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Conoce la narrativa de Álvaro Díaz

miércoles 9 de marzo de 2022

Álvaro Díaz
Álvaro Díaz (Montevideo, 1962).

Ofrecemos hoy a nuestros lectores una selección de textos del narrador uruguayo. En ellos es posible apreciar el oficio de este autor nacido en Montevideo en 1962 y que reside en México desde el año 2000. Varios de sus textos, así como información sobre su trayectoria y su trabajo literario, están disponibles en su web, Cuentos en Red.

 

La carta
(segundo capítulo de El legado del Sofer: la identidad de Dios)

“El legado del Sofer: la identidad de Dios”, de Álvaro Díaz
El legado del Sofer: la identidad de Dios, de Álvaro Díaz (Ediciones Nace, 2014). Disponible en Amazon

El legado del Sofer: la identidad de Dios
Álvaro Díaz
Novela
Ediciones Nace
México, 2014
266 páginas

El banco, en las primeras horas de aquella mañana, parecía el ala de pacientes peligrosos de un manicomio. Entré a la gran recepción abriéndome paso entre la gente y me dirigí al dispensador electrónico de turnos. Estaba a punto de presionar el botón de servicio a clientes cuando escuché la voz de uno de los guardias de seguridad:

—Perdón, señor… Buenos días, el gerente me pidió que lo hiciera pasar a su despacho. No es necesario que espere.

—Buenos días. Muy amable, gracias.

—Por aquí, por favor.

Caminé tras él y subimos por las anchas escaleras hasta el mezzanine. Reconocí inmediatamente al gerente, que me esperaba en la puerta de su despacho. Me saludó amablemente y me invitó a tomar asiento en un sillón con una familiaridad que no me sorprendió en absoluto.

—Bienvenido, es un placer tenerlo de nuevo por aquí. ¿Quiere algo para beber? ¿Café, té, un refresco?

—No, no, acabo de desayunar, gracias.

—Quiero ponerme a su disposición para facilitar cualquier gestión que requiera, pero también deseaba darle mi pésame por la pérdida de su abuelo.

—Le agradezco. Lo vi en el velatorio, pero no tuvimos oportunidad de hablar.

—Sí, fui a presentar mis respetos. Como usted sabe, su abuelo era el socio mayoritario de esta institución y guardamos muy buenos recuerdos de él. Yo, en lo personal, le estoy muy agradecido. También quería que usted supiera que el período en el cual usted trabajó con nosotros fue muy gratificante y productivo; esperamos ansiosamente que asuma la dirección de la junta.

—También estuve muy a gusto trabajando aquí, pero lamento informarle que mi abuelo no me consideró para esa función. Sus hijos, mi padre y mi tío son los beneficiarios de las acciones y como usted sabe, mientras ellos estén involucrados, yo me mantendré al margen.

Noté cierto asombro y decepción en su rostro, pero lo disimuló rápidamente.

—¡Oh! Ya veo… De verdad que lo lamento. Esperaremos entonces a que nos lleguen las notificaciones correspondientes. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?

—De hecho, sí. Pretendo acceder a un par de cajas de seguridad —saqué los sobres del bolsillo interior de mi chaqueta—; estos son los números.

—Muy bien. Haré que lo acompañen a la bóveda enseguida —fue a su escritorio y llamó a alguien por el intercomunicador, regresó y me estrechó la mano—. Le deseo lo mejor y espero sinceramente que volvamos a trabajar juntos algún día. En lo personal, estaba muy esperanzado en poder contar con su capacidad.

—Agradezco mucho su deferencia, señor Protassi.

El encargado de bóveda ya me esperaba en la puerta del despacho. Entramos al ascensor y bajamos unos tres pisos, pasó una tarjeta frente al botón encendido y la puerta se abrió. Al fin llegaba el momento tan esperado. Otra vez la ansiedad: “¿Cómo puede medirse el tiempo con una máquina que funciona a velocidad constante?”. Cada segundo me parecía eterno.

Entramos a la bóveda y nos dirigimos hacia el fondo, colocó las llaves en las dos primeras cajas de la fila superior y las giró media vuelta.

—Señor, ya puede abrirlas con sus llaves, sobre la barra hay café y té, refrescos y agua mineral en el refrigerador. Cuando haya terminado presione el botón que está frente a usted y vendré a cerrar los cofres en su presencia.

Asentí y se retiró.

Abrí la primera caja y saqué la larga y pesada bandeja. La coloqué sobre la mesa con dificultad “¿Qué habrá aquí adentro? ¡Está muy pesado!” Abrí la tapa. Varios montones de billetes prolijamente apilados con un gran sobre manila encima. En el sobre, escrito a mano con pluma y con la inconfundible caligrafía de El Viejo, decía: “Para mi querido nieto”. El sobre era grueso y estaba cerrado con lacre azul. El sello del lacre tenía un martillo y un cincel cruzados; lo identifiqué enseguida: “El mismo emblema de la tapa del ataúd”.

Me senté frente a la mesa, rompí el lacre y saqué del sobre un manojo de hojas escritas a mano; demasiadas para leerlas allí. Decidí que me las llevaría a casa.

Miré de nuevo los billetes, dólares y euros, muchos, pero no importaba la cantidad en ese momento. Cerré la bandeja y la regresé a su lugar. Mi curiosidad pudo más que la impaciencia y abrí la segunda caja. Miré en su interior; el enorme cuaderno que había visto alguna vez, varios cuadernos de notas más pequeños y tres tubos de vidrio con rollos de piel de animal adentro. En los tubos decía “Precaución Nitrógeno a baja presión”.1

Interesante. No niego que aquellos documentos despertaron mi curiosidad, pero no era el lugar apropiado para revisarlos y, además, mi ansiedad por conocer el contenido de aquella carta se imponía a cualquier otra inquietud. Cerré la segunda caja y presioné el botón de llamada. El encargado de la bóveda llegó en menos de un minuto; cerró, retiró las llaves y me acompañó al ascensor.

De camino a mi casa no podía dejar de mirar hacia el asiento del pasajero, donde descansaba el sobre. Me vi tentado a detenerme y comenzar con la lectura, pero no lo hice. Al llegar, dejé el auto en el camino de la entrada y me dirigí rápidamente a la biblioteca, coloqué el sobre en el escritorio y me serví una copa de cognac.

Sentado ante el escritorio, miró hacia el sillín vacío, saqué del sobre el manojo de hojas, repasé la textura del papel con el pulgar y el índice, encendí un cigarrillo, paladeé el primer trago nectarino, y comencé a leer:

Mi muy querido nieto:

Si estás leyendo esta carta es porque las cosas no se dieron tal y como yo lo deseaba. Probablemente he muerto hace algunos días y te ha tocado vivir horas de incertidumbre. Sin embargo, el hecho de que esta carta esté en tus manos nos lleva por uno de los caminos posibles y, aunque por tu prudencia lo creo innecesario, igualmente te pido que el contenido de la misma quede entre nosotros.

Quiero aclararte (antes de empezar con lo verdaderamente importante) que no te incluí en el testamento para evitar que participaras en los pleitos por dinero y control que seguramente van a suceder a mi muerte. Perdón por el mal rato, pero estoy seguro que entenderás que lo hice por tu bien.

Tal vez resulte necesario que me perdones por algo más: Muchas veces me acusé a mí mismo de haberte manipulado, de impulsarte a estudios, gustos y aficiones que probablemente no hubieras escogido por ti mismo. Siempre lo justifiqué por considerarte parte de “un plan mayor”, aunque la verdadera razón es de índole más egoísta: lo hice para que siguieras mis pasos, para que heredaras de mí lo único verdaderamente importante que podía legarte: ser “custodio de la verdad”.

Posiblemente te suene un tanto pomposo, y hasta pensarás que “la verdad debe decirse, no ser custodiada”. Sé que estás pensando eso. Pero, como hemos hablado muchas veces, “el hombre es un experimento sin terminar de la naturaleza”, estamos en plena evolución por una senda completamente nueva; perdimos los instintos para sustituirlos por conocimientos, y aunque hay algunos individuos más evolucionados que otros, el humano como especie, en masa, no digiere bien ciertas verdades. Por eso hay que “custodiarlas”, para que se difundan en el momento adecuado.

Hace unos 3.400 años una serie de acontecimientos dieron lugar a que se escribiera el “Pentateuco”,2 un conjunto de textos que, como bien lo sabes, salvo por algunas diferencias mínimas, constituyen los 5 primeros libros de la Biblia, la Torah judía, y que es también aceptado como libro sagrado por el Islam (aunque los islámicos acusan a judíos y cristianos de “tahrif”,3 o distorsión).

Este conjunto de libros ha definido la escala de valores de todo occidente y oriente medio a través de sus religiones desde que fueron escritos; sin embargo su contenido “real” ha sido ignorado o alterado sistemáticamente a lo largo de la historia.

Desde las primeras versiones escritas, los “Soferim”4 fueron quienes asumieron la responsabilidad de transcribir y preservar este legado; sin embargo, cuando Moisés descendió del monte Horeb (Sinaí) y rompió las tablas de la Ley decepcionado por la idolatría de su pueblo, los Soferim se dividieron en dos grupos. Unos optaron por “adaptarse” a las tendencias idólatras y religiosas de su pueblo, utilizando el temor (y el amor) a Dios como un medio de contención y unificación de los hebreos. Éstos cumplieron con su tarea por más de dos mil años, hasta que los “Masoretas”5 continuaron su labor.

