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Muerte en la llanura

martes 30 de marzo de 2021
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Cada uno tenía un puñal en la mano, que trazaba ríos de fuego bajo el sol de las primeras horas de la tarde. Se diría que ambos estaban integrados en una danza armónica, pero este baile se teñía de los perfiles de la muerte. Anselmo lanzó hacia adelante su daga envenenada de potencias deletéreas, pero Feliciano la esquivó y en el movimiento de respuesta, con la suya propia, abrió caminos de sangre y de vísceras en el abdomen de Anselmo, que se dobló primero hacia adelante y luego cayó de espaldas, con el vientre abierto hacia el cielo y el sol quemándole los ojos.

—Pensar que por esa camba perra me estás matando —le dijo a Feliciano, que no respondió y que se sentó al lado del caído, mirándolo desfallecer.

 

Anselmo, al no escuchar respuesta, se pierde en su propio mundo, limitado ahora por el movimiento de algunas nubes que se desplazan por el arriba intensamente azul, el cantar de los pájaros cercanos, el bufar de los caballos que rondan por los alrededores y al dolor intenso, terrible, de la cintura para abajo, que él, por ser quien es, se niega a manifestar. Feliciano, con la paciencia propia de los hombres del campo, lo mira sin odio, decidido a esperar la muerte de Anselmo. Pero también, mientras esto ocurre se va sumergiendo en sus propios recuerdos. Lo había conocido unos meses antes, cuando él, Feliciano, jefe de un grupo de troperos, se aprestaba a llevar ochocientas vacas a otra lejana estancia y le faltaban hombres para esa labor. Anselmo había llegado en su caballo al caer de la tarde y se le acercó para pedirle trabajo. Los ojos de Feliciano, en pocos segundos, hicieron un balance somero del recién llegado: era un hombre fuerte, de unos treinta y cinco años (un poco menor que él), al que se le notaban el coraje y la habilidad para esas tareas. Supo que era de Loreto, que había participado de varios arreos y que “le hacía” a todas las faenas del campo, incluso a sembrar, aunque eso no le gustaba mucho, le dijo Anselmo. Hicieron el acuerdo económico y Feliciano lo llevó a comer junto a los otros ocho hombres y le indicó el galpón donde dormiría.

—Mañana a las 5:30 partimos, serán unos diez días entre ir y volver —le dijo.

—Está bien, patrón —respondió Anselmo.

 

Ambos sabían reconocer las ramas torcidas, la leve señal de una pata entre las hojas y hierbas del suelo.

Durante los dos primeros días del viaje, mientras se desplazaban por ese infinito panorama de verdes llanuras, Feliciano se dio cuenta de que no se había equivocado: Anselmo era hábil y bien dispuesto, aunque no se integraba con el resto de la gente, ya que prefería permanecer aparte; eso no le molestaba a Feliciano, aunque no dejó de pensar si no estaría escondiendo algo. Tampoco eso le preocupó, total, entre los hombres que integraban las tropas de arrieros había varios que tenían algo que ocultar, incluso algunos que debían una muerte o más. Pero en la madrugada del tercer día, se apercibieron de que un tigre se había comido una vaca. Y todos lo sabían, la fiera “cebada” querría seguir matando, de manera que lo mejor sería perder unas horas e intentar cazarla.

—¿Quién viene conmigo? —preguntó Feliciano.

—Yo voy, patrón —dijo Anselmo antes que algún otro pudiera hablar, alzando su rifle con el brazo derecho.

