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Cuatro microrrelatos de Álex Darío Rivera M

martes 17 de mayo de 2022

Entre el sueño y la pesadilla

Se retiraba apenas un tantito, un pasito fuera nada más, tomaba distancia, y no era necesario que fuese demasiado, giraba el cuello y daba una espiadita. Entonces la realidad se le develaba. Un paraíso natural en planes de exterminio. Hendiduras profundizándose, buscando sus entrañas. Y una mancha de mugre y sangre esparciéndose por todas partes. Intentaba despertarse. Regresaba, y con los ojos bien abiertos, en el sueño, intentaba no tropezar. Sacaba un metro para medir sus palabras, esperaba el eco difuso de las mismas, y leía el manual instintivo para saber cuándo guardar silencio sin que su vida perdiera el hilo que la sostenía. Con cierta agitación, escondía todo objeto cortopunzante: las tijeras, los cuchillos, las agujas, su lengua y sus palabras. Debía ser discreto, aseguraba el instructivo, si pretendía ver caer más hojas de los calendarios, escuchar más el tictac de los relojes, o ver crecer a sus hijos.

Hacía otro intento por despertar, y era imposible. Intentaba otro grito que no escapaba de la garganta. Caminaba en puntillas para no despertar a los gendarmes que salvaguardaban la riqueza de los que habían decidido torcer los sueños.

En ese sueño, salía al trabajo cada mañana y colocaba candados en cada parte de su cuerpo, sin ofrecer copia de las llaves a nadie. Tenía que desconfiar de su sombra, en eso se les educaba. Regresaba por la noche, y ponía a nixtamalizar los sueños para que mudaran de piel. Les contaba ficciones a sus hijos. Les aseguraba que todo era bonanza, que en la calle los geranios se multiplicaban y se acababan de extinguir las hierbas malas. Escondía la mentira, y les hablaba de la justicia divina que todo lo veía y castigaba, y siempre, rutinariamente, reforzaba todo encendiéndoles la televisión. Y sólo así se iba a la cama creyendo que las pesadillas eran premoniciones de dulces sueños, como esta, de la que se le dificultaba despertar, pues al final, los sueños (dormidos y despiertos) eran apenas masturbaciones del subconsciente. Durmió en el sueño creyendo en la certeza del despertador, en la seguridad que le ofrecía el sistema por extraviar el camino, amañar las brújulas, falsear los astrolabios, y que el siguiente día llegaría esperanzador.

Despertó. Lavó su rostro y continuó con su rutinario vivir, sin aceptar que habitaba en otro sueño.

 

Ángel caído

Desde sus dedos, y no solamente de manera auditiva, sino táctil, percibía el característico chasquido de la fricción entre el plástico y el cobre provocado por las partes internas del interruptor al accionarlo. En medio del tedio y el cansancio, supuso ser un patético dios hacedor de la luz y la oscuridad. Acababa de regresar a casa, aún con las alas extendidas, y los párpados grises y pesados como el plomo. Los intervalos de oscuridad y luz le generaron un mayor desconcierto. Entonces la apagó para disfrutar unos segundos el silencio y la nada. Activó de nuevo el interruptor, y no hubo respuesta.

Gracias a que esa era una rutina cotidiana, antes de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, él había logrado acomodar, con sorna, sus alas de utilería debajo de la cama.

 

Meditaciones en la acera

Observó que la calle se volvía angosta a lo lejos. Sus abuelos sembraron semillas en tierra, que algunos llamarían ajenas. Ellos supieron que los cercos podían dividir el suelo, pero no evitar que algunas semillas nacieran en suelo no cercado, y que otros, con los años, probarían la dulzura de sus frutos. En ellos, siempre la fe había sido una de las características humanas más nobles. Cruzaban los machetes para silenciar los truenos. Trazaban una cruz de ceniza en el patio para espantar la lluvia. Cubrían los espejos para desviar los rayos. Colocaban el santo al revés procurando que el amor no abandonara el rito de tocarles la puerta.

Él estaba convencido de que las calles volvían a recordar la memoria de antiguos pasos. Pero seguramente olvidaban más fácilmente los pasos de quien viajaba solo. Estaba convencido de que el que viaja acompañado deja en otro constancia de su transitar. Miró hacia arriba y se preguntó si la lluvia, al desprenderse de la nube, traía consigo cierta melancolía, y si también la lluvia, si la lluvia era consciente de que su caída era esperada por el campesino que con un puñado de semillas soñaba llevar la tortilla a la mesa donde le esperaban sus hijos.

Pensaba en sus abuelos, y fortalecía la convicción de que personas nacían con una luz debajo del brazo, y tiraban de ella para iluminar los caminos oscuros. Personas que nacían para ofrendarse a otros, y al hacerlo, un hálito de esperanza les retoñaba siempre donde pendía la única certeza de que el mundo no se extinguiría nunca.

Se acomodó en la pared y supo, una vez más, que las calles recordaban la memoria de antiguos pasos, y olvidaban más fácilmente los pasos de quien viaja solo. El que anda acompañado siempre deja en otro constancia de su transitar, se repitió. Y la calle la miró ahora como una antigua metáfora, y sonrió lejano, a pesar de los cientos de transeúntes con los que efímeramente compartía aquel trecho de acera.

 

Autopsia

Había salido herido de muerte del campo de batalla de la mesa de un bar. Frente a dos cervezas abandonadas a medio tomar, desamparadas de manera intempestiva, casi con desprecio, como la sensación que le dejaban las puestas de sol, o el luto que le heredaban los cadáveres sin nombre.

Había salido herido de muerte del campo de batalla de una cama, con la misma sensación que le dejaban las puestas de sol, o el luto que le heredaba el cadáver que arrastraba, aun sabiendo que llevaba su nombre.

Álex Darío Rivera M.
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