El otro grupo, sin embargo, que estaba formado por una reducida élite de intelectuales, se apegó estrictamente al texto original y desarrolló sus actividades en secreto, asumiendo la tarea de preservar su contenido tal y como era originalmente. Estos Soferim todavía existen, y yo soy uno de ellos.

Como imaginarás, lograr que un grupo de personas organizadas y dedicadas a una tarea tan importante se haya mantenido en el más absoluto secreto durante más de 3.300 años, requiere de la más extrema discreción, organización y compromiso. Una de las prácticas que nos permitió tal hazaña, ha sido la minuciosa selección de los integrantes del grupo, que se basa especialmente en que cada uno escoja, forme y designe a un sucesor. Una tarea que por cierto requiere de toda una vida (y que algunas veces no ha podido ser completada).

Intentamos, por sobre todas las otras opciones que el nuevo integrante sea descendiente en línea directa del predecesor, por varios motivos. En primera instancia porque es posible vigilar todas las etapas de su desarrollo y evaluar sus capacidades, integridad y destrezas; pero muy especialmente por algo que, aunque aún no se haya comprobado científicamente, nuestra experiencia de milenios lo avala como un hecho irrefutable: “la transmisión genética de conocimientos”.

¿Asombrado? Imagino que sí… Aunque la naturaleza nos lo enseña de muchas maneras. Por ejemplo, los polluelos de aves como el “hornero”6 de la Pampa argentina o el “tejedor enmascarado”7 de África, nacen en nidos de una complejidad asombrosa, nidos que ellos nunca han visto construir y, sin embargo, tras encontrar a su pareja son capaces de edificarlos con la misma destreza que sus padres y sin ningún proceso previo de aprendizaje.

Hasta el temor natural a las serpientes, o a las arañas, o a tocar a un muerto, podría considerarse como un ejemplo de “conocimientos” transmitidos genéticamente.

Como ya habrás deducido, te he escogido a ti, mi queridísimo nieto, para que tomes mi lugar en nuestro grupo.

Albergo la esperanza de que al terminar de leer esta carta aceptes seguir mis pasos, ya que no solamente te considero digno de la tarea, sino que creo que podrías hacer aportes muy valiosos (Aunque todavía no lo sepas, ya los has hecho).

Nuestro grupo no solamente custodia, traduce y preserva los textos originales del Pentateuco, sino que posee un libro más importante aún… ¿Parece imposible, verdad? Pues no lo es.

Como sabes, en las primeras traducciones al griego del Pentateuco (incluidas en la “Septuaginta”)8 se tergiversó seriamente el texto original ya que, entre otras aberraciones, cinco diferentes palabras hebreas se tradujeron como “Theos” (Dios). Estas palabras fueron Elohim, El, Eloah, Adonai y el “tetragramaton”9 YHWH (que algunos pronuncian Jehovah, y otros Yahveh). Sin embargo, ninguna de estas cinco palabras significa “Dios”, y su errada interpretación y traducción cambió por completo el sentido del texto original, convirtiendo en “religioso” a lo que en realidad es un brillante tratado de “antropología, historia, filosofía y normas sociales”.

Moisés contó la historia del hombre desde sus albores, cuando comenzó a identificar y discernir entre las cosas, hasta que, habiendo perdido la fortaleza de sus instintos tuvo que juzgar constantemente qué es “bueno” y qué es “malo” (ya no hay edén10 posible, ¿verdad?). Cuando fue necesario comunicarse, puso “nombre” a las cosas, y dominó sobre todos los animales y plantas de la tierra, ya que “todo era su alimento”. Pero Moisés no se detuvo en el análisis antropológico, sino que continuó.

Contó la historia del pueblo hebrero desde su liberación (un relato fascinante sobre una nación sin tierra) y bosquejó el ideal de un “hombre nuevo”, al que la mayoría confundió con Dios. YHWH significa literalmente “el que llegaré a ser”. ¿Te recuerda en algo al “Superhombre” de Nietzsche?11 Salvo por las obvias diferencias en términos morales, la visión de Moisés y la de Nietzsche tienen muchos puntos en común (un ironía que podría ser cómica si no hubiera resultado tan trágica).

Elohim es el plural de Eloah (también de ‘El en algunos casos) que significa “poderoso”, “fuerte”, “excelso”, en fin, podría resumirse como un miembro de la élite, y Moisés creía que estos prohombres eran parte de todos los pueblos; verdaderos ejemplos vivientes de “el que llegaré a ser”; humanos en un estado evolutivo superior. Y no se trataba sólo de una creencia, sino que conoció y fue aconsejado por algunos de ellos.

Uno de estos “prohombres” era Jetró, el suegro de Moisés, quién lo aconsejó sabiamente en varias oportunidades, y hasta bosquejó para él una estructura de la justicia muy elaborada, que hoy en día solo soñamos con tener.12

Pero hubo otros mucho más importantes y valorados por Moisés. En particular una familia proveniente de oriente que vivía aislada del resto de los hombres en lo alto del Monte Horeb, a quienes él llamaba “los Elohim”13 y a cuyo líder, un anciano sabio y preclaro, conoció como YHWH (“el que llegaré a ser”).

Ahora debes estar pensando: “El Viejo estaba loco…”. Te aseguro que no es demencia senil ni delirium tremens.14 Sé muy bien que es “mucho ajenjo para un solo trago”, pero no me queda más remedio que darte toda la información de golpe. Por ahora voy a pedirte que mantengas la mente abierta y que confíes en lo que escribo. Podrás corroborarlo en poco tiempo. Continúo, confiado en que me has otorgado al menos el beneficio de la duda.

Durante el reinado de la décimo cuarta generación de la dinastía Shang,15 en lo que hoy es el noreste de China, un notable calígrafo y alquimista, hombre de gran sabiduría, muy respetado consejero del Patriarca (China no era imperial todavía), presentó a su gobernante un proyecto para modificar el sistema de escritura por un sistema “fonético”, es decir, que en lugar de tener cientos de ideogramas, cada uno representando un concepto, se podría asociar un signo a cada sonido, lo que permitiría escribir con apenas una veintena de ellos. El argumento era sólido: esto pondría al alcance del pueblo la posibilidad de escribir y leer con una mínima dificultad. Pero el Patriarca vislumbró peligros en aquello de darle cultura al pueblo y, presionado por su corte, se vio obligado a condenar al calígrafo como traidor.

Debido a la alta estima que le profesaba el Patriarca al calígrafo, no hizo lo que se acostumbraba estos casos (matarlo a él y a toda su descendencia), sino que lo desterró.

Aquel hombre prominente, entonces, partió con su familia, sirvientes y riquezas con dirección al oeste, en busca de un lugar donde afincarse. Pero nada se comparaba a lo que ya conocía. Su origen noble, aquella privilegiada vida de cortesano y lo avanzado de la sociedad en la que se había formado, hacía que ningún lugar le fuera satisfactorio. En particular porque la gente le resultaba inculta, mezquina y vana.

Después de varios años de peregrinación, y con sus arcas ya menguadas, llegó a la península del Sinaí, y decidió instalarse en un sitio aislado, cerca de la cima del Monte Horeb.

Durante el viaje continuó con su trabajo, dándole forma a un conjunto de signos que permitían escribir fonéticamente. Su proyecto resultaba para él cada vez de mayor interés, ya que se percató de que los diferentes idiomas que iba conociendo a medida que avanzaba en su camino, podían ser escritos con su sistema. Aquello le daba un alcance mucho mayor: ¡Podía tratarse de un sistema universal!

Consideró que debido a la dificultad que implicaba la escritura (tallada en piedra, hueso o arcilla en ese entonces), la economía de símbolos era fundamental, y como las vocales eran los símbolos que más se repetían, decidió eliminarlas, ya que casi todas las palabras escritas eran identificables utilizando solo las consonantes. Ese fue el conjunto de caracteres que dio lugar a la primera escritura fonética conocida, con la cual se escribió el Pentateuco inicialmente.

Este hombre fue al que Moisés conoció como YHWH. Amigo, consejero y maestro inspirador de Moisés, y con quien se reunía cerca de la cima del Monte Horeb.

Podría pensarse que ésta es otra de las múltiples especulaciones respecto al origen de la Biblia… Hasta yo mismo lo hubiera creído así. Pero “el calígrafo” escribió su propio libro, en el que, entre otras cosas, cuenta sobre su relación con Moisés, sus enseñanzas y algunas historias bíblicas desde su propio punto de vista.

Apostaría a que si te estaba aburriendo, ahora sí capté tu atención. Ese libro existe. Está escrito en treinta y tres bloques de piedra celosamente guardados por nosotros desde que fue recuperado de una cueva, en la península de Sinaí, veintiún años después de la muerte del calígrafo.

Es decir que contamos con la prueba irrefutable de que el Pentateuco no habla de Dios. Sin embargo nuestro grupo no debate sobre la existencia de Dios. Es un tema que no viene al caso. Cada uno tiene sus propias ideas al respecto y hemos acordado, desde hace muchísimo tiempo, que por ser esta creencia una cuestión de fe, no es por consiguiente un tema susceptible de debate. La fe es una elección personal.

En ciertos períodos de la historia nos hemos enfrentado a la disyuntiva sobre si dar a conocer “la verdad” o no. Hasta ahora, siempre se ha logrado un consenso: “La humanidad no está preparada aún. ‘El que llegaré a ser’ no ha llegado a ser todavía”.

