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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La tormenta

sábado 20 de marzo de 2021
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Repentinamente, todo cambia. El cielo antes diáfano y sereno comienza a enturbiarse. Una brisa fresca me sorprende con su aliento sutil a menta y toronjil. Desde el cerro Piltriquitrón se escucha un quejido profundo que me desconcierta. La cima pedregosa parece pellizcar las nubes grises hasta hacerlas clamar. El estruendo se repite una y otra vez como un rítmico golpeteo de tambores disonantes. Algo en mi interior se conmueve o se espanta. Siento un temblor. No sé si es un espasmo telúrico o soy yo. Me arrodillo lentamente para no perder el equilibrio y apoyo la palma de mis manos en el polvo fino y volátil. Con mis dedos acaricio esa superficie mansa, llena de vida, con fraternal delicadeza. Quiero consolarla, o tal vez ella intenta consolarme a mí. Levanto mis ojos y los árboles juegan con el viento, gigantes y despreocupados. De las ramas de ciprés caen semillas como lágrimas o como regalos. Mi refugio está impregnado de naturaleza que fluye y que sueña. Las voces de la tierra palpitan en las paredes de mi hogar que con paciencia y esfuerzo fui moldeando. La calidez del afecto habita este retazo de bosque donde breves lagartijas, abejas, bandurrias y pájaros carpinteros coinciden con animales domésticos. La armonía habitual que se respira entre los ñires y radales hoy parece evaporarse hacia el resplandor del horizonte lejano. Desde el Cerro Lindo también baja un gemido moribundo. En este instante de fingido desamparo donde amaga una tormenta que quizás jamás suceda, me gustaría flotar en el céfiro como una luciérnaga o una frágil libélula, sacudir mis penas al olvido y reír como loca o como niña; llenar mis vacíos con la glauca y lujuriosa fragancia de la savia, volverme molécula de agua para alimentar las raíces, los líquenes y helechos. Unas gotas comienzan a caer y mojan mi piel y la aridez que me rodea. El calor se eclipsa y se humedece. La noche intenta acercarse iluminada por incandescentes hebras imprevistas. Suspiro con ingrata felicidad, mientras el atardecer me ofrece un paisaje inusitado.

Y entonces todo se calma. El temporal se diluye en un mohín abrupto. Los truenos se apagan y la leve lluvia cesa. Los caprichos del tiempo me sorprenden. La silueta de la luna se puede adivinar en la lobreguez del crepúsculo. Una pasión lejana y tempestuosa brilla en mi memoria. El recuerdo de tus ojos insolentes me arrebata una sonrisa. Una íntima emoción estremece mi cuerpo. La oscuridad y la ausencia me abrazan con su paz enamorada mientras desaparezco en un universo de flores y de plantas.

Bárbara Korol
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