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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Clara, frente a su destino

martes 30 de noviembre de 2021

Sí, nací en el campo, pero de pequeña me trajeron a vivir a la ciudad. Luego de dos cosechas que se perdieron por el granizo y la helada, mi padre decidió vender sus tierras y nos vinimos aquí. Mamá, al poco de llegar, murió de cáncer, de manera que quien me crio fue papá, ayudado, claro, por varias empleadas que fueron cambiando con el correr de los años. Mi relación con papá siempre fue buena, aunque no nos viéramos ni conversáramos mucho; él siempre ocupado en sus negocios. No éramos ricos, pero teníamos un buen vivir y yo estudié en los colegios más caros y supuestamente mejores de esta metrópolis. Fui buena alumna en lenguaje y luego en literatura, pero también en historia. En cambio, matemáticas y física eran mi tormento. Se podría decir que, de alguna manera, tenía más alma de artista. Floja en deportes, hice durante dos años, con gusto, clases de ballet, pero eso ya fue durante la secundaria. Sí, y fue durante la secundaria cuando perdí la virginidad. Tenía quince años, él dieciséis y era del mismo colegio. Fue satisfactorio, agradable, pero no duró mucho. No, no me enamoré de él. Fue un deslumbramiento, pues me parecía muy guapo y eso colmaba mi vanidad. Además, ya lo ve, soy linda, despierta, bastante culta, o sea que soy, o fui, deseable. En consecuencia, vinieron varios más, siempre intrascendentes, pues lo único que nos unía era el deseo, aunque eso lo entendí mucho después porque, claro, alguna vez me tenía que enamorar, alguna vez, aunque tal vez un poco tarde, tenía que saber lo que era el amor.

Vino luego la universidad. Intenté primero psicología, pero al poco tiempo me cambié a Letras, para el desagrado momentáneo de papá quien opinaba que eso no servía para nada, pero como me mimaba por sobre todas las cosas, lo aceptó y terminé esa carrera. En consecuencia, sé mucho sobre libros y escritores, y, por supuesto, gano poco o casi nada. Y sí, en la U también tuve varios “amores”, sin amor, quiero decir, pero nunca entre mis expectativas estuvo la de casarme o de vivir seriamente en pareja. Nunca, claro, hasta que después de salir como licenciada en Letras Modernas pasó lo que tenía que pasar: me enamoré, aprendí a amar y, también, me enfermé de amor.

Perdone, sé que es un poco confuso mi relato. Lo que pasa es que no puedo evitar el ponerme nerviosa. Al menos, hasta ahora, he podido hacer un breve relato cronológico, ya que usted me ha pedido que le cuente mi vida en general. Debo agregar, por supuesto, que al estudiar lo que estudié, desde el principio empecé a soñar con escribir. Y escribir significaba la gran novela, y como es de imaginar, el reconocimiento, la fama, algo de dinero. La novela nunca salió, pero hice algunos cuentos decentes. Con “decente” quiero decir, más o menos buenos. Pero el más o menos, no era lo que yo quería. Yo quería, quiero todavía, mucho más, aunque sea consciente de las limitaciones de este país horrendo y casi analfabeto donde nadie lee, pero me dije, para poder seguir soñando, que en este mundo tan comunicado no sería imposible la trascendencia, no solamente trascender en esta tierra nuestra, sino también en el continente, en el mundo todo, y si fuera posible, en la galaxia, en el universo entero. Ya sé que soy un poco exagerada, hiperbólica, pero no me haga caso en esas expresiones que son, apenas, parte del jugueteo de mi alma. Lo del libro trascendental es apenas un sueño que se va diluyendo, que se va cayendo en pedazos como los muros y los jardines de Babilonia. Luego fui entendiendo que todo se mueve por el inclemente mercadeo, el famoso “marketing”, para el cual no son precisamente los valores literarios los que cuentan, sino los comerciales, que van variando de acuerdo al grado de estupidez con que se va moldeando a la sociedad. Sé, también, que aun en este pequeño país es necesario pertenecer a las élites literarias, ese grupo reducido que se protege permanentemente de intrusiones, que impide el acceso de nuevos miembros por muy meritorios que puedan ser. En fin, que es más difícil que escupir a través del ojo de una aguja. ¡Ay, perdone usted esta nueva exageración!, pero creo que ella, como imagen, es bien representativa de la realidad.