 

Las huellas del animal todavía estaban frescas y se internaban en el monte, donde desaparecían. Ambos sabían reconocer las ramas torcidas, la leve señal de una pata entre las hojas y hierbas del suelo, pero también tenían conciencia de que era la intuición la que podría llevarlos hacia donde estaba la bestia. Y los dos avanzaban, con una certeza casi absurda, hacia el encuentro con el tigre. Al cabo de un par de horas oyeron un rugido y supieron que estaban frente a su destino. Atrás de unos árboles, entre las hojas, aparecieron los ojos bellos y salvajes del animal carnicero que los observaba y que se preparaba a atacar. Con ánimo firme ambos esperaron a que el animal avanzara, mientras la culata de sus rifles se mojaba con el sudor de sus rostros. La fiera, a cinco metros de distancia, se agazapó preparándose para saltar, y en el momento en que iniciaba el salto se oyeron los dos disparos que le destrozaron la cabeza y el ruido sordo de su pesado cuerpo al caer sobre un lecho de hierbas que perdieron su fragancia con el olor denso de la muerte. Feliciano palmeó el hombro de Anselmo en gesto de reconocimiento y éste le devolvió una mirada solidaria.

—Vamos, hay que volver —dijo Feliciano.

—Si me permite, patrón, le voy a quitar el cuero, para que lo vean los hombres.

—Te ayudo, para que no demoremos tanto. Tenemos mucho viaje por delante y las vacas deben llegar en el tiempo pactado.

 

Con sus cuchillos de monte descueraron al animal y regresaron fumando el tabaco negro que llevaban. Feliciano sintió que ese tipo que venía a su lado era valioso y empezó a sentir algo parecido al cariño por él.

 

El arreo continuó sin problemas, salvo el cruce de un río que traía más caudal del esperado y que les cobró un par de vacas. Pero al anochecer del sexto día llegaron a la estancia y entregaron el ganado. Esa misma noche, Feliciano pagó a todo su personal y después de comer los alimentos que les brindó el dueño del lugar, bebieron algunos tragos, mientras unas mujeres jóvenes alborotaban alrededor de ellos, pero principalmente de Anselmo, sin duda el más guapo, que no les prestó atención.

—Elay, que Anselmo había sido como dulce para las peladas —dijo un momento de esos uno de los hombres, ya bastante ebrio. Anselmo se limitó a devolverle una mirada pacífica, pero que hacía entender que el tema terminaba ahí.

 

Tomaron alcohol hasta cerca de la medianoche, y al día siguiente, a las seis de la mañana, todos, menos dos que se fueron hacia el norte, estaban emprendiendo el regreso hacia el pueblo donde vivía Feliciano y que era su centro de operaciones. Anselmo decidió seguir con el grupo, pues tenía algo de dinero y sabía que Feliciano conseguiría pronto otro arreo, pues era el más famoso de los baquianos del departamento Beni. Durante el viaje de regreso, ambos cabalgaron juntos, delante del resto, y aunque intercambiaron pocas palabras, un sentimiento de afecto y de respeto mutuo parecía haber nacido entre ellos. Tres días después, al llegar, Feliciano le dijo a Anselmo:

—Hay una fonda, Anselmo, donde te podés alojar. Pero, ¿para qué vas a gastar? Vení y alojate conmigo, que en mi pahuichi podemos hacerte un espacio. Serán pocos días hasta que tengamos que hacer otro viaje. Luego, vos ya verás. Además, el locro y el majadito siempre alcanzan para uno más.

 

Con el lenguaje arcano de los gestos mínimos, ella le indicó que saliera de la galería. Allí afuera lo estaba esperando junto al horno de barro.

Ahí, a medio metro de él, los brazos de Anselmo, que se había perdido en una borrachera de nubes y de pensamientos fragmentarios, se mueven y buscan mirar con los ojos de sus manos la herida por la que se le está yendo la vida. Siente, ahora más que el dolor, el horror de la información que le llega desde sus dedos. Bruscamente vuelve a su posición inicial, con los brazos al costado del cuerpo, y ese movimiento saca a Feliciano de sus cavilaciones. Lo mira con algo de piedad, pero no hace nada más. Sabe que Anselmo debe morir y se quedará allí hasta que eso acontezca. Entretanto, Anselmo empieza a sentir que un peso enorme se apodera de su cuerpo, una carga feroz que lo impulsa, que lo introduce en la tierra sobre la que yace. Como un resplandor y con la velocidad de un relámpago, se acuerda del día en que llegó al rancho de Feliciano. Entre una serie de imágenes oscuras, irreconocibles, había una que resplandecía: allí estaba Juana.