Nuestro grupo ha considerado, desde sus inicios, que el respeto a los “Diez Mandamientos” debían seguir siendo la base del sistema moral de la humanidad; debían seguir ocupando la cima de la escala de valores que rige la conducta de los individuos y de los pueblos. Mientras nuestra especie mantenga esos ideales (aún cuando los viole ocasionalmente), estaremos encaminando nuestra evolución hacia “El que llegaré a ser”.

Si decides aceptar mi encomienda, seguramente te tocará vivir uno de los momentos más importantes en la historia de nuestro grupo, un período en el que se deberán tomar decisiones de gran trascendencia. Durante el último siglo, los valores que rigen al mundo se han trastocado y nuestra especie se ha vuelto más vana y superficial que nunca antes. Los cambios se han acelerado exponencialmente durante los últimos años y el prójimo es cada vez más un instrumento al servicio de las ambiciones personales que un ser fraternal.

Que no te asuste el desafío. Debes entender la enorme responsabilidad que implica designar a un sucesor para esta tarea, y te he designado a ti no solamente porque eres mi nieto, sino porque tengo la absoluta certeza de que no existe nadie más capacitado que tú para asumirla.

Imagino que ya te habrás preguntado varias veces cómo se llama el grupo… bueno, la verdad es que no tenemos un nombre. Dado que nadie nos conoce, no es necesario que nos llamen de ninguna manera. Sin embargo nos referimos a nosotros mismos como “Sofrei ‘Emeth”, que como sabrás significa “escribas verdaderos” o “los que cuentan la verdad”.

Dentro de nuestro grupo existen siete personas a quienes nos referimos como “Soferim Elohim” (escribas de élite o excelsos), quienes custodian, transcriben y traducen los textos directamente de los originales. Cada uno de estos siete Sofer ‘El se encarga de realizar las traducciones o transcripciones a un idioma en particular: Hebreo, Griego, Inglés, Alemán, Francés, Italiano y Castellano.

Yo soy un Sofer ‘El, y por lo tanto, al leer esta carta (y a menos que rechaces mi voluntad) tú eres el Sofer ‘El Castellano.

Tu tatarabuelo me designó como su sucesor cuando yo tenía treinta y cuatro años. Él pudo explicarme todo cara a cara, aunque se tomó su tiempo. Lamentablemente yo no he podido hacerlo de esa manera. No puedes imaginarte cuánto me hubiera gustado compartir esto contigo; presentarte como mi sucesor y regocijarme con el orgullo que eso me hubiera significado.

Estoy seguro que en cuanto apartes la niebla de tu mente abrazarás esta tareas con la misma pasión, responsabilidad y orgullo con que yo lo hice.

Todos los Sofrei ‘Emethim saben ya de ti y te recibirán cuando decidas tomar contacto con ellos. Tras tu llegada se designará a un “antiguo” para que te informe todo lo pertinente.

Busca en la segunda caja de seguridad del banco. Allí encontrarás un anillo y, en el fondo de la bandeja, un pequeño sobre con una llave. Esa llave abre la puerta de un departamento en la ciudad de Barcelona, España.

El domicilio del departamento es Carrer Jaume I número 11, a unos 80 metros del Palau de la Generalitat de Catalunya (detrás de la catedral del Barrio Gótico). Verás que se trata de un hotel antiguo. Al entrar al hotel hay un pasillo, y antes de subir los escalones que te llevan a la recepción, encontrarás, a ambos lados, sendas puertas de acceso. La puerta de la izquierda es la del departamento que puedes usar.

El anillo, en realidad es un sello de lacre con un cincel y un martillo cruzados. Puedes usarlo si quieres, pero te recomiendo que lo lleves contigo sin exhibirlo. Al menos así lo he hecho yo siempre.

Cuando llegues al departamento (es pequeño, pero cómodo), verás que en el dormitorio hay un viejo escritorio de madera. Busca en el primer cajón de la derecha y encontrarás las instrucciones necesarias para contactar a los Sofrei ‘Emethim.

Mi muy querido muchacho, orgullo mío, espero no haberte abrumado demasiado. Me he encargado de procurarte medios suficientes para que no sufras apremios económicos. El dinero y lo demás que te he dejado no están condicionados a tu decisión, son tuyos.

Si finalmente, como espero, optas por asumir la responsabilidad que te he legado, recuerda que algún día, inevitablemente, también tendrás que escoger a un sucesor (que esto no te agregue presión, eres muy joven y tienes mucho tiempo por delante).

Sé que estaré contigo siempre, ya sea en los recuerdos, en tu genética o en las marcas que dejó mi mano al moldearte.

Te quiere, siempre, mucho:

Tu abuelo.

 

Un niño raro
(primer capítulo de Primitivo)

“Primitivo”, de Álvaro Díaz
Primitivo, de Álvaro Díaz (Ediciones Nace, 2019).

Primitivo
Álvaro Díaz
Novela
Ediciones Nace
México, 2019
398 páginas

Cada hecho deviene de otros, es sólo un eslabón en la cadena infinita de causas y efectos. ¿Dónde empezar entonces la historia de un ser extraordinario que asesinó desde niño, influyó en las mentes más notables de su época, amó como nadie, fue feliz y pronto, desde el más hermético anonimato, decidirá el destino de la humanidad?… Iniciaré por la tarde de noviembre del 42’ en que Hugo se dijo: “La Ciencia es como cualquier otro dios: un inmortal que morirá tarde o temprano”. Extraña reflexión para un ingeniero de veinticinco años que enseguida contó las baldosas de la última hilera pensando: “Si es par, va a ser varón”. Se detuvo, respiró hondo, le meneó la cabeza a la ridícula superstición y contó de nuevo: ¡impar! “¡Carajo! Esa última no está entera…”. Por apego a la cordura retomó sus reflexiones: le causó gracia que hospitales e iglesias no admitieran vivas voces insumisas; barruntó que tratar la gestación y el parto en una clínica, como si fueran enfermedades, era indicio de que nos sabíamos una plaga invasiva y perniciosa… Se le borró la sonrisa al recordar que esperaba ansioso noticias del alivio de su esposa. Paseó frenético por el pasillo hasta recostar la espalda frente a la puerta que lo tenía en vilo, atento al cristal esmerilado que sólo entregaba imaginaciones y sospechas.

—¿Puede venir a ver esto doctor? —dijo la enfermera.

—¿Qué pasa, Florence?

—No sé, no es normal. Las contracciones empezaron hace cuarenta minutos y ya hay como diez centímetros de dilatación —el médico observó incrédulo alzando el ruedo del camisón y urgió:

—¡Rápido! Preparame las pinzas Kelly y tijeras romas. Este bebé está apurado —la diligencia de Florence no sirvió de nada; antes que llegara al armario vidriado, un niño regordete salió lúbrico de su madre y cayó en las manos desnudas del obstetra.

Desconcertada por el súbito alivio, Gladys se apoyó en los codos tratando de ver qué pasaba. El doctor Esculapio alzó al bebé cuanto lo permitió el cordón y se lo mostró:

—Es un hermoso varoncito. Se metió al mundo como rayo.

—¿Por qué no llora, doctor? ¿Le pasa algo?

—No señora, no le pasa nada, respira perfectamente. Ya va a llorar, no se preocupe.

Cortó el cordón, alzó al bebé por los piececitos y le dio unas nalgadas. Él parpadeó, suspiró y fijó en el galeno unos ojitos vivaces e inquisidores que no eran propios de un recién nacido. Otro par de nalgadas y de pronto:

—¡Epa, epa! ¡Caramba! Me salvé por un pelo… ¡Hay algo raro con este muchachito!

—¿¡Le pasa algo a mi bebé!? —preguntó la mamá alarmada; Florence limpió al niño, lo puso en el regazo de Gladys y el médico al fin respondió:

—No señora, no le pasa nada. Casi me orina la cara. Lo raro… ¡Bah! ¡No me haga caso! Estoy agotado. Llevo casi treinta horas de guardia.

El bebé miró a su mamá, profirió una adorable carcajada estirando bracitos y piernitas e hizo suaves chasquidos con la boca. Apenas lo acercó al seno, succionó el calostro con fruición. Nadie le había enseñado, pero él sabía… La enfermera se topó con Hugo al salir de quirófano de parto:

—Caballero, es papá de un hermoso varoncito de tres kilos seiscientos. Su esposa y el bebé están bien, fue un parto sencillo. Mire desde aquí; no puede entrar al quirófano —pero él no pudo contenerse; apenas la vio amamantando a su hijo, se precipitó hacia Gladys para darle un beso largo. Ella le susurró al oído:

—El doctor dijo que el bebé es “raro” —poniendo mucho énfasis en el adjetivo funesto.

Hugo revisó demudado a su hijo buscándole defectos, pero todo en lugar y número correctos; acarició la mejilla suavecita con el dorso del índice, el bebé soltó la teta, lo miró, profirió otra carcajada convulsiva y volvió a lo suyo. El flamante papá se dejó llevar del brazo por el médico diciéndole a Gladys con un volumen que desafiaba la solemnidad de los templos:

—¡El doctor tiene razón, Vida! ¡Es rarísimo! ¡Absolutamente perfecto! —y valiéndose de su estatura agregó por encima del galeno—: ¿Qué puede ser más raro que eso? ¡Te… “los” amo!