Lo conocí una tarde en un café, estaba sentado en la mesa vecina a la mía y me observaba sin mucho disimulo.

¿Qué otra cosa importante le puedo decir de esa etapa de mi vida? Que una vez quedé embarazada, lo que produjo el horror de mi padre y luego, no podía ser de otra manera, su absoluta contención, su cariño, su apoyo. También vale decir que, como no amaba al padre de mi hijo, ni siquiera le avisé del embarazo y decidí tenerlo yo sola. Pero ese fruto no prosperó. Tal vez hay algo que no funciona bien dentro de mí. El hecho es que a los cuatro meses lo aborté espontáneamente, que tuve que ir a dar a una clínica, que papá fue quien me asistió, que ese anhelo se quebró de pronto, y que “colorín colorado, ese sueño había terminado”. Sí, lloré, pero a los pocos días me fui recuperando de la angustia. Hoy, eso, como toda mi historia anterior, pertenece a un pasado lejano, porque cuando lo conocí a él fue como nacer de nuevo, como si recién se inaugurara mi historia personal, la verdadera, la definitiva. Claro, no soy tonta como para negarlo todo. Mi nueva vida se apoyó en gran parte de lo que había hecho antes: mis gustos, mi formación estética, mi idea del mundo, mis ganas de escribir o de seguir escribiendo, y mucho de lo que, desde antes, constituía el material de mi soñar. Tengo treinta años, pero a pesar de ello me gusta decir que mi vida empezó hace dos, cuando él apareció en mi vida, y yo descubrí, como en una epifanía fantástica, lo que era amar; el placer y el dolor terrible de lo que significa amar. Pero ahora que él ya no está, ¿tengo que incluir mi mencionada nueva vida como parte del pasado? ¿Tengo que aceptar que mi vivir presente se desbarranca entre brumas, se deshace como las flores en invierno, como el arroyo que se vuelve hielo? No lo sé. Intento creer que el presente reciente se prolonga en estos días, que nada grave ha ocurrido, que el sol sigue saliendo cada mañana por el este. Me llamo Clara y tengo la obstinación de repetirme que todo es y será claridad.

Él. Lo conocí una tarde en un café, estaba sentado en la mesa vecina a la mía y me observaba sin mucho disimulo, pero yo reaccioné a su primera mirada y me pareció enormemente bello a pesar de que ya no era tan joven. Pero había en él una irradiación intensa que me conmovió. Era como un espíritu desnudo vibrando vehementemente, transmitiéndome mensajes claros, como yo, y otros también misteriosos, siempre fascinantes, como si a través de ellos yo encontraría las claves de mi propia vida y el sentido del planeta y de los astros.

—Ella siente que él la mira, siente que si la mira tanto es porque le gusta. ¿Qué piensa, qué siente ella, respecto de eso? —me dijo él, de pronto.

—Ella siente regocijo, siente emoción. Ella piensa que ese hombre, allí cerca, es intenso y también bello —respondí yo.

—El hombre siente y piensa que, dadas las circunstancias, habría que empezar, en homenaje a la vida, por tomar un café juntos y conocernos mejor —me retrucó él.

