XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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La muerte de M. Fernández

viernes 28 de enero de 2022

M. Fernández murió el pasado viernes tras recibir el impacto de una bala perdida.

Por definición, una bala perdida es aquella que acaba impactando en un lugar diferente del deseado, por lo que podemos afirmar que el pecho de M. Fernández se convirtió, durante esa fracción de segundo, en el centro de la diana por una cuestión de mala suerte.

M. Fernández deja tres hijos y una mujer que, en el momento de recibir la noticia de su cambio de estado civil, estaba esperando a que la atendieran en la consulta de un dentista cercano a su casa.

Nadie querría matar a un hombre que camina por el bosque con una novela barata apretada contra el pecho.

La bala, verdadera protagonista de la historia, decidió acabar su viaje en el pecho del señor Fernández después de un alocado viaje, en el que probó el sabor de la corteza de un castaño, la dureza de una piedra que marcaba la entrada de un coto privado y la esquina inferior derecha de las ciento treinta y tres páginas de una novela que la víctima llevaba pegada al pecho.

Desde el hallazgo del cadáver la única teoría que se barajó como posible fue la del homicidio involuntario. Nadie querría matar a un hombre que camina por el bosque con una novela barata apretada contra el pecho. A no ser, claro está, que el supuesto asesino fuera un crítico literario que considerara que esa novelucha de calidad insignificante, merecía un asesinato premeditado y con alevosía.

Quizá incluso, habría que estudiar la posibilidad de que fuera la bala la que decidiera desviar su camino para acabar atravesando a novela y lector. Todos sabemos que las armas las carga el diablo, y que sus proyectiles tienen una especial apetencia por acabar con la vida de aquellos a los que nosotros, los mal llamados seres normales, definimos como simples pardillos.

Sea como fuere, M. Fernández murió sin saber cómo acababa su novela. Según el separador, que también fue atravesado, le faltaban únicamente veintitrés páginas para llegar al punto final. Pero, aunque parezcan pocas, en ellas se desvelaba el origen de la firma de unos documentos secretos que un gobierno de Europa del Este había mantenido ocultos durante décadas y, sobre todo, se daba a conocer la identidad del agente doble que había ido dejando un reguero de pistas a la joven reportera del New York Times que había sacrificado su carrera de top model internacional por hacer realidad el sueño de su difunto padre, que siempre la empujó a seguir sus pasos y convertirse en periodista de investigación.

El inspector Gálvez, al que la muerte había dejado sin la celebración de su cumpleaños, usó un bolígrafo que llevaba en el bolsillo para recoger del suelo la agujereada novela. Lo primero que pensó al leer el título es que no le sonaba de nada y, lo segundo, que era una auténtica desgracia que en el momento de tu muerte te descubrieran teniendo entre las manos semejante ejemplar.

Cien años de soledad, Ana Karenina, El Quijote, En busca del tiempo perdido, Moby Dick, Oliver Twist, Germinal… la cabeza del inspector Gálvez era un continuo ir y venir de títulos de novelas que habrían salvado la vida del desdichado señor Fernández. Llegó incluso a pensar que la bala no se habría atrevido ni a arañar la portada de cualquier edición de El gran Gatsby, Guerra y paz o Los miserables, porque todo el mundo sabe que las armas las carga el diablo, pero lo hace con balas de fogueo cuando lo que tienen enfrente es literatura de calibre superior.

Una auténtica lástima, señor Fernández, susurró mientras el forense dictaba a su ayudante sus últimos apuntes y la novela barata de ciento treinta y tres páginas se escurría hasta el fondo del bolsillo de su holgada gabardina.

Luis Miguel Pla Mateo
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