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El espectro

martes 18 de mayo de 2021

Eduardo me enseñó que los fantasmas existen, incluso en tiempos en que hemos negado hasta la existencia de los dioses, pero en los que aún nos asusta la muerte y lo que venga del otro lado del umbral. Pensé que jamás volvería a sentir palpando en mis neuronas la idea de la existencia de entes ultraterrenos o la corporalidad fantasmal. Traté de negarlo mientras caminaba por el bulevar que me llevaría sobre sus adoquines rumbo al frenesí de los fines de semana, con el fin de distraerme de semejante absurdo con el que me había hecho razonar Eduardo, la sugerencia de Instagram que me revivió por unos instantes la creencia en esos seres espectrales, o, mejor dicho, me transportó de nuevo al miedo hacia ellos.

Él apareció igual que las ánimas: sin llamarlo, sin que hubiera de mi parte una sesión espiritista que lo convocara. Eduardo apareció como últimamente los hombres encontraban bien hacerlo: en forma de notificación en el celular, por medio de una sutil vibración del teléfono y una foto que solicita “seguirme”; lo cierto es que no puedo decir que sea la forma que más me encanta para conocer a nadie, ni mucho menos mantener amistades, pero la verdad es que disfruto interactuar con desconocidos que se vuelven seres del mundo material porque a veces me mueve la idea de que, al “brindarles un corazón” a sus fotografías, tal vez se vuelvan corpóreos, en algún instante mágico como un solsticio o una luna llena especial. Por ejemplo, la existencia de Eduardo llegó a mí en uno de esos ratos de reflexión que me tomo muy en serio: me decidía entre ver videos en las nuevas redes sociales, ver perfiles de gente que no conozco o empezar realmente a avanzar con mi lista de pendientes del trabajo; me encontraba jugando en el escritorio de la oficina, cosa que ocurriría por ser viernes y porque al fin conseguiría el ansiado espacio de libertad de cuarenta y ocho horas semanales.

Las conversaciones de este tipo me parecían algo inusual, mucho más viniendo de alguien que me hablaba por primera vez y además a través de Instagram.

Vinieron, etéreas, la notificación de seguimiento y las ganas de saber quién podría ser @vargas007; Eduardo se mostraba como un hombre fornido, de pelo en pecho, de tez más clara que la mía, alto, tal vez como yo, con una mirada enigmática que me despertó un deseo que creía dormido: hacía varios años que no deseaba mantener contacto con nadie y, justo en ese instante en el que las ilusiones que despiertan las imágenes de un cuerpo que todavía no has recorrido, decidí que brindaría una oportunidad a la aventura. Luego de aceptarle la solicitud y que de inmediato me atiborrara de corazones mis propias fotografías, él inició la conversación…

Vargas007: ¡Hey, hola! Me gustan mucho tus fotos. Te ves muy guapo.

IamGabo89: Muchas gracias, vos también sos muy guapo y por lo que noto, tus pacientes deben quedar como locos cuando los atendés, doc. —le dije luego de ver algunas fotos y ver que era un doctor o algo por el estilo: decidí comprobarlo.

Vargas007: Jejeje, pura vida; nadie nunca me había dicho “doc”. Vivo en Ciudad Colón… ¿Vos, don Gabo?

IamGabo89: Gabriel, sin el don, porfa, jajaja…

Vargas007: ¿Como el arcángel que anuncia las buenas nuevas?

IamGabo89: Yo diría que bebo de otros mitos y por eso no soy doctor…

Vargas007: Ah, ¿sí? ¿Existe otra forma de interpretar el nombre Gabriel?

IamGabo89: Por supuesto, guapo: Gabriel no amaba a los humanos y fue castigado reencarnando como uno para aprender lo que significaba ser amado.

Vargas007: ¿Y has aprendido algo acerca del amor, arcángel desterrado del cielo?

IamGabo89: No, igual que el tocayo celestial estoy convencido de que el ser humano fue la peor creación que a Dios se le pudo ocurrir; pero a diferencia de mi homónimo, estoy dispuesto a aprender…

Las conversaciones de este tipo me parecían algo inusual, mucho más viniendo de alguien que me hablaba por primera vez y además a través de Instagram. Normalmente sólo me hacían conversación hombres que me resultaban bastante insípidos y que sólo querían lograr algo similar a lo que obtenían por Grindr: preguntar por el rol, lo que te gusta en la cama, si tenés lugar, o enviarte fotos efímeras sin ropa con la intención de que alabés el tamaño de sus miembros y la redondez de sus nalgas. Sin embargo, Eduardo me pareció cautivador. Luego de saber si éramos solteros y cuáles eran nuestros planes a futuro —hombres en los treinta con ganas de establecer algo con alguien—, hablamos de lo que nos gustaba en la cama y lo que no, nos enviamos los desnudos reglamentarios, teléfonos y la posibilidad de encontrarnos en algún momento cercano al fin de semana.

