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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Viaje

jueves 28 de enero de 2021
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Dije una cosa muy cruel.
Dije que iba a morir sola como mi Tía Nora.
No tenía necesidad de hablar mal de ella ni de culparla.
Después me acosté en el sofá y olí sus huesitos
olí sus brazos que siempre fueron flacos y suaves.
Ella no se puede defender,
ya no.
Antes me hubiese mordido, me habría atacado y se habría sentido herida.
Debe estar arrecha. Por eso escribo esto.
Porque estoy asustada.
Debe estar arrecha y me lo va a recordar el día en que nos volvamos a ver.

Pasillo, prefiero el pasillo.

Me estiro para alcanzar el cierre de la cortina. Está empanado.

Inhalo y exhalo en tandas porque este olor siempre me marea.

“Es que respiramos asfalto y miaos”, me dijo ella.

Este monstruo de dos pisos tiembla y ronronea. Mueve sus órganos para recordarnos que estamos dentro de él. Esa conciencia es el precio que todos pagamos por habitarlo. Pienso en la piel muerta en los sillones y en la grasa que sueltan los viajantes, en la necesidad que nos une.

Espero a que alguien llegue y se siente a mi lado.

La luz del televisor me pega fuerte en la cara. Aprieto los dientes mientras siento la acidez que nace en la nuca y baja como un destello a la base del estómago. La máquina arranca antes de que explote la angustia.

No importa en qué posición me siente, hilos de frío como navajas me punzan en las caderas.

Tía Nora me cubrió del frío aquella noche. Tenía puesto un pantalón azul y su camisita negra de tela suave transparentada por el tiempo. Usaba un reloj chiquitico de cuero y metal que apuntaba a la parte interna de la muñeca. Medias negras y unos zapaticos que se confunden en mi cabeza con las sandalias de tres hebillas que siempre le vi. En otros recuerdos las sandalias se van transformando en zapatos con pedazos de cuero y de responsabilidad.

Cuando se acabó la película apagaron las luces. Nadie llegó al puesto de al lado así que puedo estirar las piernas.

“No se quite los zapatos que ese piso está puerco y usté no sabe lo que pasa por ahí abajo”, me dijo.

Ahora viajo con doble media y sólo me quito los zapatos si me duelen los pies.

“Tápese bien el pecho que el aire del bus y el sereno la pueden enfermar”.

Ahora me tapo el pecho y todo el cuerpo pero entre capa y capa el frío se cuela por un espacio en la espalda que me congela el coxis y después el vientre. No importa en qué posición me siente, hilos de frío como navajas me punzan en las caderas.

Hoy las siento mucho más afiladas que nunca.

Esa noche entramos al terminal y nos miraban los locos, porque los guardianes de ese lugar son pinturas enormes de una loca, un cantante y un señor sin dientes que siempre me aterró. Supuestas figuras históricas de una ciudad que nunca estuvo conforme consigo misma y que imprimió esa misma sensación en todos los que venimos de ella.

Entramos al terminal y nos bajamos del taxi. Tres maleticas chiquiticas que nadaban en la maleta de aquella lancha. Las tres íbamos atrás. Fue un viaje de 10 minutos pero para nosotras pasaron como tres horas. Sentíamos que eran las 3 de la mañana porque por lo general después de las 7 de la noche nadie salía de donde Chelito.

En la casa nos comimos unas arepas con mantequilla. Mi tía guardó unos panes para el camino, no tenían nada, sólo eran pedazos de pan camaleón. Y Chelito guardó en un bolsito de cuero la cédula y una tarjeta que tenía guardada en una carterita de plástico que no había sacado de la gaveta desde hace mucho tiempo.

Al lado del terminal estaba el mercado municipal y yo siempre asocié esa locura, esa borrachera antigua con ron blanco, esa dispersión de las montañas con el olor a verduras podridas y con el mareo de los viajes. Todo lo demás lo cubrían ladrillitos barnizados, dulces abrillantados y pastelitos de harina de trigo.

Chelito y Tía Nora abrieron las puertas del taxi y se cargaron encima todas las cosas. Yo no agarré nada. Se tapaban la boca con unos pañuelos porque los rumores de aquel sitio no eran costumbre para sus cuatro pulmones.

Porque esos cuatro pulmones no descifraban bien el clima lejos de la casa ni de las cajas de cigarrillos que me mandaban a comprar en el quiosco. No usaban pantalones, ni zapatos con medias a esa hora. No andaban por ahí en taxi, ni regalaban la tos del pecho, la tos más seca de todas, a cualquier malparido que quisiera escucharla.

Con la boca tapada tampoco me mostraban el miedo que tenían.

“Porque agarre a la niña que no se vaya a ir para allá, no la deje sola”.

“Porque mamita la bebé ya nació y su mamá se pelió con su tía Bárbara y ahora está sola”.

“Porque nos vamos para Caracas ya mismo”.

Mi mamá huyó de los rumores de esos cuatro pulmones. Los amaba pero, gracias a mí, les debía demasiado. En Caracas era libre. Y no le debió nada a nadie cuando mi hermana comenzó a crecer en su barriga. Manejó y manejó por la ciudad cumpliendo su trabajo como fiscal de hacienda, hablando con guardias nacionales y defendiéndose de los insultos de los tributistas corruptos. Yo manejé con ella hasta que llegó Navidad.

Y “mamita hágame el pesebre”.

Y “ponga las ovejitas donde quiera”.

Y “los tres reyes magos deben estar mirando al norte y tomando agüita en el puente”.

Tía Nora saltó como un lince y no dejó que ningún juelagranputa nos quitara los puestos.

