron, tú y uno de los chicos, a forcejear, pero resultó que era más rápido y fuerte de lo que aparentaba. Le conté de ti en el suelo, con la cabeza rota, y de cómo me quedé observando brotar tu sangre como de una fuente, aun cuando ellos ya se habían ido. Es que todo eso no podía ser más conveniente. Me aseguré de que estuvieras muerto antes de pedir ayuda.

—¿Por qué? —decidí fingir ser quien su mente le representaba, ahí, sentado frente a él.

—¡Sabes bien por qué! ¡Por Matías! —dijo mientras tambaleaba haciendo un gran esfuerzo para ponerse de pie. Me acerqué de inmediato y lo tomé nuevamente del brazo, caminamos juntos un par de metros hasta el sofá-cama. ¿Había dicho Matías? ¿Se refería a mí? Nada de eso tenía sentido.

—Te hará bien descansar un poco —le dije y le acomodé la manta cuando estuvo acostado.

—Cada día se parece más a ti —dijo antes de que me alejara.

—¿Quién? ¿Matías? —le cuestioné.

—Cuando aquella tarde me dijiste que no era mi hijo, sino tuyo, casi pierdo la razón. No podía permitir que te lo llevaras, ¿me entiendes? —terminó la frase arrastrando las palabras.

—¿De qué hablas, papá? —comencé a sentirme mareado, lo sacudí del hombro un poco esperando a que reaccionara, pero se había quedado dormido. Di un par de pasos atrás y me dejé caer nuevamente en el sillón. El aire y la fuerza se me habían escapado por la planta de los pies. Quería creer que estaba delirando, pero me sentía incapaz de evitar ser arrastrado por sus alucinaciones ¿Y si era cierto? ¿Y si yo no era su hijo sino de aquel hombre que murió desangrado frente a sus ojos en aquella calle de Miraflor?

Desperté cuando ya había amanecido, con un dolor agudo en los costados de la cabeza. En el sofá-cama ya no estaban las sábanas, ni las almohadas, ni mi padre. Fui al comedor y me encontré con Silvia, y el almuerzo casi listo.

Conseguí hablar con el dueño de la fonda. Resultó que el relato no fue inventado.

—¿Dónde está él? —le pregunté.

—¿Y dónde iba a ser? —dijo señalando con la mirada afuera, hacia la parte del jardín donde estaba la jaula.

Un par de horas más tarde me encontraba frente a la fonda, en la calle Miraflor. Sin ningún plan más que el de observar el lugar donde se supone que todo había ocurrido. No esperaba encontrarme con que seguía abierta al público. Seguramente, si lo que mi padre dijo era cierto, alguien ahí podría confirmar lo de aquel incidente, tantos años atrás.

Conseguí hablar con el dueño de la fonda. Resultó que el relato no fue inventado. Unos chicos asaltaron a un par de hombres una noche, casi frente a la puerta, les robaron y terminaron matando a uno por resistirse. Nunca atraparon a los culpables y ahí quedó todo.

—Es curioso cómo, al final, la gente siempre termina desenterrando el pasado, ¿no cree? Hace algunas semanas estuvo por aquí una mujer preguntando lo mismo.

—¿Una mujer? —dije sin intenciones de ocultar mi sorpresa—. ¿Cómo era ella?

—Delgada, con gafas, cabello chino, de algunos sesenta. ¿La conoces? —preguntó. Era la descripción de mi madre.

—No lo sé —contesté.

Recordé mis llamadas en el último mes. Todas las veces que mi madre no atendió el teléfono. Quizá estaba tratando de evitarme, presagiando que mi padre, en su demencia, terminaría por contarme todo sobre ese secreto tan bien guardado hasta ahora. Supo que iría tras de ella buscando las respuestas que él no podría ofrecerme, y que ahí descargaría mi enojo. En ella; lúcida aún. Puesta en evidencia y abandonada, sin querer, por su cómplice o, quizás, era vergüenza de admitir que mi padre no había sido el único. Recuerdo escucharla, alguna vez, afirmando que en su vida nunca hubo ni habría otro hombre.