Él se trasladó a mi mesa y velozmente mi corazón comenzó a agitarse, para al final golpearme el pecho como si fueran piedras arrojadas desde lejos y con mucha fuerza. Por primera vez no era la simple atracción sexual la que me comandaba. Era la intensidad de su alma, las imágenes que se desprendían de sus palabras, la picardía mezclada con tristeza que lo envolvía todo desde sus ojos marrones, su boca fuerte y prometedora, las expresiones que surgían del movimiento de sus manos… en fin. Me dijo su nombre y yo lo ubiqué, lo descifré en un recodo de mi alma. Era escritor y aunque no jugaba en las ligas mayores, había publicado cuatro novelas de las cuales yo había leído dos que me habían marcado hondamente, por su honestidad, por su fuerza poética, por la exaltación de sus personajes. Todo eso ustedes lo saben, desde luego, pero si se lo describo es para revelarles todo el alboroto que produjo en mi alma. Le comenté que yo también escribía, que era graduada en Letras, que había leído los dos libros suyos que me dejaron marca profunda. Entendí, también, que él era enormemente mujeriego, no sólo por las palabras con que me abordó, sino porque todo en su ser revelaba al cazador siempre insatisfecho, siempre ansioso de nuevas presas. Eso no me importó, tan honda era mi conmoción y además, sin embargo, fui percibiendo en él una auténtica ternura, una honda veracidad en las palabras con las que me halagaba. De todas maneras, pasara lo que pasara, yo ya era consciente de que había encontrado, por fin, al hombre de mi destino. Se preguntará usted si es posible afirmar, con la contundencia con que yo lo hice, a los pocos minutos de conocer a alguien, que esa persona es la que le ha asignado el destino. Para mí lo fue, y yo soy la prueba viviente de ello. Y la sorpresa me colmó cuando él, tomándome la mano, me dijo sin desprender sus ojos de los míos, más o menos lo mismo que yo había afirmado respecto de mí.

—Debo reconocer que todo está demasiado claro, Clara. He andado mucho, he picafloreado incesantemente, pero ahora, en este corto tiempo, algo se me ha revelado y empiezo a sentir que eres la mujer de mi destino. Tal vez esto no conduzca a nada entre los dos, pero creo con fervor en la magia, y lo que sé con certeza es que finalmente te encontré.

Su deslumbramiento por mi cuerpo me producía un enorme deleite, y yo, jugando un poco a la perversa, a veces se lo negaba.

A mí se me fugaron las palabras, y con una timidez inédita apenas balbuceé:

—Yo siento lo mismo.

Entonces me besó, entonces salimos del local, entonces tomamos un taxi hacia mi departamento, entonces me siguió besando hasta que mis labios y mi lengua se volvieron autónomos. Una repentina luz de mi consciencia me dijo que esta vez debería empezar de otra manera, y esa noche no me acosté con él, ni la siguiente, ni algunas más. Pasó una semana, creo, hasta que le dejé tomar mi cuerpo, y entonces se produjeron nuevos esplendores, nuevas revelaciones. Nada fue apresurado ni violento, él me tomó con enorme intensidad, pero con mucha calma, como buscando disfrutar cada centímetro de mi piel, como buscando conversar conmigo desde allí, desde lo hondo. Y yo también entendí, en una fugaz irrupción de mi conciencia en medio de todo aquel arrebato, que también, por primera vez, estaba buscando la luz de su espíritu, y no únicamente los resplandores de su cuerpo. Y así seguimos descubriéndonos durante varios días y noches, plantando nuestras banderas en los territorios recién descubiertos y en ese ahora, definitivamente compartidos.

Al cabo de unos veinte días, decidimos vivir juntos. Y eso durante un buen tiempo fue la gloria en todo sentido. El conversar largamente sobre cosas importantes, el leer el mismo libro o libros distintos, el mirar obras de pintores y escultores famosos, el escuchar buena música (los maestros del Barroco eran sus preferidos); en fin, era como un sumergirse en el arte, como crecer cada día. Y, seguro que sí, también eran deleitosas las pequeñas discusiones con sus gigantescas reconciliaciones, la charla intrascendente, o un poco, muy poco de política. Él amaba mis intervenciones un tanto alocadas y, en consecuencia, me llamaba “loquita”. Pero lo que lo ponía en verdadero estado de éxtasis era el hacerme el amor. Su deslumbramiento por mi cuerpo me producía un enorme deleite, y yo, jugando un poco a la perversa, a veces se lo negaba, lo rechazaba, me le escapaba, sentía, sin ningún tipo de maldad, que lo dominaba, que podía hacer de él lo que quisiera. Claro que esos mis rechazos no eran por mucho tiempo, cuando mucho un día o dos, ya que mis ansias eran tan grandes como las de él, aunque con el aditamento de que cuando me conseguía luego de un breve rechazo, era totalmente maravillosa la consumación. Una noche, en medio de la exaltación del sexo, me tomó la vulva con la mano y me dijo: “Esta cosita es sólo mía. Prométeme que nunca se la darás a nadie más”. Y yo, claro, viviendo ese mismo arrebato, le contesté: “Nunca, es para siempre sólo tuya”. Nada más lejos de mí que la posibilidad de parecer grosera, pero si le cuento eso es porque creo que se relaciona con lo que diré más adelante.