Pienso que es una forma rara de hacer conversación, pero lo cierto es que el torso velludo y la piel del doctor Eduardo se me hacían exquisitas para combinar conmigo en la cama: un delicioso café con leche. Cuando llegamos a los temas que cualquiera consideraría banales, como el gusto por las películas de terror, las fábulas japonesas y los videojuegos de peleas, el doctor Eduardo se mostró bastante entusiasta al mencionar las experiencias sobrenaturales:

Vargas007: ¿Alguna vez has sentido una presencia que no es la de alguien de tu casa mientras estás solo?

IamGabo89: La verdad, he pensado muy poco en ello. Nunca me ha pasado, creo que en esta época estamos rodeados de fantasmas que no se manifiestan porque casi no salimos de la casa…

Vargas007: Yo sí he visto fantasmas, o al menos los he sentido cerca.

IamGabo89: ¿De verdad? ¿Cómo fue?

Vargas007: Fue una sensación muy extraña. Estaba viendo, como por enésima vez, El conjuro. Puse todo a oscuras, apagué todo lo que pudiera hacer ruido y me concentré en que la película verdaderamente me espantara. En la escena del juego de los niños en la casa, los aplausos que se escuchan de la nada, fue ahí donde sentí un silbido y luego como una mano en mi hombro. Brinqué del susto, justo en el momento en el que se ven las manos salir del armario en la película, tuve que prender la luz. Dirás que fue sugestión, pero yo sentí que alguien me silbó y me tocó esa noche. No volví a hacer ese experimento, al menos no solo.

IamGabo89: A mí me encantaría hacer ese experimento, pero con vos, lógicamente; quizás estaría más interesante ver la película y crear el ambiente estando conmigo…

Vargas007: Claro, es una excelente idea. ¿Qué te parece si nos vemos en la tarde, como a eso de las cuatro de la tarde, en un café del centro de la capital, para conocernos un poco y luego vamos a mi casa?

Me tardé un poco en responder porque por un instante creí que estaba siendo muy apresurado; sin embargo, ¿para qué negarse a una posibilidad de placer asegurado? Dejé mis dudas y le dije que sí.

IamGabo89: de acuerdo. A las cuatro de la tarde, por el teatro nacional. Estoy vestido de camisa azul y pantalón negro. Creo que no me pierdo entre la multitud…

Vargas007: ¿Semejante guapura se va a perder? ¡Cero! Nos vemos, tomamos cafecito y luego nos vamos a pasarla rico, con pelis de terror, en la cama, solitos…

No entendí muy bien nada de lo ocurrido.

Pensé en nuestra conversación anterior mientras caminaba desde la avenida segunda hasta el barrio en el que se encontraba mi sitio de diversión habitual. Entré por el parqueo del establecimiento e hice el ritual de la nueva normalidad, con mi mascarilla puesta, alcohol en gel y demás cuestiones necesarias para entrar a un lugar. Subí las escaleras hasta encontrar el piso del mostrador, pagué la entrada; me desvestí, me puse el paño reglamentario y me fui a la cámara de vapor a relajarme. Eduardo no sólo me habló de fantasmas, de las películas de terror, sino también los momentos en los que juraba haber tenido experiencias con entes que no pertenecían al plano terrenal. Todo entre las horas que iban desde el almuerzo hasta las cuatro de la tarde de un viernes cualquiera en el que yo estaba pendiente únicamente de contar los minutos para saborear el café y al doctor que me ofrecía también, entre líneas, disfrutar el sabor de su cuerpo… la sola idea me tuvo como desquiciado ante la posibilidad de un nuevo encuentro y más aún con uno que al parecer tenía planes de ir más allá de un revolcón; quizás sería el bueno, a lo mejor tendría algo importante que proponerme.

Antes de irme para el sauna, le escribí a Eduardo al número que me dio; no respondió los mensajes de “ya estoy aquí; me avisás cuando venís”: ni siquiera la notificación de “visto”. Le hablé por Instagram y no me salían los mensajes. Me fui a su perfil y ya ni siquiera aparecía. Agoté todas las vías de comunicación que tenía a mano en un gesto desesperado de comprobar lo que era obvio: @vargas007 se convertiría en otro espectro que dejaría una estela en el buscador de la aplicación; sin embargo, no habría forma de haberlo visto. No entendí muy bien nada de lo ocurrido, las palabras de Eduardo, su silencio, su gusto por los fantasmas: esperé una hora a que apareciera, puesto que es comprensible que el tráfico o el trabajo de último minuto lo hubieran retenido. Claramente mi espera era una vana ilusión o una forma de justificar que me había equivocado de nuevo, ¿para qué castigarse más si se conoce ya la respuesta? Quizás, al caminar en soledad rumbo a mi diversión compensatoria, llegué a la conclusión de que los muertos y sus manifestaciones no eran lo que me causaba terror, sino los vivos que se hacían pasar por uno…

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