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Cambio de rumbo

jueves 5 de agosto de 2021
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Tenía la sensación de que había dormido muy mal. Hacia las tres de la madrugada se despertó por completo porque le parecía que esos malditos insectos ya no la dejarían dormir; sin embargo, cuando prendió las luces de la habitación y dio vuelta al colchón y las sábanas, se dio cuenta de que aquellos insectos, que ella imaginaba que eran pulgas o elepates, en realidad no existían. Habían sido una incomodidad imaginada en la duermevela. Eso la molestó. Haydée se levantó a prepararse una taza de café y se puso a corregir las pruebas de sus alumnos. No están rematados, pensó, pero algunos no aprobarán.

En la madrugada el silencio y los sonidos lejanos de carros y animales eran una misma cosa. Pensó en su hijo mayor que estaba al otro lado del mundo. Allá deben de estar a punto de almorzar, se dijo. Quizás debía llamarlo. Pero se detuvo, si lo llamaba probablemente lo iba a atrasar y se atrasaría ella. Mejor terminaba de corregir las pruebas. Cuando dieron las cinco en su reloj de pulsera inteligente, programó el contador de calorías y sacó a Fluflu a pasear. Vivía en una zona bastante exclusiva de la capital, céntrica, pero rodeada de árboles e inaccesible para gente que no tuviese auto.

Su marido, Miguel Castillo, había sido militar, había alcanzado el rango de general y luego se había retirado, ahora era empresario, tenía una empresa propia en biodigestores. Aunque el país cada vez iba peor —su marido lo decía todo el tiempo—, a ellos en realidad cada vez parecía irles mejor. Por eso no lo dejaba, porque temía enfrentarse, sola de pronto a los cincuenta y tantos años, a la vida. Y él lo sabía y por eso hacía lo que le daba la gana, pensaba ella.

¿Dónde estará ahora ese hijo de puta?, se preguntó. Decidió que no le importaba, pero la respuesta a esa pregunta seguía hiriéndola muy secretamente. Regresó de caminar, el aire fresco les hacía bien a ella y al perro, se sintió satisfecha, casi plena. Pese a ello, al ver las calorías que reflejaba su reloj se decepcionó un poco. Pensó que quizás debió dar un par de vueltas más por el condominio.

De veinte años, antes de conocer a Miguel, soñaba con viajar y escribir. Eso le habría bastado para ser feliz.

Se bañó y se arregló de forma primorosa en su cuarto: algunos alumnos aún la encontraban atractiva, ella lo sabía, se daba cuenta. Aquello la hacía sentirse joven. Oyó los pasos de Martha en la planta baja, así que salió de su habitación y se acercó al rellano de la escalera.

—Buenos días, Martha —dijo.

—Buenos días, señora Haydée, dígame, ¿qué desea desayunar?

—Martha, porfa hacete unos huevos revueltos, ya sabés, como me gustan, sin cebolla ni chiltoma.

—¿Algo más?

—Sí, si quedó gallopinto de anoche, me das, porfa.

Comió de forma rápida, sin saborear excesivamente la comida o la segunda taza de café del día. No iba tarde, su primera clase era a las nueve. Pero le gustaba llegar temprano a la universidad y sentarse a leer en las bancas de piedra que estaban afuera de su edificio. Tomó su bolso y se despidió de Fluflu.

—Martha, me voy. Abrime el portón.

De veinte años, antes de conocer a Miguel, soñaba con viajar y escribir. Eso le habría bastado para ser feliz, escribir poesía y conocer mundo. Lo segundo, en parte, lo había hecho gracias a los viajes de su esposo, al que ella había acompañado casi siempre a lo largo de toda su carrera. Cuba, Rusia, Bolivia, Brasil, por trabajo de él. Perú, Francia, España, Nueva York, California, por vacaciones con la familia. Había estado en todos esos lugares sin realmente haber estado. Su idea de viaje en realidad se parecía más a la de esos jóvenes rubios y sucios que miraba de vez en cuando caminando en chanclas en el calor de la ciudad. La imagen de la libertad absoluta debía ser esa.

De pronto, al pensar en cosas como estas, se sintió profundamente desposeída.

Un auto le pitó porque iba muy lento en la autopista y la despertó de su ensoñación. Tomó el puente a desnivel y desde lo alto asomó la vista, este país a veces se le hacía tan pequeño y miserable, casi como una jaula. Eso es, mi vida es una jaula dorada que yo misma he ido construyendo, se dijo. Pensó que con algo de trabajo tal vez sería un buen verso. Era una lástima que se le ocurriese cuando estaba manejando.

En cuanto a su otro sueño. Bueno, jamás se lo había planteado tan seriamente. ¿Cómo se hacía una poeta? ¿Cómo podía llegar una persona a escribir cosas tan verdaderas?

se me antoja
que gotas de silencio y no de sangre
son las que corren por mis venas.

O:

En mis manos —un puñado de polvo—
mis versos.

A Blaga lo había leído por un amigo de Miguel, escritor, que con el tiempo se hizo más amigo suyo que de él. Yo prefiero entenderme con la gente leída y no con militares, le había dicho él en una ocasión, le pareció que le coqueteaba. A Marina Tsvietáieva le había leído recientemente en una antología de poemas de amor que había prestado en la biblioteca de la universidad. De pronto, al pensar en cosas como estas, se sintió profundamente desposeída. Miró el camino que tenía frente a sus ojos y apretó las manos en el volante.

Era increíble que la vida hubiese pasado tan rápido…

Pero aún había tiempo, siempre lo hay mientras se está viva. El semáforo dio el rojo, ella detuvo el coche y miró una fila interminable de carros sobre la gran culebra gris de asfalto. Ya no pensaba en llegar a la universidad a ver las caras vacías de jóvenes que no eran su hijo, ya no pensaba en Miguel que estaría desperezándose en un lecho ajeno, ni siquiera pensaba en su Francisquito querido, que muy pronto se casaría con su no novia alemana y se afincaría allá. Pensaba, por primera vez en mucho tiempo, en ella.

César A. Zeledón
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