 

Hay una fetidez en el ambiente, la sangre, los intestinos reventados. Feliciano la percibe, pero sabe que tiene que permanecer allí hasta que la muerte de Anselmo se produzca. Entonces se pierde nuevamente en sus pensamientos. Fue en la estancia La Margarita donde conoció a Juana. Él había ido a llevarle un recado al patrón y se quedaría esa noche para retornar al día siguiente. Pero Juana estaba allí, y era la mitad de la tarde. Ella, que ayudaba en las tareas domésticas en la casa del dueño de la tierra, era hija del viejo Donaciano, que había sido capataz y que, desde que lo tumbó un caballo, había quedado desvalido y vivía con su hija (la madre había muerto hacía algunos años) en un pahuichi arrimado a la casa principal. Ella le trajo limonada en una tutuma y, al entregársela, lo quemó con su mirada de hembra joven y bella. Bastó ese gesto, los ojos de Juana entraron por los ojos de Feliciano y recorrieron ardiendo el camino hasta su corazón y sus testículos, y, al penetrar en su sangre, la pusieron en ebullición, la que llegó hasta su cerebro y lo puso a arder. Y todo su cuerpo entró en combustión, todo en él era una pulsión coherente y definida hacia ese ser que le había penetrado por los ojos y lo hacía sentirse sin otra voluntad que la de tomar ese cuerpo desde cuya mirada había quedado hechizado. Feliciano nunca se había sentido así; tenía una trayectoria de varias mujeres: peladas de distintos lugares, putas, también. Pero nadie lo había incendiado de esa manera; por eso se había mantenido soltero hasta rondar los cuarenta años. Feliciano bebió con avidez el líquido de la tutuma intentando apagar el fuego que se había desatado en toda su humanidad, pero fue inútil. Ella seguía rondándolo, su boca carnosa, sin abrirse, le musitaba palabras secretas, las curvas de sus caderas se marcaban con el vestido suelto, los muslos le serpenteaban por debajo de la tela, los pies desnudos; pero eran sus ojos los que le pedían, los que le ordenaban que la tomara, que la llevara consigo. Con el lenguaje arcano de los gestos mínimos, ella le indicó que saliera de la galería. Allí afuera lo estaba esperando junto al horno de barro. Sonreía, no dijo una palabra, pero Feliciano le susurró: “Esta noche, a las doce, la llevo conmigo. Espéreme junto al corral”. Ella bajó dos veces la cabeza asintiendo. Así se la robó. Cabalgaron unas pocas horas y, cerca del amanecer, a la orilla de un arroyo la poseyó. Nunca imaginó tanto ardor, tanta sabiduría en un cuerpo de diecinueve años, tanta frenética entrega. Juana no era virgen, pero a él no le importó, perdido en los arrebatos de ese cuerpo moreno que parecía hecho para colmarlo hasta el infinito. “Debe haber sido el patrón quien la estrenó”, pensó, y ella se lo corroboró, aunque eso fue después.

 

“Por esa camba perra me mata”, musita Anselmo, que sigue agonizando en la tierra, pero sólo se oye él mismo. Entonces, para tratar de encontrarle razones a su muerte, se pone a recordar. Piensa: “Yo no empecé la cosa, inclusive traté de esquivarla durante algunos días. Era hermosa, es cierto, pero yo respetaba a Feliciano, le tenía inclinación, por ser buen tipo, por hombre, por valiente. Pero ella, cada vez que había la oportunidad, me jocheaba, me provocaba, me apoyaba su cuerpo, me rozaba con sus tetas. Un maldito día en que Feliciano salió, ella se apareció con su mirada de hiena y me apegó su cuerpo, me ofreció su boca. Yo no me aguanté. Me la tiré ahí mismo, de pie, y a pesar del apuro y la incomodidad, fue tan maravilloso que al terminar supe dos cosas: que esa hembra era lo más extraordinario que me había pasado y que sólo me quedaba escaparme con ella y enfrentar la amenaza de la muerte, porque Feliciano no nos lo perdonaría. Pero Juana, eso creía entonces, valía la pena. Esa noche, en que Feliciano se quedó bebiendo en la taberna, me la robé”.

