XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Una vida en seis metros

miércoles 26 de enero de 2022

Felixsaura Carrillo

La venezolana Felixsaura Carrillo es una de las alumnas más recientes del Taller de Cuento de Letralia, que concluyó con éxito con este relato que hoy presentamos.

 

No cesa la lluvia, el cielo está oscuro, no para de hacerse sentir el mal tiempo con su estruendoso sonido, el cerro El Empalao se muestra por el este, cubierto de neblina, y dice que se prolongará la tormenta, así es agosto con el clima tropical de mi país. Mientras, yo espero anhelante, mirando a través de la ventana del salón, a que acabe la lluvia y baje el agua marrón que corre por la calle cual río desbordado, que normalmente se anega con tan sólo cuatro gotas que caen del cielo, con la ilusión de entregar la acostumbrada tacita de café caliente y el bollo de pan dulce a mi vecino, el señor Nerio.

Desde niña, o desde que me habla mi uso de razón, recuerdo al señor Nerio, de él no es mucho lo que sé, sólo eso, que es el señor Nerio. Pocas veces escuché su voz, ni siquiera sé su edad, ni si su nombre es real, ni por qué era como era. Tan sólo sé que de niña sentía miedo al verlo, tan delgado, con un pantalón jean descolorido, franela ancha, chancletas negras de plástico ordinario, su cabello largo descuidado, una barba mal cortada estirada que acariciaba inquietantemente sin parar una y otra vez con su mano derecha, mientras su mano izquierda temblaba constantemente y caminaba durante horas de un extremo a otro en la acera del frente de su casa, con su mirada clavada en el suelo, respirando agitadamente, emitiendo un gemido con su garganta —huumm, huuummm, huuummm— como si algún dolor aquejara su alma, con signos de desespero o de un ser que no tiene la menor idea de lo que significa el milagro de la vida, o que es un ser vivo. Día tras día él salía cada mañana y hacía su mismo ritual, algunas de ellas un poco más calmado cuando sostenía un cigarrillo en su mano derecha y de esa forma lograba que dejara de temblar por unos minutos, pero no cesaba de andar de un lado al otro en ese mismo punto, recorriendo esos escasos seis metros de distancia en lo que estaban convertidos su vida y su mundo.

Así transcurrieron los años entre momentos y distancias, amaneceres y ocasos, cielos azules o grisáceos, días soleados y lluviosos. De pronto sin darme cuenta me convertí en adulta, la vida cambiaba y me moldeaba mientras crecía. Pero una tarde, sentada en el porche de mi casa mientras degustaba mi acostumbrado café y conversaba con mi madre, me di cuenta de algo importante, vi que mientras el mundo continuaba girando y la vida evolucionando, para él el tiempo estaba estacionado, la vida estaba congelada, nada cambiaba excepto que de alguna forma le habían logrado controlar con medicamentos la exasperación que le hacía caminar de un lado a otro incesantemente y ahora sacaba una silla y se sentaba al lado derecho de la puerta de la entrada de su casa. Ya no gimiendo, ya no exaltado, ya no mirando al suelo, pero tampoco mirando alguien o algo, sólo volteaba su cabeza de un extremo a otro mirándolo todo o mirando la nada, su cabello ahora estaba corto, y su barba rasurada, con una tensa calma que lo suspendía en la nada. De una forma inexplicable mi sentir por el señor Nerio cambió, se había transformado, el tiempo no sólo había cambiado mi condición de ser humano sino también mis sentimientos. El miedo se había convertido en cariño, mientras él seguía con su mirada clavada en la nada, mi mirada estaba clavada en él, y comencé a sentir la necesidad de brindar un poco de cariño a alguien que claramente lo necesitaba con urgencia.

Abrí la reja y crucé la calle dirigiéndome hacia él, era como si una fuerza interna me condujera, me llevara en aquella dirección.

No sabía cómo explicar mi necesidad de acercarme, mucho menos cómo hacerlo, pero sosteniendo mi taza de café algo dentro de mí me habló y me dijo:

—¿Por qué no le llevas un café para comenzar?

Y entonces me dije, sí, eso haré, le llevaré un vasito de café, me dispuse a servirlo y al llegar a la cocina recordé que mi madre había comprado en la mañana unos pancitos dulces pequeños llamados piñitas y decidí acompañar el café con aquel bollito de pan, estaba segura de que no se resistiría ante mi oferta de brindar un detalle delicioso para acercarme. Cargada de una emoción que no tenía idea de dónde venía, ni por qué, tomé las llaves de mi casa y le dije a mi madre:

—Ya vengo, mami, voy a regalar un poquito de cariño.

A lo que ella asombrada preguntó:       

—¿A quién le llevas café, hija?