Me costaba trabajo darme cuenta de que mentía, estaba decepcionado. Simplemente porque uno no quiere creer que aquellos que ama también cometen errores. Ambos me mintieron, pero yo me sentía más herido por ella. Nos mintió a ambos, ¿o acaso no fue ese hombre y no ella quien le confesó a mi padre que yo no era su hijo?

Al llegar a casa fui directo a la habitación principal. No tenía con quién demostrar lo herido que estaba. Así que me sentí decepcionado con sus cosas, con su fotografía encajada entre el marco del espejo, y con el polvo en el cual la habían convertido. Me sorprendí hablando con una caja de cenizas, me sentía ridículo, pero ¿qué diferencia había entre hablarle a la caja y hablarle a mi padre? ¿No era acaso lo mismo? Ninguno escuchaba, ninguno respondía. Estaba solo.

Los cinco días que me quedaría en casa se convirtieron en semanas y después en meses. Dejé mi antiguo trabajo y conseguí uno de medio tiempo ahí en la ciudad. Me obsesioné en una búsqueda que parecía imposible.

No había más rastros de aquel asalto que la confirmación del dueño de la fonda. Ninguna nota en los periódicos o archivo que pudiera darme mayor certeza. Comencé a soñar con ello, con esa escena que se repetía desde todos los ángulos, como si yo mismo la hubiera presenciado. Mi cerebro terminó por inventarle un rostro a aquel hombre muerto. Hubo noches que desperté llorando, sudado y con escalofríos. Sentía que me estaba enfermando. Necesitaba respuestas, un rostro real. Necesitaba un nombre.

Lo que hice no me enorgullece, pero tampoco me arrepiento. Que quede claro —dijo y su gesto pareció ablandarse.

El viejo, mi padre, comenzó a empeorar con el tiempo, ya no hablaba, no comía, no dormía. Una noche se acostó en el sofá-cama y ya no se volvió a levantar, como si estuviera listo y morir fuera decisión suya. Será mejor que se despidan de él, nos dijo el médico, en una de sus visitas, a Silvia y a mí, y entonces ella comenzó a llorar. Le di un abrazo y, sin decir nada, salí a la calle. Dos horas después traía conmigo una pequeña jaula para el herrerillo, una que pudiera entrar por la delgada puerta e instalarse junto al sofá-cama.

Al día siguiente Silvia se apresuró a llevarme, emocionada, hasta la sala, y señaló al viejo con el dedo índice. Me asomé y lo vi observando la jaula; seguía con la mirada al pequeño pájaro de plumaje amarillo en el pecho.

—Es un herrerillo —me dijo cuando estuve parado junto a él. Asentí al mismo tiempo que me sentaba.

Lo vi mirándome. Los zapatos, la hebilla, el bolsillo cuadrado de la camisa, mi rostro; o quizá el del doctor Palermo, o quizá el de aquel hombre, o el de cualquier otro, ¿cómo iba a saber? Por eso no me atrevía a decirle nada. Por eso estaba esperando que él dijera cualquier cosa.

—Deja de verme así —dijo de pronto.

—¿Así cómo?

—Así, juzgándome.

—No te veo de ninguna forma —le contesté.

—Lo que hice no me enorgullece, pero tampoco me arrepiento. Que quede claro —dijo y su gesto pareció ablandarse—. Al final de cuentas lo hice por ti.

—¿Qué cosa?

—¡Todo! Lo hice para que no sufrieras, cariño. Aunque ahora no puedas verlo de esa forma, ¿cómo iba a saber que él mentía, Elena? ¿cómo iba a saber que el niño no había muerto?

—¿Qué niño?

—Nuestro hijo.

—¿Matías?

—Por Dios… —dijo al escuchar mi nombre, se cubrió el rostro con ambas manos y comenzó a llorar—. Matías no me lo perdonará nunca.

Brissa Ochoa
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