Yo era la única que el 24 de diciembre tenía el derecho de destapar al niño Jesús. Y yo amaba volver a esa casa porque en realidad nunca me quise ir.

“Que tengo un hueco en la parte de arriba de la barriga, que he botado un poco de agüita pero me siento bien, que te llevo al aeropuerto”.

No recuerdo mucho más. Estábamos en Caracas y mi mamá me llevó al aeropuerto sin saber que tenía la fuente rota. Yo había pasado semanas insistiéndole para que me dejara ir. En esa época los niños podían viajar solos en avión con un permiso especial.

Llegué a San Cristóbal pero no vi el pesebre, ni a los reyes magos.

A la hora en la que me buscaron al aeropuerto, mi mamá logró llegar hasta la clínica y la dejaron internada. No tuvo tiempo de buscar el bolsito con la ropita y los teteros, ni su pijama suave, ni la faja posparto.

No tuvo tiempo de preparar nada porque trabajar y ser fuerte fue lo único que la mantuvo sana después de que el hombre que más amó la abandonó embarazada.

No tuvo tiempo de procesar el dolor porque debía darle vida a mi hermana y ser mi sustento.

Después de entrar al terminal, caminamos hacia el autobús y:

¡Ay jueputa nos engañaron!

Tía Nora saltó como un lince y no dejó que ningún juelagranputa nos quitara los puestos. Se destapó la boca y le plantó sus huesitos a los gordos y las viejas verduleras que se querían montar en el Expreso Río Frío en puestos sobrevendidos.

“¿Que qué es esta hijueputada? ¡Esto no puede ser así!”

“¿Qué se creen que porque es navidá nos van a venir a joder? Nos hubiésemos ido en el terminal privado pero ya no había pasajes”.

Chelito y yo la veíamos de lejos. Chelito no tenía la costumbre de hablar en público.

Chelito dejó de ser la mamá de Tía Nora cuando Tía Nora se encargó de toda la familia. Pasó unos veinte años siendo la contadora de la señora Gladys y con esa plata les pagó la carrera a Álex y a Lorena, compró la comida de todos y también pagó la luzyelgás.

Y, lo más importante, dejó que mi mamá me tuviera. Su palabra fue el último sello en todas las cuestiones de mi caldo primigenio.

Después de eso y para siempre dijo, cuando hablaba de mí, “Mamita, que no le falte nada a la niña”.

Me llevó todos los días al colegio. Me despertaba sin retorno tocándome tres veces el hombro.

Y gracias a ella supe de los egipcios y de los planetas. Gracias a ella y a sus habilidades teóricas prácticas y plásticas pasé la primaria con buenas notas y comencé a entender que la vida era inmensa.

Me mostró su lado más suave y también algunas heridas muy viejas. Entonces yo amé el olor de su pecho, el olor de su viejo Chevette amarillo, el de sus cigarrillos, el de sus pinturas al óleo. También la presentía cuando estaba cerca. Reconocía el sonido de sus pasos y de sus llaves. Aprendí a adaptarme a su humor, a levitar en su imponencia sin molestarla.

Ella llevó a papá Romancho al hospital cuando se estaba muriendo, ella le organizó el funeral de mi tía Toña, ella fue a ayudar a tía Bárbara cuando se murió mi primo Iván.

Nunca nadie le preguntó cómo estaba. Nunca pararon a darle la mano, a buscarla en las cavernas. Y ella no paró de hacer y de resolver.

Ella tuvo que ir en la madrugada a reconocer el cuerpo de mi tío Álex cuando alguien llamó esa noche para avisar que algo le había pasado.

Y fue la única depositaria de varios secretos antiguos, cosas ajenas de las que se sentía guardiana y que nunca contó para proteger a los otros pero que le pesaban adentro como piedras que la hundían cuando nadie la veía.

Cuando no lograba salir a la superficie, cuando se perdía en esas oscuridades, explotaba rompiendo todo a su paso. Podía ser muy cruel pero con ese mismo poder pudo entregar su cuerpo para ser la base sobre la que todos nos apoyamos.

Nunca nadie le preguntó cómo estaba. Nunca pararon a darle la mano, a buscarla en las cavernas. Y ella no paró de hacer y de resolver.

En su cuarto pintaba cuadros y cerámicas tan sensibles. Todavía recuerdo los sentimientos de esas hojas y de los muñequitos de cerámica cuando me miraban a los ojos. Yo sabía que cuchicheaban y que hablaban de mí en la oscuridad de la sala.

Yo la vi siempre al frente, siempre molesta por algo pero yendo al frente, dando la cara. Igual a lo que estaba haciendo en ese momento para conseguir que nos subiéramos en el autobús. Chelito me agarraba de la mano, mientras las dos la contemplábamos a lo lejos en silencio y yo grababa el momento en mi mente.

“Ahora en la parada nos comemos una arepita, mamita”, me dijo mientras me tapaba con un chal de florecitas que compró un día en la feria.

Chelito viajó sola en otro puesto, tapada por varias sábanas y una toalla mientras el aire se hacía más y más frío.

Tía Nora abrió un poco la cortina y miró la carretera, me dijo que viera el camino e imaginara cosas a lo lejos, que después me iba a dar sueño.

Ella no se tapó del frío, sólo se ponía el pañuelo en la boca de vez en cuando. Yo la miré hasta que me quedé dormida.

Prendieron las luces y anunciaron la parada.

 

Aquí estoy comiéndome la arepa pero no hay señales de ellas.

Vuelvo a donde mi mamá y a donde la niña, pero ya no es Navidad.

Ahora abro las cortinas, miro la carretera y las imagino a lo lejos.

Gabriela Vargas
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