 

Al día siguiente Feliciano salió a buscar a los fugitivos; deambuló cinco días por la inmensa pradera, preguntó en los pueblos, se topó con un grupo de arrieros e indagó si alguien había visto a Anselmo.

Tarde de la noche, cuando Feliciano regresó a su casa, entendió rápidamente lo que había pasado. Le dolió, claro, pero le sorprendió más por Anselmo, a quien le había tomado cariño. A Juana, es cierto que la quería bien a pesar de su obstinado mutismo, de su ausencia no sólo en su vida, sino también en la de ella propia. Había sido sumisa, glacialmente cordial, pero su vida parecía existir sólo en las noches intensas e impetuosas en la cama. Ella se había llevado apenas unas pocas ropas; de las breves posesiones de Anselmo no quedaba nada. Es verdad que él tampoco había sido un marido cariñoso, pero así era; la expresión de su sentir, de su ternura, no estaba entre sus habilidades, aunque, como suele suceder con los hombres de su tipo, solía vivir fuertemente sus ocultas emociones. Con serenidad, sin arrebatos, cogió el rifle, tomó su caballo y salió a rastrearlos. Pero de noche era difícil seguir las huellas. A unos veinte kilómetros de ahí, alumbrando con su linterna, le pareció reconocer, colgado de una rama de un cupesí, un pañuelo de cabeza que él le había regalado a Juana. Con el amanecer, y en el suelo duro, los rastros se perdían. Entendió que no los encontraría; que luego, con más calma, con los datos que pudieran traer algunos viajeros, podría hacerlo mejor. Entonces, retornó al pueblo. Era cerca del mediodía y la gente, al verlo regresar solo, entendió lo que había pasado. Las personas, si bien él no era amiguero y lo respetaban, empezaron a alejarse de él. Una sonrisa que se torcía, unos ojos que cambiaban de dirección, un cuerpo que giraba para alejarse, el que llevaba carne en el carretón y que ya no lo saludó, le hicieron saber que las personas, mientras él no solucionara su problema, lo rechazaban. El pueblo entendía que la sangre era la única forma de limpiar las deshonras. Buscó a los arrieros que trabajaban con él, les habló de un próximo trabajo que caería en unos días más, pero todos le esquivaron la respuesta, pusieron evasivas hasta que uno de ellos le dijo: “No podemos confiar en vos, Feliciano, mientras no arreglés las cosas con la que fue tu mujer y con el tipo que se la llevó. Los arreos a veces son peligrosos y necesitamos un jefe que no esté débil. Necesitamos al que eras, no al que sos ahora”.

 

Al día siguiente Feliciano salió a buscar a los fugitivos; deambuló cinco días por la inmensa pradera, preguntó en los pueblos, se topó con un grupo de arrieros e indagó si alguien había visto a Anselmo (no se atrevió a preguntar por Juana), pero nadie sabía nada. Derrotado emprendió el retorno y su pueblo otra vez le mostró rechazo, cuando no desprecio. Se encerró un par de días en su casa pues necesitaba tranquilidad para pensar, para asimilar lo sucedido. En las noches bebía un par de tragos, pero tenía conciencia de que no debía abandonarse, de que tenía que mantenerse sereno. Su dinero empezaba a agotarse y sabía que allí nadie le prestaría nada. Partió entonces hacia la estancia donde, antes de los últimos hechos, lo habían apalabrado para que trasladara unas reses. Se dijo que con el negocio seguro podría conseguir otros hombres que lo acompañaran en el traslado de las mil cabezas de ganado que debía llevar hasta una central de acopio. Después, con el dinero en el bolsillo, podría continuar la búsqueda de Juana y Anselmo. “Los hallaré, seguro que sí”, se dijo. A los dos días llegó a Tujuré y don Venancio, el ganadero, lo recibió y le invitó unos tragos. “Mirá, Feliciano, vos ya no vas a llevar el ganado. He contratado otro grupo. Vos sabés, las noticias corren como el viento. Sé lo que te pasó y lo lamento. También sé que lo vas a arreglar, pero por ahora nadie confiará en vos, ningún arriero querrá seguirte, y por eso yo tampoco confío”, le dijo don Venancio.