En el pasillo tomó a Florence por la cintura para hacerla girar al son de una música imaginaria. La joven enfermera, mareada y sonriente, lo vio alejarse bailando con gracia, cantando a voz en cuello, con tono socarrón:

Al mundo le falta un tornillo,
que venga un mecánico
a ver si lo puede arreglaaar…16

Alargó la última sílaba todo lo que pudo, bajó la escalinata en tres saltos y corrió al bar de la esquina por una grappamiel. Desde el teléfono público le habló a su amigo Ignacio: “¡Che, loco!, tenés un sobrino rosadito como lencería de cabaretera”, y tras una pausa: “Gracias, hermano. ¿Sabés qué dijo el idiota de la sotana blanca? ¡Que el bebé es “raro”! ¡Carajo!… Tiene razón ese cernícalo ilustrado: es demasiado hermoso el guachito”.

El cantinero llenó el shot hasta desbordar una lágrima y él se quedó absorto en los reflejos dorados, algo borrosos por la inundación de felicidad.

Hugo, que decía ser un “antisocial militante”, le caía bien a todo el mundo y no rehuía el trato con los demás; prefería los individuos a las masas porque, según él: “Amparados en la multitud, nos volvemos monstruos”. Le encantaba el tango y odiaba los convencionalismos. De ser filósofo, habría sido cínico; un Diógenes de la era de las máquinas, sin tonel ni lámpara gracias a Gladys, que le infundía la cordura socializante necesaria para mantenerlo al margen de la marginalidad. Sus padres murieron cuando era adolescente y un juez le otorgó la patria potestad para que se hiciera cargo de sí mismo y de la herencia: una casa, un campo y dinero suficiente para terminar los estudios y viajar un poco. Valoraba su diploma de ingeniero industrial por lo que era: “veinte gramos de celulosa y medio de tinta”. Terminó la carrera para honrar el deseo de sus padres y sepultó el título en un cajón, junto a otros muchos de cursos anunciados en Popular Mechanics. Leía cuanto caía en sus manos y no conocía mayor placer que el de aprender. Todo en él brillaba: el pelo siempre con Glostora; su perenne sonrisa ladeada y, sobre todo, los ojos castaños casi traslúcidos, a veces verdes por caprichos de la difracción, siempre fulgentes y francos.

Por aquellos días fabricaba radios en su pequeño taller. Él mismo las vendía; le iba bien a pesar de la crisis, pero de pronto sus logros parecían escasos: “Un hijo no es moco de pavo”, se dijo con la vista fija en el vasito, avergonzado de no haberlo pensado antes. Recordó proyectos relegados por la pereza y el bienestar: eso de la televisión parecía interesante (podía empezar con una Broadcasting); la fibra de vidrio y los plásticos también se le antojaban prometedores…

Gladys, dos años menor que él, apenas había terminado la secundaria. Nació huérfana en la tercera clase de un barco italiano cuyo capitán, ignorando el nombre de la difunta parturienta e impactado por los enormes ojos de la bebita, la registró con los nombres de su propia madre y un apellido alusivo: Gladys Sophia Begliocchi. La criaron mercenarios de la adopción que lucraban escatimando. “¿Para qué querés estudiar?”, le decían, “Una muchacha tan linda tiene la vida asegurada”. Con ese y otros argumentos arteros justificaban la vida miserable que le impusieron. Tenía ese raro género de inteligencia práctica, intuitiva, que a veces se imponía a la brillantez de su marido; sonrisa hermosa, cuerpo agraciado y esos ojazos de miel que nunca se embelesaron con nadie más que Hugo. En sus tres años juntos, fueron construyendo su felicidad de detalles que invocaban regocijos: una flor en la almohada, caricias furtivas, cenas con velas celebrando estar juntos; siempre tramando cómo sorprenderse y huyendo de la rutina como de una mala sombra… Es decir: ellos tampoco eran normales y, lejos de preocuparse, estaban orgullosos.

Hugo, ansioso por tener en brazos a su niño raro, tomó la grappamiel de un trago, dejó un billete exorbitante sobre el mostrador y corrió al hospital para enterarse que habían trasladado a Gladys a una sala de convalecencia. “¡No sabía que estaba enferma!”, gritó el pícaro alejándose por el pasillo. Entró agitado más de emoción que de fatiga y la vio extendiéndole los brazos con la sonrisa más hermosa que siempre. El bebé ya se había alimentado, lo traerían en dos horas.

—¿Dónde estabas? —preguntó ella; él comenzó a responder cantando un tango:

—“Arrésteme sargento y póngame cadenas…”.17 No me cabía el alma en el cuerpo; se me salía por el buche. Tuve que bajarla con una grappa —ella fingió disgusto y volvió a sonreír:

—¡Qué hijo precioso tenemos, ¿no?! Tiene los ojos igualitos a los de su papá.

—¿Sí?… ¿Lo conozco al padre? ¡Debe ser un Adonis el tipo, ¿no?!

—¡Ah, claro! ¡Tan feíto que es mi marido, pobre! Véngase para acá mi Quasimodo.

Él acercó la silla, posó la cabeza en el pecho generoso y guió la mano de Gladys a su mejilla con los ojos cerrados. Ella zambulló los dedos en su pelo y los hizo nadar como sirenas; él deseó mirarla, pero temió romper el hechizo; ella desbarató la amenaza con voz suave, casi apagada: “Qué feliz soy, mi amor”. El tiempo se detuvo a mirarlos hasta que entró la enfermera de puntillas y puso al bebé en brazos de su mamá muy despacio, como si temiera profanar algo sagrado.

El niño despertó al contacto de la piel tibia; tras unos segundos de confusión fijó los ojos en el rostro de Gladys, en papá, saludó con una carcajada frenética y se prendió al pezón con urgencia.

Hugo sabía mucho de muchas cosas; de maternidad, nada. Gladys había leído bastante durante su embarazo. Sin apartar los ojos del bebé, frunciendo el ceño le dijo a su marido:

—No se supone que fije así la vista, ni que se ría. Debería ser al mes y medio y a los tres meses. ¡Mirá, mirá! Parece que quiere agarrarme el dedo.

—Ya dijo el doctor que es raro, ¿no? —acotó molesto, sin sospechar que aquel diagnóstico sería el más certero de la larga y meritoria carrera del doctor Esculapio.

Mientras mamaba, el bebé tentó con insistencia el índice de Gladys. La intención de asirlo era evidente y mostraba su gozo interrumpiendo la succión para reír sin apartar la boca del pezón.

La enfermera regresó por el niño y anunció el alta a las diez de la mañana. Gladys recordó que llegaron a pié:

—Mi amor, ahora te vas a casa, descansá tranquilo y mañana venís a buscarnos con el auto, ¿sí? Yo voy a estar bien, no te preocupes.

—Sí, Vida. Como digas. Los amo mucho…, muchísimo —le dio un beso largo, pasó la yema del pulgar por la mejilla de su hijo y obedeció el mandato de su esposa.

No durmió esa noche. Se levantó de madrugada a instalar en el parabrisas de su Essex Terraplane la guirnalda que había fabricado, puso sabanitas limpias en la cuna, preparó el bolso de Glady y antes de las ocho estacionó frente al hospital.

¡Qué hermosa estaba ella con su hijo en brazos! Mientras la besaba, el bebé lo saludó con su carcajada convulsa sin soltar el pezón. El doctor Esculapio llegó con Florence a tomar las huellas plantares del niño, dejó copia del acta de nacimiento y se fue advirtiéndoles que no podían irse hasta que autorizaran el alta. Gladys, que vio de reojo el para otros imperceptible rictus de su marido, cuando se quedaron solos preguntó:

—¿Y ahora qué te pasa? ¿Por qué te enojaste?

—No me hagas caso —pero no pudo con su genio—: Uno podría creer que en un país laico como este, institucionalizar los nacimientos sería un avance, ¡pero no!… El cura (que ahora usa sotana blanca y estetoscopio en vez de crucifijo) te hospitaliza sin estar enferma, te da el alta en libertad condicional ¡y ficha al bebé como si fuera un delincuente!…

Ella sonrió meneando la cabeza sin contradecirlo. ¡Le encantaba la cordura de ese loco!

Ya en la calle, el bebé se agitó tratando de mover la cabeza. Rió frenético observando todo: los árboles, los pájaros, el cielo, el aire vivo en el pelo de mamá… Sus ojitos se movían rápido en todas direcciones y destellaban alegres bajo un sol que asomaba apenas por encima de una nube muy blanca, como espiándolos. Gladys se conmovió hasta la lágrimas con la guirnalda, o mejor dicho: con que ese hombre amoroso, capaz de dedicar días a darle diez segundos de alegría, estuviera en su vida. El bebé festejó a carcajadas cuando las luces de colores se encendieron. De camino a casa pasearon por la costa y bajaron a la playa. ¡Fue mágico! El niño quedó absorto en el río-mar. No sabía cómo expresar su emoción ante esa enorme extensión que llegaba al cielo. Hugo levantó el codo hasta ponerlo casi vertical; él agradeció con risas y regresó al pasmo, completamente maravillado, impotente en su intento de abarcar la inmensidad.

Sus papás lo observaban con idéntico asombro. ¡Eso no era normal en un bebé de un día! ¿Qué miraba? ¿Qué le impresionaba tanto? ¿El color, el movimiento, la ausencia de límites?… Alzaron los ojos y se encontraron al mismo tiempo con la estupefacción del otro: ambos sabían que algo muy extraño estaba sucediendo.