—Al señor Nerio, mami, ya vengo.

Mi madre no hizo más preguntas, sólo me miró sonriente, abrí la reja y crucé la calle dirigiéndome hacia él, era como si una fuerza interna me condujera, me llevara en aquella dirección y expuesta a que simplemente me dijera que no, o que ni tan siquiera levantara su mirada hacia mí, pero arriesgarme merecía el momento.

Mientras cruzaba la calle él volteó a mirarme, este era nuestro primer contacto visual directo y al llegar a él le dije:

—Buenas tardes, señor Nerio, ¿le provoca tomar un poquito de café?

Este recuerdo está tan fresco en mi mente como si acabara de suceder. Él, pasmado, asombrado y sin saber articular palabra alguna, se levantó, estiró sus brazos y asintiendo con la cabeza lo recibió. Yo no quise presionarlo para que me hablara, me giré y lentamente volví a casa, mi propósito no era que me hablara de inmediato, ni que me dijera gracias, mi intención era simple, era regalarle la oportunidad de que supiera que no estaba solo en el mundo, que él era importante para alguien, que yo sabía que él existía, pues algo dentro de mí me decía que la tristeza y la desolación que lo embargaban eran del tamaño del océano Pacífico, aun cuando él no lo expresara con palabras.

Aquel fue un día de éxito, lo que me acababa de acontecer me colmó de felicidad, sonreía sola cada vez que recordaba la escena, cual persona enamorada con una nueva ilusión, y era que el solo hecho de saber que él estaba aunque fuera un poquito contento por recibir compañía y además con un regalo, ya me hacía sentir plena. Hay momentos que nos recuerdan que la vida es extraordinaria, simple, bella, y este era uno de ellos, la cosa es que estos momentos generan adicción por la oxitocina que produce nuestro cerebro cuando nos contentamos por la acción de dar, haciendo que el ser quiera repetir este sentir una y otra y otra vez.

Como era de esperarse no pude contenerme de saber que podría repetir mi experiencia, así que al día siguiente me sentía muy ansiosa por salir del trabajo y llegar a casa, para tomar mi acostumbrado café pero esta vez con dos acompañantes, mi madre y él, que aunque él no se sentara con nosotras en el porche de nuestra casa, estaba a escasos diez metros de distancia que existían entre su casa y la nuestra. Al fin llegué, detuve mi auto frente a casa y allí estaba él sentado en su silla, esta vez había una diferencia, me miraba, pero al bajar del auto, él volteó hacia el otro lado, creo que la vergüenza de no saber cómo saludarme le hizo esquivar mi mirada, pues él sabía que yo lo miraba. Entré a casa, saludé, pedí bendición y di a mi madre mi habitual y esperado beso diario, como era su costumbre me esperaba con mi tacita de café servida junto a la de ella para compartir nuestro momento de historias del día, aunque nosotras no esperábamos oportunidad para contarnos estas historias siempre lo hacíamos, y entonces le pregunté:

—¿Quedó cafecito, mami?

Ella extrañada me preguntó:

—Hija, ¿quieres más? Pero si aún no nos tomamos este. Sí, allí queda más.

—No es para mí, mami, es para el señor Nerio —le respondí.

—¿Le llevarás de nuevo? Se va a acostumbrar.

—Sí, mamita, eso quiero —le dije sonriente.

Con una cara de sorpresa que me delataba me volví hacia él nuevamente mirando su rostro y allí estaba, mi regalo de gratitud.

Me dispuse a servir una vez más su café y fui a llevárselo, esta vez él sí me miraba, era evidente que estaba ansioso por saber si ese día llegaría nuevamente su vasito de café o si solamente había sucedido una sola vez, en tanto me vio salir de casa se levantó rápidamente de su silla para esperarme y al ver mi cercanía extendió sus brazos una vez más y lo recibió. Entonces había sucedido algo, ahora nos conocíamos, estábamos allí, compartiendo un espacio, un tiempo, un sentir y un café; cuánta relevancia puede llegar a tener un café. Para mí era obvio que él estaba feliz, para él era extraño que yo quisiera compartir mi café. Como me gustaba lo que sentía al saber que lo hacía feliz por unos minutos que luego podrían prolongarse en el tiempo y en sus recuerdos, porque sin duda esto era importante para los dos y quedaría grabado en su memoria como un recuerdo agradable, decidí en ese momento decirle:

—Señor Nerio, a esta hora siempre tomo café, hagamos algo, lleve su tacita a casa cada día y yo se la llenaré, cuando me vea que ya estoy en casa vaya, yo lo esperaré.