 

Feliciano regresó otra vez a su pueblo. Sabía, con certeza, que mientras no matara a Anselmo estaría condenado a ser un paria, a no conseguir ningún trabajo, a morir de hambre, ya que el Beni, aunque era enorme, también era demasiado chico. Sabía también que entre los hombres de su oficio había leyes no escritas, pero que debían cumplirse. Por un momento pensó en ir a Trinidad o inclusive a la lejana Santa Cruz, allí nadie lo conocía y podría conseguir un trabajo para juntar unos pesos y luego dedicarse a su misión de cazar a Anselmo. A ella, a Juana, tal vez la dejaría viva para que sufra su vergüenza. Pero, ¿qué sabía él de la ciudad? ¿En qué podría trabajar? En nada, lo sabía. Mejor era volver a su casa y vender las pocas cosas que tenía. Con ese dinero más lo que todavía le quedaba, podría emprender la cacería. Pero en el pueblo, al segundo día de su llegada, se le presentó la policía, que habían enviado desde la ciudad para buscarlo. “Queremos saber dónde está Juana Ibarguren, la hija de don Donaciano, que vos te robaste de La Margarita”. “Más te vale que hablés, cojudo. No me salgas con que se fue”. “¿Cómo se fue?”. ¿Por qué se fue?”. “Mañana volveremos a buscarte, a ver si para entonces mejoró tu memoria, de manera que no se te ocurra fugarte, porque hay el peligro de que nosotros y un par de plomos te encontremos”. “¿Entendés, cojudo?”. Y volvieron al día siguiente, y la inquisición ya fue más grave. “No la habrás matado, carajo”. “Hablá, mierda, ya me tenés harto con eso de que se fue”. Al tercer día regresaron; entonces Feliciano, desesperado, les propuso “arreglar”, y ellos estuvieron de acuerdo en arreglar y le dieron plazo hasta el día siguiente. Feliciano vendió todo lo que tenía, lo vendió mal. Sin embargo notó, en los que le compraron los catres, la mesa y las sillas, la radio, el reloj pulsera, la poca ropa sobrante, piedad y hasta solidaridad. En la tarde, arreglado el asunto, los policías se fueron.

 

La imagen de Juana amándolo se le vuelve nítida, y él le escapa a esos pensamientos.