***

Para Hugo, la realidad objetiva era ilusión, un ente teórico de cuya existencia no teníamos ninguna prueba. Su formación técnica no logró apartarlo de las inquietudes filosóficas y solía burlarse de sí mismo comparándose a un teólogo ateo: un sacerdote de la nueva religión que apostató de la Ciencia porque perdió la fe en su objetividad. Y no sólo los libros le enseñaron que la ilusión de lo real se forja compartiendo subjetividades; Gladys y él, que venían de mundos muy distintos, conviviendo, adaptándose, acogiendo hábitos del otro y resignando propios, fueron mezclando sus universos hasta convertirlos en casi uno. Esa amalgama inició en una casona del siglo XIX (construida por los abuelos de él en un barrio casi elegante de la capital) y culminó con la llegada de ese bebé alquimista que transmutó la casa en hogar y lo adornó de risas y júbilo.

Al tercer día, el niño por fin tomó el dedo de mamá. Festejó la hazaña a carcajadas y volvió a su asunto del pezón, atento aún, porque cuando Gladys quitó el índice, él empezó a abrir y cerrar el puño y, apenas lo acercó, volvió a tomarlo. Era un acto consciente que desafiaba todo lo que ella había leído del desarrollo infantil. Lo acostó y fue por el libro de Piaget. Estaba claro: aquello correspondía a la “fase de las reacciones circulares secundarias” e implicaba “orientación de la atención hacia los objetos”, que se daba ¡entre los cuatro y ocho meses! Sintió algo parecido al miedo. Esa noche le mostró a su esposo el libro y la inconcebible realidad: “Mirá…”; apenas tocó la manita del bebé, él tomó su dedo sacudiéndolo en plena carcajada. Hugo sonrió con una mezcla de orgullo y preocupación.

Como toda madre primeriza, Gladys cumplía a rajatabla con amamantar y cambiar a su hijo cada tres horas. El niño, feliz en esa rutina, hizo de la risa su argot: reía volviendo la cabeza si estaba satisfecho; extendiendo los brazos para que lo alzaran; frunciendo la nariz si hacía caca… Nunca había llorado, pero tanta alegría acabó por preocupar a sus papás que, a las dos semanas, empezaron a preguntarse si tendría alguna discapacidad o lesión. Hugo aseguró que retrasado no era, más bien le parecía lo contrario, pero Gladys estaba tan nerviosa que llamó a escondidas al doctor Esculapio —también pediatra— para consultarlo. Le dijo que era raro, pero no preocupante; que si la condición persistía, podía llevarlo a su consultorio para examinarlo… No hizo falta. Agotada de tanto sueño interrumpido, una mañana mamá se quedó dormida. A los veintiún días el bebé lloró, ¡y cómo! Pero apenas sus padres aparecieron en el cuarto, tras unos pucheros, rió otra vez abriendo y cerrando el puño (“quiero teta”). Fue la única vez que lloró; aunque había descubierto en el llanto un arma poderosa, siguió prefiriendo su idioma de risas.

Un tarde, Hugo llevó a Gladys al jardín y le propuso invertir parte de sus ahorros en nuevos negocios. Ella objetó: “¿Te parece? Estamos bien. No nos falta nada, hacés lo que te gusta, tenemos un colchoncito, tiempo libre… ¿Qué más querés?”… Él le dio la razón, pero sentía que su hijo era especial y quería darle medios para que desarrollara todo su potencial… Gladys dijo que era apenas un bebé; no sabían cómo sería cuando creciera; además, no quería un hijito de papá que tuviera todo en bandeja de plata, pero cuando Hugo le reveló su plan de asociarse con Ignacio (su padrino de bodas, abogado y doctor en ciencias económicas), ella cedió enseguida:

—¿Con Nacho? ¡Ah, eso es otra cosa! Me parece perfecto. Con lo que vos sabés hacer y la habilidad que tiene él para los negocios, no hay cómo les vaya mal…

Gladys, por pura intuición, había asumido el compromiso con el futuro de su hijo antes que Hugo, aunque de manera distinta: no dejaba que le hablaran con expresiones aniñadas, se dirigía a él con el lenguaje normal de un adulto; le mostraba las cosas nombrándolas luego…, pero las razones nos comprometen con la causa más que la intuición, y ese día empezó a leerle un cuento cada tarde. Los resultados no demoraron: a los veintiocho días reía frunciendo la nariz antes de ensuciar el pañal; al mes y medio reptaba en un intento de gateo que concretó dos semanas después y, a poco de cumplir dos meses, dijo “ti-ta”. No fue un balbuceo incoherente; emulando a mamá en eso de nombrar y mostrar las cosas, decía “ti-ta” y se prendía del pezón. Las palabras llegaron a raudales. Al cuarto mes cortó el primer diente; a los seis se hacía entender claramente y caminaba apoyado en paredes y muebles. Era muy curioso. Caía seguido en su afán de explorar y entonces, en vez de llorar, fruncía los labios enojado, juntando las cejas.

Los domingos iban a la playa. “¿Falta pala domingo?”, preguntaba desde el lunes, ansioso por contemplar el esbozo de infinitud, pero sus papás no podían evitar cierta incomodidad en esos paseos: temían que alguien supiera de la rareza de su bebé, y acaso él lo percibía, porque aunque los encuentros con otra gente le resultaban desconcertantes (nunca faltaba un orate que le hurgara el ombligo diciendo: “¡Qué pechocho bebote!”, “¿Tene cosquillas el singüengüencha?”, o cubriera y descubriera su rostro: “¿No tá?… ¡Aca táa!”), sólo fruncía el ceño y basculaba una mirada atónita entre mamá o papá y el pobre alienado sin atreverse decir nada.

De los cuentos y charlas adquirió pronto un vocabulario de adulto. Sus papás lo celebraban en privado y las llamadas de Gladys que iniciaban con: “¿Sabés qué hizo ahora tu hijo?”, se hicieron frecuentes; sin embargo, salir de paseo con él fue cada vez más angustiante.

Una tarde, en la plaza, Gladys quiso unirse a otras mamás que conversaban con sus bebés en brazos y, apenas se puso de pié, su hijo preguntó: “¿Adónde vamos, mami?”. ¡Quedó paralizada! Sintió pánico de que lo escucharan. Dijo: “A casa, mi cielo” y huyó despavorida, ansiando por primera vez que su hijo fuera normal. Lloró en su cuarto sin saber por qué y, avergonzada de su angustia, sintió una imperiosa necesidad de abrazarlo. Lo encontró sentadito en la cocina, absorto en el reloj de pared. Él dijo, sin desviar la mirada, que estaba vigilando las agujas para ver cómo se movían, y agregó: “el secundelo ya vi, pelo la coltita palece quieta ¡y no!, antes apuntaba pala otlo lado”… Ella sonrió triste al comprender que la sociedad aborrecía por igual los defectos y virtudes que nos hacen diferentes. Su hijo era anormal y tendría que protegerlo.

Antes de cumplir un año demostró una retentiva prodigiosa. De bruces, en el jardín, pintaba en un libro para colorear y se acabaron las estampas; sin lamentarse, dibujó en la hoja en blanco del final, de memoria, el papagayo de la tapa. Lo terminó con trazos temblorosos de risas y pintó los mismos colores del original sin mirarlo ni una sola vez… Gladys, que había acudido al oír sus carcajadas, lo miraba de pié con los ojos acuosos y su labor de croché contra el pecho. El niño se tendió boca arriba cuan corto era y preguntó:

—¿Estás tliste, mami?

—No, mi cielo. Estoy feliz —él se levantó de un salto y corrió al cariño de sus brazos.

Desde esa tarde le mostró las palabras que le leía pasando el dedo bajo cada sílaba. Al año y medio leía solo. Para su segundo cumpleaños no encontraron libros de cuentos que no conociera, así que Hugo tradujo “O homem que calculava”, lo transcribió a máquina, ilustró cada capítulo con acuarela y lo hizo encuadernar en cuero repujado. El niño quedó maravillado. “¡Mi plimel liblo de veldad!”, exclamó al recibirlo. Lo abrazaba cuando Gladys le dijo:

—Vos también le hiciste un regalo a papá, ¿no?… ¿Se lo vas a dar?

El diablito corrió al cuarto ignorando las risas que provocó su carrera de adulto en miniatura, sin pañales que la entorpecieran. Regresó a darle a su padre un papelito doblado. Hugo lo besó conmovido, guardó para siempre el papel en su billetera y fue a lavarse la cara. Decía, bajo tres figuras identificables, con letra muy bien dibujada: “Mamá, papá Hugo y yo”.

Antes de encender las velitas ya había hojeado el libro y atosigado a su padre con preguntas: “Papá, ¿dónde es “Bajdad”?”; “Papá, ¿qué quiele decil “Salam”?”; “Papá, ¿quién es Alah?” (pronunció Ala y, tras la corrección de Ignacio, adujo que no tenía tilde y la h era muda). Hugo le explicó como pudo, pero eso de la religión sonaba a cuento de hadas así que, para darle realidad al asunto, le hizo notar que Abdul, el del almacén, profesaba el Islam, por eso usaba imamah. La respuesta provocó otra avalancha de preguntas, pero las velitas se consumían y se conformó con la promesa de que ya hablarían sobre el tema y le enseñaría a sumar, restar, multiplicar y dividir. “Pelo a paltil de mañana, sin falta”, impuso el cumpleañero.

Unos días después Gladys le preguntó a la señora que le ayudaba en casa: “Doña Irma, voy al almacén. ¿Le hace falta algo?”. Su hijo insistió en acompañarla. Iba contento, sonriendo pícaro en brazos de mamá que, al llegar, lo bajó y saludó a Abdul. El niño retrocedió unos pasos para ver al tendero por encima del mostrador y saludó también:

—Zalam aleikum, señol Abdul.