Él, atónito, desconcertado como era de esperarse y sin comprender mucho, ni saber cómo reaccionar, simplemente asintió con la cabeza nuevamente y yo dada por satisfecha me dispuse a irme a casa, pero al momento de girarme acto seguido escuché una voz ronca, baja, aguda, temblorosa, que me dijo:

—Gracias.                                                  

Ahora era yo la atónita, y con una cara de sorpresa que me delataba me volví hacia él nuevamente mirando su rostro y allí estaba, mi regalo de gratitud, esa maravillosa y espléndida sonrisa que me acababa de regalar la vida, sentí que lo había logrado, él sonreía, no había mayor satisfacción en mí, pues él sonreía. Como es costumbre en mí, le respondí:

—Siempre a su orden, señor Nerio, es un honor.

Yo me giré y caminé a casa con la mejor de mis sonrisas dibujada en mi rostro y casi saltando en un pie de alegría cual niña que le dan un obsequio, mientras él se dispuso a sentarse y disfrutar del sabor de su divino café. Mi madre viendo mi sonrisa y lo feliz que venía a casa me preguntó:

—¿Qué te dijo?

—Yo le dije que a partir de mañana traiga una tacita, mami, y le daremos café, y pues nada, él sólo dijo gracias, y yo por fin le escuché la voz, eso me alegra mucho.

Para mí era un gran logro haber conectado el hilo de la comunicación entre una persona ausente en la vida y yo. Me sentía tan emocionada y sorprendida que ni yo misma lo podía creer. A partir de entonces cada tarde cuando nos veía sentadas en el porche de casa, se acercaba con su tacita y yo le servía su café y si tenía algo para acompañarle como pan, galletas, pastel, también le servía, algunos días me daba las gracias, otros días guardaba silencio, pero aunque no hablara, su mirada me decía lo que con palabras no podía expresar.

Cierto día, mi madre tenía un compromiso con sus amigas y llegaría un poco más tarde a casa, por lo que al llegar monté mi greca para hacer mi café, al cabo de unos minutos suena el hervor y se desprende aquel fascinante aroma de café recién colado dejando saber que ya estaba listo y al mismo tiempo escucho una voz que aunque ya la había sentido antes no la reconocí sino hasta el tercer llamado:

—Isaura… Isaura… Isaura.

Era aquella voz que aunque pocas veces la había escuchado, me encantaba y que en ese momento me dejó paralizada cuando pensé:

—El señor Nerio se sabe mi nombre, tal vez entonces sí había prestado atención alguna vez a quién soy.

Esto me parecía fantástico pues siempre he pensado que no hay nada que encante más que el hecho de que se dirijan a una por su nombre, y aunque no lo pronunciara correctamente, saber que lo intentaba definitivamente era cautivador. Salí de inmediato a atenderlo pero al mirarme como era de esperarse guardó silencio y me mostró su tacita, yo sonreí y le dije:

—¡Hola, señor Nerio, buenas tardes! ¿Cómo está? Hoy no está mami, así que me tocó a mí hacer el cafecito, espero que le guste, ya se lo traigo.

Agarré la tacita y él asintió con la cabeza y una cohibida sonrisa. Caminé hasta la cocina, serví el café, un trocito de pan andino y se lo llevé, él esperaba paradito en la reja de mi casa ansioso por recibir su café, se lo entregué y le dije:

—Le puse un trocito de pan andino para que acompañe su café, espero que lo disfrute.

—Gracias —respondió sonriente mientras se alejaba en dirección a su casa.

Pobre Nerio, seguramente que ni se pudo tomar su café tranquilo, pobrecito.

Debo confesar que yo esperaba ansiosamente que repitiera mi nombre, pues aún no me lo podía creer, pero no, no lo hizo, así que no me quedó más que sonreír y disfrutar también de mi tacita de café. Este fue uno de tantos episodios en nuestra sencilla relación de compañeros de café y amistad. Así transcurrieron los días, con cada tarde de café, unas con sonrisas, otras con un gracias, otras en silencio; lo cierto es que se convirtió en un hábito muy agradable para los dos.

Entre tantas tardes y tacitas de café, en una oportunidad después de que él se había retirado de casa escucho a Jenny, su sobrina, dar alaridos, y aunque no sabía de qué se trataba alcancé a escuchar cuando le gritaba diciendo:

—Nerio, ¿qué carrizo haces tú pidiendo café a los vecinos? Si quieres háztelo tú mismo, aquí hay para hacer. Tú siempre molestando.

Él sin más, entró a su casa y yo me quedé preocupada y sin saber qué hacer, pues me sentía culpable de aquel reclamo, era obvio que la chica no se enteraba de lo que sucedía entre nosotros y le dije a mi madre:

—Mamita, Jenny regañó al señor Nerio por mi culpa.

