XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Microrrelatos de Natacha Sánchez Morales

martes 25 de enero de 2022

Demencia

Dejó caer al suelo la ropa, lentamente, con el ligero temblor de defectos descubiertos. Los cristales dejaban entrar la luz, apenas iluminada, que chocaba con la piel desnuda. Torció su cuerpo entre sus brazos. La noche se cubrió los ojos. Afuera, los gatos maullaban.

 

Imágenes paganas

Se miró a sí misma. Se negaba a ser como aquellas mujeres, que en franca desesperación vendían su imagen a las noticias. Ridículas máscaras preconizando gamas de colores para espantar la soledad y la decadencia. Alma, mucha se necesita. Casi todas están muertas. Disfrazándose de lobas candentes, gritan, vociferan un pretendido coraje que no llevan. Más vale el silencio y la ausencia. Más pudor de un callado dolor y una tristeza. Más dignidad, la humildad y la franqueza. Más virtud, menos tienda.

 

Años

Y se sentó en el andén. Y mientras el tren proseguía su ruta, gritaba las mismas palabras de antaño, de siempre. Recuerda, con la mirada pegada al horizonte, que cuando lanzaba aquellas dos palabras, el viento, bondadoso, le hacía florecer la vida. Hoy, tan sólo las recoge y se las lleva lejos, donde casi no se ven, donde ya no se sienten. Se levantó caminó hacia el charco de agua que quedaba como vestigio de la torrencial lluvia. Descubrió el reflejo de los años que pasaron. Nadie sabe cuántos. Sus manos quisieron acariciar las arrugas, más del rostro que del agua. Pero la inexistencia no llora. No puede. No vive. El tren habita en otra estación.

 

Redes

Solía escribir, como aquellas almas que vagan entre las plumas de los sueños. Le gustaba el ritmo de las palabras, y las ideas escapándose, todas, de repente, hasta dejar la mente vacía, y los sentimientos abiertos, y las ansias controladas o descontroladas, vaya usted a saber. Cuando escribía, el mundo se le pintaba de colores y risas, y el sonido de voces que le llegaban de repente, como entonces melodías insospechadas. Nada se escapaba del ritmo de su sangre, y de sus latidos. Era viva entre metáforas y símiles, y aquella personificación de las cosas, como si las cosas cobraran vida de repente, como si en este mundo no hubiera nada inmóvil, ni muerto. Todo fugándose a los lagos de la vida. Verde era el cielo, y la hierba roja, y los mares transparentes, por donde danzaban todas las historias. Pero entonces, las realidades lanzaron sus redes. Allí se mezclaron cotidianas verdades, y necesidades, noctámbulas vagabundas. Y se fueron muriendo palabras que ya sobraban, y naciendo palabras de un constructivismo recio. Y entendió que el pan no lleva poesía, y sí de sudor y lágrimas.

 

Libros y esperas

Paseaba entre las páginas del libro, aquellas historias viejas, y las nuevas, y aquellas aún no escritas, entre hojas sueltas.

Cada capítulo resumía ecos de vidas ajenas. Dejaba vagar entre líneas personajes que, como sombras, repetían una y otra vez frases trilladas, sin mariposas, ni palomas, ni animales salvajes.

Punteando y sorteando las palabras, que quedaban impresas en la memoria, como martillo candente fundiendo espadas. Las soledades crecían en las hojas de un árbol olvidado, que prodigaba sombra al viejo banco. En su madera, recordaba heridas imborrables.

Vaga, hasta el fin de la historia. Se sueltan los globos, buscando las nubes, para regar sueños. Allí en el cielo, resurgen rosas blancas de primavera.

 

Mariposas en tu muro

Y se vuelve un ovillo callado. Y se duerme llorando. Ella también quiere ser una mariposa, pero no puede, no le salen las alas. Y sabe que las otras, brillantes, con colores de fuego, se posan en tu muro y distraen tu mirada y tus ganas. Y se duerme llorando. Y no la nota el silencio de la madrugada. Y la sorprende el alba. Y camina las calles mirando al cielo, casi desesperada. Un milagro, puede ser tal vez una esperanza. ¿Por qué no se acaba el invierno?

 

Pretextos

Intentas encontrar una y otra vez la voz de los pretextos. Mientras dentro de ti, estallan como napalm las confusiones y se botan por tus ojos hasta dejarte ciega. Intentas poner una esperanza mirando el camino recorrido tanto tiempo. Y detienes tu reloj, y tu calendario, y detienes tu vida. Deshaces en un instante todo lo que un día fuiste, y construiste con tus sudores y tus sacrificios. Porque hoy más te pesa el anhelo que la realidad. Buscas asirte a la inocencia de creer, y más que creer, confiar. Soltándote por un barranco que no tiene fin. Pero no quieres claudicar, quieres insistir. Pero en toda tu búsqueda, hay sólo algo que no quieres encontrar: el valor de fracasar.

Natacha Sánchez Morales
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