—Aleikum as salam —dijo él instintivamente, tan asombrado de la sonrisa pícara del diminuto hombrecito, que no le importó haberle respondido así a un infiel.

Abdul miró a Gladys suplicando con los ojos una explicación; ella volvió a sentir el mismo pánico de aquella tarde en la plaza: ¡No quería que vieran a su hijo como a un fenómeno!

Sólo atinó a decir con voz temblorosa:

—Medio kilo de jamón, medio de queso magro y dos litros de querosén, por favor.

 

Nunca, es tarde
(un relato de Cuando cuanto cuento cuenta)

“Cuando cuanto cuento cuenta”, de Álvaro Díaz
Cuando cuanto cuento cuenta, de Álvaro Díaz (Ediciones Nace, 2021). Disponible en Amazon

Cuando cuanto cuento cuenta
Álvaro Díaz
Cuentos
Ediciones Nace
México, 2021
136 páginas

Ahora debe estar frente al espejo, recién afeitado, secándose la calva y exagerando como siempre la colonia. Es una linda tarde de otoño y seguro piensa que menos mal y mira el reloj a cada rato ansiando la hora de ir a la plaza para sentarse en el mismo banco, con el bastón entre las piernas, a esperar el milagro cotidiano de la falda de campana tañida por recios badajos, o esas caderas colmando un pantalón ceñido a la cintura minúscula que lo hace maldecir los almanaques y añorar el tiempo en que era Tony, el galán del barrio.

Lo conocí hace sesenta años. Yo era un muchachito de catorce, menudo y flaco, que odiaba con esmero al borracho de su padre. Buscaba a quien admirar y ahí estaba él, de dieciocho, rubio, atlético, con un aire a Paul Newman que atontaba a las hembras. Todos queríamos ser Tony, andar con él al menos, pero no era fácil. Yo tuve suerte, le caí bien de entrada; me decía Voz de otro y se divertía haciéndome imitar a locutores de radio y relatores de fútbol. Así pagué el privilegio de su atención y, un par de años después, el de ser su muleta. En aquella época las muchachas no salían solas y a las citas se llevaba a un amigo. Como Tony no repetía hembras, nunca sufrí la humillación de que se hiciera acompañar por otro porque yo no le hubiera gustado a la amiga de fulana o mengana, así que le serví de muleta mucho tiempo; hasta que una noche, en la misma cita, los dos nos enamoramos.

Charito era, por mucho, la más linda del barrio, y ella lo sabía. En aquella época todas querían salir con Tony; que él las invitara era un certificado de que estaban buenas, les daba confianza, pero Charito no necesitaba esa validación. Acompañó a Betty por no fallarle a su mejor amiga, pese a que, como supe después, “no tenía interés en ese tránsfuga ni en ninguno de sus compinches”.

Para alguien como yo era imposible imaginar qué sintió Tony la primera vez que lo rechazaron; supongo que no tuvo más remedio que obsesionarse y desear con desesperación a la única que no podía tener. Voz de otro era solo su satélite, un muchachito común que, obligado al enroque de sillas, descubrió de golpe en los ojos de Beatriz que uno, cuando se enamora, se vuelve idiota.

Tony pasó todo el tiempo inclinado hacia Charito, susurrándole, y ella esquivándolo con ese intenso desprecio de mujer que aprendemos a temer cuando fruncen el ceño con labios apretados. Yo hice de payaso, imitando voces de radionovelas, pero el ambiente estaba tan tenso que mi ridículo se confundió con un piadoso intento de rescate. ¡Qué difícil fue despedirme de Beatriz! Sentí pánico de no volver a verla, de que aquello quedara en otra cita única que acababa mal, sin sexo ni besos ni manos inquietas. Estaba desesperado, no sabía qué hacer y, resignado al rechazo inevitable, le confesé que me gustaba mucho y deseaba con toda el alma volver a verla. Quedé pasmado cuando dijo: “Me encantaría”, y propuso que fuéramos al cine los cuatro. Mientras ella besaba mi mejilla busqué de reojo la aprobación de Tony y encontré la personificación del desencanto: inclinado hacia adelante en un ángulo imposible, estiraba los labios hacia Charito, que lo apartaba con amabas manos, volteando la cara con asco.

Esa noche cambió todo. Yo pasé la semana ansioso y Tony, desesperado. “¡Qué hembra!”, repetía a cada rato, sin importar de qué estuviéramos hablando; y me agradecía la cita, como si de repente el muleta fuera él. El sábado llegué puntual a la plaza, dispuesto a esperarlo, como siempre, pero él ya estaba ahí, más o menos donde se sienta ahora, con su mejor traje, sosteniendo un ramo entre las piernas. Cuando llegó Beatriz, sola, dijo que su amiga no tardaría, pero esperamos más de una hora y Charito no apareció. Como hacía calor, el cine ya no era opción y los silencios se alargaban, propuse ir por un helado. A Beatriz le encantó la idea; Tony la odió. Hizo una mueca, dijo: “¡Vayan ustedes!”, clavó las flores de cabeza en el cesto de basura y se metió en las sombras de la plaza sin despedirse.

Por un tiempo no volví a saber de él. En el café dijeron que andaba en las cantinas del puerto, y como un mes después de ennoviarme con Beatriz, Charito nos contó que su papá lo había pillado una noche espiando en el jardín, perdido de borracho, y se lo llevó la policía. Sentí mucha pena; pensé en mi padre, en qué pudo haberle pasado para acabar así y si Tony terminaría igual.

Yo era feliz con Beatriz, aunque a veces me dolía notar en ella cierta indiferencia. Todavía no sabía que para mí el amor era eso; que uno mama desde el primer calostro nociones que se nos prenden al alma como abrojos, y que cuando le reprochaba a mi madre no haber abandonado a ese borracho de mierda, ella me enseñaba a amar con sus lágrimas y el tono desesperado con que me decía: “¿¡Y qué quieres que haga, que lo deje pudrirse, pobrecito!?”. Su sacrificio me inculcó un amor dadivoso, con algo de martirio. Creo que por eso me resigné a la indiferencia de Beatriz y gocé más cada vez que se interesó en mí, como cuando dijo: “Con esa voz tan preciosa deberías ser locutor”, y me presentó a su tío, dueño de una radioemisora, con quien se había confabulado para convencerme de ir a la universidad a estudiar periodismo.

Tony había desparecido del barrio y cuando yo cursaba el tercer semestre, al salir una noche del teatro lo vimos zigzaguear por la vereda a las risas, abrazado a dos putas baratas que daban asco. Sentí una tristeza horrible y quise hablarle, pero Beatriz me detuvo aferrándose a mi brazo. Después, en la pizzería, me dijo: “No sufras, a él le gusta esa vida; siempre fue así”. Su interés en mi angustia me arrancó una sonrisa triste y callé; no le dije que estaba equivocada.

Cuando me recibí, mis viejos ya habían muerto. La cirrosis de mi padre los mató a los dos: a él le deshizo el hígado y a ella el corazón. Con el auge de las FMs mi voz se cotizó y, gracias a los consejos del tío de Beatriz, la asocié a marcas prestigiosas. Tenía dinero ahorrado, casa propia, un título…, el futuro pintaba bien, así que me pareció propicio pedirle matrimonio, y empezó el mes más largo y angustiante de mi vida. No me decía que sí ni que no; lloraba sin razón, no quería hablar del tema…, hasta que decidió irse unos días al campo con su mamá. Yo estaba deshecho, creí que todo había acabado, que mis esfuerzos por complacerla no habían servido de nada y una mañana, al regresar de la radio, la encontré sentadita en el jardín, ojerosa, con los ojos hinchados de llorar toda la noche. Se colgó de mi cuello, me besó con una pasión nueva, como nunca lo había hecho, y dijo: “¡Sí!, quiero casarme contigo”.

Mi felicidad estaba completa; la de ella fuimos construyéndola de a poco. Me adapté a sus hábitos y cambios de humor; aprendí trucos para combatir sus melancolías, a anticipar sus caprichos…, en fin, creo que Beatriz supo apreciarlo. Pero a los dos años, cuando ya estábamos adaptados, de pronto volvió a abismarse en largos silencios, esta vez más hondos. Se encerraba a llorar y esquivaba mis miradas como si cargara una culpa. Traté de no preocuparme; ya entendía en ese entonces que sus crisis eran para mí, de cierta forma, lo que el alcoholismo de mi padre fue para mamá, es decir: el martirio que hacía posible el amor tal como lo entendíamos.

Yo había empezado con el noticiero en la tele y una tarde que la selección ganó la final de no sé qué, el canal decidió emitir un especial de deportes en mi horario, así que regresé a casa enseguida. Desde la esquina vi a Tony golpear a nuestra puerta y a Beatriz haciéndolo pasar. Quedé pasmado, sentí un puñal de odio deshaciéndome el pecho y me fui al café para no matarlos a los dos. Fue la única vez que pedí whisky. Al tercero, mi inquina se había convertido en una inmensa compasión por mí mismo; sentí que todo se desmoronaba, que cuando me creía salvado del naufragio para el que había nacido, de pronto, me estaba ahogando. Lloré mi desconsuelo y llegué a casa a la hora de siempre, directo a dormir, tratando de disimular la curda. Beatriz se dio cuenta de que algo andaba mal y unos días después, a oscuras en la cama, con nuestras soledades boca arriba, paralelas, me dijo con la voz quebrada: “Yo te quiero, Ernest” (siempre me decía Ernest, nunca Ernesto, pero esa vez sentí que la o omitida era un pedazo que me faltaba, algo que a ella le urgía y yo no podía darle). Estuve un rato en silencio, hasta que le conté de una canción de Santos Insaurralde que me hizo pensar en las muchas formas del amor, y como le gustaba que recitara a oscuras, engolé la voz y empecé:

Sentado en el fogón, estoy pensando
cómo son de gemelas leña y alma;
las hay que se dan sin apagarse
y las hay que sin darse, ya se apagan.
Cuántas veces engaña la apariencia
de tanta charamusca iluminada
que en poquitos minutos te encandila
y al ratito de arder, no queda nada.

