“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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De frente, ¡marchen!

jueves 23 de junio de 2022

Cuando vamos para la escuela atravesamos un parque muy grande, con una casita en medio que tiene el techo redondo y blanco y matas grandes como el algarrobo que le daba sombra a toda la parte de atrás de la casa de donde salimos hace años. Hay muchachos y muchachas marchando alrededor. Muy juntos, como si los hubieran metido en una caja para que no se desperdiguen, tres filas que se ven muy parejas por dondequiera que se mire.

—¡Un, dos, tres, cuatro! —dice el guía.

—¡Un!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro! —repiten los que marchan, levantando la pierna hasta la cintura y dejando caer ruidoso el pie sobre el pavimento. Todos se visten iguales, todos marchan iguales, idénticos unos a otros con sus pantalones y camisas iguales; sus sayas y sus blusas iguales, las hembras, que van en una caja aparte. La gente se detiene a mirar y aunque están callados, uno se da cuenta de que van contando con ellos:

—¡Un, dos, tres, cuatro!

Hasta que el guía dice:

—¡Al-to!

Y todo el que iba a seguir su camino, a hacer compras, a los trabajos de cada cual, a llevarnos a la escuela a los muchachos, se para un momento como si también tuviera que hacerlo.

—¡Firmes!

Ya mi padre no estaba en casa por aquellos días; me parece que estaba en un campamento sembrando eucaliptos.

Y entonces soy yo el que siente los músculos de las piernas que se ponen duros, tensos. Enseguida mamá carga otra vez a Rosa y me hala un poquito, porque ella tiene que llegar temprano a su trabajo, y nos vamos orgullosos. También marchamos nosotros con aquellos vestidos de uniforme.

—¿Ellos van para la guerra, mamá?

Mima me hala, que vamos a cruzar la calle. Enfrente está la escuela y ya están formando fila los de mi aula, el tercero C, que hoy nos van a poner la pañoleta.

Ya mi padre no estaba en casa por aquellos días; me parece que estaba en un campamento sembrando eucaliptos, que era algo que se hacía mucho entonces. Sucedió que un domingo por la mañana estábamos viendo la televisión y se sintió que alguien estaba tratando de abrir la puerta de la calle y le estaba dando un poco de trabajo, porque en tantos meses viviendo en esa casa mi papá no había conseguido las llaves, ni cambiado la cerradura, ni nada de eso. Seguíamos dando la vuelta por un costado y entrando por la puertecita de atrás, que a esa sí le puso un candado.

Pipo se levantó de la butaca con el vaso de ron en la mano, que los domingos él a veces se daba su trago, pero en ese mismo momento la puerta cedió y entró a la sala un hombre alto de uniforme, seguido por otro que era el que se puso a mirarlo todo, con cara seria, mientras el que abrió se quedaba parado y con cara de qué cosa es esto. La cosa parece que éramos nosotros, mi papá poniendo el vaso de ron al lado de la botella en el piso y enderezándose enseguida, yo mirándolos desde el piso y mamá que aparecía por un costado con Rosa cargada.

Al fin el hombre habló, con cara seria de quien no le gusta algo, pero habló muy tranquilo, hasta saludó, y enseguida hizo la pregunta:

—¿Ustedes viven aquí?

—Nosotros sí, pero parece que usted también —respondió Pipo, que se había servido dos o tres veces de la botella y aparte de eso era siempre chocante cuando hablaba con otros hombres, menos con sus amigos.

Las palabras no las recuerdo bien, que ha pasado mucho tiempo y yo era un chiquillo que la cabeza se me iba para la pantalla del televisor y se me formaban ideas de que yo era el pirata este o el explorador aquel y hasta Kazán el cazador, que no era por la televisión sino por la radio. La cabeza se me iba en esas cosas, pero de lo que pasaba de verdad alrededor no retenía mucho. Por suerte me curé de eso.

De lo que pasó allí apenas recuerdo que oía a Pipo hablando alto, a otro hombre responderle y que luego se fue en el yipi con el que abrió con sus llaves la puerta de la casa y con el otro, que iba manejando. Después vinieron unos días en los que Mima nos dejaba con una amiga que vivía a dos cuadras y venía con la cara seria a la hora de hacernos la comida, y no que llorara, porque esa mujer no es de lágrimas, pero ni a Rosa le cantaba para dormir. Mi papá vino una vez a vernos, dijo que de pase, y coincidió con que el mismo día nos mudamos para la casa que ahora tenemos.

Esa casa sí está en la verdadera Habana, la que abuela Visia nos contaba, porque hay calles por las que pasan muchos carros, muchísimas casas, el mundo y más de gente y la playa. Antes de venir para acá nada más pude ir a la playa dos veces. En la primera conocí a Tatiana, que era igualita a la mujer con que yo quería casarme cuando oía las aventuras por el radio. Es curioso, de la televisión no me gustó ninguna, fue de la del radio de la que vine a enamorarme. Es linda. No sé si nos vamos a casar, porque va a pasar un poco de tiempo antes de volverla a ver.

Me dijo la maestra de tercero que cómo es que yo escribo tan bien y tengo tan mala letra.

—Maestra —le respondo—, el problema es que estoy pensando lo que voy a escribir y en la cabeza lo leo ya como debería quedar en el papel, con la mayúscula donde usted ha dicho, la coma donde va y el punto al final, todo así, pero no tengo velocidad en la mano para ponerlo bonito como debería ser, ¿usted se da cuenta?

No me voy a morir porque es a mí a quien le toca contar todo esto.

Por aquella época todavía no andaba con una hoja de libreta y un mocho de lápiz con punta en el bolsillo. Pero me fijaba en muchas cosas. Era preguntón.

—¿Ellos van para la guerra, mamá? —Mima no me responde. No puede responderme porque a esta hora se está levantando para hacer el café y hacer que Rosa se vaya temprano para el punto de recogida que la lleva para el pre en el campo. Nosotros sí vamos para la guerra. A Pipo le habría podido preguntar cómo es la guerra, pero yendo de regreso al campamento hubo un accidente en la carretera central y lo perdimos. El helicóptero está en un limpio detrás de las carpas del campamento y ya el teniente avisó. Voy saliendo, me toca el cuarto para todo, para el comedor, para subir al helicóptero, para tirarme luego cuando comience la operación, para coger el mando si matan al sargento Carlitos, a Melesio y a Torres Fundora. Detrás de mí hay cinco más.

Yo soy realista. No me voy a morir porque es a mí a quien le toca contar todo esto. Ya abordamos y el ruido del motor y las aspas no me deja escuchar lo que el teniente Pausides dice, pero no hace falta, porque son las instrucciones de la operación, que es su obligación reiterarlas, aunque ya las sabemos. Yo tengo mala letra, pero lo que sí tengo es buena memoria. Saltar y ocupar la posición de combate. Cuando lleguemos al punto el helicóptero bajará hasta unos dos metros, ya lo hemos hecho. Saltar, encoger el cuerpo y apuntar al frente. No va a pasar que se me olvide.

Ismael León Almeida
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