A lo que mi madre respondió:                                          

—¡Ay, chica, qué broma! Pobre Nerio, seguramente que ni se pudo tomar su café tranquilo, pobrecito. Bueno, hija, no te angusties, ya mañana veremos si viene nuevamente.

Aquella situación me dejó muy inquieta, quería explicarles que él no venía a pedir nada a casa, que era yo quien le invitaba a venir, pero la verdad no me atrevía porque su sobrina tenía un temperamento un poco difícil y yo no quería causar problemas. Al día siguiente me quedé esperándolo pero no llegó, ni se sentó en el frente de su casa; eso me dejó muy angustiada porque no sabía lo que había sucedido tras aquella discusión, y pensar en que probablemente lo estaba pasando mal me hacía sentir terriblemente culpable. Así pasaron dos tardes, la tercera vino a casa su cuñada Ana, la madre de Jenny, y llamó a la puerta como acostumbraba a hacerlo:

—Rosa —pronunció el nombre de mi madre.

Yo la escuché, pero en ese momento estaba ocupada hablando por mi teléfono celular y mi madre acudió al llamado diciendo:

—Hola, Ana, dime.

—Chica, ¿tendrás por casualidad un calmante que me puedas regalar? Es que tengo a Nerio en su habitación gritando de dolor y se me terminaron las pastillas, Jenny no ha podido comprarlas y desde hace tres días no toma ninguna, el pobre ya no aguanta.

Es como si la vida misma se encargara de darnos lecciones cuando nos equivocamos, como si algo o alguien (la vida), nos estuviera observando y corrigiendo cada paso que damos en falso, él fue reprendido por algo que no hizo y su represor estaba incurriendo en el hacer del que lo acusó injustamente, en algunos casos la vida tarda en mostrarnos el error y en otros nos lo muestra de inmediato. Mi madre respondió:

—Sí, claro, ya te busco uno, Ana.

Al entrar a casa me contó lo que acontecía, entonces allí entendí que el señor Nerio no había ido a casa esos dos días porque se encontraba indispuesto de salud y que además no estaba curado de lo que fuera que padecía, simplemente estaba controlado bajo medicamentos. De forma inmediata pensé que él habría de estar sufriendo horrores y sentí que una tristeza me embargaba, pues es duro que la vida se nos pase en la nada, con un dolor que aqueja y abarca no sólo el cuerpo sino el alma, ahora era cuando más se despertaba en mí la empatía.

Entre tanto fue pasando el tiempo, el malentendido fue aclarado, conversé con su cuñada Ana, le expliqué que yo le invitaba cada tarde y así él continuó yendo a casa a regalarme su sonrisa a cambio de un café. De esta forma comenzó una mayor comunicación, ya no era sólo el café, eran los buenos días, buenas tardes, el “¿Cómo se siente hoy, señor Nerio?”. Él en agradecimiento comenzó a ofrecerme apoyo en algunas labores como limpiar el jardín o comprar algo que yo por estar en el trabajo no pudiera hacerlo y a cambio le pagaba el favor concedido y de esta forma él podía contar con algo de dinero para cualquier cosa que necesitara. En fin, logré mi cometido, yo lo apoyaba a él y él me ayudaba a mí permitiéndome ayudarle. Esta hermosa relación me permitió disfrutar en muchas oportunidades de compartir con un ser humano humilde, bondadoso, agradecido, que continuaba ausente en la vida de muchos.

Hoy no sé si es la lluvia o la nostalgia de su ausencia, lo que me mantiene aferrada mirando a través de la ventana de mi casa.

En varias oportunidades él desapareció por algunos días, era entonces cuando yo más deseaba verlo, porque estaba segura de que si no se sentaba como era su costumbre en el frente de su casa, era porque estaba sumergido en el dolor que le causaba su padecimiento, enfermedad que nunca me atreví a preguntar cuál era, pero el hecho de imaginarlo sufrir me partía el corazón. Cuando por fin salía nuevamente de su casa, mi alma se aliviaba al verle, porque sabía que ya estaba alentado y había cesado la crisis, por lo menos momentáneamente. Es obvio que esto había pasado toda su vida, pero a mí me afectaba era ahora, por la comunicación y la cercanía de espíritu.

Hoy no sé si es la lluvia o la nostalgia de su ausencia, lo que me mantiene aferrada mirando a través de la ventana de mi casa, mientras dos lágrimas que brotan de mis ojos y recorren mis mejillas con la esperanza inválida de volver a verlo con su tacita de café y su sencilla sonrisa de agradecimiento. O la tristeza de no haber hecho más por alguien que merecía un poco más del vivir y que vino a la vida a dejar algo escrito aun sin saberlo.

Al fin está cesando la lluvia que dejaron caer las nubes del cielo, los rayos del sol se asoman lentamente, los ángeles sonríen.

Felixsaura Carrillo
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