Solíamos escribir en las noches. Él intentaba una nueva novela; yo, por consejo suyo y con su guía, iba perfeccionando mis cuentos. Había en él un maravilloso desprendimiento en ese tema; me ayudaba y hasta, puedo decir, me enseñaba a escribir bien. Tal es así que algunos de mis cuentos fueron publicados por revistas literarias, no sólo en el país, sino también en el exterior. “Mi loquita talentosa va consiguiendo el lugar que merece, y pronto llegará el día en que nos ofrezca una estupenda novela. Ahora, para celebrar, vamos a la cama a refocilarnos, para provocar los ardores en nuestros espíritus y la alegría de los dioses del Olimpo y aledaños”, solía decirme. Y así, entre risas, terminábamos engarzados en posición horizontal. Nos contábamos, con algo de reticencia, sobre nuestros pasados “amores” o más bien aventuras, y al respecto debo decir que a mí el imaginarlo entre otros brazos, aprisionado por otros muslos, me producía un poco de excitación. Él siempre permanecía callado, o como mucho hacía algunas observaciones serias, puntuales, cuando le contaba sobre algún lejano compañero de lecho, o de tálamo, como a él le gustaba decir para honrar a los griegos que se ganaban su completa admiración. Pero esa seriedad de él, su pequeña molestia ante mis relatos, me producía también un cierto gozo, pues imaginaba que se esmeraba en ocultar un atisbo de celos o de inseguridad. Él, entonces, una vez me dijo:

—Ahora sé que estábamos destinados el uno al otro desde el principio de los tiempos. Tardamos en encontrarnos, es cierto, o no supimos advertirlo antes para salir a buscarnos. Tal vez un día, del cual no tenemos el recuerdo, un viento repentino pasó por ti y por mí, y empezó a trazar este destino de unirnos. Y así, empujados por ese viento, llegamos hasta ese café donde nos reconocimos.

—Sí, ya sé —le respondí— que lo que ahora formamos, ese uno que somos aun manteniendo nuestras individualidades, estuvo impulsado tal vez por premoniciones negadas, probablemente por pensamientos secretos, quizá por ese viento del cual hablas. Por eso quiero que siempre acaricies mis cabellos, que te comas mis labios, que me marques, con tus manos, senderos de rubor y placer en mi piel desnuda, que me rotures ahí, en el núcleo de tus sueños, la germinación de todas las simientes.

En esos dos meses tuve tiempo sobrado para pensar, y sé que tal vez una no piensa bien cuando la afecta el amor.

Sí, así fue y los días se deslizaban velozmente, sin pesadumbres ni aburrimientos. Nuestro mundo, me atrevo a decir, fue totalmente artístico, ya que hasta las sesiones de amor eran verdaderas prácticas de arte. Hacer del sexo un hecho artístico, eso es lo que logramos entre tácticas para seducir, entre aparentes indiferencias, entre insospechadas provocaciones y, por ello, toda la atmósfera que nos rodeaba tenía una gigantesca carga erótica. Una mañana en que él no estaba, para honrar al amor, se me ocurrió una idea, y con la realización de la misma quise sorprenderlo y halagarlo. Cuando regresó al atardecer, mientras los cielos se pintaban de rojo devorando la sangre del mundo atormentado, empecé a seducirlo, lo llevé hasta la cama y me le mostré desnuda, como tantas veces lo había hecho, pero ahora tenía una nueva joya para exhibir. Durante ese día, me había hecho tatuar, justo por encima del pubis, un ave, tal vez un águila con las alas desplegadas. “Esta ave, ubicada allí, junto al lugar que tanto amas, te llevará a los cielos del placer inagotable”, le dije. Yo tenía los brazos abiertos en cruz, las piernas abiertas y extendidas, como si fuera el hombre de Vitrubio, pero era una mujer echada en el tálamo esperando a su hombre. La sorpresa inicial que se marcó en su rostro se fue transformando en un gesto de resentimiento, de odio casi. Se alejó de los pies de la cama, donde había estado ubicado para mirarme, empezó a vestirse, y entonces me espetó duramente: “No quiero creer que te acostaste con quien te hizo eso, pero no puedo aceptar que hayas permitido que otro que no sea yo ponga sus manos ahí. Me repulsa el solo pensarlo”. Y salió de la habitación. Yo me puse rápidamente alguna prenda y fui tras él. Le expliqué que nada había pasado, que lo había hecho para brindarle a él, mi hombre, un espacio adicional de sueños, una alternativa nueva de placer. Pero él, en vez de entender, en vez de serenarse, se fue enojando más y culminó diciéndome: “¡Un poco puta tienes que ser, para haberte dejado manosear con un extraño!”. Entonces se fue de la casa, no se llevó ni una camisa, y no lo volví a ver hasta hace un par de días.

