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Sola

viernes 13 de mayo de 2022

Corría el año 1989 cuando Juana —pelirroja de ojos verde claro, nariz chata y cara rebosante de pecas— decidió que dejaría su pueblecito gallego y se iría a la capital. No sabía muy bien cómo llevaría su idea a cabo, pero ya lo había decidido.

Tenía veinticinco años y la vida le reclamaba movimiento. En su pueblo escaseaba el trabajo, y no se resignaba a seguir sin hacer nada.

Juana vivía con sus padres y un hermano mayor. Su hermano, Pedro, tenía novia desde hacía diez años, pero el matrimonio, de momento, no parecía entrar en sus planes. Los dos tenían una gran complicidad como hermanos.

Su sabia intuición de madre le hizo adivinar que con aquella llamada iba a perder a su hija.

Los padres de Juana no querían que se marchara a la ciudad a trabajar, sólo su hermano Pedro la apoyaba en ese sentido. Pero, a pesar de no gustarles la idea, se resignaron. Su madre, Antonia, corrió la voz por el pueblo por si alguno de sus vecinos conocía a alguien en la capital que le pudiera ofrecer un trabajo a su hija. La noticia prendió como la pólvora, y todo el mundo supo allí de las intenciones de la niña de los Fernández. Cada vez que entraba en una tienda o la veían por la calle enseguida la interrogaban sobre su porvenir: “Juana, ¿cuándo te marchas a la ciudad? ¿Estás segura? ¿Ya has encontrado trabajo?”.

Ella solía esquivar las comprometidas preguntas, como podía, contestando con parcos y secos monosílabos.

Un día, mientras comían, sonó el teléfono con insistencia. Antonia lo descolgó. Su sabia intuición de madre le hizo adivinar que con aquella llamada iba a perder a su hija.

Cerca de diez minutos estuvo hablando con su interlocutor mientras su rostro reflejaba toda una galería de expresiones que iban desde la tristeza a la sorpresa y desde ésta a la resignación. Acabada la conversación, Antonia se dirigió a la mesa con cara y cuerpo de circunstancias.

—¿Qué ocurre, mamá? —le preguntó su hijo Pedro.

Julio, su marido, la agarró dulcemente de las manos, para dedicarle una mirada cargada de comprensión.

—Era Manolita, la de la farmacia de la cuesta, dice que un primo suyo de Barcelona se acaba de quedar viudo y necesita una persona que le ayude con la casa y con sus dos hijos pequeños.

—¿Vive en la misma Barcelona? —preguntaron al unísono Julio e hijo.

—Sí, así es. Le pagarían un buen sueldo, y tendría que irse mañana mismo para empezar el lunes.

Juana escuchaba con atención.

—Yo quiero ir —soltó enseguida.

—¡Pero si no conoces nada de Barcelona, y encima está muy lejos! —se quejó Antonia.

—Además, no tenemos ningún familiar cerca que te pueda ayudar en un momento de apuro —señaló su padre.

—Da lo mismo, quiero ir. Entendedme, por favor —insistió Juana.

Juana lo tenía claro. En apenas un día organizó su partida, se despidió de sus amigos y conocidos y se marchó a Barcelona. Ella anhelaba salir de su pequeño pueblo, en el que todos sabían de todos, en el que apenas existía intimidad…

En Barcelona la esperaban el señor Ruiz, un abogado reputado que se había quedado, recientemente, viudo, y sus dos hijos pequeños, Mafalda y Noé, mellizos de diez años. La recibieron con cariño, y Juana se sintió pronto una más de la familia.

El tiempo, implacable, voló cerca de Juana sin que pudiera invertir una parte de él en ella misma. Durante ocho largos años se encargó con esmero de la casa del señor Ruiz, y a los dos niños los cuidó como si fueran suyos. Sin embargo, Juana se perdió en la vida de los demás.

Y el tiempo pasó rápido. Mafalda y Noé crecieron y un día se fueron a estudiar a universidades extranjeras, y el señor Ruiz, que tenía novia desde hacía tres años, le anunció que pensaba casarse, y que ya no era necesario que siguiera interna en su casa.

—No te preocupes, te ayudaré a que encuentres un pequeño apartamento. Tu horario de trabajo será de nueve a cinco de la tarde, ¿qué te parece?

Juana no estaba en ese instante en esa conversación, su mente deambulaba por el planeta del desconcierto.

—Sí, está bien —contestó sin saber muy bien ni lo que decía.

El señor Ruiz, Felipe, la ayudó, tal y como prometió, a encontrar un apartamento. Dieron con uno en la zona del Borne, aunque era demasiado caro para los honorarios que iba a cobrar Juana. El señor Ruiz, que tenía prisa por vivir a solas con su nueva esposa, tanto le insistió que acabó al final por convencerla de que se pusiese a vivir allí. Y ella, sin querer, se dejó llevar.

Un día el bufete le propuso que dirigiese una nueva sucursal que iban a abrir en Canadá, y la pareja estuvo de acuerdo en mudarse a aquel país.

Juana se las apañaba como podía. Su salario le daba para pagarse el apartamento, las facturas y comer. Dos eternos años estuvo sorteando esta ceñida situación económica, y se acostumbró a vivir con lo imprescindible. Su vida era pura repetición —de su casa al trabajo y del trabajo otra vez a su casa—; pero aún así se sentía feliz de no depender de nadie.

Felipe se acabó casando con Luisa. Y un día el bufete le propuso que dirigiese una nueva sucursal que iban a abrir en Canadá, y la pareja estuvo de acuerdo en mudarse a aquel país. La noticia se la dio el señor Ruiz a Juana una aterida mañana de diciembre.