La sentí llorar en silencio hasta que gimió: “Perdón, mi amor”, y me abrazó empapándome de lágrimas el pecho.

No volví a saber ni quise enterarme de lo que hacía Beatriz en mi ausencia; me convencí de que la pasión era hojarasca y mi amor por ella, un trashoguero fiel que esperaba paciente su soplo para darse en llamas. Nunca más saludé a Tony. Creo que él se dio cuenta de que ya no éramos amigos y tuvo la decencia de evitarme. Con la televisión llegó la fama; usar el transporte público era imposible y tuve que comprar auto, así que no volvimos a cruzarnos, pero yo lo veía siempre, y con los años empecé a disfrutar encontrarlo por ahí borracho, arruinándose, cada vez más calvo y encorvado. Alguna vez me reproché el placer que me daban sus dientes amarillos y los pellejos de su decrepitud prematura, pero cuanto peor lo veía, más contento llegaba a casa y más afectuoso era con Beatriz.

Cuando ella enfermó entendí mejor a mi madre. Es fácil perdonar al moribundo, perdonar de verdad: olvidar todo, incluso a Tony. El cáncer la consumió tan rápido que apenas tuve tiempo de sufrir. Renuncié al trabajo para estar con ella hasta el final y murió en mis brazos. El verdadero martirio vino después, con su ausencia tan presente en la cama vacía. Hace apenas dos años que saqué su ropa del ropero y descubrí el diario. Durante mucho tiempo no quise abrirlo; tenerlo ahí, en la mesita de noche, con la llave encima, respetando aún su privacidad, era preservar intacto un pedacito de ella. Pero hay días difíciles. Hace poco desperté angustiado de un sueño muy raro en el que los rostros cambiaban y lo que parecía una cosa resultaba ser otra, y me invadió una imperiosa necesidad de leerlo… No sé si hice bien. No sé si todo el dolor que me causó es una penitencia o los rescoldos de ese amor tenaz que se impuso a la pasión.

Los detalles me arden en el alma, así que solo diré, para justificar mi odio, que Beatriz siempre estuvo enamorada de Tony; que fue mi novia para acercarse a él, y que no tuvimos hijos porque un aborto mal hecho —cuando le pedí matrimonio y mintió que iría al campo con su madre— la dejó estéril. Sentí tanta rabia al leer la confesión póstuma de su engaño, los detalles de esos encuentros con su amante en nuestra cama, que quise enfrentarme a Tony, gritarle en su cara que era un hijo de puta y arrancarle a golpes los pocos dientes que le quedaran. Lo seguí al parque temblando de coraje, me senté en el banco de junto, asqueado de su colonia barata, mirándolo fijo mucho rato, resistiendo la lástima que subvertía mi furia, cuando seguí sus ojos y presencié el milagro que va a buscar allí todas las tardes, de lunes a viernes, entre cinco y cinco y media.

Estaba absorto en una muchacha que llevaba a un niño de la mano, contemplando con ternura inaudita sus piernas robustas, bien torneadas, que tañían la falda al compás de unas caderas de otra época, caderas de hembra hecha para parir que nacían en su cintura de sílfide, al amparo de unos pechos llenos, generosos. Ella se puso en cuclillas frente al niño y vi su rostro: mi corazón se detuvo un instante y volvió a martillarme el pecho como un mazo… ¡Era Charito! No la vieja coqueta que vino de Italia al velorio de Beatriz y no dejaba de mirarme, sino Charito, la de antes, la que hace más de medio siglo destrozó el corazón de Tony; la jovencita cuya ausencia siguió obrando en él hasta convertirlo en Antonio, el viejo decrépito que en la banca de al lado apretaba los labios, absorto en el espectro, para esconder sus tres o cuatro dientes amarillos.

Aquel parecido me pareció imposible y, demudado, al volver la vista a Antonio, me extasié en su tristeza; en sus ojos opacos de nostalgia, fijos en Charito; en el dolor que pude imaginarle con certeza. ¡Cómo iba a golpearlo! Lo distraería de su sufrimiento. Volví a casa sonriendo, resuelto a llegar puntual todos los días a mi cita con su pena, sin imaginar el giro que tomaría el asunto unas semanas después.

Fue una tarde ventosa. La muchacha llevaba al niño en brazos y al pasar frente a nosotros, una pañoleta voló de su cuello sin que se diera cuenta. Logré recogerla y corrí tras ella:

—¡Señorita, señorita!… Se le cayó la pañoleta, aquí tiene… — volteó y me miró sorprendida con los ojazos verdes de Charito.

—¡Ay, gracias! Qué voz tan hermosa tiene usted. Es impresionante…

—La voz de un viejo que prefiere callar, señorita, nada más.

—No diga eso, señor Ernesto. Usted no es viejo —dijo coqueta, batiendo los párpados.

—¿Nos conocemos? —pregunté desconcertado.

—Usted a mí no, pero yo sí lo conozco… Mi abuela Rosario me habló mucho de usted.

—¿¡Eres nieta de Charito!?… ¡Con razón! ¿Cómo está ella? Hace mucho que no la veo.

—Murió el año pasado, en Italia… Ya había escuchado su voz, pero así, en persona, es mucho más hermosa. Desde niña mi abuela me hacía grabar los informativos y aquel programa suyo de preguntas, “El que sabe, gana”, para que se los mandara. Siempre le tuvo mucho cariño.

—¡Qué sorpresa! —dije—. Ella era muy amiga de mi esposa, pero nunca fue afectuosa conmigo.

—¡Ay! Si yo le contara…

Y como había viento, el niño estaba inquieto y yo quería que me contara, le sugerí que fuéramos a sentarnos en el café de enfrente. Antes de cruzar, miré a Antonio y lo vi tristísimo, atento, con el mentón apoyado en su bastón. Charito se llama Lucía y me contó sonrojada que su abuela estaba enamorada de mí, pero como yo era el novio de su amiga, nunca dijo nada. Me sorprendió; le dije que era raro porque nos conocíamos poco, que tal vez estaba enamorada de un fantasma, de un ideal que encontró su símbolo en mi voz o mi rostro maquillado de la televisión. Ella se interesó en lo que dije — pensé en el fantasma de Tony, más real que cualquier hembra que hubiera tenido, más real que Beatriz, mi Beatriz— y me contó del falso amor de su esposo, un sinvergüenza que vendió la casa a escondidas y desapareció dejándola en la calle con un hijo de tres años. Le dije que el amor, para durar, requería una leve asimetría: uno debía amar un poco más que el otro, porque la pasión intensa es efímera, y si la diferencia es mucha, es decir, si uno quiere y el otro no se deja querer, la cosa acaba mal. Puso su mano en la mía y me estremecí; la quité con la excusa de limpiar el helado de la boca del niño mientras Lucía me contaba que la abuela Rosario le había legado su casa y hacía unos meses, cuando los inquilinos la desocuparon, se vino a vivir al barrio. Todo el tiempo, a pesar del viento que traía sombras y una llovizna semejante a su tristeza, Antonio estuvo quieto, con la mirada fija en la ventana del café. Le comenté a Lucía que tenía varios álbumes de Beatriz con fotos de su abuela, y quedamos que al día siguiente iría en el auto para llevárselos. La acompañé a su casa cargando al niño, atento al denodado esfuerzo de Antonio por seguirnos.

Yo no sé si existe el destino ni me importa, a los viejos nos interesa más entender para qué pasan las cosas que por qué, y confieso que me costó descifrar el propósito de la lluvia al día siguiente.

Llegué a las cinco en punto. Antonio no estaba en la banca, pero no tardé en ver su silueta recostada en un árbol, con los jirones del paraguas aleteando y los ojos fijos en Charito, que corría hacia el auto con el niño en brazos. Entró sonriendo y dio un suspiro de alivio antes de saludarme. Le ofrecí llevarla a su casa, pero dijo que si no me importaba, prefería ir a la mía; quería ver los álbumes y ella no tenía muebles, solo la cama y una mesa con dos sillas.

Para que pudieran secar su ropa, le presté una bata y al pequeño le hice una túnica de funda de almohada que le fascinó. Tomaron un baño caliente, preparé chocolate y, mientras Lucía veía las fotos, llevé al niño al estudio. Le encantaba la música; rio mucho cuando intentó tocar el violín y le dije que era una excelente imitación de gatos peleando. Con el piano nos fue mejor, aprendió rápido unos compases de la mano derecha de “Para Elisa”, y tras mi último “¡Muy bien!”, vimos a su mamá lagrimeando, apoyada en el marco de la puerta sin atreverse a entrar. Le pregunté si se había emocionado con las fotos de su abuela y le costó responder:

—¡Si, sí!, pero no es eso… Es que ver a Marcelito tocando el piano… ¡Ay, no sé! Es como un sueño.