En esos dos meses tuve tiempo sobrado para pensar, y sé que tal vez una no piensa bien cuando la afecta el amor. Pero pensé que mi hombre “superado”, quiero decir mental y espiritualmente superior, no coincidía con ese primitivismo que me mostró en su reacción ante el tatuaje. Es cierto que el tatuador había trabajado en esa área íntima de mi cuerpo, pero había sido absolutamente profesional, sin insinuaciones, sin desvíos. Es cierto también que yo sentí vergüenza al tener que exhibirme así, pero lo hice por amor a mi hombre, porque pensé que estaba haciendo algo bueno. Claro, es sabido que dicen que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Pero todo lo sucedido siguió pareciéndome horrible, exagerado e injusto. Sólo la explicación de los celos, de la tremenda estupidez de los celos, se me ocurrió para justificar esa conducta de mi hombre. Entre toda esa confusión, pensé en hacerme borrar el tatuaje, en que lo hiciera una mujer profesional. Pero lo deseché, porque creo que eso no es posible, y porque, de todas maneras, hubiera implicado nuevamente exponer aquella zona “sagrada” a otras manos. No puedo negar que también me afectó un pasajero sentimiento de culpa, pero por mi sanidad mental, que se ve no era mucha, lo deseché rápidamente. El hecho es que me quedaron las sábanas solitarias, las manos vacías y el alma en penumbras. Ahora, es verdad que, más allá de lo anterior, las cosas son distintas y que la suerte está echada. Lloré mucho, antes y ahora, y todas estas palabras que le digo tienen gusto a sal por tantas lágrimas derramadas.

Lo demás, ya lo sé, no es lo de menos. Pero estoy cansada, así que voy a tratar de terminar. Seguía sufriendo y amándolo tanto que anteayer decidí ir a buscarlo al departamento en el que se había instalado. Me abrió la puerta y lo noté abatido. Me llevó a la cocina con el pretexto de ofrecerme un café. Apenas nos habíamos saludado y entonces se me abalanzó de pronto, me subió el vestido, me bajó las bragas y me penetró brutalmente. Fue una acometida feroz, salvaje, que debía haberme servido de advertencia. Pero no me importó porque pensé que así lo estaba recuperando. Tuve el tiempo de pensar que luego del salvajismo vendrían la ternura y las palabras, las explicaciones, los perdones. Pero fue una sola arremetida y se retiró horrorizado gritándome que yo era una grandísima puta. La decepción, la desesperación y la ira se apoderaron de mí. Allí, sobre la instalación contra la que me había empujado para poseerme, había un cuchillo de cocina. Lo tomé y se lo clavé un par de veces, mientras él seguía llamándome puta, totalmente fuera de sí como, finalmente, lo estaba yo. Casi inmediatamente calló, se apagaron sus insultos horrorosos. Lo demás, ya lo conoce. Me entregué a la policía y aquí estoy contándole todo esto para su pericia psiquiátrica. Eso es todo, doctor. No voy a hablar más. Estoy muy cansada.

Andrés Canedo
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