Junto al cuerpo agonizante de Anselmo, Feliciano recuerda. “Sin dinero, sin provisiones, con pocas balas para el rifle, salí a buscarlos. Fueron cinco meses. Cuando llegaron los sures del invierno, fue más difícil. Recorrí todos los caminos del norte y del este del Beni, todos los pueblos, y nunca encontré ni una pista. También me adentré un poco hacia el sur, pero nada. Parecía que los había escondido el diablo. Comía lo que cazaba, que a veces era una víbora o un jausi, a veces nada. Estuve tentado de matar alguna vaca, pero eso para nosotros, los arrieros, está prohibido. Yo, robando y matando vacas, eso no era posible. Tomé agua de los arroyos y de los ríos, allí llenaba mi cantimplora, y esta agua a veces se acababa. La sed es más dura que el hambre. Lo único que me sacaba de esas miserias era contemplar las pampas grandes y verdes, su extensión infinita que a lo lejos se mezclaba con el cielo, entreverando el verde y el celeste. Esa pampa inmensa y sin embargo tan cruel, porque también se abonaba con la muerte. Y eso era lo que yo iba a buscar, la muerte de Anselmo o tal vez la mía propia. Un día, en un pueblo cercano a Riberalta, entré a un bar a pedir que me invitaran agua. Allí, cerca de donde me encontraba, escuché a tres parroquianos que conversaban. ‘¿Se acuerdan de Anselmo Tipoé, el arriero?’. ‘Sí, ¿qué le pasó?’. ‘Puej, diga usté, que estaba viviendo en un pueblingo, cerca de Rurrenabaque. Vivía con una hermosa hembra joven, que seguramente se había robado por ahí. Un día, cuando volvió a su pahuichi, la encontró tirando con un tipo, un forastero que había llegado de La Paz. Ahí nomás los mató a los dos y escapó. El que me lo contó, un reyesano, me dijo que toda la policía lo anda rastreando’. ‘¿Y lo pillaron?’. ‘Hasta lo que me contó el reyesano no lo habían encontrao. Ya saben que el tipo es diestro en la selva. Pero dicen que la policía anda emputada, puej el amante muerto era un tipo importante de La Paz’. No necesité escuchar más. Ya tenía una pista. Presentía que no se iba a escapar hacia el oeste, pues un camba entre collas se nota mucho. Él se internaría hacia el centro del departamento, que son las tierras que más conoce. Hacia allí me dirigí y aquí lo encontré, antes de que lo hiciera la policía, y aquí lo tendí de una puñalada en el estómago, y aquí estoy esperando que se muera, no tanto para estar seguro de que ya no vive más, sino también por respeto, porque a pesar de ser una mierda, este tipo es macho y eso hay que respetarlo. Ahora me tocará escapar a mí, ahora los policías me perseguirán, y si me pillan, tendrán que matarme, porque yo a la cárcel no voy”.

 

Anselmo, tirado en el piso y con las tripas afuera, está confundido porque oye multitud de voces incomprensibles, palabras sueltas que parecen surgir de múltiples gargantas y que, por momentos, le parece que estuvieran diciendo su nombre. Pero oye también suspiros, gritos de placer, exclamaciones amorosas. Entonces la imagen de Juana amándolo se le vuelve nítida, y él le escapa a esos pensamientos. Las voces cesan, se le aclara la mente y recuerda. “Escapamos hacia donde sabíamos que Feliciano no nos buscaría, hacia el límite con La Paz. Nos asentamos en un poblado cerca de Rurrenabaque, cerca de Reyes también. No quisimos hacerlo en ninguno de los pueblos grandes, por prudencia. Ahí armamos un rancho y yo me ganaba la vida haciendo pequeños trabajos aunque no estaba acostumbrado a eso. La vida con Juana no fue ni buena ni mala. Para lo único que ella era buena era para el catre. Para lo demás, parecía muerta. Pero sólo lo parecía, pues en realidad era una mosquita muerta, la muy puta. Eso, claro, debía haberlo entendido antes, antes de hacerle el daño a Feliciano. Cuando la vi retozando con el tipo ese, su cuerpo hermoso agitándose con otro, y noté su expresión de horror al verme, me enceguecí y le clavé el cuchillo en el pecho. Quedó ahí mismo, tiesa, cubriendo de sangre la cama. El tipo intentó enfrentarme pero le metí cuatro puñaladas. Ni siquiera constaté si había muerto, pues con los gritos, la gente de las casas vecinas corría hacia mi rancho. Salté al caballo, que por suerte estaba ensillado, y salí al galope. Hace un mes de eso y desde entonces me anduve escondiendo, viviendo acosado como una rata. Pude esquivarle a la policía perdiéndome en el monte. A quien no pude esquivar fue a Feliciano, y la verdad, es que no deseaba esquivarlo. Es más, en realidad lo esperé en medio de este pequeño bosque de palmeras. Me tocaba pagar, lo sabía. Y aquí estoy, tendido en el piso y con las tripas abiertas. Lo único que me apena es que, a partir de ahora, Feliciano también tendrá que pagar”.