—Puedo enseñarle lo básico, si quieres —dije—. Tiene talento, pronto necesitará un maestro de verdad. Cinco años es buena edad para empezar… ¿Quieres aprender a tocar piano, Marcelo?

El niño asintió entusiasmado y las visitas se hicieron cotidianas. Los fines de semana se quedaban a dormir en la planta alta, a la que desde hacía años solo se subía para la limpieza.

Yo veía a Antonio todas las tardes por entre las cortinas del estudio, mientras el niño practicaba, hacer guardia frente a mi casa al principio, instalarse luego en el bar de la esquina, junto a la ventana, y después salir borracho cada sábado, de madrugada, a espiar en mi jardín con el oído atento. Entonces yo ponía música suave, romántica, de nuestra época, para torturarlo un poco más.

No sé cuándo urdí el plan; no sé si fue al ver a Charito, o si el viento que voló su pañoleta y la lluvia imprevista que la trajo a mi casa estaban en el destino que Tony se forjó y yo soy solo su instrumento; lo que sí sé es que desde la muerte de Beatriz me pregunté mil veces qué sentido tenía seguir viviendo, qué podía hacer un viejo como yo sino esperar la muerte con la esperanza de que no tarde demasiado…, pero ahora es distinto, ahora tengo un propósito: amo la desdicha de ese hombre casi tanto como la amé a ella.

Hace algunas semanas contraté a Charito —a Lucía— como asistente y se mudó a la planta alta de mi casa. Le enseñé a bailar los tangos que le gustaban a su abuela y, con la excusa de que no tengo hijos y a Beatriz le habría encantado ayudar a la nieta de su amiga, hice un testamento a su favor. Ella lo aceptó de mala gana, sin sospechar que para mí fue una necesidad, una forma de aliviar la culpa de usarla como instrumento de mi venganza.

Sé que Antonio está arruinado, que ya nadie le presta dinero y que en el bar no le dan crédito hace mucho. Ahora debe estar acicalándose para la cita con su milagro cotidiano, para ir a ver a Charito pasar por la plaza sola de ida, con el niño que sueña suyo de vuelta, y seguirla a prudente distancia hasta esta puerta que una vez franqueó libremente y ahora le resulta inexpugnable, mientras yo planeo minuciosamente el desenlace de esta historia:

Cruzaré al bar una noche de estas, cuando el frío arrecie, y lo invitaré unas copas; recordaré nuestros años mozos hasta ablandarlo, hasta que se anime a pedirme plata, como a todos; se deshará en disculpas, dirá que no se atrevería si no fuera por los viejos tiempos, y yo que claro que sí, que cómo no, que para qué son los amigos…, y le daré más de lo que me pida, mucho más. Él, Tony —porque lo llamaré Tony—, usará los mismos trucos de seducción de antes —en toda ruina yace el alma de lo que se derrumbó— y dirá que no, que es demasiado, que no podrá devolvérmelo, y yo responderé que no hay apuro, que si me lo devuelve bien, y si no no importa. “Por los viejos tiempos”, repetiré, y al llegar a casa pondré “La puñalada” (el volumen alto), y bailaré con Charito (su mejilla pegadita a la mía) frente a la ventana, con las cortinas abiertas y las luces encendidas, alardeando los más sensuales cortes y quebradas que le enseñé, hasta que él se gaste el último peso en aguardiente, salga del bar a los tumbos, ahogándose en su pena, y yo lo encuentre de madrugada, como por casualidad, tendido en el jardín con todo el frío del invierno encima.

Entonces no llamaré a la policía; llamaré a una ambulancia para que se lo lleve al hospital, al hospicio o quizás, si el destino que él mismo se forjó, tal como creo, es una forma divina de justicia, a la morgue.

Álvaro Díaz
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Notas

  1. N. del E.: La preservación de alimentos y conservación de vinos en “atmósferas modificadas” (gases inertes) es un recurso de uso frecuente, sin embargo, la prevención de la “oxidación” de reliquias y obras de arte por este método, resulta una sugerencia innovadora y con amplias posibilidades de aplicación.
  2. N. del E.: “Pentateuco” es una palabra que deriva del griego pénte téuhkhos, y que significa literalmente “cinco rollos”, en referencia a la forma en que se guardaban los textos sagrados hebreos (“enrollados”). Se refiere a los cinco libros que componen lo que conocemos como el Antiguo Testamento, y que también constituyen la Torah (“La Ley”) de la religión judía. Estos libros son Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Son textos sagrados para todas las religiones monoteístas del mundo, incluyendo el islam y el judaísmo.
  3. N. del E.: A pesar de que el Pentateuco es uno de los tres libros sagrados del Islam, los musulmanes creen que el texto ha sufrido alteraciones, a las que llaman tahrif, que textualmente significa “distorsión”, “corrupción”; atribuyen el tahrif a judíos y cristianos.
  4. N. del E.: En hebreo, la palabra “Sofer” significa “escriba”, “el que cuenta”, quien tiene la facultad de transcribir los textos sagrados. “Soferim” es el plural de “Sofer”. El lector notará que las palabras hebreas terminadas en “im” o “him” son plurales.
  5. N. del E.: Los “Masoretas” fueron escribas judíos que trabajaron sobre los textos tradicionales entre los siglos VII y X de nuestra era “puntuando” las consonantes para asignar las vocales que siguen y recogiendo textos de “tradiciones rabínicas” que agregaban en los márgenes superiores e inferiores del texto original. El “Codex Alepo” es el texto masorético más antiguo (960 DC), aunque el más completo es el “Códice de Leningrado” que data del año 1008 DC.
  6. N. del E.: Se refiere al “Furnarius”, ave que construye su nido dentro de una esfera de barro similar a un horno.
  7. N. del E.: Se refiere al ave Ploceus velatus, que habita en el sur de África y teje sus nidos, de gran complejidad, utilizando juncos, pasto y/o fibras de palmeras.
  8. N. del E.: La “Septuaginta” es la primera traducción conocida de la Biblia. Traducida al griego, debe su nombre a una leyenda, según la cual Ptolomeo II Filadelfo (308 AC-246 AC; faraón de origen griego que gobernó Egipto desde el 285 AC hasta su muerte) ordenó a 72 sabios judíos que trabajaran por separado en la traducción de dichos textos; la comparación de los 72 trabajos reveló que “milagrosamente” todos coincidían exactamente. El nombre “Septuaginta” (“de los setenta”) surge de redondear la cifra de 72 a 70. Muchas veces se hace referencia a ella como “Biblia de los Setenta” o simplemente “LXX”.
  9. N. del E.: Tetragramaton, palabra griega que significa literalmente “cuatro letras”, y refiere específicamente a “YHWH”. Esta palabra es una conjugación del verbo “Ha-Wáh” que significa literalmente “llegar a ser”; la conjugación está en tiempo presente y/o futuro, ya que el hebreo sólo distingue dos tiempos verbales (el de las cosas acabadas y el de las que están en proceso). Considerando la contracción de los verbos “llegar” y “ser”, parece existir intención de no dejar dudas respecto a que se refiere al tiempo futuro. La traducción de la palabra “YHWH” sería entonces “el que llegaré a ser”.
  10. N. del E.: La palabra hebrea “Edén”, significa literalmente “Placer”, “Delicia”; en los textos hebreos se precede generalmente de la palabra “Gan” (“huerto”, “jardín”). Los textos griegos tradujeron sólo “Gan” como “Paradeisos” (“paraíso”), que significa “terreno cercado” y no “jardín de las delicias” o “huerto del placer”, que sería la correcta traducción del texto original.
  11. N. del E.: Se refiere a Friedrich Nietzsche (1844-1900), filósofo, escritor, músico y filólogo alemán. Concibió a su “Übermensch” (traducido como “superhombre”, “sobrehombre” o “suprahombre”) como a un ser capaz de generar “su propio sistema de valores”, considerando como “bueno” todo aquello que procede de su “voluntad de poder”. La “ironía” a la que se refiere el autor de esta novela es la que deriva del hecho de que Nietzsche consideraba a los adeptos a la “religión de Moisés” (como él llamaba a judíos y cristianos), como la antítesis de su “superhombre”, considerándolos “de moral esclava”, “los más débiles” y sometidos a un estado de “resignación y conformismo”. La referencia a lo “trágico” de dicha ironía refiere al sentimiento “antisemita” encarnado por los nazis y motivado, en gran medida, por la filosofía de Nietzsche.
  12. N. del E.: Se refiere al libro del Éxodo desde el capítulo 18:1 al 20:23.
  13. N. del E.: Aunque la palabra “Elohim” se traduce en la Biblia como “Dios”, es un plural y significa literalmente “poderosos”, “fuertes”, “excelsos”.
  14. N. del E.: Delirium tremens: se refiere a la tercera fase del síndrome de abstinencia al alcohol, así como por intoxicación por barbitúricos o benzodiazepina. Se caracteriza por alucinaciones, taquicardias, temblores, agitación, pánico, paranoia y pérdida de control de los esfínteres.
  15. N. del E.: La dinastía Shang es la segunda dinastía de la historia china y gobernó entre el 1766 AC y el 1046 AC. La 14ª generación corresponde al reinado de Zu Xin, entre el 1381 AC y el 1365 AC.
  16. Del tango “Al mundo le falta un tornillo” (1933), letra de Enrique Cadícamo y música de José María Aguiar.
  17. Del tango “A la luz del candil” (1927) de Julio Navarrine (1889-1966) y Carlos Vicete Geroni (1895-1953).