—Lo siento, Juana, pero nos vamos a vivir a Canadá por motivos de trabajo.

Con los ojos vidriosos y las entrañas encogidas preguntó:

—¿Qué va a ser de mí? Aquí no conozco a nadie. Me quedaré sin trabajo.

—Puedes volver a tu pueblo.

—No quiero volver a mi pueblo.

—Seguro que pronto encuentras otro trabajo.

—¿Y no me pueden llevar con ustedes?

—Es imposible. Te pagaré lo suficiente para que puedas mantenerte unos cuantos meses hasta que encuentres otro trabajo. Ten confianza.

No había nada más qué decir; Juana y el señor Ruiz, después de diez años, se decían adiós sin apenas palabras.

De repente, se vio sola en una ciudad que no había tenido ganas de conocer, y se sintió perdida.

Los dos primeros meses que pasó buscando trabajo fueron intensos y agotadores; la ciudad se la comía viva. De todo ese esfuerzo le salieron algunas casas para limpiar y algunos niños a los que cuidar; meros parches.

El dinero que le había dejado el señor Ruiz se le estaba acabando, y ella continuaba sin empleo fijo, así que pasó de comer tres veces al día a hacerlo sólo a veces cuando podía. Perdió mucho peso; ya nada quedaba de aquella sonrosada muchacha gallega que un día llegó a la ciudad con las maletas cargadas de sueños.

Juana le ocultaba a su familia su difícil situación. Porque sus padres eran muy mayores, y se mantenían con apenas una pensión mínima, así que poco podían hacer por ella aunque quisieran, y ella no quería encima preocuparlos. Su hermano, Pedro, que ahora era camionero, la visitó en un par de ocasiones en las que le trajo embutidos del pueblo, embutidos que Juana devoraba con ansia. Pero los hermanos habían perdido la magia y la complicidad de antaño; ahora sólo eran dos desconocidos, pese a que tuvieran la misma sangre.

Cuando sintió que estaba cayendo en picado por el vacío de la miseria, telefoneó al señor Ruiz; éste le dijo que ya no podía seguir ayudándola.

Siete meses terribles estuvo sin poder pagar el alquiler, hasta que la desahuciaron.

La primera vez que durmió en la calle pensó que se iba a volver loca, que al despertar habría perdido la razón y que la encerrarían en un manicomio. Pero no, de momento seguía cuerda y pasándolo mal, ya que no conseguía pegar ojo, cualquier ruido la asustaba y no podía parar de llorar. El amanecer la sorprendía perdida por las calles buscando una mirada que la pudiera reconfortar.

Caminó durante horas sin pensar, asfixiando sus pensamientos con el ruido de los coches que pasaban silbando a su lado y el ajetreo de una ciudad en pleno bullicio matinal. Necesitaba descansar, y se sentó en el banco de un parque solitario. En ese preciso instante los pensamientos angustiosos que llevaba horas intentando despistar, la acorralaron. No había escapatoria posible.

Había dormido en la calle porque no tenía dinero para pagar el alquiler de su casa ni para comer. ¿Qué iba a ser de ella?

No se sentía capaz de superar esa situación, se quedaría en el camino. No iba a sobreponerse. No encontraba nada, absolutamente nada, que la pudiera rescatar de la desazón que sentía. “No es real. Nada de esto me está sucediendo. Es sólo una brutal pesadilla. Y mañana despertaré en mi cama”, se repetía con insistencia, una y otra vez.

Se instaló en un garaje abandonado que daba a una de las principales calles de Barcelona.

Durante semanas deambuló por las calles sin rumbo fijo. Comía de lo que tiraban en los contenedores los grandes almacenes a la hora del cierre. Se lavaba en las fuentes, en los baños públicos y en los aseos de los bares y de los centros comerciales, pero a pesar de eso siempre iba sucia y desaliñada.

Se instaló en un garaje abandonado que daba a una de las principales calles de Barcelona. Cuatro cartones, un colchón agujereado y un cubo para hacer sus necesidades se convirtieron en su nuevo hogar. Por las mañanas, tenía que esconder los cartones para que no se los quitaran, y la ropa que había conseguido salvar del desahucio la llevaba siempre a cuestas, en una mochila que era su única pertenencia.

Por el día vagaba buscando trabajo y temiendo el momento de la inhóspita y desapacible noche. Quería escapar de esa situación, pero no sabía cómo. Deseaba no pensar, aplastar sus furias internas. Cada vez estaba más flaca, hasta el extremo de que se le transparentaba ya la piel. Su rostro demacrado se desvanecía, lentamente.

La noche, la temida noche, procuraba pasarla con otras personas que también vivían en la calle, y que se emborrachaban hasta quedarse dormidas. Querían olvidar, y el alcohol les anestesiaba los recuerdos, el pasado, el presente y el futuro. Juana no había bebido alcohol nunca, pero la primera noche que lo hizo durmió de un tirón, sin que su cabeza la atormentara. Empezó a beber. Hasta entonces no había pedido limosna en la calle para comer, pero ahora sí que lo hizo para beber. Porque beber era sinónimo de poder olvidarlo todo por unos momentos. No ser consciente de su dolor y de su desamparo.

Con el tiempo, el abuso del alcohol acabó pasándole factura y le afectó a su personalidad. Comenzó a tener graves problemas psicológicos. Cuando se enteró de que sus padres habían muerto estuvo una semana entera bebiendo sin parar. Alguien la encontró tirada en medio de la calle. La trasladaron al hospital. Hoy, Juana está ingresada en un psiquiátrico. No quiere salir. No quiere regresar a la cordura. Prefiere estar loca antes que volver a vivir en la calle.

Javier Úbeda Ibáñez
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