 

Feliciano observa con piedad a su víctima, que en el piso parece querer expresar algo con los labios, pero no le sale ningún sonido. Vuelve a sumirse en sus pensamientos y recuerda el encuentro. “Un arriero con el que me crucé ayer me dijo que había visto pasar a un hombre que respondía a las características de Anselmo, y que enrumbaba aparentemente hacia Palmarcito. Supe entonces que lo tenía cerca, supe también que él no entraría al pueblo ya que todo mundo lo buscaba. Así que empecé a rastrearlo por los alrededores, hasta que aquí, en este manchón de palmeras, lo encontré, o tal vez él me encontró a mí porque me estaba esperando. Lo vi a unos doscientos metros de distancia, montado en su caballo. Saqué mi rifle, lo llevé con mi brazo derecho y me fui acercando lentamente. Comprendí que él también me había visto, porque estaba de frente hacia mí y también desenfundó su arma. Pero nada más, no se la colocó al hombro. Me acerqué hasta unos diez metros y le dije: ‘Anselmo’. ‘Sí, aquí estoy’, me respondió. ‘Te andaba buscando’, agregué yo. ‘Ya lo sé, y yo te estaba esperando. En realidad, hace varios meses que te estoy esperando’. ‘Tenemos un asunto pendiente entre nosotros’, dije. ‘Sí, y es hora de que lo resolvamos’, continuó él y botó su rifle al suelo haciéndome entender lo que quería. Yo también boté mi arma y ambos bajamos de los caballos. Sacamos nuestros cuchillos y, con cautela, nos fuimos arrimando el uno al otro. Y allí, con los puñales serpenteando e incendiándose con la luz del sol, empezamos la lucha, esa danza de la muerte. No duró mucho. Cayó él, pero pude haber sido yo”. Una bruma momentánea se apodera de la mente de Feliciano. Ya no quiere pensar, ya no quiere recordar.

 

Sabe que, más tarde o más temprano, la policía andará detrás de él. Que deberá vivir escapando el tiempo que le quede.

Anselmo siente que se le está acabando la vida. El cielo se está apagando, alguna estrella empieza a brillar, pero él no sabe si la ve o si se la imagina. Visiones de fragmentos de su vida se le presentan aceleradamente. Comprende que casi no tuvo momentos felices, que no tuvo tiempo ni oportunidad de ser feliz. De pronto, una boca se acerca a la suya y le besa los labios. Es, inequívocamente, la boca de Juana. Anselmo esboza una sonrisa y ese es su último gesto, porque deja de respirar. Feliciano siente que los ruidos han cesado y entonces percibe que Anselmo acaba de morir. Se levanta, va hacia su caballo y del morral saca una de sus camisas. Con ella le cubre el rostro al muerto. Al ponérselo sobre la cara, le dice: “No te maté solamente por esa camba perra. Lo hice también por todo lo que me pasó después”.

 

Feliciano cava, con su cuchillo todavía manchado de sangre, una tumba para Anselmo. Lo entierra y le coloca una cruz rústica armada con dos ramas. Monta su caballo y se va. Sabe que, más tarde o más temprano, la policía andará detrás de él. Que deberá vivir escapando el tiempo que le quede. Su rostro tiene, a la vez, la expresión de quien ha cumplido una tarea importante, y la velada melancolía del que sabe que va a morir. La noche ha caído, y es difícil el avanzar por la pampa. Aunque pretende rechazarla, siente, con inevitable asombro, que es la imagen de Juana, que se ha instalado en su cerebro, la que lo va alumbrando. Finalmente la acepta, finalmente deja que brille en su mente y le ilumine el camino. Finalmente, su rostro adopta una sonrisa dura. “De nada valió matarlo ni que te mataran, camba loca”, se oye diciendo. El caballo avanza entre los pastizales altos, él y el caballo van desapareciendo tragados por las sombras.

Andrés Canedo
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